
Las tragedias de Shakespeare nos acercan tanto al espíritu del hombre que no es fácil ver o leer sus obras sin sentir escalofríos, como si nos contempláramos por dentro, bajo la piel. La entraña palpitante que tanto nos perturba se llama Julio César, Otelo, Hamlet, Lear. O Macbeth. Parece ser que la historia que narra Shakespeare poco o nada tiene que ver con las verdaderas tribulaciones de este rey de Escocia. Como fabulador que era, el autor se sirvió de los testimonios que más convenían a su intención dramática, descuidando el rigor histórico. Sin embargo, el personaje que ha alcanzado inmortal notoriedad es este Macbeth teatral, y no el oscuro señor de la guerra que se alzó en armas contra Duncan, un soberano débil que también se había apropiado el trono de aquella manera. Los hijos de Duncan fueron desterrados, pero uno de ellos regresaría para arrebatarle de nuevo el cetro, o la porra, en un levantisco ciclo de traiciones y venganzas sin fin, que en la Escocia de aquella época era la modalidad preferida a la hora de hacer política. Con su habitual olfato dramático, Shakespeare se propuso componer una historia trufada de alusiones al frustrado magnicidio que estuvo a punto de proyectar literalmente por los aires a Jacobo Estuardo, a la sazón rey de Inglaterra, y que se dio en llamar, no por casualidad, la Conspiración de la Pólvora. La escenificación de los acontecimientos de la Escocia del siglo XI permitía al público del siglo XVII enfrentarse a una versión simbólica de este proyecto de atentado, y a presenciar el restablecimiento triunfal del orden. Muchos son, pues, los atractivos de esta obra para los espectadores de la época, a los que no se les pasaba por alto el mensaje subliminal del argumento, pacientemente hilvanado por el autor y por cuántos le sucedieron en los añadidos que no le son atribuibles. ¿Y para nosotros? Las siempre enriquecedoras disecciones humanas de Shakespeare proporcionan al público ávido de sensaciones una estimulante amalgama de belleza y pasión, y la densidad poética de los textos sigue fraguando con firmeza en la mente del lector moderno, inclinado como el de antaño a revolverse en la butaca cuanto detecta las fuerzas oscuras que desencadenan la tragedia, a sobrecogerse ante el triste espectáculo que ofrece el alma débil y manipulable, y a indignarse de igual manera por el impulso irracional que mueve a engañar, traicionar y asesinar para cumplir unos designios confusos, que en el caso de Macbeth y su esposa terminan siendo fatales.
Abundan las versiones de esta obra universalmente reconocida en casi cualquier idioma, pero es necesario algo más que saber inglés para traducir Macbeth. Con todo respeto discrepamos de Harold Bloom cuando advierte que las malas traducciones de Shakespeare aconsejan abstenerse al lector en español. Pues apañados estaríamos el común de los mortales si solo pudiéramos leer a los clásicos en el original. Si te acercas por la biblioteca encontrarás una versión de Ángel Luis Pujante y otra de Don Agustín García Calvo. Resulta interesante comparar el trabajo de ambos, descubriendo las soluciones estéticas que encuentran para cada verso, algo al alcance de muy pocos, es verdad, pero a prueba de los lectores más exigentes. Feliz Año Nuevo.











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