Categoría: de cine (Página 3 de 5)

tiene narices

Cyrano, que no era de Bergerac, antes de ser personaje fue autor; tiempo atrás había sido soldado; casi al final de su vida se interesó por la ciencia y la alquimia. Y a buen seguro que la cosa no hubiera quedado ahí, pero un voluminoso leño caído del cielo le partió la crisma sin concederle turno de réplica. Tenía treinta y seis años. Y toda una vida por delante… mejor dicho… por detrás. Cyrano fue un tipo libertino —un radical que diríamos ahora—, espadachín arrojado y corajudo, habitual de la vida bohemia; congeniaba con la filosofía y la matemática, y fue uno de los que plasmaron literariamente el nuevo pensamiento racionalista de su contemporáneo Descartes, otro mercenario reconvertido en intelectual. Se dice que Cyrano ha sido el precursor de la ciencia-ficción; y es que a nadie sino a él se le hubiera ocurrido describir un viaje a la Luna despreciando todas las convenciones morales y religiosas de la época. «El otro mundo», que así se llama la trilogía, fue publicada póstumamente y aunque tuvo mucho éxito, se retocó sensiblemente para rebajar el tonillo herético que emanaba su contenido. El otro Cyrano, el personaje, se lo debemos a Edmond Rostand. Se puede decir que el narigudo protagonista de su tragicomedia tenía poco que ver con el Cyrano histórico, pero la aportación de Rostand ha sido determinante para que finalmente su apéndice nasal y su romántica gallardía se hayan impuesto a la dimensión literaria e intelectual del bravo espadachín. Actualmente reconocemos a Cyrano de Bergerac en la figura de un popular actor francés que lo encarnó en la gran pantalla. Con más del primer Cyrano que del segundo, este cómico ha sido noticia de actualidad porque ha decidido tributar en otro país, lo que le ha granjeado la antipatía de algunos compatriotas. Desde luego que no ha sido el primero ni será el último que se ponga a salvo de la voracidad recaudatoria de los estados, pero curiosamente su determinación parece estar inspirada en la famosa frase de Cyrano: “Un honnête homme n’est ni Français, ni Allemand, ni Espagnol, il est Citoyen du monde, et sa patrie est partout”.

«Cyrano de Bergerac»

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los no-muertos

Cuando Bram Stoker publicó en 1897 Drácula o, como él hubiera preferido, Los no-muertos, no se imaginaba siquiera que su personaje seguiría, ciento quince años después, fresco y resuelto a dar mordiscos como el primer día de su no-muerte. Porque el conde bebe-sangre es un personaje literario que ha impuesto su estrafalario estilo gótico tanto en los sueños como en la gran pantalla del cine. Eso por no hablar de los imitadores, remedadores, inspiradores y cómplices que le han salido a lo largo de este último siglo, monsterjais incluidas. El vampiro es, en esencia, una criatura que se regenera alimentándose de la esencia vital de otros seres vivos (Sí, ya sé en quién están pensando, pero no…). Se le reconoce como un ser maligno enraizado en el folclore de muchas culturas bien diferentes. Por eso no es raro que Stoker diera forma a su aristocrático chupóptero a partir de historias que circulaban por su Irlanda natal, aderezadas con testimonios y relatos centroeuropeos que le llevaron a fundir el mito del vampiro con la historia del príncipe rumano Vlad III El Empalador, un gobernante que, de no ser por el escritor irlandés, habría pasado a la historia como un europeista convencido, al que otra aberración como Ceaucescu declaró «Héroe de la nación rumana» en 1976.  Stoker, muy influido por la corriente psicoanalista de su época, sublimó el espíritu mismo de la maldad y lo materializó en un personaje que, curiosamente, se prodiga poco en la novela. Dicen los que saben que Don Abraham es un autor irregular y mediocre, pero eso importa poco si tenemos en cuenta cuál es su aval para la posteridad: Drácula el Drácula de Stoker para ser exactos, porque los que no se han asomado a la lectura de este libro tendrán ahora mismo en la cabeza las siluetas de los dráculas que otros creadores como MurnauLugosiFisherCoppola o los dibujantes de la Marvel imaginaron para nosotros. Y eso, claro, no es lo mismo…

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puro teatro

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La administración de justicia siempre ha sido un estupendo caldo para el cultivo de tramas dramáticas; la ficción nos ha acercado a casos absolutamente inconcebibles en la vida real: tribunales que se contradicen, sentencias pasadas de fecha, jueces que se juzgan a sí mismos, legisladores que redactan códigos prolijos para delitos que prescriben a los quince minutos… Todos identificamos la figura imponente del señor de la toga batiendo la mesa con el mazo, la del acusado infractor y mentiroso poniendo la mano izquierda sobre la Biblia, la imagen del testigo acongojado al que no le llega la camisa al cuerpo y, cómo no, la estampa inconfundible del jurado inasequible al bostezo que escucha desde el estrado las piruetas dialécticas de los letrados. En España, la institución del jurado popular fue reintroducida en el año 1995, contribuyendo a dar todavía más lustre y agilidad a un aparato judicial ya de por sí eficiente, accesible, barato e imparcial. Aprovechando que un grupo de cuarto está analizando la película «12» de Nikita Mikhalkov, recordamos que el argumento de esta obra está basado en un guión original de Reginald Rose, «12 hombres sin piedad», escrito para la televisión. La primera versión cinematográfica se la debemos a Sidney Lumet, y pese a que la adaptación es demoledora y magistral, la reinterpretación de Mikhalkov, ambientada en la Rusia moderna, no le anda a la zaga. El formato del relato (un jurado de doce varones deliberando alrededor de una mesa dentro de una habitación cerrada) lo hace especialmente atractivo para su puesta en escena, algo que se lleva haciendo casi ininterrumpidamente desde que se escribiera en el año 1950. Como curiosidad, dejamos el registro de un programa para cinéfilos insomnes, realizado por José Luis Garci y sus amigotes, en el que disertan sobre la «miticidad» de esta cinta, se fuman unos puracos de marca mayor y escuchan cómo el flamante fiscal general del estado se despacha a gusto envuelto en etéreas volutas de humo.

sobre balzac, chinos y libros

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Decidido a conservar la esencia del comunismo y eliminar cualquier disidencia, Mao dictó los principios de la revolución cultural proletaria, un experimento social verdaderamente funesto que resultó catastrófico para toda la población china. Se promovió el regreso a los orígenes rurales y se prohibió cualquier manifestación artística que tuviera el más mínimo tufillo occidentalizante. Los profesionales e intelectuales así como sus hijos terminaron trabajando de peones agrícolas en regiones remotas, al mando de sencillos agricultores analfabetos. Las purgas y las hambrunas se llevaron por delante millones de personas. En este escenario se desarrolla la novela/película de Dai Sijie «Balzac y la joven costurera china«. Dos jóvenes de ciudad, condenados a «reeducarse» en una aldea colgada en los escarpados valles del interior, sobreviven gracias a un despertador, un espíritu abierto, la naturaleza sencilla de sus anfitriones y una maleta llena de libros condenados a la hoguera por el régimen comunista, el botín de un elaborado hurto a otro «reeducado». El contenido de la maleta cambiará la percepción del mundo de los protagonistas y marcará el destino de una joven, la costurera inocente que descubre que los valles pueden embalsar millones de litros de agua, pero son incapaces de contener la inquietud de una muchacha inteligente, recién iniciada en los misterios del amor y el pensamiento contenidos en las novelas de Balzac.

Nos acercamos a la maleta. Estaba atada con una gruesa cuerda de paja trenzada, anudada en cruz. La liberamos de sus ataduras y la abrimos silenciosamente. En el interior, montones de libros se iluminaron bajo nuestra linterna eléctrica y los grandes escritores occidentales nos recibieron con los brazos abiertos: a su cabeza estaba nuestro viejo amigo Balzac, con cinco o seis novelas, seguido de Victor Hugo, Stendhal, Dumas, Flaubert, Baudelaire, Romain Rolland, Rousseau, Tolstoi, Gogol, Dostoievski y algunos ingleses: Dickens, Kipling, Emily Bronte… ¡Qué maravilla! Tenía la sensación de que iba a desvanecerme en las brumas de la embriaguez. Sacaba las novelas de la maleta una a una, las abría, contemplaba los retratos de los autores y se las pasaba a Luo. Al tocarlas con la yema de los dedos, me parecía que mis manos, que se habían vuelto pálidas, estaban en contacto con vidas humanas.
—Esto me recuerda la escena de una película —me dijo Luo—, cuando los bandidos abren una maleta llena de billetes…
—¿Qué sientes? ¿Ganas de llorar de alegría?
—No. Sólo siento odio.
—También yo. Odio a todos los que nos han prohibido estos libros.

(Traducción del francés de Manuel Serrat Crespo)

amanecerá, que no es poco

libro «filosofía para principiantes»

En la Atenas del siglo V a. C., los teóricos que forjaron el pensamiento político occidental abordaron con precoz escepticismo tanto las ventajas como las enfermedades crónicas de la democracia. Todo el que hoy alabe o critique las fallas del sistema debe considerarse heredero de estos pensadores tan lúcidos que ya se plantearon el destino incierto de una sociedad gobernada por demagogos, aduladores, corruptos y torpes. Una corriente crítica que encabezaba Platón llamaba la atención sobre que «toda la democracia no había sido más que demagogia (…); y los demagogos, unos embaucadores del pueblo que, en vez de atender a la mejora de éste, habían cuidado sólo de su propio aventajamiento halagando y engañando a la multitud» (Manuel Fernández GalianoLa Génesis de La República). Platón no se cansaba de advertir la necesidad de un especial conocimiento para ejercer el poder: «le parecía locura que se designasen los magistrados por sorteo, siendo así que nadie querría seguir tal procedimiento para la elección de un piloto, un carpintero, un flautista u otro operario semejante cuyas faltas son menos perjudiciales que las de aquellos que gobiernan el Estado (Jenof. Mem.I 2, 9)» (Ibíd.). El célebre autor de Los Diálogos también veía absurdo que se sancione a un médico negligente que no guarda la salud de sus pacientes y que, sin embargo, no se castigue al que pretende dirigir un país sin haberse preocupado de formarse como estadista y ciudadano culto. No estaría mal que todos los que presumen de reinventar el mundo con ocurrencias de bombero echasen un vistazo hacia atrás y se reconciliaran con los que les precedieron en la preocupación por construir una sociedad justa, participativa y democrática, sea lo que fuere lo que esto signifique.

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dostoievski/ Достоевский (y dos)

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Las opiniones sobre la obra del escritor ruso no son unánimes: en sus Lecciones sobre Literatura RusaNabokov califica al Dostoievski de mediocre y aburrido. Otros muchos autores del siglo XX, los más, no niegan la influencia de este literato en sus respectivas obras. Dostoievski está considerado maestro del realismo literario ruso y precursor de los existencialistas por aquello que escribiera en «Los hermanos Karamazov» («Si Dios no existe, entonces todo está permitido»). Sufrió en carne propia la represión feroz del Zar de todas las Rusias por intimar con un puñado de revolucionarios de salón; pese a ello, mantuvo una postura crítica frente a las doctrinas socialistas y reivindicó la religión ortodoxa, lo que le valió el más recio de los desprecios por parte del régimen soviético, que lo marginó incluso de los (siempre prescindibles) libros de texto. La vertiente antisemita de algunos de sus textos se suma a sus numerosos y, a veces, contradictorios antis: anticatólico, antieuropeo, aparte de xenófobo o nacionalista radical (como ya comentamos, posiblemente el ideario político de Dostoievski sea bastante cuestionable, y como moralista deba recibir la estopa que se merece). Pero de lo que no hay duda es que su producción supera las veleidades del personaje, del misántropo epiléptico, del jugador compulsivo. Sus novelas han inspirado en el pasado a cineastas como Akira Kurosawa, Sternberg o Richard Brooks, y siguen siendo hoy motivo de adaptaciones más o menos afortunadas.

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