Categoría: música y literatura (Página 5 de 7)

música y literatura: disculpe el señor

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De las crisis modernas lo único que se puede afirmar con certeza es que nadie está a salvo. Por eso resulta tan chocante que durante esta desoladora experiencia en común la población esté tan polarizada: por un lado aquellos que no padecen estrecheces, que se muestran contritos y firman manifiestos a favor de la justicia social, sí, pero que lo que les rodea les suena a teleserie. Este grupo lo conforman los ciudadanos que no han perdido su empleo (todavía), que mantienen mal que bien sus hábitos de consumo y que piensan, aunque se resistan a reconocerlo de esta forma, que lo que realmente importa es que el tabaco no suba o que su equipo gane la recopa de liga, o la liga de la copa, o como quiera que se llame la competición de turno. Del otro lado están los que amanecen angustiados, los que se levantan con el paladar tomado por un sabor amargo que no les abandona, los que deambulan por la calle recordando tiempos no tan lejanos en los que trabajo y vivienda les prometían una vida digna para ellos y para sus familias. Y, por último, en un vértice equidistante, están ellos y sus dietas, claro. Les consentimos de todo porque, al parecer, son un mal necesario; pero son pocos y siempre están a lo suyo. Por eso creemos que en este momento la literatura y el compromiso intelectual de los creadores ha de jugar su papel para reducir distancias, aumentar la solidaridad y encontrar una confluencia de objetivos. El desempleo es algo que nos atañe a todos porque va emparejado con la pobreza, la exclusión, la delincuencia y la desigualdad. Muchas obras retratan el desamparo de las personas que no encuentran ocupación. Se nos vienen ahora a la cabeza la novela de Steinbeck, Las uvas de la ira, o la película de Ken LoachLloviendo piedras (ambas disponibles en la biblioteca). Recientemente se ha publicado la novela gráfica Andando (Norma Editorial), una historia sobre dos hombres y una mujer en plenitud condenados al desempleo y a la transparencia social, prototipos fáciles de reconocer en este escenario que se torna cada vez más sombrío.

Disculpe el señor
si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

No piden limosnas, no…
Ni venden alfombras de lana,
tampoco elefantes de ébano.
Son pobres que no tienen nada de nada.

No entendí muy bien
sin nada que vender o nada que perder,
pero por lo que parece
tiene usted alguna cosa que les pertenece.

¿Quiere que les diga que el señor salió…?
¿Que vuelvan mañana, en horas de visita…?
¿O mejor les digo como el señor dice:
«Santa Rita, Rita, Rita,
lo que se da, no se quita…»?

Disculpe el señor,
se nos llenó de pobres el recibidor
y no paran de llegar,
desde la retaguardia, por tierra y por mar.

Y como el señor dice que salió
y tratándose de una urgencia,
me han pedido que les indique yo
por dónde se va a la despensa,
y que Dios, se lo pagará.

¿Me da las llaves o los echo? Usted verá
que mientras estamos hablando
llegan más y más pobres y siguen llegando.

¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise
si tienen en regla sus papeles de pobre…?

¿O mejor les digo como el señor dice:
«Bien me quieres, bien te quiero,
no me toques el dinero…»?

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.
Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.

Estos son los pobres de los que le hablé…

Le dejo con los caballeros
y entiéndase usted…

Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame…
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.

Mario Benedetti

mozart entre rejas

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La escena que traemos aquí pertenece a la película Cadena Perpetua, dirigida por Frank Darabond en 1994, uno de los mejores trabajos cinematográficos sobre alcaides, guardianes, reclusos y prisiones. El guión está basado en una novela corta del prolífico escritor americano Stephen King: Rita Hayworth y la redención de Shawshank, publicada en la colección Las cuatro estaciones en 1982. La película de Darabond enriquece el planteamiento de King en unas cuántas ocasiones. Entre las aportaciones cinematográficas destaca esta memorable escena de la comunidad carcelaria arrebatada por las voces de la condesa Rosina y su criada Susana, las dos protagonistas de Las bodas de Fígaro de Mozart que cantan a dúo la famosa Canzonetta sull’aria. Durante estos cuatro minutos casi es posible palpar todo lo que de bueno tiene el alma humana, subirse a lomos de la belleza que despierta en nuestro interior y elevarse por encima de los muros de Shawshank, contemplando desde lo alto lo pequeñito que resulta cualquier patio carcelario frente a toda la inmensidad del universo…

Ya he explicado, dentro de mis posibilidades, lo que es un hombre «institucional». Al principio, no puedes soportar estos muros; luego, llegas a resignarte a ellos y luego… llegas a aceptarlos… y entonces, cuando tu cuerpo y tu mente y tu espíritu se adaptan a la vida en esta escala, llegas incluso a amarlos. Te dicen cuándo tienes que comer, cuándo puedes escribir cartas, cuándo puedes fumar. Si estás trabajando en la lavandería o en el taller, te asignan cinco minutos de cada hora para ir al baño. Durante treinta y cinco años, mi momento era veinticinco minutos después de la hora y, después de treinta y cinco años, sólo entonces tengo ganas de orinar: a las horas y veinticinco. Y si, por alguna razón, no pudiera ir, a los cinco minutos dejaría de sentir la necesidad y volvería a sentirla a las y veinticinco de la hora siguiente.

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música y literatura: un ramito de violetas

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Historias como ésta que interpreta Cecilia contienen todos los elementos de un buen relato breve. Hacen falta pocas frases, contadas expresiones, medidos adjetivos para ambientar un escenario de eclipses y penumbras. Quien no haya vivido la triste realidad del reciente pretérito imperfecto de nuestro país, no tiene todas las claves para interpretar este puñado de versos, aunque puede dejarse llevar por el instinto. Los tiempos han cambiado (no demasiado en lo esencial), y aquel o aquella que en su momento quiso entender que el marido era un romántico a tiempo parcial, ahora cuenta con la experiencia necesaria para interpretar esta relación de pareja como lo que es: la secuencia de una convivencia opresiva que alimenta el desamor y la frustración. A principio de los años setenta del siglo pasado no era fácil escribir ni componer canciones como Un ramito de violetas sorteando la afilada tijera (cuando no el cuchillo) de los censores (algo así como las modernas brigadillas de los políticamente correctos, pero más pueriles e ignorantes, si esto fuera posible). Las palabras están cuidadosamente escogidas, delicadamente engarzadas en la partitura; por más que se escuche, esta canción, como otras muchas de la misma cantautora, no agota su potencial para conmovernos, para llamar a esa lagrimita mal disimulada en la carúncula del ojo… O seré yo, que ya me estoy haciendo un poco mayor…

¿te suenan los místicos?

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Dicen que la poesía de Fray Juan de la Cruz nació perfecta, sin antecedentes ni ensayos, a la poca luz que el mediodía le regalaba a través de la diminuta saetera de su celda. Pese a la ganada santidad, su biografía es una abrupta sucesión de sinsabores que el hombre trató de capear con el mejor de los ánimos. Entre los suyos fue tan odiado como venerado, pero las monjas le adoraban, y fueron ellas las que recogieron muchos de sus poemas, recitados por Juan a viva voz, y difundidos de forma manuscrita en papelitos sueltos que las religiosas conservaban como verdaderas reliquias; su reducida producción se editó póstumamente con la intención de que el descuido en la transcripción no terminara por corromper la palabra del santo. No es cuestión de hacer un sesudo análisis filológico de los místicos arrebatos erótico-literarios de San Juan de la Cruz ni de la simbología que encierran sus versos. Hoy por hoy, la palabra del poeta suena bien y resulta un bálsamo reconfortante para los que les cuesta habituarse al lenguaje desabrido, impreciso y triste. El ritmo y la cadencia de sus romances se han puesto a prueba en modernas adaptaciones musicales; el que quiera puede comprobar la bondad de alguno de estos experimentos… ¡incluso en inglés!

Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

1.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance.

2.

Cuando más alto subía
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas, por ser de amor el lance,
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

3.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!;
y abatime tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

4.

Por una extraña manera,
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

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música y literatura: como ulises

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En la boca de un pequeño callejón sin salida en el decimocuarto distrito, l´impasse Florimont, una placa recuerda al visitante que Georges Brassens compuso allí sus primeras canciones. Oculto de la Gestapo durante cinco meses, Brassens solo pudo respirar tranquilo cuando París fue liberada. Este prometedor comienzo avala la carrera del cantautor francés, cualificado desde un principio para hacer apología de la libertad. Aunque es de ley añadir que, en este caso, ni la letra y ni la música son de su autoría. En este poema, como en el escrito por Du Bellay, de igual denominación e inspirador del primer verso de la canción, se evoca la figura del más legendario de los héroes griegos: Ulises, el personaje literario por antonomasia. La vida de Ulises (Odiseo para otros) es un desafío constante al destino y, por tanto, a los Dioses, que se entretienen allá arriba iluminando o confundiendo el entendimiento de los hombres. Tal y como se narra en La Ilíada, Ulises es en gran medida responsable de la victoria griega, y Homero le atribuye la pícara genialidad del caballo de madera, aunque es en La Odisea donde el aedo ciego le convierte (por indudable mérito) en el protagonista central de la historia que se desarrolla en el mar Mediterráneo. Toda una contribución al género de viajes y aventuras, por el que los griegos sentían verdadera pasión. Transcribimos aquí la letra en francés, fácilmente localizable en la red, cuyo mensaje suscribimos verso a verso, empezando por aquellos que dicen algo así como «Feliz quien como Ulises ha hecho un maravilloso viaje, ha visto cien paisajes, para después regresar, tras muchos avatares, al país de los verdes senderos. ¡Qué hermosa es la libertad!. ¡La libertad!»

Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage
Heureux qui comme Ulysse
A vu cent paysages
Et puis a retrouvé après
Maintes traversées
Le pays des vertes allées

Par un petit matin d’été
Quand le soleil vous chante au cœur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Quand on est mieux ici qu’ailleurs
Quand un ami fait le bonheur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Avec le soleil et le vent
Avec la pluie et le beau temps
On vivait bien contents
Mon cheval, ma Provence et moi
Mon cheval, ma Provence et moi

Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage
Heureux qui comme Ulysse
A vu cent paysages
Et puis a retrouvé après
Maintes traversées
Le pays des vertes allées

Par un joli matin d’été
Quand le soleil vous chante au cœur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Quand c’en est fini des malheurs
Quand un ami sèche vos pleurs
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Battus de soleil et de vent
Perdus au milieu des étangs
On vivra bien contents
Mon cheval, ma Camargue et moi
Mon cheval, ma Camargue et moi

musica y literatura: la obertura 1812, a cañonazo limpio

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Napoleón se las prometía muy felices cuando cruzó las fronteras del imperio ruso camino de Moscú. Le movía esa inclinación suya por coleccionar países, anexionándoselos para sí mismo y para sus parientes cercanos. Por su afición a unificar, se puede decir que fue el primer europeísta de la historia. De hecho, no hubo villa o villorrio que se librara de la conquista y el expolio, sistemático en algunos lugares. Muchas obras literarias están ambientadas en esta tumultuosa época de la grandeur: desde los primeros Episodios Nacionales de D. Benito, de los que hemos hablado aquí, hasta El Húsar o El Asedio de Arturo Pérez Reverte, eso sin olvidar, por ejemplo, Los Miserables (novela de Victor Hugo de la que escribiremos algún día) o la que nos ocupa ahora: Guerra y Paz de León Tolstoi. La obertura 1812 fue compuesta por Piotr Ilich Chaikovski para conmemorar la resistencia rusa ante el gabacho, que se resolvió favorablemente para los primeros después de dejar casi medio millón de muertos esparcidos por ciudades, pueblos y campos de batalla. Cualquiera que haya leído Guerra y Paz habrá creído oir allá, en la lejanía, los característicos cañonazos de la conocida obertura, que ilustran a las bravas el ímpetu de las tropas del zar contra el invasor. En este caso, la novela  —escrita en 1865— y la pieza musical —compuesta quince años después— se complementan e identifican perfectamente con un período histórico apasionante que marcó los designios de esta desconcertada, vieja y variopinta Europa nuestra.

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