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los cráteres de la luna

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Volvemos de nuevo la vista al cielo. Esta vez para contemplar a nuestro querido satélite, señor de las mareas, magnético inductor de vida y muerte: la Luna. Posiblemente ningún objeto celeste haya inspirado tanto a científicos y artistas como éste, al que la familiaridad de trato ha llevado al extremo de anular la mayúscula que denota lo propio de su nombre. Como buena conocedora de nuestra psicología, a la luna le basta con un guiño mensual para sustraer la atención de todo el orbe, desde donde los lunáticos de toda condición han proyectado a lo largo de la historia los sueños que no les cabían en cajones y gabinetes, razón verdadera de tanto desmesurado cráter. El primer hombre que se dejó caer en persona por aquellos lares acaba de fallecer. La figura de Neil Armstrong es equiparable a la de esos otros viajeros de otro tiempo que ampliaron las fronteras de lo conocido, circunvalaron el globo o llegaron a los confines más inhóspitos. Anticipando las inveteradas costumbres del moderno turista playero, Armstrong se hizo unas fotos y recolectó algunos recuerdos de la odisea, unos pocos pedruscos y un puñado de arena inerte, con la esperanza de que pronto regresaría a su Tierra (nunca mejor dicho). Desde el pasado veinticinco de agosto la persona se ha tornado en personaje, y como le corresponde, espera turno en la antesala de la fama, lo que supone que en los siglos venideros las rotundas consonantes de su apellido resonarán junto a las de otros incautos exploradores, tan celosos de su misión que ignoraron el más que probable fracaso de la empresa. Algo así ocurre con los protagonistas de De la Tierra a la Luna de Julio Verne, que os presentamos aquí en esta edición de 1868, impresa tres años después de que el primer capítulo apareciera en el Journal des débats politiques et littéraires. Mientras que a Verne se le tilda de visionario, hay quien afirma que la conquista de Armstrong en mil novecientos sesenta y nueve fue una fenomenal impostura. A los que vivimos de las fábulas que alimentan la imaginación, tanto nos da que la especie humana haya llegado o no a sentar sus reales en las dunas de Marte o sobre los hielos de Ganímedes, siempre que nos permitan seguir gozando a gusto en la ingrávida superficie de nuestros sueños.

«De la Tierra a la Luna de Verne»

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las ondas cerebrales de una mujer enamorada

«Cosmos»

Si estás cansado de volver la vista atrás; si mirando hacia abajo te encuentras con la puntera gastada de tus zapatos; si  te cuesta mantener las pupilas sobre el horizonte… detente durante un momento y eleva la mirada. Aunque te parezca mentira, el cielo es tan solo una ventanita por la que nos asomamos al universo, ese vacío inmenso que parece contener todo lo que, por exclusión, no le pertenece a ningún dios. El cielo de agosto es bello desde cualquier latitud. Fíjate, fíjate. Ahora con la amanecida Venus todavía está ahí colgado, orientando como un faro las maniobras del sol naciente, aunque poco a poco su luz se irá diluyendo en las doradas hebras que teje el alba… Me voy a poner el concierto Emperador, que le va a este momento que ni pintado, y regreso. Ya estoy aquí. Cualquiera puede quedarse embelesado bajo una lluvia de Perseidas; pero serán los más curiosos, esos a los que llaman viajeros de la noche, los que quedarán cautivados por el lenguaje oculto de las estrellas. Cuando Carl Sagan escribió Cosmos, triunfaba La Guerra de las Galaxias y el espacio era una de las canchas, junto a la de baloncesto, donde los dos bloques dirimían sus diferencias. Los abultados presupuestos y la propaganda inmisericorde agitaban la opinión pública, que se ponía de uno o de otro lado a golpe de consignas e intereses. Tanto en la serie de televisión como en el libro hay un ánimo por abochornar a los autoproclamados conquistadores del universo conciliando la ciencia, la razón, el saber y la belleza, algo que lleva al autor a expresarse así: «Desde una perspectiva extraterrestre está claro que nuestra civilización global está a punto de fracasar en la tarea más importante con la que se enfrenta: la preservación de las vidas y del bienestar de los ciudadanos del planeta». Quizá este sea el motivo por el que en cuestión de unos pocos capítulos algunos volvimos la vista al infinito, preguntándonos si la negrura del espacio podría ocultar la verdad absoluta que se nos negaba aquí, a ras de suelo. También aprendimos a ser ciudadanos del mundo y a mostrarnos orgullosos de nuestro hermoso planeta azul, descrito al detalle por el selecto grupo de privilegiados que habían conseguido escapar de su férreo abrazo. Puestos a soñar, el propio Carl Sagan dirigió al equipo encargado de recopilar en un disco de oro una selección de imágenes y sonidos de nuestro mundo que contenía, entre otras cosas, las ondas cerebrales de una mujer perdidamente enamorada del propio Sagan. La grabación fue instalada a modo de tarjeta de visita interestelar en la sonda espacial Voyager, con destino a las estrellas. Por todo esto y por mucho más, recomendamos la revisión de la serie de TV y la lectura del libro durante el día, dejando para la madrugada el disfrute sencillo e intenso del cielo de agosto.

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un poco de subversión

«Wall and Piece»

No importa lo que digan por ahí… lo que está ocurriendo no es culpa tuya. Aunque el precio del enorme desaguisado lo estés pagando tú. Lo más cómico del caso es que estamos esperando una solución de los mismos que nos han hundido en pozo. De la noche a la mañana, la mayoría acrítica ha descubierto al fin quiénes manejan los hilos del cotarro, cómo se las gasta el poder sindical, económico y político y hasta qué punto el llamado Estado del Bienestar se la trae al pairo a todos esos que dicen defenderlo a rímel corrido, bien arrebujaditos en sus escaños. Lástima que estas lecciones se olviden con cuatro partidos de fútbol y un bono-descuento para los prescindibles libros de texto. Por si alguien que no lo sabe todavía, siempre hay quien saca tajada de las crisis; cuando para ellos la cosa no dé para más, los indicadores, parámetros y balances se estabilizarán, y los que hayan conseguido sobrevivir recibirán agradecidos las migajas del festín. Volverán (si es que alguna vez se fueron) los coches oficiales y los chóferes repeinados con gorra de plato, que tomarán chupitos en el Ritz con el director general, tan campechano él. Los bancos volverán a regalar cubrecamas y juegos de té y se volverá a discutir sobre la geometría de las señales de tráfico. Y pelillos a la mar. Para los que reconocemos la cruda realidad y nos da pereza ser subversivos, siempre nos quedarán libros como los de Banksy, artista callejero a decir de unos; vándalo sin escrúpulos con olfato comercial a decir de otros. Los primeros damnificados de sus creaciones fueron los dueños de inmuebles en los barrios del este de Londres. Hoy se pueden ver pintadas de Banksy en varias ciudades del mundo, con mensajes mordientes y certeros. Se refugia en el anonimato, pero no puede disimular su desaforado afán de protagonismo, que le ha llevado a colocar, de extranjis, alguna de sus provocadoras obras (enmarcadas, eso sí) en las paredes de prestigiosas pinacotecas . El contenido de Wall and Piece nos recuerda a otro autor políticamente incorrecto y de por aquí: El Roto, del que también dejamos una muestra de su trabajo.

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El Roto: El Libro de Los Desordenes

experimento

Que sí, que sí. Que con un poco de paciencia, cualquiera puede escribir el Quijote, Guerra y Paz o las Capitulaciones de Santa Fe. El teorema de los infinitos monos afirma que un montón de primates pulsando al azar el teclado de un ordenador acabará escribiendo cualquiera de las grandes obras de la literatura universal. Se trata de una cuestión matemáticamente impepinable. Es decir: que la clave está en perseverar en el empeño. Las conclusiones a las que se puede llegar a partir de este interesante teorema resultan un tanto inquietantes: 1) El proceso creativo es perfectamente sustituible por una actividad febril, sostenida en el tiempo. 2) Cualquier idiota es capaz de redactar un libro. 3) Los monos y los bobos ilustrados son capaces de remedar algo de lo que ya ha sido escrito, pero no de componer nada nuevo. 4) La estadística es un baluarte de la mediocridad, pero subraya el mérito de los espíritus talentosos y creativos.

Con la intención de comprobar sobre el terreno el alcance de esta afirmación matemática, unos señores (estamos en condiciones de asegurar que no estaban vinculados a ninguna universidad española… que se sepa) decidieron recrear el enunciado en un entorno controlado, con la ayuda, eso sí, de seis macacos negros crestados. La tesis de partida fue la siguiente: si infinitos monos son capaces de escribir las obras completas de Shakespeare en un indeterminado lapso de tiempo, ¿de qué serían capaces media docena de Macaca nigra en un par de semanas? Reproducimos aquí el resultado de la investigación, debidamente encuadernado. El experimento concluyó abruptamente el día en que los macacos orinaron sobre el ordenador (como acto de rebeldía, esta conducta se nos antoja verdaderamente inteligente), echando por tierra la esperanza de que el azar les llevara a escribir la segunda parte de «Sabor a hiel».

«Experimento Vivaria»

las palabras

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Son la materia prima de nuestro pensamiento. El mundo, traducido en palabras, se organiza en los billones de estantes de nuestro cerebro, donde un potente buscador enlaza ideas, intuiciones y conocimientos para producir algo nuevo. La creatividad es el motor de la civilización, un juguete maravilloso capaz de adaptarse a las exigencias del jugador. Y todo gracias al rastro inteligente que dejan las palabras. Un teorema matemático dice que si un millón de personas no demasiado talentosas aporrearan las teclas de un ordenador durante un lapso de tiempo digamos de unos pocos millardos de años, acabarían por escribir el Quijote (hay una versión menos exigente que habla de un chimpancé tecleando durante un par de meses al que le salen las obras completas de Isabel Gemio). Como nosotros no disponemos de tantos años tendremos que espabilarnos y aprender palabras, muuuchas palabras que nos permitan expresar, por ejemplo, lo que nos inspira hasta el más leve cambio en la tonalidad del mar. Para eso están los libros. Los buenos libros. Y los juegos, como éste en el que participan unos alumnos de Luces, sin más recompensa ni premio que el de disfrutar de un rato agradable aprendiendo juntos.

«La trampa de las palabras»

libros de arena

Las lecturas se nos acumulan… La experiencia nos lleva a la conclusión de que nunca podremos leer todo lo que se ha escrito, así que después de meditar mucho sobre el particular, te vamos a recomendar que le dediques tu valioso tiempo únicamente a aquello que merece la pena. Aquí te dejamos algunas de nuestras propuestas, que unidas a las anteriores estanterías del curso (noviembreeneroabril) cubren un amplio espectro de gustos y preferencias. Pero si no te fías, por ahí vas a encontrar un sinnúmero de páginas que te ayudarán a seleccionar tus libros de arena para este verano. Nosotros mantendremos el mínimo de pulsaciones estivales para que nadie nos considere extinguidos o molidos por el sol… una forma de mantener un vínculo con el mundo mientras nos preparamos para el nuevo curso, ése que nos espera ahí mismito, a la vuelta de tres docenas de helados. Lo dicho. Felices vacaciones.

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