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haciendo memoria

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Hasta se nos alcanza, podemos afirmar que muy pocos proyectos escolares se prolongan a lo largo de los años. Y aún diríamos más: el proyecto escolar, por definición, está condenado a extinguirse por concurso de traslados, tibieza, apatía, falta de apoyo, discrepancia o, simplemente, abandono. Por eso se nos abre una puerta a la satisfacción cuando, tentándonos las ropas, comprobamos que no nos hemos desintegrado en el hiperespacio. Sin trazarnos grandes objetivos, los que fuimos y ahora seguimos siendo continuamos hablando de lo mismo a nuestros alumnos, usuarios o no de la pequeñísima biblioteca de un instituto de pueblo. Por añadidura, han proliferado nuevas iniciativas, animadas por cuántos le hemos puesto entusiasmo al asunto, y que han ido enriqueciendo, digámoslo así, el acervo didáctico-pedagógico del Centro. Desde aquí no le damos las gracias a nadie, porque esa fórmula tan de moda de repartir gratitud a granel resulta estomagante y muy lesiva para los lectores de urgencia: las que estuvieron desde un principio se saben titulares de atributos como son los de la inteligencia y la curiosidad: Quizá esa sea la causa por la que perseveran en el empeño… Sea como fuere, hacemos balance bienal (que no bianual) de lo escrito, sugerido o dibujado en esta humilde bitácora, más por propio agrado que por afán recopilatorio.

el nobel de literatura

¿No has leído nada de Mario Vargas Llosa? Puedes confesarlo, sin rubor. De hecho, muchas personas normales y corrientes, de esas que caminan haciendo oscilar un paraguas cerrado y miran hacia lo alto con desconfianza, tampoco lo han hecho. Y eso que se trata de un autor popular, frecuente en las estanterías y sobresaliente por la cantidad y calidad de obras de las que es artífice. La concesión del premio Nobel motivará la lectura apresurada de los más expuestos (periodistas, docentes, políticos, sabihondos de mesa camilla…) y las falsas declaraciones de inquebrantable adhesión literaria de los más necios/necias. Vargas Llosa no es autor para presumir de lecturas sino para ser leído, cosa que no ocurre, por ejemplo, con las últimas hornadas de premios Príncipe de Asturias. Su apabullante dominio de la lengua, su español criollo y sofisticado y su instinto para la narración de cualquier tipo justifican con creces la concesión de un premio como el Nobel de Literatura. Y, desde luego, una visita a la biblioteca para llevarse en préstamo uno de sus libros. ¿Cuál? ¡El que quieras! ¡Todos son buenos!

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rachel, los pájaros y la primavera

Hay algo nuevo en el aire. Es un vientecillo leve, pero con un poco de sensibilidad se percibe que andan por ahí revoloteando cambios, ideas y proyectos. ¡Ah, será la agroecología! La primera promoción de productores agroecológicos ha comenzado su andadura y nos contagia  a todos, que vamos buscando un poquito de sostenibilidad en cada gesto.  Pero, como hoy lo ecológico ya es comercial y políticamente correcto, nos llueve de los medios, de la política, de la publicidad, en forma de chaparrón de términos que nos empapa y nos deja confusos de pie en un charco, sin saber si hemos entendido el mensaje:

Biodiversidad, agricultura sostenible, neorural, paisaje agrario, producto ecológico, biodinámica, alimento natural…

Como comemos todos los días nos interesa saber que está pasando  y por que surgen estas etiquetas para las  labores tan antiguas de cultivar la tierra o criar animales. Porque, ¿qué es la agricultura ecológica? ¿Siempre ha sido lo mismo? ¿Desde cuándo existe más de una agricultura? ¿Hay una  tradicional y otra ecológica? ¿O la ecológica es, en verdad, la tradicional?

Por eso vamos a intentar descifrar esta lluvia de ecología en la agricultura. ¿Cómo? Naturalmente, leyendo.

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Hoy nos vamos a remontar a 1962, cuando Rachel Carson escribió Primavera silenciosa (Silent Spring). La publicación de esta obra está considerada como el comienzo del ecologismo. El libro denuncia  los efectos de lo biocidas sobre el medio ambiente y la salud. Esto desató, en plena época del DDT,  la ira de algunos agricultores, industriales y científicos. Rachel Carson fue tachada de alarmista e incluso demandada. Pero nada pudo impedir que su denuncia sobre el impacto del desarrollo en la naturaleza se extendiera y se convirtiera en el germen de un movimiento mundial de defensa del medio ambiente. Su título hace referencia a una primavera sin pájaros, como resultado de la intervención humana con productos tóxicos en  los ecosistemas agrarios y naturales.

bestiario

Si hacemos un completo examen de los recuerdos más remotos, no tardarán en aparecer aquellos seres reales o inventados que un día poblaron nuestra imaginación, y que aún hoy conservan la caprichosa apariencia que la fantasía y la inocencia quisieron darles. Del bestiario personal de cada uno podemos extraer las fobias, temores u obsesiones que nos hacen tan únicos como las huellas dactilares. Y son la excusa perfecta para enredar la creatividad con la escritura y la pintura, volviendo la vista a tantas y tantas imágenes que pueden encender la punta afilada de nuestros bolígrafos. Nosotros estamos haciendo un bestiario, rescatando criaturas fantásticas para que pueblen las amplias extensiones de terreno fértil que otros siguen abonando con su inagotable necesidad de historias, tal como han hecho ya Montse Rubio, de la que os ofrecemos una muestra de sus maravillosas ilustraciones, o bien el mismísimo Borges, que junto a Marganita Guerrero, en el «Libro de los seres imaginarios» (disponible en la biblioteca) hace una recopilación de seres extraños que han surgido de la imaginación humana. A modo de ejemplo, recogemos aquí la descripción del FASTITOCALÓN. ¿Te recuerda a alguien?

«Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marinos que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros peces del mar. Éstos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos arrastra al infierno».

el códice de fernando I y doña sancha

Fueron los reyes Fernando I y Dña. Sancha los que encargaron la confección de este libro, que fue copiado en letra visigótica a dos tintas, roja y marrón, y concluido allá por el año 1047. Contiene noventa y ocho miniaturas primorosamente dibujadas, inscritas en las tradicionales bandas paralelas de colores contrastados, tan características de los Beatos de esta época. El libro en sí es una obra de arte de valor incalculable. Fue concebido y pautado con muchísimo esmero: la escritura es firme y regular, con perfecta separación entre palabras. Las roturas y desgarros producidos durante la preparación del manuscrito fueron cosidos con puntos de sutura. El libro se inicia, como era tradicional en los textos de la época, con las ilustraciones preliminares y las «genealogías» de Cristo, desde Adán y Eva. Después continúa con un prólogo de Beato y los doce capítulos con el comentario propiamente dicho, concluyendo con un colofón, firmado por el autor de la copia, un monje llamado Facundus, quien posiblemente también se encargara de iluminar la obra. El códice perteneció al Marqués de Mondéjar hasta que el primer Borbón se lo requisó. Actualmente se encuentra entre los fondos de la Biblioteca Nacional de España.

En nuestro volumen, disponible también en la biblioteca para todo aquel que lo reclame, aparecen bien disimulados cinco anacronismos muy evidentes, añadidos a otras tantas iluminaciones de las que ilustran el texto: un casco, una botella, un balón… Si eres buen observador darás con ellas mientras te solazas en la contemplación de estas miniaturas, tan lejanas y, a la vez, tan cercanas a nuestras modernas historietas y novelas gráficas. Esmérate, porque hay premio para el primero que descubra las cinco inconveniencias…

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junto a la tumba de Wilde

Al turista necrófilo ―irreverente como todo aquel al que la muerte no aflige― se le perdona su detestable fijación por los ilustres yacentes, cuya hundida presencia solo él puede llegar a percibir bajo la planta de los pies con esa sensibilidad especial de acólito nostálgico o rendido admirador. Otra cosa son las hordas de romeros pisalápidas, que corrompen el suelo de los cementerios con su trotecillo cansino y dejan rastros más o menos indelebles que arruinan la solemnidad de cualquier camposanto. En los cementerios de París, donde reposan los restos de media humanidad, los residentes habituales cuentan con el innegable confort que proporcionan los dos metros de tierra que les separan de la superficie, superpoblada por vivos muy vivos que acuden en manada a perturbar su descanso. En el caso de Oscar Wilde, un monolito de varias toneladas le protege de los descendientes de los que un día le condenaron y hoy estampan sus labios contra el monumento de granito. Wilde escribió relatos y cuentos que seguro que te suenan: El Príncipe Feliz, El Gigante Egoista, El Amigo Fiel, El Fantasma de Canterville, El Retrato de Dorian Gray… Más que su obra, el carisma que irradia la biografía de este personaje sin par sigue atrayendo a una legión de curiosos que rodean su última morada como si buscaran un acceso que les permitiera compartir con el escritor unos instantes de inmortalidad. Disfrazados de merodeadores, también nosotros visitamos la tumba de Wilde, y estamos en condiciones de decirte, sin temor a equivocarnos, que Oscar no estaba allí. Su palabra, traducida a todos los idiomas, aguarda vivita y coleando en los anaqueles de nuestra biblioteca, a la espera de que la tierna y afilada prosa de este autor resuene en tu cabeza como resuenan en las profundidades del nicho los pasos de miles de profanadores.

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