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el placer de escribir

Internet es una herramienta extraordinaria. No solo nos permite abrirnos al mundo, trepar por la empinada pendiente del conocimiento o viajar por encima de las nubes a la velocidad del rayo. También ofrece la maravillosa posibilidad de hacernos visibles en el océano, de iluminar el universo sumando nuestra candelita a la de millones de internautas de uno y otro hemisferio. Para cualquier aficionado a la lectura y la escritura, asomarse a esta terraza privilegiada es un aliciente, una plataforma que permite superar los límites de nuestra habitación y elevar nuestras opiniones o nuestras pequeñas aportaciones literarias al limbo que rodea este astro palpitante. Nosotros desde aquí animamos a que así sea. Muchas páginas ofrecen información sobre concursos y certámenes literarios; otras crean un entorno para publicar y compartir, una excelente oportunidad de conocer lo que otros autores de tu mismo calibre tienen que ofrecer, sin afanes ni ambiciones. Por el puro placer de escribir. Seleccionamos una de esas páginas al azar: se trata de La cesta de las palabras, que tiene ahora mismo en marcha un concurso de relatos sobe el tema ¿Qué harías si te quedasen 24 horas de vida? ¿Cuál sería tu fin del mundo? Y como el particular nos pareció interesante, te invitamos a participar. De entre todos los presentados hasta el momento seleccionamos uno cualquiera, un relato divertido que a buen seguro le hizo pasar un buen rato a su autor o autora, escrito sin más pretensión que la de trasladar ese entusiasmo a un lector atrapado sin cebo y casi por casualidad en el inmenso océano de la información.

EL FIN DEL MUNDO DE MARCELIANO FUENTES

Marceliano Fuentes se enteró en un tugurio de la calle Lepanto de que el fin del mundo había comenzado en los suburbios de una gran urbe canadiense. Como poseído por un renovado sentimiento de lealtad paterna, corrió hacia su casa. Allí, un chico bisojo de piernas regordetas y una muchacha larguilucha con gesto de uva pasa se inclinaban sobre una mesa camilla, cubierta de cuadernos sembrados de goma de borrar. Abarcándolos a los dos, los atrajo hacia sí; pero la niña detestaba que aquel hombre butiroso y mugriento se le restregara por la piel y le apartó sin contemplaciones. Al niño tampoco le gustaba el hedor a vino rancio y perfume barato, pero tuvo que consentir que su padre, rechazado en primera instancia, volcara en él toda su desesperanza alcohólica. La radio local interrumpió momentáneamente la programación deportiva para advertir a los oyentes del próximo, fatal desenlace. El muchacho se debatía entre los brazos temblorosos de Marceliano, intentando recuperar trabajosamente una postura que le permitiera resolver el problema de quebrados. «¿Dónde está tu madre?», le preguntó. «Mamá nos abandonó esta mañana», respondió la niña. «Nos dijo que después de cenar hiciéramos los deberes y nos fuéramos temprano a la cama». El hombre quedó petrificado. Jamás hubiera imaginado que ella le dejaría a su merced en trance semejante. «¿No os dio nada para mí?». Sin siquiera elevar los párpados, la niña se tentó el vestido y le alargó una nota, escrita en papel de estraza. «Encontrarás todo el vino mezclado con licores diversos en un cubo rojo, bajo el fregadero. He añadido un litro de lejía con la esperanza de que revientes antes de que te alcance el fin del mundo. Si quieres cenar, hay latas de atún en la despensa. Marialuisa.» El último gol del astro argentino fue ruidosamente celebrado por el locutor, que a la mitad del grito triunfal prorrumpió en amargos sollozos. «El público abandona el campo». Y continuó. «Esto se acaba, señores». El último boletín informó de que el cataclismo progresaba en todas direcciones y que América había desaparecido bajo las aguas; esta vez Hollywood se había superado a sí misma. Sonaron los primeros compases de «Lo que el viento se llevó». Los infocomerciales se sucedieron rápidamente, superponiéndose los unos a los otros. «El tiempo se agota», sentenció Marceliano, que a duras penas podía mantener la verticalidad. Los hijos le miraron de reojo y prosiguieron con lo suyo. «Necesito un trago». Cuando se preparaba para retornar a la tasca sobrevino el apagón. Los ecos de alarmas y sirenas ascendían por el hueco de la escalera descorchando el silencio de la noche. Marceliano sintió miedo y se refugió de nuevo en el hogar. La angustia le devoraba por dentro. «Nunca más veré a los chiquillos», pensó. Sin darse cuenta, pronunció sus nombres. Nadie respondió. A tientas llegó hasta la cocina con la esperanza de encontrar los fósforos largos que utilizaba en las barbacoas. Extrajo de una vieja lata de cacao una caja grande que contenía un único ejemplar. Lo prendió frotando contra el raspador de lija. La madera húmeda restañaba. «Deben haberse acostado», se dijo para sí. Pero cuando intentó dar un paso la luz amenazó con extinguirse. El suelo empezó a temblar bajo sus pies. «No es posible. Esto no puede estar sucediendo», se dijo varias veces. Con la mano libre se propinó un par de bofetadas. Estaba aturdido y la consciencia se le iba y se le venía. Antes de que la llamita le lamiera la punta de los dedos localizó el cubo de plástico. Se dejó deslizar por la brillante superficie del frigorífico hasta tomar suelo con las posaderas. Un súbito cambio de presión le volvió los tímpanos del revés. Los oídos comenzaron a rechinarle. Se abrazó al cubo rojo como el náufrago que se agarra a su tabla de salvación. Había oído decir que el delirium tremens trastornaba la percepción de la realidad. Pero esto era diferente. Ayudándose con las rodillas, elevó el cubo a la altura de la barbilla e introdujo la cabeza dentro. «A tu salud, Marialuisa».

españoles de antaño y de hogaño

«Los españoles pintados por si mismos»

Hoy rescatamos del baúl de Maricastaña un curioso libro publicado en 1843 que nos llama poderosamente la atención: Los españoles pintados por sí mismos. Se trata de un volumen recopilatorio en el que varios autores diseccionan la fauna patria de mediados del XIX. Por aquel tiempo, mientras Europa se preparaba para una revolución industrial que transformaría el paisaje y elevaría las primeras columnas de humo negro en el horizonte, una España quieta y dividida (en eso hemos cambiado poco) vivía una época turbulenta, de pronunciamientos militares y guerras intestinas. Nada que hiciera presagiar un futuro venturoso. Pero el verdadero espíritu de lo ibérico se rebullía en calles, palacios, ruedos, tascas, ministerios, cuarteles o sacristías; los autores, convencidos de su propia modernidad, retratan la España profunda de alcahuetas, trepas, borrachos, chulos, castañeras, pijos, desahogados, clérigos, charranes, choriceros, criadas y cesantes. Una tropa decadente, improductiva y perniciosa, alanceada con adjetivos pedantes que solo alcanzaron a despertar la sonrisa de lectores cultos e intelectuales costumbristas entre una población mayoritariamente analfabeta. Un universo que comprenderemos mejor si aceptamos ser los herederos morales de aquellos, nuestros rebisabuelos, fácilmente reconocibles a poco que leamos cualquier página al azar. Un reto divertido. ¿O es que acaso este fragmento de Gil de Zárate no podría haber sido escrito ayer mismo?:

El zapatero hace ahora zapatos como antaño, y como antaño los cobra, escepto de los tramposos que son de las épocas. El propietario percibe los alquileres de sus fincas, aunque ande á pleito con inquilinos reninentes, plaga muy anterior á las reformas modernas. El cura, si ha perdido el diezmo, tiene esperanza en la caridad de los fieles, mientras el empleado ni aguarda caridad ni conoce fieles en el mundo (…) porque el empleado es ahora flor de efímera existencia, que nace por la mañana y por la tarde ya ha desaparecido.

 

música y literatura: disculpe el señor

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De las crisis modernas lo único que se puede afirmar con certeza es que nadie está a salvo. Por eso resulta tan chocante que durante esta desoladora experiencia en común la población esté tan polarizada: por un lado aquellos que no padecen estrecheces, que se muestran contritos y firman manifiestos a favor de la justicia social, sí, pero que lo que les rodea les suena a teleserie. Este grupo lo conforman los ciudadanos que no han perdido su empleo (todavía), que mantienen mal que bien sus hábitos de consumo y que piensan, aunque se resistan a reconocerlo de esta forma, que lo que realmente importa es que el tabaco no suba o que su equipo gane la recopa de liga, o la liga de la copa, o como quiera que se llame la competición de turno. Del otro lado están los que amanecen angustiados, los que se levantan con el paladar tomado por un sabor amargo que no les abandona, los que deambulan por la calle recordando tiempos no tan lejanos en los que trabajo y vivienda les prometían una vida digna para ellos y para sus familias. Y, por último, en un vértice equidistante, están ellos y sus dietas, claro. Les consentimos de todo porque, al parecer, son un mal necesario; pero son pocos y siempre están a lo suyo. Por eso creemos que en este momento la literatura y el compromiso intelectual de los creadores ha de jugar su papel para reducir distancias, aumentar la solidaridad y encontrar una confluencia de objetivos. El desempleo es algo que nos atañe a todos porque va emparejado con la pobreza, la exclusión, la delincuencia y la desigualdad. Muchas obras retratan el desamparo de las personas que no encuentran ocupación. Se nos vienen ahora a la cabeza la novela de Steinbeck, Las uvas de la ira, o la película de Ken LoachLloviendo piedras (ambas disponibles en la biblioteca). Recientemente se ha publicado la novela gráfica Andando (Norma Editorial), una historia sobre dos hombres y una mujer en plenitud condenados al desempleo y a la transparencia social, prototipos fáciles de reconocer en este escenario que se torna cada vez más sombrío.

Disculpe el señor
si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

No piden limosnas, no…
Ni venden alfombras de lana,
tampoco elefantes de ébano.
Son pobres que no tienen nada de nada.

No entendí muy bien
sin nada que vender o nada que perder,
pero por lo que parece
tiene usted alguna cosa que les pertenece.

¿Quiere que les diga que el señor salió…?
¿Que vuelvan mañana, en horas de visita…?
¿O mejor les digo como el señor dice:
«Santa Rita, Rita, Rita,
lo que se da, no se quita…»?

Disculpe el señor,
se nos llenó de pobres el recibidor
y no paran de llegar,
desde la retaguardia, por tierra y por mar.

Y como el señor dice que salió
y tratándose de una urgencia,
me han pedido que les indique yo
por dónde se va a la despensa,
y que Dios, se lo pagará.

¿Me da las llaves o los echo? Usted verá
que mientras estamos hablando
llegan más y más pobres y siguen llegando.

¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise
si tienen en regla sus papeles de pobre…?

¿O mejor les digo como el señor dice:
«Bien me quieres, bien te quiero,
no me toques el dinero…»?

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.
Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.

Estos son los pobres de los que le hablé…

Le dejo con los caballeros
y entiéndase usted…

Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame…
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.

Mario Benedetti

la mujer que escribía diccionarios y remendaba calcetines

¿Ustedes tienen algún problema para llamar a las cosas por su nombre? Nosotros sí, a veces. La palabra, el lenguaje afilado y certero, duele. Y desde que alguien descubrió que se podía depurar el idioma y utilizarlo en beneficio propio, un batallón de sustantivos, adjetivos y expresiones afines han invadido las aulas, los medios de comunicación y los discursos oficiales, y ahora hablamos como si tal cosa de «crecimiento negativo» (en lugar de «ir de culo»), «conductas no ejemplares» (tradutio: «ser un sirvergüenza»), «déficit de tarifa» («os vamos a dar candela»), «hecho diferencial» («Y a mí, ¿qué me cuentas?»), «regulación cinegética» («no dejar bicho con cabeza»), «daños colaterales» («matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos«)… Afortunadamente contamos con un arsenal de artillería pesada para contrarrestar esta ofensiva: los diccionarios. Hay quienes piensan que los diccionarios no sirven para nada… Hombre, esa es una verdad a medias: los malos diccionarios, desde luego. Pero los hay buenos. Y excelentes. El común de los estudiantes cree que los diccionarios se hacen solos, que uno pulsa el botón intro y las palabras se imprimen alegremente en negrita, convictas y confesas de significados arcanos, puestos ahí para gozo y disfrute de académicos y pedantones… Pues tampoco. Escribir un buen diccionario no es una tontería. Imagínense ustedes que una deslumbrante estrella del balompié tuviera que recopilar las ciento cincuenta voces que conoce de media y definirlas con propiedad (téngase en cuenta de que dispone únicamente de ciento cuarenta y nueve palabras para cada definición). Sería el proyecto de toda una vida. ¿Y qué pasaría si alguien se propusiera ordenar, actualizar y relacionar TODAS las moléculas de un idioma, cual son las palabras? Sería una empresa equiparable a forrar el Guggenheim con lentejuelas… Esta fue la tarea que acometió Dña. María Moliner, una mujer inteligente, minuciosa, preclara y sencilla. Trabajó como bibliotecaria, y a la edad  en la que otros piensan en la jubilación anticipada, ella se embarcó en la confección de un diccionario del uso, a imagen de ciertos volúmenes anglosajones, pero con el marchamo de una autora excepcional. Con la ayuda de unas pocas colaboradoras, una máquina de escribir y miles de fichas, Doña María tardó quince años en culminar su obra. Propuesta por Dámaso Alonso, fue rechazada como académica de la lengua por la corporación de autoridades, un tanto celosas de que una archivera hubiera puesto en evidencia el que, a la sazón, era el diccionario por antonomasia: el de la Real Academia de la Lengua. El principal muñidor de este rechazo fue Cela, un mal bicho a decir de muchos y un c… a decir del resto. Escribe Gregorio Morán que cuando desapareció ese veto hubo un nuevo intento de ingresar a la filóloga, pero entonces Doña María les mandó literalmente a «tomar por culo». En su momento, el diccionario de María Moliner representó una novedad en la lexicografía española. La primera edición era un tanto peculiar, pero se reveló útil y superior a cualquier otro diccionario escrito hasta la fecha, aunque un tanto complicado de manejar. Las ediciones sucesivas han intentado corregir ciertos elementos para agilizar la búsqueda y mejorar el acceso. García Márquez quiso conocerla, pero Doña María, que ya estaba muy pachucha, falleció antes de que el Nobel pudiera consumar el empeño. Poco después escribió in memoriam un bonito artículo recordando la figura de esta interesante autora:

(…) María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero». De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no había mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablando del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que le preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía; le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

mingote, hombre solo

Mingote era un autor cuyo genio se proyectaba en todo lo que hacía. La síntesis y el color de sus dibujos, combinados con la ironía crítica y certera del mensaje, dieron como resultado una producción gráfica extraordinariamente fecunda, prolongada hasta el mismo momento de su fallecimiento; la trayectoria coherente y regular fue premiada con la fidelidad de los lectores de toda la vida, pero también con el aprecio y la gratitud de la generación de humoristas gráficos que iluminaron la España de la transición. Ligado laboral y sentimentalmente al diario ABC, Mingote ha sido una de las grandes firmas del periodismo nacional, alabado a partes iguales por progres y conservadores, celebrado tanto por parroquianos en bares y tascas como por sesudísimos filósofos, de verborrea rutilante, que diseccionaron su obra con microtomo. Alguna de sus series de «chistes» (curiosa y genérica denominación de ciertas ocurrencias graciosas de esas que los estudiantes de la E.S.O. ya no saben interpretar) como la recopilada en Hombre Solo, alcanzaron gran prestigio por el tino y la profundidad del mensaje, a medias entre el surrealismo y el esperpento. En el año 2005 Mingote realiza una gran aportación editorial: el autor cuenta cómo le apremiaba la necesidad de ilustrar el Quijote, y que con ochenta años bien cumplidos decidió ponerse manos a la obra «por su cuenta», al intuir que el tiempo se le agotaba y era mucha la tarea por delante. El resultado fue una obra con más de seiscientos dibujos que rebosa humor desde el prólogo (escrito por un conocidísimo cazador de elefantes) al epílogo, y en la que la profusión de ilustraciones convierten el texto de Cervantes en una excusa para repasar una por una las hazañas del portentoso caballero de la mano de Don Antonio. Entre sus últimas creaciones, en la biblioteca podemos encontrar las colaboraciones con José Antonio Marina en Historia de la pintura, y con José Manuel Sánchez Ron, compañero de la Real Academia de la Lengua, en ¡Viva la Ciencia! y El mundo de Ícaro.

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mingote escritor

Glosar la enorme producción de este creador nos llevaría bastantes entradas, y puede que solo con buena disposición no diéramos cabida a todas sus facetas, que fueron muchas. Nuestra revisión es un tanto sentimental, porque cuando fallece alguien como Mingote nos quedamos huérfanos de una parte de nosotros, de un referente gráfico, estético y periodístico que formaba parte un aderezo cotidiano que alcanza los últimos setenta años de historia española, que ya es decir. Cuando pensamos en los dibujos de Mingote, nos asaltan la memoria carteles de cine, como el de El Pisito, los decorados que hizo para televisión o para el teatro, las series que llevaban impresa la impronta de su ironía castiza, de otro tiempo, sus viñetas cómicas de humor blanco, las sombras de colores limpios e ingenuos que daban volumen a unos trazos de personalidad inimitable. Sin ser una de sus dimensiones más sobresalientes, como escritor Antonio Mingote publicó su primera novela en 1948. Eran tiempos difíciles, grises y tristes, en los que todavía se podían escuchar los ecos de la bomba atómica, cuando el hambre todavía lo era con mayúsculas, y no esa ligera sensación de vacío entre el aperitivo y el almuerzo. El humor de los años 40 del siglo pasado debía ser necesariamente inteligente para que las mentes romas del poder clerical y castrense no se sintieran mancilladas ni aludidas. Cuando se publicó Las palmeras de cartón, el pulso de la literatura humorística lo marcaban nada menos que Jardiel PoncelaTono o Miguel Mihura, éste último fundador de la revista La Codorniz, en la que Antonio Mingote ingresó como colaborador en 1946, mientras compaginaba la milicia (como otros tantos, Mingote intervino en la guerra del bando a la postre vencedor) con la vocación de escritor y dibujante. Heredero del surrealismo de Ramón Gómez de la Serna al que tantas veces ha vindicado, el autor escribió tres o cuatro novelas más (alguna de ellas con aires de western al estilo Marcial Lafuente Estefanía) y abandonó la narrativa pura y dura hasta 1991, el año en que vio la luz Adelita en el desván, y posteriormente De muerte natural (1993), una colección de cuentos a la que pertenece el relato Arenas Movedizas:

Volvió la cabeza Carlota por ver si le seguía su marido, y allí estaba, metido hasta la cintura en las arenas movedizas.
—Te dije que no te apartaras del sendero. Bien claro lo dice ese cartel: peligro, arenas movedizas.
Se disculpó el marido:
—Iba leyendo el manual de instrucciones de la cámara. Quiero hacerte una foto a contraluz.
—No se puede andar leyendo un manual de instrucciones de nadacuando hay arenas movedizas junto al sendero.
—No, no se puede —dijo él, que siempre le daba la razón a su mujer, sobre todo cuando la tenía, como en aquel caso.
Cantaba una tórtola, o un mirlo tal vez, y las nubes del crepúsculose teñían de rosa.
—Y a ver qué hacemos ahora, porque no pretenderás que te echeuna cuerda cuando bien claro está que no la tengo.
—Siempre resulta práctico tener una cuerda.
—O sea, ahora me reprochas que no tenga una cuerda para echarte. Más te valdría reprocharte a ti mismo el haberte metido ahí, que ya me lo decía mi madre, ese marido tuyo acabará metiéndose en las arenas movedizas y luego te echará la culpa a ti.
—No te culpo de nada, es que yo no me fijo en las cosas —reconoció el hombre, que ya se había hundido quince centímetrosmás en el repugnante barrizal. El espectáculo de las nubes rosa y malva en el horizonte crepuscular era algo digno de verse, aunque nadie lo miraba en aquel momento.
—Haz el favor de echarme la cámara, que, con lo egoísta que eres, te creo capaz de hundirte con cámara y todo. El brusco movimiento que hizo el hombre para tirarle la cámara a su esposa lo hundió otro palmo, debido al conocido efecto de acción y reacción.
—Recuerdo el vestido amarillo que llevabas el día que te conocí, Carlotita —dijo el marido. Porque cuando un hombre está a punto dedesaparecer en las arenas movedizas los recuerdos del pasado se agolpan, incontenibles.
Se conmovió Carlotita, que no era de piedra.
—¿Y la pamela? ¿Te acuerdas de la pamela, Eduardo?
—Sí, querida —dijo Eduardo, procurando no mover la cabeza para no tragar el barro que ya le llegaba a la barbilla—. También me acuerdo de la pamela.
Las lágrimas le impidieron a Carlota ver cómo su marido se hundía hasta las cejas. Buscó en el bolso un pañolito para secarse los ojos. Cuando pudo mirar de nuevo sólo vio la mano del hombre que, antes de hundirse definitivamente, le hacía un cariñoso ademán dedespedida.
—El manual de instrucciones de la cámara. Se ha hundido con el manual de instrucciones. Un egoísta, eso es lo que era.
Un mirlo, tal vez una oropéndola, se posó en la mano de Eduardo a punto de desaparecer y picoteó delicadamente las yemas de los dedos.
El crepúsculo se había puesto tan bonito como no se puede usted imaginar.

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