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cuentos de navidad

«Cuento de Navidad»

Introducir la navidad con A Christmas Carol de Dickens es un topicazo en el que sucumbimos con gusto. Los buenos cuentos de navidad, tanto si llevan moraleja como si no, están cargados de una emotividad que avivan lo bueno que llevamos dentro. Circunscritos en el ámbito de unas fiestas doradas aunque no sea más que por el paréntesis escolar, los relatos navideños en los que aparecen niños famélicos, domadores de renos o viejecitas muertas de frío han hecho mucho daño al género; es posible despertar la sensibilidad a flor de piel sin utilizar suterfugios facilones, ni explotar clichés dickesianos reconstruidos con pésimo instinto literario. No dejaremos pasar la ocasión de homenajear al genial escritor británico, del que está a punto de cumplirse el doble centenario de su nacimiento. Pero con la coartada que nos proporcionan las fechas, adelantamos un poco esta celebración invitando a cuantos nos visiten a leer los relatos de Dickens, Andersen (El muñeco de nieve es nuestro preferido) o cualquier otro, acompañados del fondo musical apropiado y con la disposición propia de cualquier lector en cualquier época del año: la de pasárselo bien.

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música y literatura: como ulises

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En la boca de un pequeño callejón sin salida en el decimocuarto distrito, l´impasse Florimont, una placa recuerda al visitante que Georges Brassens compuso allí sus primeras canciones. Oculto de la Gestapo durante cinco meses, Brassens solo pudo respirar tranquilo cuando París fue liberada. Este prometedor comienzo avala la carrera del cantautor francés, cualificado desde un principio para hacer apología de la libertad. Aunque es de ley añadir que, en este caso, ni la letra y ni la música son de su autoría. En este poema, como en el escrito por Du Bellay, de igual denominación e inspirador del primer verso de la canción, se evoca la figura del más legendario de los héroes griegos: Ulises, el personaje literario por antonomasia. La vida de Ulises (Odiseo para otros) es un desafío constante al destino y, por tanto, a los Dioses, que se entretienen allá arriba iluminando o confundiendo el entendimiento de los hombres. Tal y como se narra en La Ilíada, Ulises es en gran medida responsable de la victoria griega, y Homero le atribuye la pícara genialidad del caballo de madera, aunque es en La Odisea donde el aedo ciego le convierte (por indudable mérito) en el protagonista central de la historia que se desarrolla en el mar Mediterráneo. Toda una contribución al género de viajes y aventuras, por el que los griegos sentían verdadera pasión. Transcribimos aquí la letra en francés, fácilmente localizable en la red, cuyo mensaje suscribimos verso a verso, empezando por aquellos que dicen algo así como «Feliz quien como Ulises ha hecho un maravilloso viaje, ha visto cien paisajes, para después regresar, tras muchos avatares, al país de los verdes senderos. ¡Qué hermosa es la libertad!. ¡La libertad!»

Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage
Heureux qui comme Ulysse
A vu cent paysages
Et puis a retrouvé après
Maintes traversées
Le pays des vertes allées

Par un petit matin d’été
Quand le soleil vous chante au cœur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Quand on est mieux ici qu’ailleurs
Quand un ami fait le bonheur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Avec le soleil et le vent
Avec la pluie et le beau temps
On vivait bien contents
Mon cheval, ma Provence et moi
Mon cheval, ma Provence et moi

Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage
Heureux qui comme Ulysse
A vu cent paysages
Et puis a retrouvé après
Maintes traversées
Le pays des vertes allées

Par un joli matin d’été
Quand le soleil vous chante au cœur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Quand c’en est fini des malheurs
Quand un ami sèche vos pleurs
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Battus de soleil et de vent
Perdus au milieu des étangs
On vivra bien contents
Mon cheval, ma Camargue et moi
Mon cheval, ma Camargue et moi

libros con arte

«libro con mucho arte»

Para el común de los mortales, poseer una valiosa colección de arte es un poco difícil, pero no imposible (léase el caso de María del Carmen Rosario Soledad Freifrau von Thyssen-Bornemisza de Kászon et Impérfalva, de soltera María del Carmen Rosario Soledad Cervera y Fernández de la Guerra). En la mansión de Tita, el trayecto que media entre el living y sus baroniles aposentos está jalonado de tablas y lienzos que abarcan el noventa por ciento de la historia de la pintura, y eso porque todavía no le ha sido posible introducir un martillo neumático en la cuevas de Altamira. Sin embargo, no hace falta ser multimillonario para arrimar la nariz a bastantes de la obras maestras más emblemáticas del arte universal. En algunos casos, ni siquiera hay que pagar un ochavo para disfrutar de ese privilegio inmenso; el único inconveniente es que los grandes museos, los museos de verdad, esos que albergan cuadros en lugar de tediosos paneles ilustrados, el inconveniente, digo, es que suelen estar ubicados en las grandes ciudades, y la visita pasa por hacer coincidir este motivo secundario con otro principal de cualquier índole, como ir de compras o a la final de la championligui, lo que casi siempre implica la presencia de miríadas de japoneses embotellados a la entrada de cualquier espacio cerrado. Pero todavía resta una última opción: los libros de arte son una excelente alternativa para aprender inclinados sobre una mesa camilla, al calorcito del brasero, con la ventaja de que el lector puede manosear las estampas a su antojo mientras imagina futuros viajes a esta o aquella pinacoteca. Y si los intereses del aficionado aún le llevan más allá, puede pasar un rato muy agradable siguiendo la trama de Un Rembrandt en la basura, saltando de catedral en catedral con el autor de Las rosas de piedra o desmadejando las claves de un famoso latrocinio en El robo de la sonrisa, todo ello a un precio tan razonable que pocos pueden dudar de que se trata del regalo perfecto para estas fechas, cuando todo el mundo parece empeñado en obsequiar cosas inútiles o superfluas. Animus meminisse horret.

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ruedas de molino

Alguien dijo una vez (no sé si con mucho conocimiento de causa) que la plena realización del ser humano pasa por plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. La primera tarea es llevadera: la dificultad radica en preservar el arbolito y mantenerlo sano y vigoroso; pero de ésto último el proverbio se desentiende. Al personal del género masculino, la segunda faena se le puede antojar un poco complicada, pero todo se andará. Y llegamos a la tercera que, en contra de lo que pudiera parecer, es la más fácil de todas: cualquiera puede escribir un libro. Y de hecho, las estanterías de las librerías están repletas de obras presuntuosas, retahílas de palabras o sucesos que no encierran más saber del que evocan sus tapas duras. Sin embargo, poderosos intereses comerciales intentan convencernos de lo contrario: grandes biografías de personajes sin sustancia, éxitos clamorosos antes siquiera de ser publicados, novelas imaginativas redactadas si pizca de imaginación, textos de autoayuda perversos y ñoños, memorias interesadas y oportunistas, segundas malas partes de peores primeras… Todo ello dispuesto entre títulos inspirados por el talento y el trabajo que, sin embargo, pasarán prácticamente desapercibidos. De entre los diez, los veinte o los cien libros más vendidos cada temporada, muy pocos se salvan de la mediocridad. Pero eso poco importa: la clave está en vender muchos ejemplares al precio de la novedad, promocionar la imagen del mercachifle de moda y lanzar algún derivado comercial que se venda igualmente bien. Antes de comprar un libro piensa que el título en cuestión ha de ganarse el mérito de figurar en tu biblioteca: los libros que no se leen ocupan sitio y acumulan polvo. Déjate aconsejar. El gusto por la lectura se alimenta de buenas historias y siempre hay algún autor capaz de hacernos crecer como lectores. No te fíes de los premios y los laureles, que en su mayoría están amañados. Acércate a lo nuevo sin prejuicios y a lo viejo sin complejos.

Como para muestra vale un botón, vamos a reproducir aquí dos fragmentos de sendas novelas que fueron finalistas del Premio Planeta, tomados ambos de la misma página; una de ellas escrita por el poeta gaditano Fernando Quiñones (La Canción del Pirata, 1983) y la otra firmada por un señor del que ahora mismo no recordamos cuál es su gracia (Villa Diamante, 2007). El estilo genuino, rico y evocador de Quiñones puesto al mismo nivel de la redacción chapucera del otro, que posiblemente también encierre su mérito, pero desde luego no el literario…

 

Soy ahora un casco en desguace o leño a la deriva, las greñas blanqueando, esa zanja fea de la frente que me entrecierra el ojo, encorvado el lomo y a medio desdentar: lo que se dice empezando ya a buscar la tierra como si fuese bien anciano, aunque no he de haber cumplido más de cuarentiséis, según mi cuenta, ni menos de cuarentitrés. Pero de mozo, y de hombre en todo su brío, fui trigueño, moreno de la mar y de ojos vivos, no porque yo lo diga; de los que calan muchas cosas antes de tenerlas vistas ni aprendidas, y bien memorioso, que eso me ha ido a más en vez de a menos. Si le caí en gracia a mucha gente, fue por salir a mi madre en el donaire, y a mi padre en la buena planta y el agrado del semblante, aunque todo lo haya ido perdiendo aun antes de llegar a viejo.

Ana Elisa deseó en su silencio poder tener la capacidad de contemplarse desde lejos, como si fuera otra, como si estuviera frente al proyector de su padre viéndose en la pantalla junto a ese ser que por fin tenía un rostro y un cuerpo en verdad completamente distintos de aquellos con los que fantaseaba en los dibujos que enviaba en sus cartas y su imaginación completaba hace ya tanto tiempo. Las aves, espectadoras impávidas de cada respiración, de cada gesto entre los dos humanos presentes, volvían a quedarse quietas, su silencio presionándole las sienes, mientras observaba la sonrisa, los labios, el eco de la profunda voz del hombre que movía suavemente sus manos bajo el agua, ante ella.

un punto negro

Un puntito negro suspendido sobre un rectángulo que se inclina ligeramente a la izquierda; como era de esperar, la retrospectiva sobre Malevich atrajo a muchos japoneses ávidos de experiencias artísticas ultraterrenas, curiosos capaces de reconocer el arte decadente y exquisitos amantes del suprematismo, que alababan cada vértice, cada tetrágono concebido por la inagotable imaginación del maestro. De entre todos ellos, uno fue el que llamó la atención de los vigilantes, que hacían la ronda sin esperar mayores entusiasmos que un dedito peligrosamente levantado a pocos centímetros del lienzo sucio o las toses convulsas de quien había preferido visitar la exposición a quedarse encamado toda la tarde. Después de tres horas contemplando el cuadro, resultaba evidente que el peculiar visitante estaba atrapado por el magnetismo de la pintura. El sujeto, de gruesas lentes, vestido con sombrero de ala corta y un abrigo gris que le llegaba hasta poco más arriba de los tobillos, no se conmocionó ni cuando una conocida presentadora de televisión se asomó a su hombro para compartir la turbación que alguien pudiera experimentar a la vista de tamaña obra maestra. Tal y como el vigilante de sala temía, cumplida la hora del cierre, el tipo de los anteojos seguía instalado en una especie de ausencia hipnótica; ni las palabras amables ni otras más gruesas fueron capaces de sustraer su atención, sostenida durante más de cinco horas de pasmo estético. Alertada por los encargados, la comisaria de la exposición optó por evacuar rutinariamente todas las salas antes de solicitar la intervención del personal de seguridad. Rodeado por un grupo cada vez más furibundo que le observaba como a un bicho raro, el visitante movió ligeramente la cabeza, elevando un tanto la barbilla como para enriquecer la agotada perspectiva. Esta leve profanación de la quietud fue la señal que los presentes aguardaban desde hacía más de media hora.
—Realmente cautivador… ¿no le parece?, le espetó la comisaria interponiéndose bruscamente entre la obra y el observador.
La tez del hombre tornó al rojo para volverse después ligeramente azul antes de que la respuesta le brotara como un aullido desde lo más profundo de la garganta:
—iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Carlos Huero Caín. Malevich, incluido en el volumen Cuentos con Arte

Y es que, como dicen que sobre gustos no hay nada escrito, vamos a publicar algo que cubra este enorme vacío hablando de buena y mala literatura, sin afán de hacer escuela ni de mover conciencias. Escribir por escribir… Eso es… De igual forma que otros que se dicen escritores hablan (y redactan) mal («Mi palabra favorita en español son muchas«) y encima salen en el canal del Instituto Cervantes.

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