Categoría: biblioteca virtual (Página 2 de 10)

el libro de San Bartolomeo

El Quaker City era un buque a vapor alquilado por la armada de la Unión durante en la guerra civil americana. Retirado del servicio activo, se reconvirtió en barco comercial y de recreo. En 1867 los periódicos se hacían eco de un maravilloso crucero de placer a bordo del Quaker City que partiría de Nueva York con destino a Europa y Tierra Santa. Entre el selecto pasaje figuraba un tal S. Clemens, de California, inquieto escritor que no desaprovechará la oportunidad para redactar una serie de cartas que tiempo más tarde se editarán como libro de viajes: The Innocents Abroad. No contaba Clemens que esta obra sería la más vendida de entre todos sus libros, por encima incluso de los futuros Tom Sawyer y su secuela, Las aventuras de Huckleberry Finn. A estas alturas no creemos necesario desvelar la identidad de Míster Clemens, así que ni siquiera insinuaremos el seudónimo por el que se le conoce universalmente: Mark Twain. La mirada del autor de la Guía para viajeros inocentes es genuinamente americana: humor fino, agudeza verbal, arrogancia y hasta una cierta comprensible ignorancia provinciana que se combinan para componer un relato muy al gusto de los lectores de la época. Hace poco tuvimos la oportunidad de recrear los paseos de Twain por Milán y su visita al Duomo: «Estábamos enfermos de impaciencia; ¡nos moríamos por ver la famosa catedral!». También para nosotros el deseo de penetrar los muros del fastuoso edificio era mayor que la entereza necesaria para superar las tres líneas de seguridad con cacheo incluido que nos separaban de esta blanquísima escalera hacia el cielo, a esas horas encendida al sol de la mañana como una mole incandescente. Después de salvar cuántos obstáculos se opusieron al peregrino, retomamos el itinerario por de la nave septentrional que nos llevó a los pies del San Bartolomeo scorticato, patrón de los peleteros, statua de Marco d´Agrate. Quien desconozca la historia del apóstol no encontrará sentido a la figura desollada, con mirada perdida, que exhibe pose triunfante sobre aquellos que intentaron quebrar sus convicciones por el tormento. Y quién sí sepa del suplicio del santo notará enseguida que la estola que cubre hombros y partes pudendas es la piel que le arrebataron los armenios, volviéndosela del revés como un calcetín. Sobre el pedestal, la desnuda carnosidad que impresionó a Twain sobrecoge al visitante moderno, que captura con su cámara el detalle macabro de fibras, venas y nervios, expuestos a la indiscreta curiosidad del observador con una impudicia que nos recuerda el De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio. En este caso, llama la atención el atributo de Bartolomeo: un pesado libro abierto apoyado en la parte anterior del muslo en lugar del cuchillo de desollar verracos que tradicionalmente le identifica ante los fieles. Después de hora y media larga de contemplación, el devoto paseo por las naves del duomo se transforma en apresurado y frívolo tránsito a través de Galería Vittorio Emanuele II hacia el monumento a Leonardo, frente al teatro alla Scala. Pero antes de abandonar la catedral, y sin que seamos conscientes de ello, la última mirada se prenda del desnudo personaje, quizá el más desnudo de cuántos hubo en la historia del arte, y en el vínculo de nuestra fascinada repulsión con la vívida impresión que hace más de ciento cincuenta años inspiró estas palabras del célebre autor de El príncipe y el mendigo

La figura era la de un hombre sin piel; con cada vena, arteria, músculo, cada fibra, tendón y tejido del cuerpo humano, representado hasta el más mínimo detalle. Se hacía natural porque, por alguna razón, parecía que le dolía. Lo normal sería que un hombre desollado diese esa impresión, a no ser que estuviese entretenido con algún otro asunto. Era horrenda y, sin embargo, ejercía una especie de fascinación. Siento mucho haberla visto, porque ahora ya siempre la veré. A veces soñaré con ella. Soñaré que descansa sus brazos acordonados sobra la cabecera de la cama

hokusai y su 漫画

El gran artista japonés Hokusai es de sobra conocido. Sus grabados enriquecen los fondos de los museos más prestigiosos, pero también lucen a las mil maravillas en la abollada pared de nuestra biblioteca. Y ahí está su mérito. El arte oriental, y concretamente estas estampas coloreadas, influyeron notablemente en los impresionistas europeos, que a fines del XIX le daban un buen meneo a los principios sacrosantos de la pintura académica y ponían los cimientos del arte moderno. Hablando de cimientos, dicen que Chillida también se inspiró en Hokusai para construir esas moles de hormigón tan grandes y tan feas que hacía él, pero de eso no tenemos pruebas. Manga significa «apuntes», «dibujos caprichosos», y eso es precisamente lo que representa esta colección de cuadernos en negro, gris y rosa, que comenzaron a distribuirse allá por 1814 (en España estábamos en plena guerra de independencia contra los franceses de alonsanfandelapatrí que inspiraba a Goya los aguafuertes sobre Los desastres de la guerra). Los contenidos son simples: esbozos de personas realizando una gran variedad de actividades, animales, aves, insectos, dioses, fantasmas, arquitectura, paisajes y vistas detalladas de hojas y flores. La serie tuvo tanto éxito que se publicó durante sesenta y cuatro años. Los editores se aprovecharon el tirón popular de Hokusai incluso después de muerto, sacando al mercado unas «obras inéditas» y «lo mejor de lo mejor de Hokusai»… Y es que hace doscientos años ya estaba todo inventado. ¿Qué es lo que le valió el favor incondicional de su público? Algunos han sugerido que los manga de Hokusai se ofrecían como un manual didáctico, en tiempos en que los aspirantes a dominar el arte del dibujo carecían de material gráfico para usar de modelo. Siendo justos, hay que advertir que el mérito de estos trabajos no era exclusivo de Hokusai, que contó con la colaboración de los grabadores que cincelaban finamente la madera de sakura, y los impresores que trabajaban el color con tinta china y oropimente. El que presentamos en esta entrada es el Volumen 3, pero si alguien se quiere regalar la vista con toda la serie, no tiene más que pinchar aquí mismo y disfrutar de las exquisitas miniaturas orientales que revolucionaron el arte universal.

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ni se crea ni se destruye

lavoisier_biblioluces

Marie y Antoine Lavoisier fueron dos autores de éxito. Ambos trabajaron en colaboración estrecha, aunque la mayoría de los reconocimientos se los llevó Antoine, que es el que pasó a la historia. La contribución de ambos a la ciencia es más que notable, y puede decirse que nada volvió a ser lo mismo desde que la insigne cabeza del químico rodó por el patíbulo. Pero vayamos por partes (dicho esto sin sombra de sarcasmo). El libro que traemos aquí, Traité élémentaire de chimie, fue publicado en 1789, el mismo año de la toma de la Bastilla. Francia estaba en plena convulsión social y política, y la nuevas ideas que cambiarían el orden del antiguo régimen ya estaban afilando la cuchilla de Mme. Guillotin. Sin embargo, las inquietudes de nuestro autor iban por otros derroteros: «Cuando empezamos a estudiar una ciencia estamos respecto a ella en un estado muy semejante a aquel en el que se hallan los niños; por lo que el camino que debemos seguir es precisamente el mismo que el que sigue la naturaleza en la formación de las ideas. Y sí como en el niño la idea es el efecto de una sensación, y ésta produce la idea, así al comenzar a estudiar las ciencias físicas nuestras ideas deben ser consecuencias inmediatas de un experimento o de una observación«. Este planteamiento, que hoy nos parece elemental, modificó radicalmente los conceptos de progreso y conocimiento y puso las bases para que el nuevo método se impusiera a la atolondrada especulación que hasta ese momento había dominado el campo de la ciencia. Lavoisier tenía formación humanística. Muy culto y hábil con las palabras, se había licenciado en leyes. Sin embargo lo suyo era la ciencia, aunque la curiosidad de este hombre no conocía límite. Académico, empresario, agrónomo, investigador, funcionario, político… dicen que todo lo hizo y que lo hizo bien, poniendo una mente preclara al servicio de la organización y la racionalidad, siempre en consonancia con las altas miras que movían esta febril actividad que podríamos ilustrar con su modesta declaración de intenciones: producir una revolución en la física y la química. Hay que reconocer que todos los méritos que se le pueden atribuir a Lavoisier no son únicamente suyos. Se trataba, como ya dijimos, de un lector curioso e ilustrado que supo sacar partido de experimentos ajenos, a los que no solía reconocer el mérito que les correspondía. Como ya apuntamos, Lavoisier tuvo en su esposa, quince años más joven que él, una eficaz compañera, colaboradora esencial en sus prácticas experimentales de la que no sabemos con exactitud hasta que punto contribuyó al éxito del personaje. Lavoisier participó activamente en la Revolución francesa, fue diputado y perteneció en la Comuna de París. Pero eran tiempos convulsos: rencillas y viejas disputas pasaron factura. La República lo condena a la pena capital y es ejecutado. Se cuenta una historia, posiblemente apócrifa, de que su última apuesta experimental consistió en parpadear una vez decapitado para establecer cuánto resistía una cabeza separada del cuerpo. Rehabilitado públicamente poco después, Lavoisier sigue siendo una referencia obligada para investigadores y filósofos de la ciencia. Leer sus escritos originales (maravillosamente escritos) nos acerca al pensamiento y el espíritu de un extraordinario periodo de la historia.

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Traducción al español 

superhéroes

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Ser un superhéroe no es tan fácil como lo pintan: esculpidos músculos, unos poderes por aquí, una indumentaria ajustada por allá y ¡hala! ¡a salvar el mundo! La cualidad de superhéroe (análogamente a lo que sucede con los villanos) se lleva por dentro. La dimensión moral de los personajes llamados a protagonizar gestas sublimes excede con mucho la talla media del simple mortal. Su arrojo, el ánimo incorruptible que orienta su conducta no entra en liza con el orgullo o la soberbia porque está en estricta sintonía con lo que es bueno. Al igual que ocurre con los cosmonautas que enviamos al espacio exterior, no todos estamos capacitados para resistir el insidioso bombardeo radioactivo que representan la tentación, la comodidad, la ambición, el poder, la invulnerabilidad o la ideología. Sin embargo, los superhéroes saben inclinarse en último término por las causas justas que concitan la unánime adhesión de todos los que confían en la justicia universal, un mérito más a destacar en aquellos que aun disfrutando de poderes de magnitud cósmica se resisten a modelar una conciencia distanciada y moralmente ajena a la experiencia humana del día a día. Sin embargo, la vulnerabilidad de estos prodigios reside principalmente en los principios que alientan su conducta y que tienen una raíz muy humana, frecuentemente marcada por experiencias biográficas un tanto traumatizantes. Los superhéroes se circunscriben a lo muy pequeño (la desarticulación de un gang local) o a lo muy grande (salvar el mundo) porque es precisamente en estos extremos donde se sienten cómodos, a la altura de las expectativas que todos hemos creado y lejos de las sombras de duda que nos pudieran llevar a cuestionarnos si lo que hacen es realmente justo. Por lo tanto, el principal atributo del superhéroe no es mecánico o intelectual, sino ético, lo que le cnvierte en un individuo tan vulnerable como usted o como yo. Ejemplos no faltan: ¿De que le sive al Capitán Marvel poseer la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hércules, la resistencia de Atlas, el poder de Zeus, el coraje de Aquiles y la velocidad de Mercurio si no le puede disputar la nominación republicana a Donald Trumb? ¿Por qué Visión desiste de resolver todos los problemas del mundo mundial manteniendo a raya a gobiernos, empresas y fuerzas armadas? El carisma de Superman, ¿no hubiera determinado un cambio de postura de los británicos sobre el brexit? (Bueno… quizá éste no sea un ejemplo muy afortunado). Los superhéroes que no deseen promocionar a supervillanos están sujetos a las mismas limitaciones del hombre de la calle, a los vaivenes de la opinión pública y a la volatilidad de los valores dictados y corregidos por el poder económico, que es el que marca las reglas del juego. Y contra cualquier disensión siempre cabe la manipulación, la censura, la exclusión o el descrédito que son los que de verdad pueden arruinar la vocación de justicia de cualquier superhéroe de los que pagan sus impuestos, respetan las señales de tráfico y hacen brillar cada día las maravillosas virtudes que adornan al ser humano.

trinca

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A fines de 1970 veía la luz una revista que marcaría época. Entre las secciones «La solución para el tercer mundo», «El arte ibérico», «Cromos» o «Dirigentes de hoy» se colaron autores que llevaron a cabo experimentos narrativos y estéticos poco comunes. Las series aparecidas en Trinca certifican que con censura o sin ella, y pese a los problemas internos de organización de la revista, los autores patrios eran capaces de realizar producciones de extraordinaria calidad, de lo que da fe la gran cantidad de premios con los que se reconoció su corta trayectoria editorial. Para saber un poco más os invitamos a que os paséis por la biblioteca donde podréis consultar algún número original. Recomendamos que previamente os leáis este fragmento de un artículo aparecido en la revista Paperback firmado por Rafael Marín:
«Los adolescentes que en noviembre de 1970 éramos ya aficionados a los comics jamás podremos olvidar el estupor vivido en clase de Formación del Espíritu Nacional, cuando el inevitable vendedor de enciclopedias, álbumes o colectas para bautizar negritos tan típicas de la época sacó de su maleta un extraño ejemplar de cómic y lo anunció a los cuatro vientos como la consecución más portentosa que jamás vieron los siglos. Los tebeos, escolarmente mal vistos, acababan de recibir la bendición del establishment con un nuevo título, Trinca, editado con todo lujo por Doncel, hasta entonces dedicada a los libros de política del régimen de Franco. (…) La inversión estatal que acababa de crear una revista que iba a hacer historia en España tan sólo necesitaba utilizar la maquinaria semi-engrasada del franquismo a través de la Secretaría del Movimiento. Muchos adolescentes de la época nos quedamos fríos ante la muestra, sobre todo por su alto precio y la extrañeza de sus personajes, y la desconfianza natural hacia todo aquello que oliera a oficialismo. Pero muchos padres, convencidos por la verborrea del vendedor y la consciencia de estar comprando una revista de historietas con sentido profundamente didáctico, en papel satinado y con profusión de artículos y atractivos colores, suscribieron a sus hijos al invento. Así echó a andar un proyecto que, de tener un precedente inmediato, habría que buscarlo en los añejos Flechas y Pelayos o Clarín.
(…) A pesar del capital estatal y algún artículo culturaloide, Trinca no puede ser acusada de vehículo al servicio de unas ideas políticas concretas; si esa fue la intención inicial, no cabe duda de que fracasó. Antes al contrario, la multitud de autores que en años sucesivos se turnarían en sus páginas consolidarían un amplio muestrario de estilos y técnicas, ninguna de las cuales puede relacionarse con la propaganda originariamente prevista para el título. En cierto modo, tras el fracaso de las aventuras del grupo adolescente que da nombre a la revista, La pandilla Trinca, tres edulcorados y repipis personajes que parecen sacados de una película de Los Bravos o Los Brincos, la revista aparece dominada por la asepsia. Hay, claro está, matices. La portada del número 1 muestra un dibujo del personaje Manos Kelly, de Antonio Hernández Palacios, y el texto añade “un español en el oeste”. Lo español parece potenciarse por encima de otras cosas: Es el caso de Los guerrilleros, respuesta de Andrade y Bernet Toledano a Astérix el galo, aunque con las tornas cambiadas y un humor bastante más grueso, o de Héctor, adalid de los almogávares, el interesante título que relanzó a Chiqui de la Fuente. Hay una especie de sentido patriótico-autárquico en la línea de la revista, donde todos los cómics incluidos son de autores españoles, circunstancia que no tiene nada de particular en el caso de Pilote, posiblemente el modelo a seguir, donde la mayor parte del material es de origen francés. (…) Los problemas denunciados por los autores para cobrar por su trabajo y su indefensión a la hora de ver cómo sus personajes eran vendidos sin su conocimiento al extranjero, la incompetencia de algunos de los directores, la censura o las inevitables tensiones en un proyecto de esta envergadura (determinaron) el cierre de la revista pocos años más tarde».

el fantasma entre rejas

piqueras_expreso

Algunos libros cuentan historias que no se anuncian rotuladas en el lomo o impresas entre sus páginas. Esta edición de El fantasma de Canterville fue publicada en el año 1926… Habían transcurrido dos años desde el famoso crimen del Expreso de Andalucía, un atraco concebido de forma chapucera y secundado por unos compinches tanto o más bobos que el “cerebro” del golpe. Para el que no lo sepa, la traducción de este cuento de Wilde es obra de José Donday, a la sazón preso en El Dueso y uno de los cómplices del crimen, quizá el gran artífice del monumental fracaso. A “El Pildorita”, que es como se le conocía en confianza, se le ocurrió adormilar a los custodios del botín atiborrándolos de analgésicos. Aunque su contribución más genial fue la de recoger en taxi a la cuadrilla que se daba a la fuga. Quizá por esto, y por el hecho de no haber participado materialmente en la carnicería, fue el único que se libró del garrote vil, aplicado a toda la banda por el inclemente dictador Primo de Rivera.  En el prólogo de la obra, Donday manifiesta su intención de rehabilitarse a través de la literatura. Todavía antes de salir de presidio publicó otra traducción, ilustrada como la primera por su compañero de celda. Os invitamos a leer esta edición original en la que Donday se reivindica ante todos aquellos que quisieron asomarse a su personal versión del cuento de Wilde:

Falto de los dones o del prestigio necesarios para escribir una obra propia, y también para que no pudiese nunca pensarse que, inconsciente o cínico, pretendía traspasar los sacrosantos umbrales del arte, llevando una mancha, no por falsa menos infamante, escogí la forma más modesta e insignificante y me decidí a publicar una traducción de una obra extranjera de reconocido mérito.

J.D.

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/fantasma_donday/1?e=3966193/31680452

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