Categoría: música y literatura (Página 6 de 7)

música y literatura: Alexis Zorba (el griego)

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La novela de Nikos Kazantzakis relata el encuentro entre dos hombres, entre dos conceptos, entre dos formas de entender la vida: Basil, el recién llegado, y Alexis Zorba, “cuya alma avanzaba mucho más ligera que el mundo”. Las visiones diametralmente opuestas de ambos personajes nos sitúan ante la tesitura de decantarnos por el mundo culto, ordenado, que personifica Basil, y la espontaneidad contagiosa de Zorba, apegado a las tradiciones como las vides que hincan sus raíces en la sedienta tierra cretense. La versión cinematográfica, rodada en 1964 por Michael Cacoyannis, recibió tres óscares y ha sobrepasado la popularidad de la novela original gracias a la maravillosa interpretación de Anthony Quinn y la música imperecedera de Mikis Theodorakis. En el syrtaki final, Basil se deja arrastrar por la desbordante vitalidad de su amigo, que escenifica gozoso esa íntima comunión con el universo al compás de los buzukis. Un libro y una película muy recomendables para todos, pero en especial para aquellos sofistas pirómanos que nos quieren hacer creer que los crápulas hiperbólicos tienen una sola patria, para los que se solazan repitiendo aquello de que «España no es Grecia» como si no hubiera jerarcas corruptos y pseudopolíticos idólatras en todas partes, como si, en fin, no fuéramos todos cosmonautas en un piélago infestado de antropófagos que tras la orgía leerán nuestro epitafio con vocecitas afónicas.

el fado

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«Toda poesía —y la canción es una poesía ayudada— refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste». Así escribe Fernando Pessoa, que entendía mucho de tristezas, sobre el fado, una música de origen incierto que arranca de cuajo los pétalos de sentimiento. Como también ocurrió con el tango —del que ya hemos hablado aquí—, el fado portugués se cantaba por tabernas y prostíbulos. Pero como pasa siempre, burguesía primero e intelectualidad después se apropiaron de la pintoresca muselina que envuelve la miseria y el fracaso, abrazando este peculiar estilo musical que les transportaba a los bajos fondos lisboetas, intuidos bien de lejos desde los largos corredores acristalados que daban a la Alfama. Esta «folclorización» tiene su continuidad en el fado típico que se interpreta exagerando las cadencias para satisfacer la glotona curiosidad de los turistas. Hubo muchos que se interesaron por el fado, y de entre ellos, algunos dejaron la huella de músicas y letras inolvidables; ese fue el caso de Pessoa, del que traemos aquí dos fados escritos de su puño y letra. Con la nueva hornada de intérpretes, sucesoras todas ellas de la gran Amalia Rodríguez, el fado vive en este momento una segunda juventud. Y es que, bien pensado, todos tenemos nuestro fado…

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ole la copla

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¿Que qué tiene que ver la copla con la literatura? ¡Hombre, por Dios! La copla es pura poesía. De hecho, la copla es una forma poética más española que la tortilla de patata; la inspiración de la que manaron a borbotones los versos más encendidos llenó la jofaina de infinidad de canciones populares. A pesar de que alcanzó su apogeo en la posguerra, la copla es un género musical de estilo sencillo y directo, ligado a melodías dulzonas y pegadizas; pasó por ser himno de la dictadura franquista, pero ya gozaba de popularidad con el General Primo de Rivera. El cine y la radio la difundieron por todos los rincones del suelo patrio durante la segunda república. Las letras, en ocasiones descarnadas y muy subidas de tono, arrancaron claveles y olés de arrieros, intelectuales y jerifaltes de toda condición, y la esencia de sus mensajes se confundió tanto con la naturaleza racial de sus intérpretes que las sucesivas censuras dejaron hacer en discos y espectáculos públicos; pero cuando las pecaminosas metáforas llegaron a la radio, las mentes calenturientas  de los censores obligaron a modificar letras de canciones como «Ojos verdes» («apoyado en el quicio de la mancebía/miraba encenderse la noche de mayo/pasaban los hombres y yo sonreía/hasta que en mi puerta paraste el caballo»). El vínculo entre la literatura y la copla no es algo nuevo. La misma Imperio Argentina, notable mujer y soberbia intérprete, fue «bautizada» artísticamente por Jacinto Benevente, nada más y nada menos que todo un premio Nobel al que hoy, quién sabe si con razón, no se le recuerda más que por eso.

Hasta que el pueblo las canta,

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo,

ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillén,

de los que escriben cantares:

oír decir a la gente

que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas

vayan al pueblo a parar,

aunque dejen de ser tuyas

para ser de los demás.

Que, al fundir el corazón

en el alma popular,

lo que se pierde de nombre

se gana de eternidad.

Manuel Machado

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jugando a traducir: il libro (italiano)

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Abre el libro, pasa la hoja,
un niño te está mirando…
Abre la puerta, hay
un largo camino por andar…
Abre el libro, pasa la hoja,
un niño sobre un caballo…
Abre la puerta, y allí
sin demora, la historia comenzará…

pasa la hoja ahora,
pasa la hoja otra vez,
pasa la hoja de nuevo y dime lo que ves.

Veo árboles y jardines
y los barcos sobre el mar,
llanuras y colinas
y gente que viene y va…

Veo un gran sol amarillo,
un niño sobre un gallo,
caminos y montañas
y gente que viene y va…

pasa la hoja ahora,
pasa la hoja otra vez,
pasa la hoja de nuevo y dime lo que ves.

Abre el libro, pasa la hoja,
una manzana en una rama,
suelo fértil para el trigo
y gente que viene y va…

Veo nubes en la distancia,
un humo negro y pesado,
un ejército de soldaditos
y la guerra que amenaza…

pasa la hoja ahora,
pasa la hoja otra vez,
pasa la hoja de nuevo y dime lo que ves.

El niño sobre el gallo
los barcos sobre el mar…
Las personas desaparecen,
Pronto de ellas nada quedará.

El niño sobre el caballo
y el gran sol amarillo…
un ejército de soldaditos
y la historia concluirá.

pasa la hoja ahora,
pasa la hoja otra vez,
pasa la hoja de nuevo y dime lo que ves.

todas las caras de boris vian

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39 años. Como los 39 escalones de Hitchcock. Una vida muy breve para hacer muchas cosas: Boris Vian fue cantante, poeta, guionista, escritor, actor, técnico, crítico… No se puede decir que fuera un genio. Ni siquiera es correcto afirmar que todo lo que hacía lo hacía bien. Pero de lo que no hay duda es que era todo un personaje, un personaje de carne y hueso que protagonizó su propia y apretada existencia como nadie. Anticlerical con primera comunión, antimilitarista dispensado del servicio por problemas de salud, ingeniero con vocación de trompetista, blanco comprometido con la causa de los negros (americanos), escritor de novelas prohibidas por la cuarta República (francesa)… A nosotros nos interesa especialmente su dimensión literaria. Sus libros están escritos con la entraña. La pólvora que derrocha en todos sus escritos es una crítica demoledora al momento histórico que le tocó vivir. Sería por eso que sus libros no tuvieron demasiado éxito ni alcanzaron verdadera difusión hasta después de su muerte. Boris Vian falleció en un cine, en el patio de butacas, durante el estreno de una película basada en su novela más conocida: Escupiré sobre vuestra tumba. El escritor había renegado públicamente de esta adaptación a la pantalla y mostró su descontento muriéndose durante la proyección. Por si fuera poco, ese día los empleados del cementerio andaban de huelga (¡Aaaah! ¡Francia siempre será Francia), así que sus amigos tuvieron que enterrarle por su cuenta. ¿De verdad que no te apetece leer nada de este hombre?

Para la sección, seleccionamos El desertor, interpretado por Vian (cantante), todo un referente antimilitarista del siglo XX. La traducción no es buena y tiene faltas de ortografía de grueso calibre pero, en fin, ese es el peaje que hay que pagar en internet. El segundo vídeo es una canción de Diane Tell, con letra del mismísimo Boris Vian (escritor).

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Medio siglo sin Boris Vian

infidelidades

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Los romances o poemillas populares que recitaban los juglares de pueblo en pueblo buscaban atraerse la atención del público, tendente a mostrarse más agradecido cuanto más le gustara aquello que le ponían en los oídos. Los ciegos, caminantes sin rumbo, difundían historias morbosas y violentas, adornadas con detalles y sucesos que excitaban la imaginación del respetable. A menudo exhibían cartelones con viñetas para ilustrar los momentos estelares. Al concluir, solían vender ejemplares del texto (los llamados pliegos de cordel), lo que permitía la relectura y favorecía la memorización y difusión oral, a veces no con todo el rigor necesario, lo que a la larga desencadenaba un aluvión de versiones diferentes.

La infidelidad entre esposos era uno de los temas preferidos. En una época en la que la mujer era poco más que un apéndice del hombre, resultaba sumamente provocador que fueran ellas las que llevaran la iniciativa, se mostraran rebeldes, casquivanas o conspiradoras. Y así, de esa forma, se aprovecharan de los previsibles deseos de los varones, que rendían su voluntad a los encantos de la dama. Los dos romances que os traemos a Biblioluces son buena muestra de cuanto hemos dicho. Ni el uno ni el otro nos revelan la suerte final de las protagonistas, aunque es probable que el autor omitiera dicha información a sabiendas de que los oyentes de ambos sexos se harían una atinada composición de lugar.

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