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Categoría: escribiendo por escribir (Página 16 de 19)

El gran rey Kublai es muy apuesto, de estatura mediana, ni muy grueso ni muy flaco; tiene la cara redonda y blanca, los ojos negros, la nariz muy hermosa, y en toda la complexión de su cuerpo está muy bien proporcionado. Tiene cuatro mujeres a las que da el nombre de legítimas. El primogénito de la primera le debe suceder en el trono. Cada una de estas cuatro dispone para sí de una corte real en su propio palacio, pues posee trescientas doncellas escogidas y muchos criados eunucos, y otros servidores sin cuento, de suerte que el séquito de cada una de ellas se compone de cerca de diez mil hombres y mujeres.
Algunos dicen que en las memorias de Marco Polo confluyen historias reales con fantasías, relatos de terceros e invenciones más o menos verosímiles para los lectores de su época. Según él, fue emisario y privado del Khan, que le tenía por hombre prudente. Sin embargo, los registros chinos de la época no recogen el encuentro entre ambos hombres. Sea como fuere, el texto de Marco Polo obtuvo una relevancia que va más allá de su rigor histórico o geográfico y, en ese sentido, no se le debe escatimar el mérito por lo mismo que nadie discute la influencia posterior de los ingeniosos relatos futuristas de Julio Verne, por ejemplo. En la China que visitó don Marco, la transmisión del conocimiento y la información en forma de documento escrito ya existía desde el segundo milenio antes de Cristo. El libro de seda, descubierto en 1973, es un tratado de astronomía realizado alrededor del 400 a.d.C. En la época de Kublai, los chinos eran expertos en la elaboración del papel, fabricado con distintas fibras vegetales procedentes del bambú, la morera, la paja de arroz… Aunque no gozó de mucha popularidad, los chinos del siglo XIII conocían desde hacía doscientos años el sistema de tipos móviles, reinventado en Europa por Gutenberg a mediados del siglo XV. Y no se queda aquí la relación de novedades y avances tecnológicos en los que China fue precursora. En aquellos tiempos, el esplendor cultural del oriente eclipsaba al de la cuitada Europa, que acababa de salir de un largo período de oscuridad. Kublai Khan terminó sus días alcoholizado y deprimido, preso de una terrible melancolía. Siete siglos después, las viejas democracias se vuelven hacia el gigante totalitario y protocapitalista, en el que ven al maravilloso inversor que ha de sacarnos del atolladero. Y como antaño, los marcopolos modernos nos describen lo aparente: una corte rica y suntuosa, una administración eficiente e implacable y unas capacidades de producción y crecimiento infinitas. Los chinos tendrán que esperar.

¿Conoce alguien un oficio más ingrato que el de traductor? Y si no que se lo pregunten a ellos: es bien triste que lo mejor que te pueda pasar como profesional de las letras es que nadie repare en tu muy necesaria mediación. Para la mayoría de lectores, el conocimiento de la literatura o la ciencia en lenguas foráneas se hace posible gracias a la traducción, un fenómeno que revolucionó el acceso a la cultura escrita casi tanto como la invención de la imprenta que, de hecho, fue la gran promotora de aquellas. Si bien las traducciones han sido una constante a lo largo de la historia, fue en el siglo XVI cuando se produjo la dinamización del mercado editorial: gracias a la imprenta de tipos móviles, los libros comenzaron a resultar asequibles o, por lo menos, accesibles. La misma disponibilidad de textos fomentó la alfabetización, y con ello el número de personas capaces de leer y aprender. Pero esta incipiente industria era incapaz de mantenerse con las producciones vernáculas (sobre todo en España), y tenía que surtirse en otros mercados. Y claro: para ello se precisaba de traductores. Se puede decir, pues, que los traductores han tenido (y tienen) la llave de cuanto creemos saber y entender de gran parte de lo que leemos durante nuestra vida. Por ello, las normas y reglas de la traducción son estrictas, y el oficio de traductor ha de combinar el conocimiento de dos idiomas con buenas dosis de técnica, creatividad, sensibilidad y erudición. La correcta proporción entre condimentos es la responsable de una buena traducción. Con esta entrada pretendemos llamar la atención sobre los traductores: su nombre siempre figura en las primeras páginas de un libro (muy pocas veces en la portada, que es donde debiera). Búscalos e identifica a los mejores: es posible que, en buena parte, el libro que tengas entre las manos sea de tu agrado gracias a uno de ellos.
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Si no fueran tan perversos, nos burlaríamos de esos espantajos ―con más pinta de bufones que de reyes― que aparecen agitando la mano desde del balcón de su gran palacio. Si no fueran tan crueles, no tendríamos reparo en mofarnos de sus discursos vacíos y previsibles. Si no fueran tan sanguinarios, nos compadeceríamos de su pagada autocomplacencia… Muchos de los que se han creído con el derecho de sojuzgar al pueblo y dirigir personalmente su destino tuvieron la tentación de justificarse ante sí mismos y ante el resto del mundo. Ningún dictador reconoce su régimen criminal: a menudo encuentran que sus desvelos responden a un designio superior, un destino escrito en las estrellas que les ha movido a revelarse en aras de un futuro mejor para los suyos. Y entonces redactan el ideario que inspira tal desinteresado sacrificio por los demás. Los libros de estos viles autócratas son panfletos desaliñados, portadores de consignas sencillas y mensajes confusos que el líder, el único con derecho a rectificación, interpreta a su conveniencia, según sople el viento. La importancia de estos libros radica en su enorme difusión y, por consiguiente, en el poderoso influjo que ejercen sobre la vida cotididana, las costumbres y los derechos de millones de personas. Los que afortunadamente tenemos libertad (¡bendita libertad!) y elementos de juicio para acercarnos críticamente a la lectura de estos volúmenes, no dejamos de asombrarnos de las dos caras antitéticas del espíritu humano: por un lado la sublime, promotora del pensamiento, las ideas y la creatividad; y por el otro la perversa, que niega la inteligencia y controla cualquier manifestación de individualidad disidente.
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Pasados los apuros de los últimos exámenes, y con la satisfacción que dejan los soberbios resultados (superados tan solo por los rubicundos escandinavos y por un puñado de coreanos con carita de estreñidos) nos disponemos a dar rienda suelta a esa holganza tan peninsular que necesita del nutriente imprescindible de las vacaciones. Sin embargo, te recordamos que ahora tienes la oportunidad de pasar un buen rato leyendo una (buena) novela. Y que si, además, eres una persona de esas que cuidan el detalle, evitarás los regalos previsibles, de cosas muy caras que no valen para nada, y te decantarás por obsequiar libros a tus seres queridos. Pero, ¡cuidado!: elegir un libro no es lo mismo que comprar un jamón o escoger un modelo de teléfono móvil. No se trata de agasajar a quemarropa. A la hora de regalar un libro has de tener en cuenta las recomendaciones recogidas en el siguiente decálogo:
- Ten la mente puesta en aquel a quien va dirigido.
- Procura conocer sus gustos, sondear un poquito sus preferencias: Si se manifiesta contrario a la lectura o manifiestamente refractario a la palabra impresa, regálale dos.
- Léete con antelación el libro que vas a regalar: si te gusta mucho quédatelo y contempla la opción del jamón o del socorrido teléfono móvil.
- Envuelve los libros en papeles que combinen bien con el contenido: papel albal para un libro de cocina, papel de fumar si es de autoayuda, si se refiere a la crisis, papel de lija. Si habla de desarrollo sostenible, fórralo con papel reciclado. Papel pinocho si trata de política. Si es de la señora Rowling, bastará con papel de estraza (usado). Si es de divulgación científica, utiliza papel secante. Y, en fin, si es la biografía laudatoria de cualquier mequetrefe de esos que salen en televisión, utiliza el papel que tengas más a mano. Sí. Ése mismo.
- Si eres un enamorado, aprovecha para deslizar un mensaje de amor entre sus páginas. Si la pasión te apremia, procura que la obra sea cortita.
- Estudia bien el momento de entregar el obsequio. Nunca lo hagas en sesión plenaria. Pensarán que no te has esforzado lo más mínimo por ser original y abandonarán el fruto de tus desvelos encima de cualquier aparador, bajo toneladas de cintas rizadas y papel de colores. Resérvate un momento especial, íntimo, y cuando el presente cambie de mano di: “Esto es para ti”. Procura que el aparador más próximo esté a no menos de cinco metros.
- Si la otra persona te corresponde con otro libro, sonríe. Si se trata del mismo libro, no pierdas la entereza. Ni el tique de compra.
- Nunca pidas prestado un libro que has regalado porque entonces tendrás una razón para devolverlo algún día.
- No te pongas estupendo con las dedicatorias: que sean concisas y directas. Una buena dedicatoria: “Para Carmina, una tía sin prejuicios. Manolo”. Una dedicatoria excesiva: “Querida Carmina: deseo que cuando abras las tapas de este libro te llegue, como transportado por la brisa marina, el eco de mis palabras, y que rememores los breves momentos que juntos pasamos en aquella oscura gruta a orillas del mar Cantábrico. Manolo”.
- Finalmente te recomendamos que nunca regales un libro propio, porque el lomo suele estar arrugado y mancilladas las páginas con restos de comida.

La Luna, satélite que solemos reclamar como propio en razón de que gira alrededor de La Tierra, ha inspirado a escritores y artistas de todos los tiempos: primero la convirtieron en intangible escenario de historias fantásticas y después, tras el alunizaje de Mr. Armstrong, en localización habitual de relatos futuristas. Eso sin contar el protagonismo de este satélite sin par (literalmente) en infinidad de cuentos y poesías. En la Luna terminaron algunos personajes del Dante, Cyrano de Bergerac, Alejandro Dumas, Julio Verne, Edgar Allan Poe o H.G. Wells, todos ellos sin excepción rendidos enamorados de este astro femenino que tiene la propiedad de deshacerse y renovarse siguiendo un ciclo sin fin. En la Luna terminan los pensamientos más sublimes (haciendo escala en Babia) y los anhelos más inalcanzables, y no hay enamorado que no ponga un trocito de esta roca plateada a los pies de su enamorada. No es extraño, pues, que sea uno de los temas recurrentes y una de las imágenes más recreadas en la literatura universal de todos los tiempos.
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