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divertida campaña

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La Academia de la Publicidad ha querido obsequiar a la Real Academia Española con un divertido anuncio. El famoso y tres veces centenario lema aquel de «limpia, fija y da esplendor» cobra una dimensión distinta para llamar la atención sobre el uso correcto del lenguaje, ese preciado tesoro que acostumbramos a tratar como baratija. Y no es que lo digamos nosotros. No hay más que poner la tele o disfrutar de una amable tertulia de patio. Posiblemente así, de entrada, uno no se da cuenta, pero utilizar mal el propio idioma es como conducir un Ferrari pasado de revoluciones: llevar, te lleva, pero el ruido es insoportable y el motor termina gripando. Hablar, comunicar, supone prolongar el pensamiento más allá de los límites que nos impone nuestro cráneo, creando una sintonía con las personas que nos rodean. Las palabras pueden contener toda la carga emotiva, sarcástica o imperiosa que uno desee si es que se sabe trasladar los sentimientos e inquietudes al lenguaje cotidiano. Para eso debemos utilizar el lenguaje sin afectación, pero también sin complejos: el idioma pone a nuestra disposición muchos recursos; nosotros tenemos el deber de conocerlos y el derecho a servirnos de ellos. Algunos han censurado la campaña de la RAE porque la protagonista, dicen, es una joven analfabeta. Yo no diría tanto. A mí me da que esta caricatura en su primera versión (la de mujer que se expresa mal) tiene estudios, puede que hasta superiores. Lo que ocurre es que no ha visto Plácido, ha leído poco, ha escrito menos y nunca, pero nunca, ha sentido la necesidad de ordenar sus pensamientos antes de fundirlos con el aire. Sin embargo, los estudiantes del segundo vídeo no son una ficción: ejemplares únicos, los primeritos de su clase de secundaria, aleccionados por sus familias y coeducados por sus profesores, reciben un galardón europeo de postín que premia sus más que evidentes dotes lingüísticas y académicas. Sin duda el germen de la futura élite política y económica. Un orgullo para la tierra de Don Quijote.

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bertolt y la cruzada de los niños

picaro_biblioluces

En Polonia, en el año treinta y nueve
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas.
Allí perdió la hermana al hermano
y la mujer al marido soldado.
Y, entre fuego y escombros, a sus padres
los hijos no encontraron.
No llegaba ya nada de Polonia,
ni noticias ni cartas.
Pero una extraña historia, en los países
del Este, circulaba.
La contaban en una gran ciudad,
y al contarlo nevaba.
Hablaba de unos niños que, en Polonia,
partieron en cruzada.
Por los caminos, en rebaño hambriento,
los niños avanzaban.
Se les iban uniendo muchos otros
al cruzar las aldeas bombardeadas.
Había, entre ellos, un pequeño jefe
que los organizó.
Pero ignoraba cuál era el camino,
y ésta era su gran preocupación.
Una niña de once años era
para un niño de cuatro la mamá:
le daba todo lo que da una madre,
más no tierra de paz.
Un pequeño judío iba en el grupo.
Eran de terciopelo sus solapas
Al pan más blanco estaba acostumbrado.
Y, sin embargo, todo lo aguantaba.
También habla un niño muy delgado
y pálido, que siempre estaba aparte.
Tenía una gran culpa sobre sí:
la de venir de una embajada nazi.
Y un músico, además, que en una tienda
volada habla encontrado un buen tambor.
Tocarlo les hubiera delatado,
y el niño músico se resignó.
Y hasta un perro llevaban que, al cogerle,
se disponían a sacrificar.
Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
y ahora tenían una boca más.
También había una escuela
y en ella un maestrito elemental.
La pizarra era un tanque destrozado
donde aprendían la palabra «paz».
Y, al fin, hubo un concierto entre el estruendo
de un arroyo invernal.
Pudo tocar el niño su tambor
pero no le pudieron escuchar.
No faltó ni siquiera un gran amor:
quince años el galán, doce la amada.
En una vieja choza destruida,
la niña el pelo de su amor peinaba.
Pero el amor no pudo resistir
los fríos que vinieron:
¿cómo pueden crecer los arbolillos
bajo toda la nieve del invierno?
No faltaban la fe ni la esperanza,
pero sí les faltaba carne y pan.
Quien les negó su amparo y fue robado
después, nada les puede reprochar.
Mas nadie acuse al pobre que, a su mesa,
no los hizo sentar.
Para cincuenta niños hace falta mucha harina:
no basta la bondad.
A un soldado encontraron
herido en un pinar.
Siete días cuidándole y pensaban:
«ÉI nos podrá orientar».
Mas el soldado dijo: «¡A Bilgoray!».
Debía de tener
mucha fiebre: murió al día siguiente.
Le enterraron también.
Y los indicadores que encontraban,
la nieve apenas los dejaba ver.
Pero ya no indicaban el camino:
todos estaban puestos al revés.
Aunque no se trataba de una broma:
era sólo una medida militar.
Buscaron y buscaron Bilgoray,
más nunca la pudieron encontrar.
Se reunieron todos con el jefe
confiados en él.
Miró el blanco horizonte y señaló:
«Por allí debe ser».
Vieron fuego una noche:
decidieron seguir, sin acercarse.
Pasaron tanques otra vez muy cerca,
pero iban hombres dentro de los tanques.
Al fin, un día, a una ciudad llegaron
y dieron un rodeo.
Caminaron tan sólo por la noche
hasta que la perdieron.
Por lo que fue el sureste de Polonia,
bajo una gran tormenta, entre la nieve,
de los cincuenta niños
las noticias se pierden.
Con los ojos cerrados,
dentro de mí los veo como vagan
de una casa en ruinas
a otra bombardeada.
Y al caer el ocaso, ya sus caras
no parecen iguales.
Ahora veo caras de otros niños:
españoles, franceses, orientales…
Y en aquel mes de enero,
en Polonia encontraron
un pobre perro flaco que llevaba
un cartel de cartón al cuello atado.
Decía: «Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.
Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No lo matéis. Sólo él
conoce este lugar.»
Era letra de niño,
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.

Bertolt Brecht, 1939.

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mola

mola_biblioluces

Esta es la consigna que luciremos durante el presente curso para animar a la lectura a nuestros queridos estudiantes. No les vamos a decir que leyendo se aprende mucho, porque hay gente muy leída que es sumamente ignorante. Tampoco les vamos a decir que leyendo así, sin más, se lo pasarán en grande, porque eso es una falacia más grande que el Peñón de Gibraltar, con monos y todo. Animar a la lectura es invitar a degustar todo tipo de guiso literario, husmear historias, contagiarse del mal de la palabra y, sobre todo, ejercitar esa maravillosa disposición humana que nos acerca al conocimiento sin más mediadores que nuestra propia inteligencia. Todo lector es, en potencia, una máquina de aprender. Y quizá ahí resida el quiz del éxito académico… Los lectores expertos no han de temer al fracaso escolar, porque tienen el entendimiento y la palabra a su servicio. Somos partidarios de aquellos que afirman que la lectura es la asignatura más importante. Pero mientras los planes de lectura sean meros apósitos que se subliman en el aire, la cosa no tiene remedio. Aunque las evidencias nos señalen el camino, nosotros, los mayores, seguimos empeñados en invertir miles de jornadas lectivas en inculcar unos conocimientos que, por otra parte, un perito lector asimilaría en un puñado de horas, para volver luego a constatar que nuestros jóvenes no desarrollan sus habilidades de lectura y escritura. Como este año nos han encargado que tratemos de encontrar aunque sea solo un poquito de agua azucarada en medio de todo este yermo de propósitos, nos vamos a poner a la tarea. No disponemos de muchas horas, pero como hay ganas de sobra, trataremos de compensar. Ya veremos…

el caramanchón

biblioluces_higienico

Hoy día de la patrona, y por aquello de hacer algo útil entre tanto frenesí gaitero, nos pusimos a limpiar el caramanchón del hórreo. Y mira por dónde, escondidos en una polvorienta caja del Círculo de Lectores, aparecieron unos viejos rollos de cierto papel higiénico que gozó durante años de una inexplicable popularidad, junto con un montón de libros de texto de principios de los ochenta, en los que todavía se hablaba de España y del enigmático e indescifrable producto cartesiano de dos (puñeteros) conjuntos dados, sean A y B. Sin ayuda de movimientos y gestos explícitos, los integrantes más jóvenes del batallón no hubieran acertado a descubrir el uso que se le daba a los vistosos rollos envueltos en celofán. Sin embargo, todos identificaron como tales los libros escolares, algunos de ellos acorralados por la carcoma o blasfemados por nombres y apellidos remotamente familiares, escritos sobre los imperecederos dymos. Resultó inevitable establecer analogías entre ambos soportes de papel. Uno y otro contribuyeron a curtirnos por dentro y por fuera, haciendo bueno aquello de que no había otra cosa mejor a mano. En el caso del papel higiénico y hasta que llegó el agradable papel sedoso, toda una generación creció pensando en que la única alternativa posible a la hoja vegetal era esta rígida plancha marrón, que bien doblada podría haberse utilizado para desollar una oveja. Sin embargo parece que nadie está interesado en abrirnos los ojos en relación con los libros de texto: lo que en principio fue una herramienta de apoyo y consulta, ha pasado a convertirse en la quintaesencia del conocimiento escolar. La identificación ha sido tal que los profanos confunden los contenidos de estos manuales con los sacrosantos currículos oficiales. Aunque lo más doloroso es que la cantidad y calidad del aprendizaje escolar se estime en función del valor material de estos carísimos soportes con fecha de caducidad, reclamados como obligatorios y subvencionados con dinero de todos en forma de becas, y que mueven al año millones de euros en beneficio de unos pocos. Eso por no hablar del rigor y la objetividad de los textos, sometidos al imperio de las veleidades políticas y los intereses ideológicos. Si la calidad de los libros escolares sirviera para establecer la solvencia educativa de los ciudadanos que alcanzarán su madurez intelectual en el 2020 (año de los JJ.OO. tokiotas), íbamos apañados. Por la tarde haremos una bonita pira con toda la porquería que bajamos del caramanchón. Los chicos han decidido indultar un hato de viejas novelas del oeste; los mayores nos decantamos unánimente por El Elefante porque, pasado el tiempo y curadas las heridas, no le guardamos rencor a un rollo que, al contrario de otros que se las daban de académicos, nunca presumió de serlo.

polluelo

biblioluces_poussin

Una vez abierto el necesario paréntesis para para charlar, leer, escribir, observar, pensar y holgazanear, se nos presenta el nuevo curso con multitud de proyectos pendientes. Pero como la voluntad humana —y en particular de quienes suscriben— es altamente tornadiza, no albergamos esperanzas de culminar la mayoría de ellos, lo que nos ahorra frustraciones y fatuos desencantos. No hay nada mejor que aceptar la mediocridad para asegurarte una autoestima a prueba de balas. Durante el verano nos desayunamos con algunos libros de esos que se expurgan a la buena de dios de las bibliotecas escolares, como la «Breve historia de China», escrito por el profesor Owen Lattimore, acusado durante años de espía soviético por el borrachuzo del senador McCarthy, o las «Nuevas aventuras de Robinsón Crusoe» de Defoe, con un protagonista de sesenta y un años al que todavía le va la marcha. A mediodía nos almorzábamos con los netsuke de «La liebre con ojos de ámbar» de Edmund de Waal o «La soledad de los números primos«, un descubrimiento este libro, novela que fue llevada al cine hace un par de años. Después de cenar nos repasábamos todas las aventuras de Theodore Poussin (o Pollito), el personaje de Frank Le Gall, del que pudimos ver algunos de sus originales a tinta en la exposición que organizó el festival  de la historieta de La Coruña. Y para evitar el eco cansino de los ruidosos perros del vecindario, nos apuntamos a la música de fagot hasta que convencimos a Paula de que solicitara este instrumento en la escuela de música. Suponemos que los que albergan esperanzas de aprobar las pruebas de septiembre se habrán tomado la molestia de ayudar un poquito a la fortuna haciendo el tradicional acopio insustancial de conocimientos vacuos. Si no ha sido así, esperamos que al menos esgriman la disculpa de que anduvieron entretenidos con lecturas de más fuste, aunque ya se sabe aquello de que litterae non dant panem.

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Theodore Poussin en acción

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niñueño

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Nuestros amigos de «El Escarabayu 2» montaron una buena: bajo el lema «Soñar despiertos«, convocaron a todos los pequeños escritores de la Cuenca para que dieran rienda suelta a su imaginación al tiempo que se sumaban a una bonita iniciativa solidaria. Un aluvión de relatos infantiles inundó los mostradores de la coqueta librería. El tributo sencillo de un mogollón de participantes con ganas de pasarlo bien inventando una historia, modelando una idea, cocinando una trama mejor o peor resuelta que siempre llevaba el ánimo de conmover al lector arrancándole una sonrisa. Leer y escribir abren las puertas del entendimiento y su ejercicio promueve el desarrollo de cualquier destreza intelectual (y cualquiera es cualquiera). Y así fue que los esforzados atletas de la palabra no nos defraudaron: los que tuvimos la oportunidad de escuchar alguno de estos relatos en boca de sus jóvenes autores, quedamos gratamente impresionados por sus recursos y la fina disposición para la fabulación; porque no basta con inventarse «historias»: hace falta poner las palabras justas a esa vocecita interior que nos evoca viajes a Marte, dulces festines de nubes de caramelo o vuelos rasantes sobre aviones de papel. El verano es propicio para emborronar las últimas inmaculadas hojas de nuestros cuadernos escolares; de paso, aprovechamos para dejar un rastro inteligente que dentro de unos años nos recordará que hay vida más allá de las anodinas actividades de garrafón. ¡Que os cunda!

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