Categoría: naturalmente leyendo (Página 3 de 6)

la guerra explicada

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=JcTIVAKuNs8]

Hubo en España una guerra que, como todas las guerras, la ganara quien ganase, la perdieron los poetas. Cuando Pablo Guerrero cantaba esta canción de Alfredo Amestoy, España se marcaba sus primeros y vacilantes pases en la arena democrática, después de padecer una larga dictadura. La Guerra Civil estaba muy presente en el ánimo y el corazón de los españoles; rencor, exilio, hambre y represión; heridas abiertas y mal curadas. Casi ochenta años nos separan de aquel verano de 1936. En España se preparó un ensayo general de lo que más tarde sería el mayor conflicto bélico de la historia. Millares de muertos: una generación entera con nombres y apellidos familiares que dejaron una impronta difícil de borrar e imposible de olvidar. A estas alturas, ya se ha perdido casi por completo la memoria directa del suceso. Los que sufrieron la devastación han fallecido. Pero la historiografía sigue revisando este periodo y, de vez en cuando, se nos revelan evidencias inéditas que amplían la perspectiva y enriquecen el análisis. Es casi innecesario (si no fuera porque es algo que nos “toca” muy de lleno) subrayar que la Guerra Civil (como todas las guerras) no se reduce a un desafío de “malos” contra “buenos”. Ningún conflicto es como lo pintan en las películas. Pero también es rigurosamente cierto que el “alzamiento” lo fue contra un gobierno legítimamente constituido. En éstas estaba Pérez-Reverte cuando redactó La Guerra Civil explicada a los jóvenes. Nada nos hace sospechar que el autor haya querido alimentar ideológicamente el texto. Y por eso no resulta conveniente entrar en un juicio de intenciones. Pero el libro, de tan escueto, nos resulta un tanto simplón. Cierto es que los lectores a los que va dirigido no están excesivamente informados y se debaten entre aceptar o rechazar tópicos y dudosas versiones ideológicas. Pero «nuestra» Guerra Civil se merece una aproximación más rigurosa. Y no solo por la espuria manipulación que políticos y libros de texto hacen de este episodio; también por la necesidad de superar los rencores heredados y someter a los protagonistas al documentado juicio de la historia.

lentejas con literatura

lentejas_

Pequeña e insignificante de a una; pero un buen puñado viste de fiesta la buena mesa del probe, y más si el cocinero tiene para tocino y morcilla. Si no comulgas con este parecer tampoco te señalamos con el dedo: quizá nadie te supo tentar con su delicada textura, o te las viste las más de la veces con potes reventones sin aroma ni substancia, enlagunados y lavados o, por contra, mohínos y espesos, tan sobrados de fuego como faltos de cariño. Tenemos noticias de la Lens culinaris desde hace milenios. Era de lo poco que los faraones compartían con los esforzados constructores de sus mausoleos, quizá porque ambos precisaban del vigor de la tierra fértil: los unos para ver levantarse ante ellos el símbolo de su inmortalidad; los otros para sobrevivir un día más a las vanas aspiraciones de sus idolatrados reyes. Conocemos de primera línea que las lentejas frecuentaban los fogones del ingenioso hidalgo Alonso Quijano al menos una vez por semana, y que Napoleón las veneraba hasta el punto de obligar al Papa Pío VII a bendecir las que habrían de servirse en el banquete de su coronación. Pero las lentejas también placen a las musas e inspiran relatos como éstos, que concurren al certamen literario propiciado por la denominación Lenteja de Tierra de Campos, una iniciativa para abrir boca. Que aproveche.

Justicia

Todos sabían de sobra que la debilidad conducía al desastre. Por eso, los tripulantes alababan la determinación del capitán Russell, que a fines de otoño había advertido personalmente, desde los grumetes al primer oficial, que mientras estuvieran atrapados en el hielo la comida sería estrictamente racionada, por lo que las sustracciones se considerarían sabotaje y sancionadas según la Ley del mar. Así que cuando Finnegan descubrió una lenteja bajo el jergón de O´Rourke, la sentencia de muerte se daba por descontada. O´Rourke sostenía que había sido objeto de una conspiración. Finnegan sabía que su palabra se pondría en entredicho, pero no obstante consideró que su deber era dar parte. Sir Russell valoró el testimonio de los dos hombres antes de añadir la evidente insignificancia de la supuesta sustracción. Por su parte, O´Rourke se libraría de la horca si admitía la culpa; pero eso confirmaría el testimonio de Finnegan. Éste podría retractarse pero nadie le creería, porque si su intención hubiera sido comprometer a O´Rourke le hubiera atribuido un hurto de más enjundia. El capitán no durmió el día de la ejecución. Tampoco el que le sucedió. De repente, algo le impulsó a levantarse y remover su jergón. Contempló atónito la lenteja antes de desmoronarse.

Carlos Mª de Bianco

Marketing

Sostenido en precario sobre una escalera de mano, el alcalde arrojó el último puñado de pepitas en la tolva de acero inoxidable. Las doradas menudencias de oro se mezclaron con toneladas de lentejas en trance de ser envasadas. Como se predijo, la estrategia publicitaria disparó las ventas de esta legumbre. Hubo casos de dientes mellados, pero en general la iniciativa se recibió con entusiasmo: las abuelas retomaron la costumbre de inspeccionar pacientemente cada ejemplar, y las autoridades sanitarias se vieron obligadas a crear la etiqueta «comer oro no es perjudicial para la salud». Pero pronto aparecieron los ventajistas que llevaban detectores de metales, provocando tumultos en los supermercados. Entonces a alguien se le ocurrió adherir a los paquetes un discreto filamento de acero que alterara cualquier intento de escrutinio espurio. De nuevo las ventas aumentaron. Pero la bonanza fue momentánea, porque cuando la frustración de los clientes alcanzó el límite estallaron disturbios en las principales ciudades. El malestar se trasladó a la Bolsa, donde el valor del oro se tambaleó hasta desplomarse. La gente se apresuró a vender sus joyas al peso, cambiándolas por la divisa americana o bien por saquitos de lentejas de estraperlo.

Cristina Ortal Rioboo

nos vemos allá arriba

estatua_biblioluces

Las grandes epopeyas bélicas solo son eso, epopeyas, para los que no las han vivido, para los bardos que cantan las gestas, para los mariscales que mueven sus peones sobre una mesa de roble, para los políticos que acuñan las más altas y las más bajas condecoraciones… para las madres que buscan consuelo en el heroísmo agujereado por la metralla. Sin embargo, los muertos tienen otro punto de vista: vacíos de sangre, pierden lastre y se elevan muy por encima del limbo de bronce y mármol en el que se evocarán sus gestos. Solo así pueden descansar en paz, justo anhelo para los desdichados que se han visto arrastrados a morir sin ella. Albert Maillard falleció enterrado en el agujero que había perforado un obús. Justamente en ese punto arranca la novela Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre. De las (des)venturas de este soldado y de su «alter ego» Édouard Péricourt extraemos no pocas nociones de la naturaleza humana, que pasan por la solidaridad, el rencor, la ambición, el poder y la avaricia, entre otras estaciones intermedias de parada obligada. ¿Qúe hace una nación con millones de muertos? Enterrarlos y rendirles memoria. Una labor lucrativa que no se libra de una aparatosa corrupción y del tráfico ilícito de los sentimientos más arraigados a la condición humana. La novela es ágil he incorpora elementos narrativos muy notables, sobre todo en los primeros capítulos. Nos vemos allá arriba es una ilustración grotesca de la posguerra y de la agonía de los supervivientes.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=IQPc0gYsVn8]

en el frente ruso

frente

El odio, por un trágico engaño, perpetúa los males de los que nace. Con esta contundente sentencia Bertrand Russell alude a los conflictos bélicos y al combustible que los alienta. La guerra se sostiene sobre odios diseñados para obtener la adhesión de la masa y elevar la moral de la tropa. Los soldados de la División Azul formaban parte del extraordinario contingente alemán que Adolf Hitler envió para sojuzgar la roja Rusia Soviética. La participación española en la segunda guerra mundial fue el fruto de una colaboración a medias entre dos autócratas que se hacían favores interesados, acuciados por el miedo y a desconfianza. Franco se las apañó para reclutar unos miles de «voluntarios» entre las ascuas todavía calientes de una España en llamas: fanáticos, fascistas, aventureros; pero también opositores políticos, analfabetos y represaliados a medio fusilar que habían tenido que elegir entre una bala cierta en casa y una incierta en algún lugar remoto muy al este de Europa. Todos ellos a la espera de que el odio nazi alimentara lo que se prometía una gloriosa batalla contra el comunismo.  En La pantasma de los relós qu´atrasen, novela en asturiano del amigo Rubén Sánchez, se analiza con bisturí forense el largo camino de ida y vuelta (en el caso de los más afortunados) de unos hombres atrapados entre odios apócrifos, consignas prusianas y ambiciones totalitarias, figurantes de opereta en un dramón wagneriano con trágico final. El protagonista desemboca en el cauce de una corriente que lo arrastra consigo sin pausa ni sosiego, pero a la que también debe una forzada asunción a la dignidad de héroe, curioso salvoconducto para alguien que lo único que anhela es vivir en paz en su propio terruño. El relato está impecablemente documentado para que el lector no pierda en la ficción el hilo conductor de la historia. Una bonita revisión de la terrible guerra mundial desde el punto de vista de un «voluntario» involuntario, con el recuerdo puesto en los miles de españoles inocentes que sufrieron la represión y el exilio tras la Guerra Civil.

Alcuérdome d´un sarxentu que se clavare la bayoneta en vientre, santiguándose mientres abarquinaba y esvocesaba. Desplomóse faciendo la señal de la cruz.  Tres fíos n´España perdíen un padre mientres la guerra siguía. D´ehí aprendí qu´un home, enantes d´aforcase o de pegase un tiru na sien, cola memoria llanza una mirada perdida y muria´l paixase de la niñez, al llugar onde creció, imaxinando que ye un neñu y que so ma vien abrazalu y garralu en cuellu p´achuchalu. ¡A la hora de poner el puntu final na novela de la vida d´un, volvemos a ser neños!

el poder de la lectura

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=y8_Bj-SBBRU]

No es la primera vez que relacionamos aquí la relación entre la competencia lectora y el éxito personal y académico. Parece que esta conexión está fuera de cualquier debate. Pese a todo, en la escuela no hay una presencia tangible de la lectura como la poderosa herramienta que es y el papel fundamental que juega en el aprendizaje. Aceptando que el conocimiento a granel es bueno y conveniente para formar al ciudadano de este siglo —premisa tan potente como dudosa—, convendremos que la solución a todas nuestras carencias formativas no tiene misterio alguno: seleccionar el material más conveniente y proceder a su lectura y asimilación. ¿Que usted no sabe la diferencia entre una borrasca y un anticiclón? No problem. Se busca el libro adecuado (NUNCA un libro de texto) y se lo empolla. Así de fácil. Pero, ¿y si no es capaz de buscar la información relevante? ¿Y si ni siquiera está en condiciones de ordenar y dotar de sentido a todo ese arsenal de palabra escrita que amenaza con explotarle a uno en la cabeza? Así es que colegimos que potencialmente le aguarda un futuro más prometedor al escolar ignorante pero avezado en la lectura y la escritura que al otro que amalgama una amplia gama de conocimientos memorísticos e inconexos, fruto de complejas fijaciones artificiales y escasamente funcionales. Pero aprender a leer y escribir (o a ver cine, o a escuchar música…) no es sencillo: requiere de método y dedicación, y no tiene por qué ser una actividad necesariamente placentera. La aproximación a determinados textos requiere voluntad y perseverancia. El disfrute pleno y la percepción de las cualidades literarias no llegan sino al final de un largo camino de aprendizaje, que pasa por rechazos, lecturas truncadas, intercambio de ideas y formación de un criterio estético propio, pero flexible y abierto al descubrimiento. El mejor de los legados de una generación a otra pasa por enseñar a leer y escribir BIEN a nuestros escolares. Y hacer que esa actividad fértil y enriquecedora se prolongue durante toda la vida como una dimensión más de nuestra personalidad.

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación. En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro.
Jorge Luis Borges, Borges oral.

mapas

medalla_drake

Los mapas han formado parte de nuestra vida desde la infancia. Todos identificamos la imagen de los coloreados mapas que cuelgan de los muros escolares, de los globos terráqueos que nos regala las tía Elvirita por nuestro cumpleaños, los desplegables que se compran en la gasolineras cuando te falla el sistema de navegación o los complicados esquemas de isobaras que representan el caprichoso proceder de las errantes masas de aire. Los mapas tienen la facultad de aparentar cualquier geografía, real o ficticia, y sus líneas irregulares cuentan con un poder evocador casi inmediato, una suerte de magnetismo que atrae los dedos con los que anticipamos la derrota de nuestra trayectoria, quien sabe si para perdernos en alguna remota jungla de Madagascar o desembarcar en la archiconocida isla de Trinidad a la busca del tesoro. Los mapas han sido habituales en relatos e historias de piratas y aventureros, prófugos y peregrinos que se preguntaban lo que había más allá del horizonte. Pero para los que gustan de los mapas por sí mismos, se entusiasmarán con interesantes incursiones en los históricos libros de geografía que pueden descubrir por la red, desde la preciosa Cosmografía de Ptolomeo hasta el atlas de Frederik de Wit, dos atractivas invitaciones para viajar en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Los que quieran saber un poco más pueden echar un vistazo al libro Historia de los mapas de G. R. Crone o pasar un buen rato con las anécdotas que relatan Ken Jennings en Un mapa en la cabeza o Simon Garfield en En el mapa, cuyo subtítulo nos avanza el carácter de la obra: De cómo el mundo adquirió su aspecto. 

[/youtube][youtube=http://www.youtube.com/watch?v=IJOuoyoMhj8]

Viejos mapas, mapas viejos

« Entradas anteriores Entradas siguientes »

© 2026 . Alojado en Educastur Blog.