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sobre balzac, chinos y libros

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Decidido a conservar la esencia del comunismo y eliminar cualquier disidencia, Mao dictó los principios de la revolución cultural proletaria, un experimento social verdaderamente funesto que resultó catastrófico para toda la población china. Se promovió el regreso a los orígenes rurales y se prohibió cualquier manifestación artística que tuviera el más mínimo tufillo occidentalizante. Los profesionales e intelectuales así como sus hijos terminaron trabajando de peones agrícolas en regiones remotas, al mando de sencillos agricultores analfabetos. Las purgas y las hambrunas se llevaron por delante millones de personas. En este escenario se desarrolla la novela/película de Dai Sijie «Balzac y la joven costurera china«. Dos jóvenes de ciudad, condenados a «reeducarse» en una aldea colgada en los escarpados valles del interior, sobreviven gracias a un despertador, un espíritu abierto, la naturaleza sencilla de sus anfitriones y una maleta llena de libros condenados a la hoguera por el régimen comunista, el botín de un elaborado hurto a otro «reeducado». El contenido de la maleta cambiará la percepción del mundo de los protagonistas y marcará el destino de una joven, la costurera inocente que descubre que los valles pueden embalsar millones de litros de agua, pero son incapaces de contener la inquietud de una muchacha inteligente, recién iniciada en los misterios del amor y el pensamiento contenidos en las novelas de Balzac.

Nos acercamos a la maleta. Estaba atada con una gruesa cuerda de paja trenzada, anudada en cruz. La liberamos de sus ataduras y la abrimos silenciosamente. En el interior, montones de libros se iluminaron bajo nuestra linterna eléctrica y los grandes escritores occidentales nos recibieron con los brazos abiertos: a su cabeza estaba nuestro viejo amigo Balzac, con cinco o seis novelas, seguido de Victor Hugo, Stendhal, Dumas, Flaubert, Baudelaire, Romain Rolland, Rousseau, Tolstoi, Gogol, Dostoievski y algunos ingleses: Dickens, Kipling, Emily Bronte… ¡Qué maravilla! Tenía la sensación de que iba a desvanecerme en las brumas de la embriaguez. Sacaba las novelas de la maleta una a una, las abría, contemplaba los retratos de los autores y se las pasaba a Luo. Al tocarlas con la yema de los dedos, me parecía que mis manos, que se habían vuelto pálidas, estaban en contacto con vidas humanas.
—Esto me recuerda la escena de una película —me dijo Luo—, cuando los bandidos abren una maleta llena de billetes…
—¿Qué sientes? ¿Ganas de llorar de alegría?
—No. Sólo siento odio.
—También yo. Odio a todos los que nos han prohibido estos libros.

(Traducción del francés de Manuel Serrat Crespo)

dickens

Charles John Huffam Dickens nació en Portsmouth un siete de febrero de hace dos siglos justitos. El bicentenario supone una buena excusa para que monografías, estudios, biografías, revisiones, ensayos y reediciones se sucedan, una tras otra, con motivo de la efeméride. Como creemos que la ocasión lo merece, nos vamos a sumar a la corriente irrefrenable que conmemora el natalicio a uno de los escritores populares más reconocidos y reconocibles de la historia reciente. Siguiendo las costumbres de la época, publicaremos por entregas algunos textos y referencias con la intención de acercarnos al autor desde un punto de vista alternativo, analizando el estilo, las aportaciones extraliterarias y el perfil humano de Don Charles, un inglés muy inglés que ya en vida disfrutó de gran fama y prestigio, y cuyos libros no han dejado de traducirse y venderse por cientos de miles en las últimas veinte décadas. Por de pronto, hacemos una incursión en la biblioteca para comprobar si el surtido dickesiano nos permite abordar dicha tarea con garantías. Y efectivamente: cubierto por una generosa capa de polvo descubrimos Los papeles póstumos del Club Pickwick en dos tomos, con un ensayo preliminar de Julio Cortázar; La tienda de antigüedades en traducción de Anibal Froufe; ediciones resumidas e insustanciales de David Copperfield y Oliver Twist; un cómic de Historia de dos ciudades; Canción de Navidad en inglés, un libro de estampas y grabados originales muy bonito y poco más… aunque suficiente como para tomar carrerilla y lanzarnos en salto mortal con doble tirabuzón a la piscina del prolífico creador británico.

música y literatura: un ramito de violetas

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Historias como ésta que interpreta Cecilia contienen todos los elementos de un buen relato breve. Hacen falta pocas frases, contadas expresiones, medidos adjetivos para ambientar un escenario de eclipses y penumbras. Quien no haya vivido la triste realidad del reciente pretérito imperfecto de nuestro país, no tiene todas las claves para interpretar este puñado de versos, aunque puede dejarse llevar por el instinto. Los tiempos han cambiado (no demasiado en lo esencial), y aquel o aquella que en su momento quiso entender que el marido era un romántico a tiempo parcial, ahora cuenta con la experiencia necesaria para interpretar esta relación de pareja como lo que es: la secuencia de una convivencia opresiva que alimenta el desamor y la frustración. A principio de los años setenta del siglo pasado no era fácil escribir ni componer canciones como Un ramito de violetas sorteando la afilada tijera (cuando no el cuchillo) de los censores (algo así como las modernas brigadillas de los políticamente correctos, pero más pueriles e ignorantes, si esto fuera posible). Las palabras están cuidadosamente escogidas, delicadamente engarzadas en la partitura; por más que se escuche, esta canción, como otras muchas de la misma cantautora, no agota su potencial para conmovernos, para llamar a esa lagrimita mal disimulada en la carúncula del ojo… O seré yo, que ya me estoy haciendo un poco mayor…

miguel ángel y las letras

Al mayor prodigio del Renacimiento no le gustaba que le consideraran un pintor. Abominaba de los regios encargos que le condenaban a dedicar meses, e incluso años, a la decoración de techos y paredes. Miguel Ángel se sentía, sobre todo y ante todo, un trabajador de la piedra, un escultor. No sabemos si al padre del «David» le habría hecho gracia que le recordasen como escritor. Aunque este artista total, aparte de lucirse con encarguillos de ingeniería, escultura, dibujo, arquitectura, pintura, urbanismo o diseño, también podía presumir de buen poeta. Pero su descomunal talento plástico ensombreció esa otra faceta del genio creador: los que saben de esto dicen que escribió durante toda su vida, que Miguel Ángel era un ávido lector, humanista como muchos de sus egregios contemporáneos, y devoto de Dante y Petrarca. A nadie le debe extrañar, pues, que a este hombre de su tiempo le atrajesen también el mundo de las letras y de las ideas filosóficas. Sus sonetos se han editado recientemente en español por la editorial Cátedra. Reproducimos aquí  uno de los más conocidos, con dos estrambotes, y compuesto al parecer mientras pintaba los frescos de la Capilla Sixtina. Son versos desenfadados, escritos en tono burlesco con intención de desmitificar la tarea solemne del artista. Según Francisco L. González-Camaño «este soneto se ha considerado siempre un sufrido testimonio de los ímprobos esfuerzos físicos que el artista hizo encima del andamio para poder llevar a cabo en solitario la magna obra asignada por el Papa. El autorretrato es crudamente explícito y el pintor no nos ahorra ningún detalle físico de su humanidad machacada» (Algunas notas sobre la poesía de Miguel Ángel, Revista de estética y teoría de las artes. Número 6, noviembre 2007). Toda una invitación a conocer un poco más sobre la vida y obra de este personaje crucial en la historia del arte con libros como los de TASCHEN que, por sus dimensiones, encontrarás rápidamente en la biblioteca…

 Se me ha hecho ya buche en la fatiga,
como hace el agua a los gatos en Lombardía
o en cualquier otra región de que se sea,
que a fuerza el vientre se junta a la barbilla.
La barba al cielo, y siento la memoria
en el trasero y tengo el pecho de una arpía.
Y sobre el rostro el pincel aún goteando
un rico pavimento me va haciendo.
Los riñones me han llegado hasta la panza
y del culo hago en contrapeso grupa
y ya sin ojos doy pasos en vano.
Por delante se me estira la corteza
y por plegarse atrás se me reagrupa
y me extiendo como un arco de Siria.
Pero engañoso y extraño
brota el juicio que la mente lleva,
pues tira mal la cerbatana rota.
Este cadáver de pintura
defiéndelo ahora, Juan, y también mi honor
no estando yo en mi sitio ni siendo yo pintor.

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jatakas

«Libro de jatakas»

La tradición literaria oriental es antiquísima, e infinita su variedad y riqueza, aunque por aquello de estar íntimamente ligada a un espiritualismo que no entendemos, nos suele resultar un tanto inaccesible. Sin embargo no podemos negar, por ejemplo, la enorme influencia que sobre las literaturas occidentales han ejercido los cuentos recopilados en Las mil y una noches: la prueba es que, en los albores del siglo XXI, se siguen publicando y actualizando ediciones. Según Vargas Llosa «no existe en la historia de la literatura una parábola más sencilla y luminosa que la de Sherezada y Sahrigar para explicar la razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos y la manera como ella ha contribuido a distanciarlos de esos oscuros orígenes de su historia en los que se confundían con los cuadrúpedos y las fieras» (Las mil noches y una noche. Alfaguara. 2009). La importancia de este clásico entre los clásicos merecerá tratamiento aparte en el futuro. Para abrir boca vamos a escribir una pequeña introducción a los jatakas, ilustrando la entrada con una preciosa edición americana de Tales of India de Ellen C. Babbitt, publicada en 1912 (en inglés). Los jatakas son historias de las andanzas de Buda en vidas anteriores, encarnado principalmente en seres humanos, pero también en todo tipo de animales. Las fábulas que integran esta colección son de muy diferente extensión y sirven al propósito de aleccionar al lector sobre las virtudes y la sabiduría. Es un error muy extendido pensar que todos los jatakas son cuentos infantiles con moraleja final: algunos resultan un poco macabros y hasta violentos. No vamos a dar pormenores de su génesis y evolución, porque para eso está internet. Pero sí vamos a recomendar su lectura, que puede resultar entretenida, amena y constructiva para personas de entre nueve y noventa y nueve años (si tenemos algún visitante de cien años o más le rogamos que nos disculpe, pero si éste es el rango universalmente aceptado para presentar un puzzle de mil piezas, con mayor motivo ha de serlo para inducir a la leer un libro de más de mil palabras).

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los libros de enero…

Existen muchos cálculos sobre el número de volúmenes que una persona puede leer a lo largo de su vida. Como la estimación depende de la aplicación, el calibre de las lecturas y hasta de lo larga o corta que sea la existencia de la que hablamos, cualquier resultado que aventuremos tiene las mismas garantías de acertar: ninguna. El problema no suele estar en el tiempo que se dispone para leer, sino en todo en el que se desperdicia en los prolegómenos. Por lo general, los libros que suelen pasar por nuestras manos no son objeto ni de la atención necesaria ni de la curiosidad suficiente como para soportar una dedicación que se agote en la última página. Por la pinta o por las delirantes promesas que nos hacen desde las solapas, un buen porcentaje de potenciales lecturas no merecen siquiera ser consideradas como tales. Los libros voluminosos de papel biblia, con tapas duras y solemnes, suelen disuadir de cualquier intento de lectura continuada; aquellos otros con apariencia de antiguos y desfasados se expurgan de las bibliotecas sin atender las perennes cualidades de algunos de ellos. Los que aparecen desencuadernados o presentan desaliño o maltrato se toman con dos deditos y se arrojan a la papelera. Si a éstos les sumamos los que tienen una portada poco sugerente, las obras firmadas por autores de nombres imposibles, los picados con manchitas de humedad o los que exceden las dimensiones habituales, hemos conseguido reducir notablemente la lista de candidatos; pero ni siquiera recurriendo a este dudoso método de escrutinio disminuimos sustancialmente la cantidad de títulos a nuestra disposición. Solución: dejarse llevar por las razonadas recomendaciones de los que calentaron la butaca antes que uno. So pretexto de ser útiles en el empeño, traemos aquí algunos de los títulos a los que hemos aludido directa o indirectamente en las pasadas entradas: por arte de internet, basta con pinchar y acceder a la opinión cualificada de lectores que nos precedieron en la aventura, porque en este mundo globalizado, no hay ámbito en el que alguien no nos haya precedido en hacer, decir o pensar cualquier cosa.

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