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juan josé plans, in memoriam

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Muchos recordarán a este gijonés como periodista, guionista o escritor; sin embargo, a nosotros nos resulta más familiar la voz profunda con la que abría sus espacios radiofónicos, en la que nos invitaba a «pasarlo de miedo con miedo». Las dramatizaciones al viejo estilo de las ondas nos preparaban (o nos indisponían) para el sueño del fin de semana, mientras gozábamos de historias envueltas en jirones de esa niebla baja y espesa, sembrada de gritos, en cuyas entrañas se ocultaban las almas de cuántos deambularon a deshora por los muelles del Támesis. No le gustaba considerarse autor de género, pero Plans no se librará de que le asociemos, casi sin querer, con los inquietantes relatos a los que ponía voz y con aquellos otros escritos de su puño y letra, que llegaron incluso a la pantalla grande, la otra gran pasión del escritor. Con el inestimable concurso y el talento de Ibáñez Serrador, nos puso los pelos de punta con la novela El juego de los niños (La película recibió un nombre más comercial: Quién puede matar a un niño), ambientada en un pueblecito costero donde unos endiablados menores se adelantan en casi una década y media a la implantación de la LOGSE.

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machado

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Hace setenta y cinco años que desapareció Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por el compromiso con su familia, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al poeta sevillano, que falleció en un pequeño hotel y hubo de ser inhumado en un nicho prestado que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

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nueva estantería

estanteria_biblioluces_febrero_2014

A lo largo de este curso iremos repasando, como siempre, las efemérides literarias de este año 14, que viene cargadito de medios y cuartos de siglo. Para empezar, en julio hará cien años del comienzo de una de las carnicerías más devastadoras de la historia: la Primera Guerra Mundial abrió una profunda cicatriz artística y literaria que dejó huella en la piel lacerada un mundo que ya nunca volvería a ser el mismo. Han pasado cien años y ya no queda nadie que deje constancia de la masacre. Ya solo podemos recrear el pasado inmediato a través de los testimonios grabados y de los ríos de tinta que desde entonces hacen rebosar los sinuosos cauces de la memoria. Pero también es posible recordar el cuadrigentésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de Shakespeare, el centenario de Marguerite Duras, Cortázar, el burro Platero y Bioy, así como las cincuenta primaveras de la Mafalda de Quino. Sin embargo, hay una fecha inmediata, el 22 de febrero, en la que se cumplirá el septuagésimo quinto aniversario de la muerte de un hombre bueno: Antonio Machado. Dicen que la primera noche de destierro en territorio francés se la pasó en un vagón de tren, abandonados en vía muerta (tanto el vagón como el pasajero). No es difícil imaginar la triste figura del poeta, sostenido por su madre, maltrecho, casi exánime, abatido y roto por dentro y por fuera. La estampa del exiliado, del que huye no solo para salvar la vida sino la dignidad, tan laboriosamente construida con fe en el verso y la palabra. Sirva como preámbulo este video, cargado de versos que no por muy conocidos, o quizá precisamente por eso, suenan llenos de ternura y sabiduría. Pues eso.

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la biblioteca de Borges

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Si tienen tiempo y gana de visitar la ciudad autónoma de Buenos Aires con billete de turista virtual, en el barrio de Boedo, entre Muñiz y Avenida La Plata, se van a encontrar con la Biblioteca Pública Miguel Cané, donde trabajó como catalogador Jorge Luis Borges. En la planta baja, escurrida hacia el fondo, se ubica la sala principal, amplia, presidida por la bandera y la figura del escritor y periodista que le da nombre al complejo. Los macizos de estantes se parapetan estableciendo el territorio de la lectura, mientras el aire caliente que se adhiere a los altísimos techos se entibia, para caer después en forma de ráfagas frescas, proyectadas a través del pasillo imaginado que comunica los dos accesos situados en ambos extremos de la sala. En esta biblioteca no es raro ver aparecer escritores y académicos que se repasan hasta el último desconchón en las paredes para descubrir huellas de la presencia del maestro, pero también de aficionados que respiran profundo en el interior, como para embeberse de espíritu borgiano. Con intención de curar de la decepción a unos y otros, la municipalidad armó una pequeña sala con un viejo escritorio y algunos objetos que recuerdan al autor de El Aleph; allí los crédulos se santiguan y hasta los más agnósticos rezan por el alma del mago de las palabras. La vida y obra de Borges estuvo profundamente ligada a las bibliotecas, el espacio físico donde los libros nos recuerdan que dios es solo un capítulo de entre todos los que componen la inacabada enciclopedia del ingenio humano. Puede ser que en esta biblioteca de barrio, donde no parece concebible que la urgencia de la actividad cotidiana comprometiera todos y cada uno de los minutos laborables del catalogador, puede, decimos, que allí mismo compusiera Borges La biblioteca de Babel, un cuento con alusiones matemáticas relacionadas con la combinatoria y la infinitud, y donde se describe el lugar donde se atesoran todos los libros escritos y por escribir, que dispuestos de manera azarosa ocuparían tantos estantes como átomos hay en el universo. Una metáfora sobre el conocimiento que hoy identificaríamos con internet, la apoteosis mística de todo el saber humano, obscenamente expuesto al deterioro, la trivialización y el olvido.

No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

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empezando por la cubierta

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Decía Daniel Gil Pila, diseñador gráfico, que antes de pensar la cubierta de un libro, se lo leía para hacerse una idea precisa del contenido. El fruto de este desvelo lector son las cuatro mil portadas que Don Daniel realizó para las distintas colecciones de Alianza Editorial, fundamentalmente para el libro de bolsillo, un formato que hoy resulta de lo más habitual, pero que en su momento estableció un nuevo paradigma del libro como objeto, una concepción reducida, manejable y, sobre todo, económica del más reconocible transmisor de la Cultura, así, con mayúscula. Las imágenes evocadoras de Daniel Gil contribuyeron a ponerle «rostro» al volumen, reconocible al paso del tiempo como algo propio, enriquecido con los pliegues y las cicatrices del uso, mérito que se añadía al libro y que dejaba en evidencia a los lectores que ofrecían los suyos con la impecable presencia del primer día. Daniel Gil firmaba sus trabajos en la contracubierta, aunque su estilo se reafirmó y consolidó tanto que bastaba una breve inspección para identificar en la imagen de la tapa el buen hacer del diseñador cántabro. El prolífico catálogo de Alianza, las numerosas ediciones y reediciones unido al éxito de la fórmula de bolsillo hacen difícilmente concebible una biblioteca, pública o privada, que no cuente entre sus fondos con ejemplares iluminados por la prolífica imaginación de Gil. Siguiendo la senda abierta, Manuel Estrada retoma las técnicas y los ambientes del maestro aunque, a nuestro juicio, sin llegar a colmar el vaso de la creatividad con la soltura y la economía de medios del primero. A todo aquel que quiera revisar el trabajo este artista gráfico, le invitamos a pasarse por esta página con casi un millar de las cubiertas de Daniel Gil.

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las tristes burbujas de champán

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En algún momento ya hablamos aquí de los hermanos Grimm (los dos que se dedicaban a la lingüística y las letras, porque había un tercero que iba a su bola), de sus cuentos y sus archiconocidas adaptaciones. También hemos hablado de la pareja Hansen y Gretel, protagonistas de un desgraciado dramón en el que algunos folcloristas han querido ver similitudes con los horrores vividos durante el Tercer Reich. Personalmente no nos gustan las historias en las que se combina el chocolate con la casquería. Aunque no más edificante, la figura de Till Eulenspiegel nos resulta más simpática: se trata de otro personaje de la tradición alemana, precedente de la novela picaresca centroeuropea, fácilmente identificable en imágenes y adaptaciones por el ridículo gorrito ese de cascabeles; Richard Strauss se inspiró en Till para componer un poema sinfónico del que, a buen seguro, has escuchado algún fragmento. Pero lo que trae a estos personajes de cuento a nuestra página no es un súbito acceso de germanofilia en el sentido literal, sino un hecho triste para los que fuimos germanófilos en el sentido de la Movida: el fallecimiento del paisano German Coppini, que le cantó a Till e intuyó, ya hace un montón de años, que corrían malos tiempos para la lírica. A él le dedicamos el último artículo de este 2013.

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