Existen muchos cálculos sobre el número de volúmenes que una persona puede leer a lo largo de su vida. Como la estimación depende de la aplicación, el calibre de las lecturas y hasta de lo larga o corta que sea la existencia de la que hablamos, cualquier resultado que aventuremos tiene las mismas garantías de acertar: ninguna. El problema no suele estar en el tiempo que se dispone para leer, sino en todo en el que se desperdicia en los prolegómenos. Por lo general, los libros que suelen pasar por nuestras manos no son objeto ni de la atención necesaria ni de la curiosidad suficiente como para soportar una dedicación que se agote en la última página. Por la pinta o por las delirantes promesas que nos hacen desde las solapas, un buen porcentaje de potenciales lecturas no merecen siquiera ser consideradas como tales. Los libros voluminosos de papel biblia, con tapas duras y solemnes, suelen disuadir de cualquier intento de lectura continuada; aquellos otros con apariencia de antiguos y desfasados se expurgan de las bibliotecas sin atender las perennes cualidades de algunos de ellos. Los que aparecen desencuadernados o presentan desaliño o maltrato se toman con dos deditos y se arrojan a la papelera. Si a éstos les sumamos los que tienen una portada poco sugerente, las obras firmadas por autores de nombres imposibles, los picados con manchitas de humedad o los que exceden las dimensiones habituales, hemos conseguido reducir notablemente la lista de candidatos; pero ni siquiera recurriendo a este dudoso método de escrutinio disminuimos sustancialmente la cantidad de títulos a nuestra disposición. Solución: dejarse llevar por las razonadas recomendaciones de los que calentaron la butaca antes que uno. So pretexto de ser útiles en el empeño, traemos aquí algunos de los títulos a los que hemos aludido directa o indirectamente en las pasadas entradas: por arte de internet, basta con pinchar y acceder a la opinión cualificada de lectores que nos precedieron en la aventura, porque en este mundo globalizado, no hay ámbito en el que alguien no nos haya precedido en hacer, decir o pensar cualquier cosa.
Categoría: recomendaciones (Página 17 de 21)
«Hitler, la novela gráfica (fragmento)»
Exceptuando a los lectores más jovencitos, todos somos hijos del pasado siglo XX; al contrario de lo que se tiende a pensar por estas latitudes, este período fue el más convulso de la historia de la humanidad. Lo que hoy aceptamos con naturalidad, los rasgos distintivos de nuestra cultura política, económica y social hunden sus raíces en el inestable fondo telúrico que provocó también las grandes catástrofes bélicas de la pasada centuria. Somos herederos de una época marcada por la iniquidad, la brutalidad y el exterminio, cuyos últimos flecos (por el momento) acariciaron hace apenas diez años la tez clara y sonrosada de ese ente imposible al que llamamos Europa. Las eternas cantinelas del nacionalismo, el colonialismo, el expansionismo, el imperialismo y todos los «ismos» que se nos pudieran venir a la cabeza sumaron sus voces para que la historia rebullera; a la cabeza de las consiguientes orgías de destrucción figuraron personajes (varones en exclusiva) que supieron embridar la violencia dispersa, y la proyectaron con la furia de las ideologías; sin duda os sonarán los nombres de Mao Tse Tung, Pol Pot, Franco, Leopoldo II de Bélgica, Hirohito, Hitler o Stalin (el más sanguinario de todos, que ya es decir). Añadiríamos con gusto algunos otros, pero por estar rehabilitados o pertenecer al bando de los buenos, no se pueden citar aquí porque resultaría «políticamente incorrecto». Como puede suponerse, la reconstrucción de la historia de los últimos cien años, pese a ser reciente, se topa con la interpretación apasionada y tendenciosa de autores e investigadores, necesariamente discrepante porque casi siempre lo más cómodo es adherirse a la opinión que pregona la corriente política dominante. Por eso os animamos desde aquí a que os paséis por la biblioteca y os forjéis vuestra propia visión sobre los conflictos del siglo XX. Os encontraréis libros de historia, pero también interesantes biografías gráficas como la que firma el laureado mangaka Shigeru Mizuki de Hitler, o las incontables novelas ambientadas en la guerra y en la posguerra como la muy conocida Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o Año de Lobos de Willy Fährmann. Y ya sabes: evita en lo posible los libros de texto, que son para otras cosas…
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La vida de Ernest Hemingway abunda en lo excesivo, lo crudo, lo novelesco, lo inaudito, lo grotesco, lo imposible… El escritor de Illinois alimentó como nadie su propia leyenda, nutriendo, modificando e inventando con laboriosas mentiras el espectro de su luz decadente. Fue alcohólico desde antes de que se diera por enterado. Dueño de un corpachón fiero y robusto, ensalzó como nadie las virtudes de la amistad, pero utilizó a las mujeres, se enemistó con la mayoría de sus camaradas y buscó afinidades imposibles con personajes dudosos que engordaron su ego y alentaron su amargo resentimiento contra el mundo. Hemingway es, en sí mismo, un universo aparte, el blanco de tantas miradas apasionadas que resulta imposible ofrecer un perfil objetivo de su vida y obra. Lo cierto es que cuando se le concedió el premio Nobel (un año después a que lo recibiera Winston Churchill) su carrera declinaba, se deslizaba fatalmente por una cascada de vino y ginebra que habría de aplastarle en la batiente violenta y espumosa. Sin embargo acababa de escribir El viejo y el mar, posiblemente su obra más popular y una de las más intemporales, de las que permanecen por más tiempo en la imaginación de los lectores jóvenes. Se trata de una fábula aplicable al declive de un autor, identificado con un viejo pescador frustrado que tiene la oportunidad de realizar una gran hazaña que le devolverá la gloria de tiempos pasados; pero para ello ha de arrebatarle algo al mar, porfiando con los seres que lo habitan, con el destino y hasta consigo mismo…
Es un gran pez y tengo que convencerlo —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles. (De la traducción de Lino Novás Calvo).
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Introducir la navidad con A Christmas Carol de Dickens es un topicazo en el que sucumbimos con gusto. Los buenos cuentos de navidad, tanto si llevan moraleja como si no, están cargados de una emotividad que avivan lo bueno que llevamos dentro. Circunscritos en el ámbito de unas fiestas doradas aunque no sea más que por el paréntesis escolar, los relatos navideños en los que aparecen niños famélicos, domadores de renos o viejecitas muertas de frío han hecho mucho daño al género; es posible despertar la sensibilidad a flor de piel sin utilizar suterfugios facilones, ni explotar clichés dickesianos reconstruidos con pésimo instinto literario. No dejaremos pasar la ocasión de homenajear al genial escritor británico, del que está a punto de cumplirse el doble centenario de su nacimiento. Pero con la coartada que nos proporcionan las fechas, adelantamos un poco esta celebración invitando a cuantos nos visiten a leer los relatos de Dickens, Andersen (El muñeco de nieve es nuestro preferido) o cualquier otro, acompañados del fondo musical apropiado y con la disposición propia de cualquier lector en cualquier época del año: la de pasárselo bien.
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Para el común de los mortales, poseer una valiosa colección de arte es un poco difícil, pero no imposible (léase el caso de María del Carmen Rosario Soledad Freifrau von Thyssen-Bornemisza de Kászon et Impérfalva, de soltera María del Carmen Rosario Soledad Cervera y Fernández de la Guerra). En la mansión de Tita, el trayecto que media entre el living y sus baroniles aposentos está jalonado de tablas y lienzos que abarcan el noventa por ciento de la historia de la pintura, y eso porque todavía no le ha sido posible introducir un martillo neumático en la cuevas de Altamira. Sin embargo, no hace falta ser multimillonario para arrimar la nariz a bastantes de la obras maestras más emblemáticas del arte universal. En algunos casos, ni siquiera hay que pagar un ochavo para disfrutar de ese privilegio inmenso; el único inconveniente es que los grandes museos, los museos de verdad, esos que albergan cuadros en lugar de tediosos paneles ilustrados, el inconveniente, digo, es que suelen estar ubicados en las grandes ciudades, y la visita pasa por hacer coincidir este motivo secundario con otro principal de cualquier índole, como ir de compras o a la final de la championligui, lo que casi siempre implica la presencia de miríadas de japoneses embotellados a la entrada de cualquier espacio cerrado. Pero todavía resta una última opción: los libros de arte son una excelente alternativa para aprender inclinados sobre una mesa camilla, al calorcito del brasero, con la ventaja de que el lector puede manosear las estampas a su antojo mientras imagina futuros viajes a esta o aquella pinacoteca. Y si los intereses del aficionado aún le llevan más allá, puede pasar un rato muy agradable siguiendo la trama de Un Rembrandt en la basura, saltando de catedral en catedral con el autor de Las rosas de piedra o desmadejando las claves de un famoso latrocinio en El robo de la sonrisa, todo ello a un precio tan razonable que pocos pueden dudar de que se trata del regalo perfecto para estas fechas, cuando todo el mundo parece empeñado en obsequiar cosas inútiles o superfluas. Animus meminisse horret.
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Vamos… que por recomendar no quede… Publicamos también la preciosa tarjeta de navidad que nos envía nuestro amigo Jacobo Fernández Serrano, que en octubre publicó nuevo libro… Nuestros mejores deseos para él y para todos nuestros ocasionales, accidentales o inconscientes lectores.











