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la foto salió movida

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El 1962, año en que apareció  «Historia de Cronopios y Famas», fallecía la buena de Marilyn al tiempo que Peter Parker, contaminado por un bichito radiactivo, se convertía en el increíble Hombre-Araña. Y no era el único. Por aquel entonces el mundo todo se preparaba para soportar las fiebres de tanto ensayo nuclear, obsesivo recurso del matonismo bélico internacional. También inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía empujaba un poco con la cabeza y pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte. Hace cincuenta años, mientras la humanidad se preparaba para experimentar la gran apoteosis nuclear, los obispos almidonaban su ropa interior y preparaban los oscuros talares para celebrar el Concilio Vaticano II, conocedores de que, desde lo más alto, la divinidad cedía protagonismo a las sondas Mariner y Спутник, en caída libre hacia la distante Venus, pobrecilla. Sirvan estos recuerdos para ilustrar algo de lo que ya no guardo memoria porque figura a la cabecera del artículo y no soy yo de los que se solazan leyéndose a sí mismos, sabiendo que hay tantos textos meritorios que van a la caza de lectores profundos y reconcentrados que nunca olvidan lo que les pasa por la cabeza, como aquellas famas que recomendaban embalsamar los recuerdos de la siguiente manera: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra». Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones». Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

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es que somos muy pobres

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La cara más descarnada de la pobreza es el desengaño. Cuando se vive en una burbuja, amparados por los mismos que nos llevaron a la ruina, y sostenidos por la idea de que las cosas no pueden ir a peor, resulta un tanto complicado recomponer el puzle de la carencia, la quiebra y la penuria. Para cuando llega el desengaño —ese sentimiento de vacío que ahoga las esperanzas depositadas en palabras vanas y altisonantes, en torcidos gestos de entusiasmo—, el empeño por mantenernos a flote se ha ido comiendo las ilusiones que pusimos en construir un mundo mejor… y en el preciso instante en que ya no queda nada desembarca la pobreza, una pobreza que tiene muchos nombres (pobreza moral, económica, cultural…), aunque todas terminen por confluir en el mismo mar, sumando a la postre el caudal de sus respectivas miserias. A lo largo de este año hemos recordado la figura de Dickens y subrayado el valor intemporal de su preclara visión de las necesidades humanas. Entre sus páginas identificamos a los verdaderos paganos de la desigualdad y el ambicioso desenfreno de los poderes económico y político: los débiles, los niños, la juventud ignorante y marginada, las mujeres… un esquema que se repite a lo largo de la historia hasta convertirse en una evidencia casi insoslayable que, sin embargo, por estas latitudes preferimos ignorar porque es mucho más progresista considerar que la moderna miseria democrática no escoge a sus víctimas. Hoy día 25 de noviembre queremos rescatar dos ilustraciones de esta violencia sostenida contra los más vulnerables: una de ellas es el vídeo «the host of Seraphim«, de la banda musical Dead Can Dance. El otro es de traza más literaria, aunque no por eso menos contundente: se trata de un cuento de Juan Rulfo incluido en el libro «El llano en llamas», de título «Es que somos muy pobres«. En este cortísimo relato, un niño describe la pobreza como un río que lo inunda todo, una corriente desbordada que anega el destino de las buenas gentes condenándolas a entregar su dignidad a cambio de un trozo de pan.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

«El llano en llamas» de Juan Rulfo

Can you see anything?

¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrarse un tesoro? Este recurrente argumento onírico ha alimentado durante siglos la imaginación de cientos de autores. Pero muy pocos experimentaron en carne propia la indescriptible emoción de un hallazgo tal. En un día como éste, hace ahora noventa años, Howard Carter no tenía ni idea de que el desierto estaba a punto de revelarle la situación exacta de la anhelada tumba de Tutankamón, un faraón adolescente que vivió y padeció un tumultuoso tiempo de cambios en el antiguo Egipto, hace aproximadamente treinta y cuatro siglos. No vamos a insistir en el detalle porque internet hierve de información, pero sí queremos advertir que cualquiera que se aproxime al tema se va a sentir irresistiblemente atraído por todos los pormenores del mismo: la historia de una civilización deslumbrante, la evolución del método arqueológico —desde la rapiña y el expolio consentido hasta el moderno procedimiento historiográfico—, la biografía de los célebres estudiosos e investigadores y sus mecenas, las maldiciones, los conflictos diplomáticos, las intrigas políticas… Una invitación para adentrarse en sombríos corredores y asomarnos a la cámara en la que yace uno de los más valiosos tesoros del conocimiento humano: la egiptología. Hoy los libros nos ofrecen la posibilidad de revivir estos descubrimientos, sentir la incontenible excitación infantil de Lord Carnarvon y experimentar la emoción de Carter cuando, a través de un agujero abierto en la pared, vislumbró lo que sería el mayor descubrimiento arqueológico del todos los tiempos: «Veo cosas maravillosas».

«Los descubridores del antiguo Egipto»

«Historia de los egipcios»

los no-muertos

Cuando Bram Stoker publicó en 1897 Drácula o, como él hubiera preferido, Los no-muertos, no se imaginaba siquiera que su personaje seguiría, ciento quince años después, fresco y resuelto a dar mordiscos como el primer día de su no-muerte. Porque el conde bebe-sangre es un personaje literario que ha impuesto su estrafalario estilo gótico tanto en los sueños como en la gran pantalla del cine. Eso por no hablar de los imitadores, remedadores, inspiradores y cómplices que le han salido a lo largo de este último siglo, monsterjais incluidas. El vampiro es, en esencia, una criatura que se regenera alimentándose de la esencia vital de otros seres vivos (Sí, ya sé en quién están pensando, pero no…). Se le reconoce como un ser maligno enraizado en el folclore de muchas culturas bien diferentes. Por eso no es raro que Stoker diera forma a su aristocrático chupóptero a partir de historias que circulaban por su Irlanda natal, aderezadas con testimonios y relatos centroeuropeos que le llevaron a fundir el mito del vampiro con la historia del príncipe rumano Vlad III El Empalador, un gobernante que, de no ser por el escritor irlandés, habría pasado a la historia como un europeista convencido, al que otra aberración como Ceaucescu declaró «Héroe de la nación rumana» en 1976.  Stoker, muy influido por la corriente psicoanalista de su época, sublimó el espíritu mismo de la maldad y lo materializó en un personaje que, curiosamente, se prodiga poco en la novela. Dicen los que saben que Don Abraham es un autor irregular y mediocre, pero eso importa poco si tenemos en cuenta cuál es su aval para la posteridad: Drácula el Drácula de Stoker para ser exactos, porque los que no se han asomado a la lectura de este libro tendrán ahora mismo en la cabeza las siluetas de los dráculas que otros creadores como MurnauLugosiFisherCoppola o los dibujantes de la Marvel imaginaron para nosotros. Y eso, claro, no es lo mismo…

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sobre sentados, príncipes y mendigos

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Mark Twain se sirve de uno de los capítulos más apasionantes de la temprana edad moderna para escribir El príncipe y el mendigoEduardo VI, hijo del sanguinario Enrique VIII y la tercera de sus ocho esposas, se mete en un lío monumental cuando intercambia su identidad con Tom Canty, un niño de la calle con facciones muy parecidas a las del rey del Inglaterra. La novela le hace un gran favor al soberano, del que Twain dice que fue «especialmente benigno para aquellos duros tiempos». Lo cierto es que el muchacho vivió apenas 15 añitos y reinar, lo que se dice reinar, reino poco, porque su padre le dejó por herencia dieciséis tutores y un país en pié de guerra. Pero lo que importa es el final feliz de la historia, la liberación física y moral de los dos protagonistas y su retorno al mundo que a cada cuál le corresponde, con el añadido de que a Tom le reportó el respeto y la consideración de sus paisanos y al valiente Miles Hendon, el noble que hizo posible la coronación del verdadero príncipe, la concesión de un singular privilegio para él y sus descendientes: sentarse en presencia del Rey. Durante la recepción de los premios Príncipe de Asturias aprovechamos la circunstancia para jugar a rebeldes y descubrir qué sensación experimenta aquel que contempla de sentado el paso de la regia comitiva, a discreta distancia y sin alardes, eso sí; y si bien es cierto que la Señora nos miró con gesto torvo, el heredero de la Corona salvó el espacio que nos separaba y nos saludó estrechando la mano y doblando la cerviz: ¡Qué suerte poder estar sentado! ¿eh?
Un buen final, teniendo en cuenta de que en otro tiempo nos hubieran descoyuntado. Se ve que D. Felipe también se había leído a Twain…

Centelleó en sus ojos una idea repentina, que le impulsó a dirigirse a la pared, agarrar una silla, plantarla con firmeza en el suelo y sentarse en ella. Oyóse un murmullo de indignación, y una mano se posó bruscamente en el hombro de Hendon, mientras exclamaba: –¡Arriba, payaso desvergonzado! ¿Osas sentarte en presencia del rey? Este incidente llamó la atención de Su Majestad, que extendió la mano exclamando: –¡No le toquen! Está en su perfecto derecho! Los magnates retrocedieron estupefactos, y el rey agregó: –Sepan todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi queridísimo servidor, Miles Hendon, que interpuso su excelente espada y salvó a su príncipe de un daño corporal y quizá de la muerte… y por eso es caballero por nombramiento del rey. Sepan todos que por un servicio más elevado, por haber salvado a su soberano de los azotes y de la vergüenza, atrayéndolos sobre sí, es par de Inglaterra y conde de Kent, y tendrá oro y tierra, correspondientes a su dignidad. Más aún: el privilegio que acaba de ejercer le corresponde por concesión real, porque hemos ordenado que él y sus sucesores legítimos tengan y conserven el derecho de sentarse en presencia de la Majestad de Inglaterra de hoy en adelante, generación tras generación, mientras subsista la Corona.

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libros delebles

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La novedad viene de la Argentina y sería ésta: vos comprás un libro; te lo sirven envasado al vacío, recubierto por una coraza hermética como si fuera medio pollo asado. Un vez liberado de su cautiverio se inicia un rápido proceso de oxidación que volatiliza el mensaje: las palabras se esfuman y te quedas un cuarto de lonchas de papel entre dos tortas de cartoné. Los promotores creen que, acuciado por la urgencia, el lector pondrá más empeño en la tarea para no quedarse a la mitad del segundo capítulo sin novela y con un palmo de narices. Lo de la tinta sitehevistonomeacuerdo no es algo nuevo: bancos y partidos políticos llevan utilizándola desde hace años en libros de contabilidad y programas electorales. Lo realmente novedoso consiste en imprimir novelas con este sucedáneo del chimichurri. Aunque a decir verdad, lo que para un finés o un alemán pudiera resultar una desagradable contingencia -esto es: quedarse sin libro-, no lo sería tanto para el lector patrio: siempre cabe la posibilidad de meterlo en el congelador, plastificar las páginas, escanearlo, probar a cocerlo en leche hirviendo, repasarlo a mano o regalarlo como coqueto cuaderno de notas y comprarse otro. No sabemos si la idea cuajará o no pasará de alabarse como una ocurrencia más o menos divertida; lo cierto es que los escritores deben de estar locos de contentos ante la perspectiva de que su obra se disuelva en el aire, sin siquiera dar oportunidad a que otros curiosos rebañen un plato de papel agotado. Y para los que estiman la posesión del libro y la relectura, ya ni les cuento. Una metáfora de la programada caducidad de las cosas trasladada al mundo de las letras, un anti-libro bien distinto a aquellos incunables de Gutenberg impresos con vocación secular…

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