Categoría: escribiendo por escribir (Página 8 de 19)

lentejas con literatura

lentejas_

Pequeña e insignificante de a una; pero un buen puñado viste de fiesta la buena mesa del probe, y más si el cocinero tiene para tocino y morcilla. Si no comulgas con este parecer tampoco te señalamos con el dedo: quizá nadie te supo tentar con su delicada textura, o te las viste las más de la veces con potes reventones sin aroma ni substancia, enlagunados y lavados o, por contra, mohínos y espesos, tan sobrados de fuego como faltos de cariño. Tenemos noticias de la Lens culinaris desde hace milenios. Era de lo poco que los faraones compartían con los esforzados constructores de sus mausoleos, quizá porque ambos precisaban del vigor de la tierra fértil: los unos para ver levantarse ante ellos el símbolo de su inmortalidad; los otros para sobrevivir un día más a las vanas aspiraciones de sus idolatrados reyes. Conocemos de primera línea que las lentejas frecuentaban los fogones del ingenioso hidalgo Alonso Quijano al menos una vez por semana, y que Napoleón las veneraba hasta el punto de obligar al Papa Pío VII a bendecir las que habrían de servirse en el banquete de su coronación. Pero las lentejas también placen a las musas e inspiran relatos como éstos, que concurren al certamen literario propiciado por la denominación Lenteja de Tierra de Campos, una iniciativa para abrir boca. Que aproveche.

Justicia

Todos sabían de sobra que la debilidad conducía al desastre. Por eso, los tripulantes alababan la determinación del capitán Russell, que a fines de otoño había advertido personalmente, desde los grumetes al primer oficial, que mientras estuvieran atrapados en el hielo la comida sería estrictamente racionada, por lo que las sustracciones se considerarían sabotaje y sancionadas según la Ley del mar. Así que cuando Finnegan descubrió una lenteja bajo el jergón de O´Rourke, la sentencia de muerte se daba por descontada. O´Rourke sostenía que había sido objeto de una conspiración. Finnegan sabía que su palabra se pondría en entredicho, pero no obstante consideró que su deber era dar parte. Sir Russell valoró el testimonio de los dos hombres antes de añadir la evidente insignificancia de la supuesta sustracción. Por su parte, O´Rourke se libraría de la horca si admitía la culpa; pero eso confirmaría el testimonio de Finnegan. Éste podría retractarse pero nadie le creería, porque si su intención hubiera sido comprometer a O´Rourke le hubiera atribuido un hurto de más enjundia. El capitán no durmió el día de la ejecución. Tampoco el que le sucedió. De repente, algo le impulsó a levantarse y remover su jergón. Contempló atónito la lenteja antes de desmoronarse.

Carlos Mª de Bianco

Marketing

Sostenido en precario sobre una escalera de mano, el alcalde arrojó el último puñado de pepitas en la tolva de acero inoxidable. Las doradas menudencias de oro se mezclaron con toneladas de lentejas en trance de ser envasadas. Como se predijo, la estrategia publicitaria disparó las ventas de esta legumbre. Hubo casos de dientes mellados, pero en general la iniciativa se recibió con entusiasmo: las abuelas retomaron la costumbre de inspeccionar pacientemente cada ejemplar, y las autoridades sanitarias se vieron obligadas a crear la etiqueta «comer oro no es perjudicial para la salud». Pero pronto aparecieron los ventajistas que llevaban detectores de metales, provocando tumultos en los supermercados. Entonces a alguien se le ocurrió adherir a los paquetes un discreto filamento de acero que alterara cualquier intento de escrutinio espurio. De nuevo las ventas aumentaron. Pero la bonanza fue momentánea, porque cuando la frustración de los clientes alcanzó el límite estallaron disturbios en las principales ciudades. El malestar se trasladó a la Bolsa, donde el valor del oro se tambaleó hasta desplomarse. La gente se apresuró a vender sus joyas al peso, cambiándolas por la divisa americana o bien por saquitos de lentejas de estraperlo.

Cristina Ortal Rioboo

olvidadas

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No creemos que sea reiterativo abordar una vez más la secular invisibilidad de la mujer en el arte o la ciencia. La participación declarada de las féminas que se refleja en los anales del progreso y la innovación resulta meramente anecdótica. Algunos espíritus excepcionalmente fuertes y libres han logrado colarse en los libros de historia, pero casi siempre a costa de presentar su triunfo profesional como un reconocimiento a la voluntad férrea y, a menudo, al sacrificio personal y social que les supuso dicha determinación. Tal es el caso de la madre del Protactinio, Lise Meitner, una brillante física que desveló los arcanos de la materia y la transmutación del núcleo atómico. Meitner evolucionó de ferviente belicista durante la Gran Guerra a pacifista convencida, pero no antes de sufrir la persecución nazi y de haber conocido los devastadores efectos de la fisión nuclear que ella misma contribuyó a descubrir. En Austria, la doctora Meitner debía realizar sus experimentos en un destartalado laboratorio al que accedía por la puerta trasera. Pese a todo, su indiscutible instinto resultó fundamental para establecer las nuevas coordenadas de la física cuántica, aunque sus esfuerzos no obtuvieron la recompensa que merecían: mientras sus compañeros varones (de los que deliberadamente omitimos el nombre) recibían honores y distinciones (entre ellos el premio Nobel), Lise fue discretamente relegada a los márgenes del éxito. Tan solo unos años más tarde y ya fallecida, el elemento 109 de la Tabla Periódica recibió su nombre: el meitnerio, sumamente radiactivo e inestable con una vida media de ocho segundos… una porquería de elemento, para qué lo vamos a negar. Éstas y otras historias pueden leerse en tres obras muy recomendables: Las olvidadas de Ángeles Caso, Las damas del laboratorio de José María Casado, y el capítulo dedicado a mujeres y ciencia de Aristóteles, Leonardo, Einstein y Cía, escrito pot Ernst Peter Fischer. Así que a por ellos… y ellas.

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ripley no ha muerto

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Tom Ripley es el vástago literario más reconocido y reconocible del bestiario particular de Patricia Highsmith. Su personalidad se va construyendo a lo largo de una saga que comprende cinco novelas (no merece la pena dar sus títulos porque todos ellos contienen la palabra «Ripley») publicadas entre 1955 y 1991. Sus orígenes son modestos. Pero el destino le da la oportunidad de conocer el lujo y el derroche, algo que le arrebatará al punto de convertirle en un cínico asesino que diseña su propio ascenso social y económico sobre el cadáver de un joven heredero. Literalmente. A partir de ese momento, Ripley se forja una cómoda existencia entre macizos de flores y obras de arte, aunque nunca abandonará esa pulsión fría que le lleva a cometer crímenes sin el menor asomo de culpa o arrepentimiento. Un tipo curioso este Ripley, porque a ojos del lector su conducta no le convierte en un ser desagradable o aborrecible. Al contrario: la naturalidad con la que aborda cada una de las situaciones es tan verosímil que a pocos se les ocurriría poner en entredicho las motivaciones que le mueven a actuar como lo hace. A Ripley no le han faltado caras cinematográficas: desde Alain Delon (el mejor) y Dennis Hopper hasta John Malkovich (nuestro favorito) y Matt Damon. Todas las adaptaciones son bastante libres para que el contenido argumental le resulte sólido y convincente al espectador no iniciado. Y aunque en algunas se intuye que Ripley es desenmascarado, la justicia nunca logrará probar ninguno de sus crímenes. Patricia Highsmith, su cronista a lo largo de casi cuarenta años, murió en 1995; pero no descartamos que Ripley siga viviendo en alguna villa de la Riviera Francesa o, mejor aún, bajo el sol de Marbella, haciendo de las suyas y amparado, como siempre, por la más absoluta impunidad.

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jorge no puede leer

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Poh-poh, poh-poh… Jorge tiene un corazón que le suena en el pecho como una mariposa agitada en el interior de una cajita. O como la percusión de Caetano y Gilberto. Se lo prestaron hace unos meses para salir del paso; hoy lo conserva como el tesoro que es, viviendo al dictado de los rítmicos golpecitos que son el pasmo de cirujanos y cardiólogos. Jorge peleó duro por sobrevivir. Una refriega cruda que se resuelve entre las paredes de un quirófano y en las habitaciones de los hospitales, donde el alma se abandona primero a los designios del destino, y al mayor o menor oficio de la auxiliar de turno después. Como hábil ingeniero de la palabra, acierta con las citas y encaja fragmentos de los clásicos que la memoria le sirve en porciones. Son muchos años buscando algo de luz entre las páginas de los libros, compañeros desde el principio, cuando la ideología buscaba un asidero firme donde sostener la guerra intelectual (y no tanto) contra el dogmatismo del fascismo criminal. Ahora no le queda más remedio que levantar la vista al cielo, si no para suplicar, sí para hablar con los compañeros de rehabilitación que le han ganado la partida a la gravedad, una fuerza traicionera que, según Einstein, no es más que una perturbación producida por la gran masa de la Tierra. A Jorge no le arredra la masa del planeta ni nada de proporciones similares. Pero le inquieta no poder llegar al alma de los libros por do solía. La concentración le traiciona y ahora se ve perseguido por las ideas que antes domesticaba con facilidad. Sin saber por qué, el poso que le dejaban las palabras se desliza con el barro y la arena en la batea de su cabeza. El blanco contraste del papel le ciega por dentro y él se lamenta: «Dime que estás leyendo ahora, porque yo…». Me gustaría complacerle, decirle que es una nube pasajera, la última perfidia del viejo corazón agotado que un día le abandonó. Pero los secretos del cerebro son tan insondables como el vientre de una estrella lejana. De momento, nos hemos propuesto barrer el piso de lamentos y recuperar lecturas anfibias, de esas que habían estado nadando en las riberas del recuerdo, tan desocupadas ellas que se habían olvidado de reptar por la playa y lucir al sol. Volveremos así a revivir las historias que no nos abandonaron, las que más huella dejaron a su paso, agradeciendo a la vida los días felices que nos regaló junto a las personas y los libros que tanto quisimos.

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ars moriendi

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La presencia de la muerte fue una constante a fines de la Edad Media. Las malas condiciones de vida en el campo, las guerras y la peste, unidas a la fuerte religiosidad y la superchería otorgaban a la muerte un significado muy distinto al que tiene hoy en día. Abandonar «el valle de lágrimas» de este mundo no era un castigo, sino un designio divino que abría las puertas hacia un merecido descanso eterno a todo tren. Eso sí: demostrando méritos terrenales contrastados, que pasaban por evitar todo aquello que podría proporcionar un poco de desahogo para cualquier martirizada alma del momento. En este contexto, el Ars moriendi es «una especie de guía destinada a mostrar las prácticas, los rezos y las actitudes que debían adoptar el enfermo, sus familiares y el sacerdote llamado para atender espiritualmente al moribundo«. El libro resultaba muy útil porque aleccionaba sobre los cuidados del espíritu ante la inminencia del óbito, una especie de «hágalo usted mismo» en un momento en que las filas del clero habían sido fuertemente diezmadas por las epidemias. El libro nació para satisfacer las dudas de moribundos y allegados, que se aprendían de memoria cómo combatir las postreras tentaciones: dudar de la fe; la desesperación por miedo a la justicia divina; la vanagloria, o complacerse en exceso por las buenas obras realizadas; la impaciencia, producto de los dolores y el sufrimiento de la agonía; y la avaricia, entendida como el apego hacia todos los bienes terrenales. Cada una de ellas es descrita de forma terrorífica, porque son incitadas por los demonios, al acecho siempre que se trata de aprovecharse de las humanas debilidades. Las distintas versiones del Ars moriendi fueron un verdadero superventas, tan solo superadas por los libros de Horas. Había versiones largas y cortas, éstas últimas para facilitar la lectura y asimilación del contenido. La que presentamos hoy aquí es de éstas últimas: circuló a mediados del siglo XV y está iluminada con once preciosos dibujos de lo más sugerentes.

Cualquier que quiere de dessea bien morir, considere diligentemente las cosas contenidas en este libro, e conseguirá grand ayuda, e utilidad para se defender de las temptaciones del diablo, e alcanzar la gloria del paraíso, la qual nos quiera otorgar Dios en todo poderoso.

Consulta del tomo de ARS MORIENDI

a qué huelen los libros

Todos estamos de acuerdo en que nuestra vida se acabará algún día. Es una certeza universal e inmutable. Y que nuestros átomos, que en tiempos formaron parte de las estrellas, regresarán a sus orígenes para seguir formando parte del todo cósmico… Ele la metafísica. Esa misma naturaleza perecedera es la que amenaza nuestras posesiones más preciadas, incluidos los libros. Con ellos compartimos su naturaleza orgánica así como la tendencia al envejecimiento y deterioro. Los roedores, la temperatura, los insectos, la humedad… serán los que finalmente contribuyan a degradar cualquier biblioteca hasta convertirla en polvo y en nada. Y con ella, el empeño de toda una existencia por coleccionar las obras que marcaron los pequeños hitos que jalonan la vida intelectual de cada cual: las lecturas escolares, los libros que nos recomendó el abuelo, las primeras adquisiciones de segunda mano, los regalos, la herencia de algunos volúmenes muy queridos por alguien, las compras universitarias, los caprichos de un verano…  La biblioteca de la Casa de Alba cuenta con dieciocho mil volúmenes, con un censo de joyas bibliográficas que atesoran un buen número de historias alrededor de sí mismas. Esta es una de las centenas de bibliotecas públicas o privadas que esconden tesoros que la mayoría de los mortales nunca podremos admirar, soportes que han contribuido a forjar la historia y la evolución de la humanidad, que dan cuenta de la inagotable creatividad de nuestra especie. Pero como ocurrió con la biblioteca de los Alba al principio de la Guerra Civil, ningún fondo está a salvo del desastre, la rapiña, la desidia o la negligencia, por mucho que se mejoren las instalaciones, la seguridad o el acomodo de los libros. Muchas instituciones están digitalizando sus fondos para preservar este legado y ofrecer a los amantes de los libros a secas la oportunidad de leer y admirar también esa dimensión artística de la edición, restringiendo el acceso físico a los llamados investigadores acreditados. Suponemos que este es el precio que hay que pagar por preservar estas joyas que, sin embargo, tarde o temprano terminarán volviendo al polvo como las mascotas, los automóviles, los palacios, las duquesas o las secoyas.

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