Categoría: escribiendo por escribir (Página 17 de 19)

cambio de hora

Como cada año, a los lectores horizontales se nos obsequia con sesenta minutos de diversión extra merced al cambio de hora de la próxima madrugada. Porque son, somos, legión los tumbados que aun poniendo intención de lectores las veinticuatro horas al día, tan solo encontramos asilo en la cama, ese sanctasantórum del reposo, monumento universal al descanso que, en sus diferentes versiones, nos acoge como a peregrinos en busca de onírico jubileo. Es injusto calificar de perezosos a los que, persiguiendo un buen fin, le muestran querencia o prolongan la estancia en el lecho más allá del último ronquido. Escritores e intelectuales alumbraron entre sábanas algunas de sus mejores obras: Descartes se recreaba con ensueños geométricos hasta la hora del almuerzo, Valle-Inclán recibía a las visitas bien arropadito, Proust concluyó postrado siete novelas y el uruguayo Juan Carlos Onetti se la pasó contemplando cómo la vida deshilachaba las costuras de su edredón de miraguano. Del otro lado, los que algo sabemos del tema afirmamos categóricamente que la horizontalidad es el estado natural del lector aficionado: estabilidad asegurada, óptimo riego cerebral, disponibilidad de las cuatro extremidades, infinitas posibilidades ergonómicas…  Hasta la lengua se muestra generosa, describiendo al hombre tumbado con expresiones de intensa sonoridad: decúbito supinoyacente, decúbito prono… Y para demostrar lo antedicho, nos atrevemos a preguntar a nuestros ocasionales visitantes cuántos de entre ellos pondrían objeciones a la progresiva sustitución de la clásica silla de biblioteca por mullidos canapés y cómodos triclinios como los que se pueden ver y disfrutar en las salas de espera de algunos aeropuertos.

haciendo memoria

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Hasta se nos alcanza, podemos afirmar que muy pocos proyectos escolares se prolongan a lo largo de los años. Y aún diríamos más: el proyecto escolar, por definición, está condenado a extinguirse por concurso de traslados, tibieza, apatía, falta de apoyo, discrepancia o, simplemente, abandono. Por eso se nos abre una puerta a la satisfacción cuando, tentándonos las ropas, comprobamos que no nos hemos desintegrado en el hiperespacio. Sin trazarnos grandes objetivos, los que fuimos y ahora seguimos siendo continuamos hablando de lo mismo a nuestros alumnos, usuarios o no de la pequeñísima biblioteca de un instituto de pueblo. Por añadidura, han proliferado nuevas iniciativas, animadas por cuántos le hemos puesto entusiasmo al asunto, y que han ido enriqueciendo, digámoslo así, el acervo didáctico-pedagógico del Centro. Desde aquí no le damos las gracias a nadie, porque esa fórmula tan de moda de repartir gratitud a granel resulta estomagante y muy lesiva para los lectores de urgencia: las que estuvieron desde un principio se saben titulares de atributos como son los de la inteligencia y la curiosidad: Quizá esa sea la causa por la que perseveran en el empeño… Sea como fuere, hacemos balance bienal (que no bianual) de lo escrito, sugerido o dibujado en esta humilde bitácora, más por propio agrado que por afán recopilatorio.

junto a la tumba de Wilde

Al turista necrófilo ―irreverente como todo aquel al que la muerte no aflige― se le perdona su detestable fijación por los ilustres yacentes, cuya hundida presencia solo él puede llegar a percibir bajo la planta de los pies con esa sensibilidad especial de acólito nostálgico o rendido admirador. Otra cosa son las hordas de romeros pisalápidas, que corrompen el suelo de los cementerios con su trotecillo cansino y dejan rastros más o menos indelebles que arruinan la solemnidad de cualquier camposanto. En los cementerios de París, donde reposan los restos de media humanidad, los residentes habituales cuentan con el innegable confort que proporcionan los dos metros de tierra que les separan de la superficie, superpoblada por vivos muy vivos que acuden en manada a perturbar su descanso. En el caso de Oscar Wilde, un monolito de varias toneladas le protege de los descendientes de los que un día le condenaron y hoy estampan sus labios contra el monumento de granito. Wilde escribió relatos y cuentos que seguro que te suenan: El Príncipe Feliz, El Gigante Egoista, El Amigo Fiel, El Fantasma de Canterville, El Retrato de Dorian Gray… Más que su obra, el carisma que irradia la biografía de este personaje sin par sigue atrayendo a una legión de curiosos que rodean su última morada como si buscaran un acceso que les permitiera compartir con el escritor unos instantes de inmortalidad. Disfrazados de merodeadores, también nosotros visitamos la tumba de Wilde, y estamos en condiciones de decirte, sin temor a equivocarnos, que Oscar no estaba allí. Su palabra, traducida a todos los idiomas, aguarda vivita y coleando en los anaqueles de nuestra biblioteca, a la espera de que la tierna y afilada prosa de este autor resuene en tu cabeza como resuenan en las profundidades del nicho los pasos de miles de profanadores.

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un mar de letras

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Si la efervescencia del verano no te ha concedido tregua, y se te han escapado la media docenita de encuentros con la lectura que habías planificado, has perdido una buena ocasión para hacer una incursión en libros que, de ahora en adelante, te va a resultar difícil acometer, aunque solo sea por su considerable volumen. Uno de ellos puede ser “El Asedio”, una obra suficientemente publicitada aquí y allá; pero lo cierto es que contiene elementos suficientes para hacerse acreedora al título de novela de cabecera durante todo el tiempo necesario. Se trata de un relato de tintes históricos, escrito con precisión y trufado de un vocabulario desbordante, al servicio de una prosa ágil que se recrea en la descripción de tipos, situaciones, barcos y batallas. Exuberancia que, sin embargo, no resta un ápice de interés a la trama (nunca mejor dicho), que se desarrolla siguiendo varias líneas argumentales. Pero la mies es mucha y no se agota con Pérez-Reverte; quizá alguno de vosotros hayáis podido disfrutar de la historia que nos cuenta Calpurnia Tate, disponible en la biblioteca y a la que dedicaremos una próxima entrada, o de la aventura macabra de «Tres corazones, dos cabezas y un verdugo»… Desde aquí te invitamos a que celebres (o censures, si llega el caso) tus lecturas vacacionales, pues no hay mejor guía que la del compañero ni mayor virtud que la de compartir lo que nos gusta. Si eres de los que conjuran la rutina y aprovechan los viajes para dar rienda suelta a la creatividad, esperamos la prueba de tu talento. Aquí dejamos prueba de dos viajeros inquietos que viven intensamente la novedad de lo desconocido con la ayuda de lápices y acuarelas.

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aquí estamos porque hemos venido

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No es por quejarse. Pero las vacaciones han terminado y aquí estamos de nuevo, preparados para adecentar el local y acometer nuevas empresas, con ese punto de buen humor que nos asiste cuando hacemos lo que nos gusta y, además, nuestros pequeños proyectos cunden y fructifican. Esta mañana en la biblioteca se respiraba el pesado aire húmedo de los hogares abandonados; la suave costra de polvo quieto que abriga los libros empezó a desmenuzarse, y las corrientes de aire despertaron un torbellino denso que ya no encontrará acomodo definitivo hasta las próximas vacaciones. De eso nos ocuparemos personalmente, siempre que los hacedores supremos de los horarios lectivos nos sean propicios. Por lo demás, esperamos contar, como siempre, con vuestra colaboración y beneplácito, para lo cual, y desde ahora, nos ponemos a vuestra entera disposición. Ya sabéis… Esto va de libros…

fútbol

Si pasada la fiebre futbolística (porque no nos engañemos: el balompié es un poco aburrido a menos que juegue tu equipo o le den estopa al eterno rival), todavía te apetece seguir atiborrándote de goles y fuerasjuego, tienes la oportunidad de leer sobre este noble deporte de verdaderos hombres de raza y tronío que enardece a las masas. El mercado editorial te ofrece tres alternativas: primero están las enciclopedias y libros generalistas sobre el fútbol, sus reglas y su evolución; abundan en historias de los campeonatos mundiales, copiosamente ilustradas, generosas en anécdotas y datos para el recuerdo. Como todo libro de estas características, resulta apto para aficionados como para no aficionados (en el improbable caso de que estos existan). El segundo grupo engloba biografías (¡!), panegíricos y apologías de estrellas rutilantes del universo futbolero. Son libros que caducan con la temporada, de nula calidad literaria, ensayística o periodística, solo para iniciados. Mi preferido es “Raúl, el triunfo de los valores”, basado en la peripecia vital y deportiva de un jugador archiconocido del que se dice que “en los mejores momentos, a la hora de levantar los trofeos, disfrutaba como ninguno y cuando tuvo que bajar la cabeza porque el rival había sido mejor, lo hizo con una educación y un respeto que le honran”. Loas justificadísimas para un hombre que cuando ganaba no se mofaba del contrario. No. Y cuando perdía, ni se enfurruñaba ni nada. ¡Qué tío! Hay hagiografías de todo tipo (como la que ilustra esta entrada), incluso de jugadores que apenas han cumplido los veinte años, y que incluyen mucha morralla accesoria por motivos obvios. Y por último, está la literatura sobre fútbol. Hay escritores que han sabido plasmar sus espíritus de aficionados irredentos o, por el contrario, de pasmados observadores del fenómeno en cuestión. Entre los primeros está Roberto Fontanarrosa, alias “El Negro” (con perdón), un corrosivo autor argentino, colaborador habitual de Les Luthiers.  Leed si queréis el cuento 19 de diciembre de 1971, del que Maradona dijo que era “un cuento macanudo” (cita apócrifa). Y para redondear la jugada por la banda, os recomendamos los “Cuentos de Fútbol”, una selección (de cuentos) del pedante de Jorge Valdano.

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