Estantería completa para todo el que quiera darse un paseo por algunas de las lecturas que hemos ido descubriendo en estas últimas entradas de la bitácora, y a la que puedes acercarte, tímida u osadamente, con solo traspasar el umbral de nuestra decadente biblioteca. No te aseguramos una experiencia inigualable, ni el éxtasis en estado puro. Ni siquiera apostamos porque el tiempo de estancia supere los promedios nacionales. El placer de la lectura, si es que se puede llamar así, debes descubrirlo por ti mismo. De lo que leas, oigas y entiendas va a depender todo lo que desees hacer en la vida. Así que tú mismo…
Categoría: recomendaciones (Página 18 de 21)
En el antiguo Egipto los escribas pertenecían a una casta especial. Atesoraban el secreto de la escritura, pero también los del cálculo y la contabilidad. Eso les convertía en los verdaderos directores de la política real en tiempos en los que, tal y como ocurre en la actualidad, muy pocos faraones sabían leer y escribir. El acceso a esta carrera de éxito estaba controlada por un puñado de varones influyentes; tras la selección, los privilegiados recibían formación entre los cinco y los dieciséis años (¿a qué me recuerda esto?) en caligrafía, gramática, literatura, derecho, idiomas, historia, geografía y matemáticas (¿No les dice nada el currículo de marras?). Hoy en día el índice de alfabetización es una señal de progreso; paradójicamente, la mayoría sabemos leer y escribir, aunque son bastantes menos los escritores o lectores activos o en activo. Sin embargo, matemática y cálculo se han convertido en el arte de los listos, de los más cuadriculados; la ciencia de aquellos que cursaron estudios técnicos (no de humanidades) porque tenían muy claro que lo suyo era programar computadoras, construir ingenios de ariete hidráulico o diseñar el Niemeyer. Ese desapego popular hacia las matemáticas es un salvoconducto para personas con notables responsabilidades públicas o privadas, que justifican sin embozo su perezoso absentismo numérico con la famosa coletilla: «¡Ay! ¡Dímelo tú, que eres de ciencias!». Tal y como ocurría en el antiguo Egipto, los conocedores del lenguaje de los recortes, los porcentajes, las ganancias, los aumentos, las reducciones, los puntos básicos, las rentabilidades y las amortizaciones tienen la capacidad de hacernos creer que las corporaciones y multinacionales que tanto trabajan por la riqueza del país están movidas por intereses cuasi filantrópicos, y que la exigua subida de la tarifa eléctrica no es sino una magra compensación por tantos años de denodado sacrificio inversor en beneficio de la ciudadanía. Eso por no hablar de la demagogia que se traen algunos con los impuestos y la fiscalidad. La renuncia a entender de números es una renuncia a comprender cuánto nos rodea, y para muchos, una garantía de paz social. Para todo aquel lector curioso, de ciencias o de letras, que piense que la matemática es (únicamente) un lenguaje abstruso para iniciados en la nadería del infinito, le recomendamos libros como éste de Alex Bellos, autor nada sospechoso que tanto escribe de ecuaciones como de fútbol. La lectura de Alex en el país de los números satisface el paladar no solo de los aficionados al tema sino de aquellos otros que se desvanecen cuando ven una fórmula matemática. Los números, la geometría, el azar, la estadística, las calculadoras, las paradojas… un amplio muestrario de realidades matemáticas que lejos de embotar el cerebro, abre nuevos horizontes y proporciona interesantes perspectivas de lo visible y lo invisible. Todo un tesoro para los que no se conforman con entender utilizando razonamientos de segunda mano. Aunque sean de letras.
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=U_-Svwip9cE]

…observad cuanto hay a vuestro alrededor. Es posible que haya cosas que se os han pasado por alto. Quizá durante los últimos meses de frenética actividad escolar, la rutina os ha privado de percibir los matices de la vida, y ahora, volcados panza arriba sobre un cálido lecho de hedonismo y arena fina, tenéis al fin la oportunidad de contemplar durante horas el vuelo errático de las gaviotas o el tránsito lento y silencioso de una colada de nubes limpias. Eso por no hablar de las innumerables oportunidades de darle tregua a la mente, abotargada de sintagmas y ecuaciones, con una o varias historias maravillosas de esas que otros alumbraron en su imaginación, y que ahora se nos ofrecen, turbadoras, bajo un sol de justicia: «Había sido normal hasta que cumplió veinticinco años. Entonces, durante unas infortunadas vacaciones en Estados Unidos, sobrevino el percance. En Chicago (…) el joven Adolfo había conquistado (creía él) a una señora en un cabaret, y ella se lo llevó a un hotel, y estaba en plena acción cuando sintió en la espalda la punta de un cuchillo.» (La tía Julia y el Escribidor de Mario Vargas Llosa). Porque con ayuda de un buen libro nos podemos remontar más allá, incluso, de ese horizonte azul y cierto donde el mundo se curva: «Una gota de agua sube los peldaños de una escalera ¿La oyes? Tumbado en la cama a oscuras, escucho su misterioso recorrido. ¿Qué hace? ¿Brinca? Tic, tic, se oye de forma intermitente. Después la gota se detiene y quizá durante lo que queda de la noche no vuelva a dar señales de vida.» (Una gota de Dino Buzzati). Si has de aguardar a que el tedio y el aburrimiento te asedien, sea. Pero llegado ese momento, no lo dudes: toma un libro e intenta encontrar entre las palabras, que se preparan como un festín sobre el mantel de las páginas afiladas, lo que otros tantos lectores persiguieron y hallaron antes que tú: el placer de leer por leer: «Siempre la ha maravillado que sólo a ella el zapato le calzase a la perfección, porque su pie (un 36) no es en absoluto inusual y otras chicas de la población deben de tener la misma talla. Todavía recuerda la expresión de asombro de sus dos hermanastras cuando vieron que era ella la que se casaba con el príncipe y (unos años después, cuando murieron los reyes) se convertía en la nueva reina.» (La Monarquía de Quim Monzó).

El joven apareció muerto a la mañana siguiente. Lo descubrió su hermano, en el jardín de su casa. El cuerpo descansaba en el césped amarillento, brazos y piernas extendidos formando un aspa, y en su vientre se abría una cavidad roja. Debía de haber sido sorprendido al amanecer, antes de subir a su todoterreno para ir al trabajo. Nadie había oído nada. Nadie había visto nada. En el sendero de piedra que atravesaba el jardín había huellas de sangre. En ellas era posible reconocer, sin espacio para la duda, las…
No es habitual que podamos leer y disfrutar literatura de alguien vinculado a nuestro entorno más inmediato. Así que cuando se produce esa conjunción entre lo bueno y lo familiar no podemos dejar pasar la ocasión de traerlo a nuestra página. Este es el caso de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972). No se trata de un autor novel. Ni mucho menos. Es posible encontrar en internet varias reseñas de libros y cuentos que le han valido reconocimientos y premios como el Tigre Juan. Pero sí es un escritor en busca de una identidad, de un estilo propio que comienza a descollar sobre todo en relatos cortos, en su mayoría notables ejercicios de una encomiable agilidad narrativa. Llegó a nuestra biblioteca de la mano de Bajo el influjo del cometa (Salto de Página, 2010), una serie de cuentos de distinta factura y sin ninguna relación formal, a no ser la inquietante atmósfera que sobrevuela cada uno de ellos, y que no dejará indiferente al lector, por muy prevenido que esté acerca de la deriva inesperada que suelen tomar los acontecimientos que alimentan las fábulas de Jon Bilbao. Como somos curiosos por naturaleza no dejaremos pasar la oportunidad de saber un poco más de este autor, de su estilo y del proceso creativo que le ha llevado, por ejemplo, a colocar otro título en los expositores de todas las librerías: Padres, hijos y primates.

Hace poco tiempo que nos dejaba Ernesto Sábato. En nuestra pequeña biblioteca hay estos días un ruego insistente que el escritor argentino dirigía a los jóvenes: Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida. Siguiendo su consejo, me pregunté: ¿Por qué leer? ¿Para qué leer? Y casi sin darme cuenta, estaba intentando encontrar una respuesta. Mi contacto con las historias de piratas no vino por el capitán Jack Sparrow, protagonista de la famosa saga de Piratas del Caribe. Me aficioné a ellas siguiendo las aventuras del joven Jim Hawkins y de un viejo bucanero llamado John Silver, embarcados en la Hispaniola, a la búsqueda de un tesoro… Recuerdo enfrascarme en la lectura de “La isla del tesoro” en las mañanas del verano en el que tenía doce años. Aún en la cama, recibiendo las primeras luces del día a través de la ventana, y engañando al estómago que ya pedía desayunar.Por un tiempo yo era el joven Jim y me enfrentaba a peligrosos piratas tras la pista de un cofre lleno de doblones de oro, en una isla desierta del Caribe. Y mientras, en mi mente sonaba esta vieja canción: Quince hombres sobre el baúl del muerto… ¡Yujujú, y una botella de ron!Quince hombres sobre el baúl del muerto… ¡Yujujú, y una botella de ron!

Fruto de un exquisito trabajo taxonómico y descriptivo es este compendio, que bajo el título genérico de Animalario Universal, recopila buena parte del bestiario fantástico hallado en las selvas de Africasia y Oceamérica. El promotor de esta magna obra es el profesor Revillod (abajo, en la foto), un biólogo apasionado por la rica fauna que habita los rincones de la imaginación. El lector curioso se maravillará con la imponente figura del CECETE (Primitivo branquiado de piel blindada de las selvas de la India) o el porte majestuoso del ELECHIGRE (Formidable paquidermo de hábitos omnívoros de los bosques malayos). Esta joya literaria de la zootecnia moderna le permitirá tener en su mano la friolera de 4096 fieras diferentes, con la descripción de sus hábitos y modos de vida. Todo un monumento al cortar y pegar, de tanta raigambre entre nuestro alumnado más refractario, que sin duda hará las delicias de los que veneran el rigor de procedimiento y la atenta observación de cuánto les rodea.













