La invasión rusa de Ucrania ha colocado a este país en el mapa mental que acompaña el continuo goteo informativo sobre el conflicto. Hasta el momento, pocos sabrían localizarlo en el atlas y casi nadie relacionarlo con la Unión Soviética, una nación que ya no existe pero que conmocionó la historia del pasado siglo XX. Ahora, los científicos, pensadores y hombres de letras de talla universal que merecieron reconocimiento por su valía son reivindicados por las distintas nacionalidades que sobrevivieron al colapso del gigante comunista. Por eso queremos ofrecer una humilde guía a todo aquel que en este Día del Libro desee acercarse a los autores ucranianos o de origen ucraniano que están traducidos al español. Este es el caso de Nikolái Gógol (1809-1852), nacido en Velyki Sorochyntsi y tempranamente conocido en España gracias a la inquieta Dña. Emilia Pardo Bazán (1851-1921). Partiendo de nuestra más absoluta ignorancia, de Gógol dicen los que saben que fue uno de los artífices de la literatura europea del siglo XIX, y precedente brillante de narradores como Dostoyevski (1821-1881). Precisamente, su obra Almas muertas posee un cierto “corte cervantino” que nos es familiar: el protagonista, su cochero y un criado emprenden un viaje con el único objetivo de comprar almas. Aunque no lo es, también pasa como escritor ruso el ucraniano Mijail Bulgákov, nacido en Kiev en 1891. Quizá su obra más conocida sea El Maestro y Margarita. Teniendo en cuenta que prácticamente todos sus contemporáneos fueron purgados y asesinados por esa bestia parda que se hacía llamar Stalin, Bulgákov tuvo el enorme privilegio de morir en 1940 y en su propia cama, a pesar de haber dejado escrito cosas como éstas: “Están elaborando un nuevo proyecto de circulación urbana. Pero no hay circulación porque no tenemos suficientes tranvías, es ridículo, solo hay ocho autobuses para todo Moscú”. Por críticas mucho menos audaces la mayoría terminó en el gulag o fusilado contra un paredón. Pudiera ser que fuera verdad aquello de que el escritor le caía bien al abominable dictador, porque aunque Bulgákov fue acosado por el aparato represivo y prohibida su salida del país, nunca nadie osó tocarle un pelo. La obra de Juan Mayorga (1965) Cartas de amor a Stalin, que recomendamos aquí, desarrolla en la ficción lo que puedo ser la destructiva relación  entre ambos personajes. Y bueno, tenemos también a Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad (1857-1924). Nacido en Berdyczów, ahora bajo las bombas del ejército ruso, Conrad, como más tarde haría Nabokov, adoptó el inglés como lengua literaria hasta el punto de ser considerado uno de los más grandes novelistas en ese idioma. Javier Marías nos describe al escritor como un tipo irritable, que odiaba la poesía y detestaba a Dostoyevski, por ruso y por chalado. Al parecer, la sola mención de su nombre le provocaba arrebatos de furia. El autor es uno de los clásicos de la literatura del mar, aunque una de nuestras obras preferidas no está ambientada a bordo de una nave. El duelo es el relato de una pendencia infinita, prolongada en el tiempo, entre dos oficiales del ejército napoleónico. El argumento sirvió de inspiración a Ridley Scott para su primera (y soberbia) película: Los duelistas.
Para no aburrir en exceso, añadiremos a la lista a la premio Nobel de 2015, la bielorrusa Svetlana Aleksiévich (1948), la que acuñó el término “Homo Sovieticus”, también es de ascendencia ucraniana, natural de Ivano-Frankivsk, al igual que el escritor Yuri Andrujovich (1960), que pronto pasará por estas páginas con alguna de sus novelas traducidas al español, bien sea Recreaciones o Doce anillos. En ambas se ilustra la Ucrania que quedó después de la desintegración de la Unión Soviética.
Pero entretanto, si alguien quiere disfrutar de este día del libro y sucesivos con otra lectura del este de Europa, le recomendamos La destrucción de Kreshev, relato de otro Nobel, Isaac Bashevis Singer (1903-1991), hasta el momento el único galardonado de lengua yidis. Se trata de una historia corta, ambientada en la pequeña comunidad rural ucraniana durante el siglo XIX. Sus habitantes viven entre la superstición y la fe, en la observancia de los preceptos religiosos más ortodoxos que les llevan a interpretar las desviaciones de la norma como catalizadores de la desgracia colectiva. En este ambiente, un peculiar relator se divierte contemplando cómo los hombres, tan empeñados en esquivarle, se entregan sin medida a la tentación y el pecado.
Buen día del libro.