Categoría: el escritor (Página 1 de 18)

la criatura de Mary

La iconografía clásica del Monstruo de Frankenstein se la debemos al cine y al comic.

Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza.

La inquieta curiosidad del eminente doctor suizo Víctor Frankenstein le inclinó muy pronto por el estudio de la filosofía natural, un vasto dominio en el que la ciencia imponía las estrictas reglas de la experimentación. Las sorprendentes revelaciones de la química, la física o la biología abundaron en la euforia del genio, que desde su juventud había acariciado la posibilidad de infundir vida en la materia inerte al modo de Paracelso o Cornelius Agrippa… Aclaramos que el primero de ellos decía haber dado vida a un hombrecillo “perfectamente funcional” combinando en justa proporción sangre humana y excremento de caballo, y el segundo presumía de una receta similar, pero a partir del semen de un ahorcado, mandrágora, leche y miel. Sin desfallecer, Frankenstein persigue con denuedo su colosal objetivo hasta que, finalmente, sus esfuerzos se ven coronados por el éxito. Dominada la técnica básica, reúne unos cuántos despojos de aquí y de allá (en aquella época estaba prohibido por la ley diseccionar a un buen cristiano, así que para ilustrar clases magistrales de anatomía era habitual comerciar con cadáveres de condenados a la horca o robar difuntos de los cementerios) y compone un ser que el aliento de la vida transforma en humano. Pero a poco del primer suspiro, Frankenstein reniega de su monstruo y le abandona a su suerte sin siquiera derecho al desayuno. A partir de ese momento, la resentida criatura se dedicará en «cuerpo y alma» a proyectar su propio dolor sobre su «padre» ingrato, infiriéndole el tormento de hacerle perder a casi todos sus seres queridos. Sin ánimo de destripar la historia, la novela desemboca en un final trágico en el que, paradójicamente, el doctor Frankenstein se lleva a la tumba el secreto de la vida.

Esta historia sencilla y escasamente «terrorífica» para los estándares actuales ha sido superada con creces por la fama de su protagonista principal, la criatura anónima hecha de retales y condenada a sufrir el desprecio de los que solo son capaces de juzgar por las apariencias. El Monstruo de Frankenstein es una figura perfectamente reconocible entre las nutridas filas de héroes y antihéroes que habitan nuestro imaginario común. Los detalles que lo hacen «familiar» para todo el mundo no aparecen a la novela de Mary Shelley (1797-1851), sino que son fruto de la fantasía popular y de las sucesivas reinterpretaciones gráficas y cinematográficas. Especialmente significativas son las producciones en blanco y negro de los años 30 y 40 del siglo pasado (Frankenstein de James Whale, 1931). La caracterización de Boris Karloff con mirada cadavérica, miembros cosidos y tornillos en el cuello ha hecho más por la inmortalidad de la obra que los sesudos prologuistas de las diferentes ediciones, empeñados en descubrir el íntimo mensaje que la autora imprimió en el relato. Pero si dejamos de lado la figura icónica y los precios estratosféricos que han alcanzado los volúmenes de la primera edición de 1818, el cuento de Mary Shelley es simple, con una estructura tortuosa y un texto que abunda en lugares comunes. En la trama, un tanto inconsistente, la mujer ocupa un lugar secundario y las aproximaciones literarias que suponen una pirueta narrativa terminan abruptamente, sin ilustrar ni aclarar nada. Los que vayan buscando cabezas cuadradas y costurones dramáticos se tendrán que apañar con una única y somera descripción de la criatura, con la que el lector tiene que dar verosimilitud a la “diabólica fealdad que hacía imposible el mirarlo”:  «Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios». Y es que, en rigor, tampoco se le podía pedir más a una muchacha de dieciocho años en los albores de su carrera como escritora y sumida en una crisis vital que en ocasiones era difícil de sobrellevar, incluso para una joven precoz, culta e inteligente como Mary.

El libro “Frankenstein o el moderno Prometeo” no pasará a la historia como una obra maestra ni como un impecable ejercicio de ciencia-ficción. Tampoco asustará a los niños congregados alrededor de la catalítica durante las frías noches de invierno ni llamará la atención de lectores en busca de emociones fuertes, pero nos dará un buen motivo para repasar el atormentado código estético de los autores románticos y su apuesta decidida por regenerar el ambiente de rígido e hipócrita moralismo que ahogaba (y sigue ahogando) la creatividad.

el invento de Hetzel

Durante segunda mitad del siglo XIX las geniales intuiciones de un puñado de intelectuales que empiezan a conocerse como «científicos» impulsan un cambio radical que nada tiene que ver con las convulsas revoluciones sociales del pasado. La máquina de vapor, la telegrafía, la electricidad… son hitos que marcan el primer paso hacia lo que hoy llamamos «globalización». Los más optimistas identifican estas señales como balizas de una dorada senda que serpentea hacia el progreso y la felicidad. Las potencias occidentales hacen acopio de arsenal ideológico y económico, e invitan a participar en el festín a toda la humanidad, voluntariamente o a la fuerza. Profundos cambios en el tejido productivo y social contribuyen a disolver las viejas filiaciones con la tierra y a desplazar los intereses del capital hacia minas, fábricas o factorías. Cientos de miles de personas llegan las ciudades y sus periferias en busca de fortuna incierta. En este ambiente de positivismo extremo, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), editor de Balzac y Víctor Hugo, tiene en mente un proyecto de revista cuya finalidad será difundir entre los jóvenes temas científicos de una forma amena y atractiva. La casualidad atrae hasta su oficina a un joven escritor llegado de Nantes. Familiarizado con el rechazo, Julio Verne (1828-1905), que a la sazón tiene 34 años, porta bajo el brazo dos manuscritos que Hetzel promete estudiar. Sin sospecharlo, ambos personajes coinciden en considerar la ciencia como una forma superior de la cultura, atribuyéndole el poder explorador del que está necesitado el nuevo mundo que se vislumbra en el horizonte, y que se extiende mucho más allá de las fronteras heredadas de la generación anterior. Hetzel tiene olfato para estimar la nueva forma de literatura que se presenta ante sí. Se inicia de esta manera una particular colaboración que vincularía a los dos hombres de por vida, un particular tándem en el que los papeles de editor y creador se entremezclan fundidos al fin en un único proyecto que los hará ricos: Los voyages extraordinaires.

«Vendrán de todo el mundo, amarán los nuevos productos, adorarán las nuevas máquinas, serán modernos».

Boletín de la Exposición Universal. París, 1855.

En 1863 ve la luz el primer volumen fruto de esta colaboración: Cinco semanas en globo. Los pronósticos se quedan cortos: la novela se vende como rosquillas. Y Hetzel pide más: nada de ficción al viejo estilo. Le exige a Verne que escriba sobre situaciones bien documentadas, héroes porfiados, aventuras extremas… Y ciencia, mucha ciencia y mucho progreso tecnológico para aderezar el argumento. Los 62 títulos de Los voyages extraordinaires se publican entre 1866 y 1906. Hetzel & Cia (en el que podríamos incluir al autor como «uno más») asume la redacción-corrección-y-supervisión de la toda obra. Tras la muerte de Verne y aprovechando el tirón popular de la serie, su hijo y heredero le da continuidad al contrato original, aunque un tanto artificialmente, sirviéndose de notas y borradores inconclusos de su difunto padre, con el que siempre mantuvo una relación tortuosa. El proyecto se agota en 1919. El primer acuerdo de traducción al español se había firmado en 1886.

Aunque el talento de D. Julio está fuera de toda discusión, muchos opinan que el genio fue reconducido sagazmente por Hetzel, que cuidó tanto de la promoción como de la propia fase creativa, evitando la «dispersión» y orientando la contribución literaria y pedagógica de Verne hacia un producto de éxito comercial del que, dicho sea de paso, el editor se llevó la mayor parte de los beneficios. En una de sus cartas, el inventor literario de tantos y tantos ingenios y cachivaches rinde reconocimiento a su mentor afirmando sobre sí mismo que él es, a su vez, «un invento» de Monsieur Hetzel.

Les enfants du Capitaine Grant fue publicado por capítulos en el Magasin d’éducation et de récréation. El volumen original que incorporamos a nuestra biblioteca data de 1895(?). No lo podemos saber con seguridad porque la colección no hace referencia alguna a la fecha de edición, aunque se puede colegir por la decoración de la portada. Es un libro de porte noble, grande, de cortes dorados y con el lomo «del ancla», uno de los más bonitos de toda la serie. Las 172 ilustraciones de Édouard Riou (1833-1900) contribuyen al atractivo de un producto de colores llamativos, agradable al tacto y a la vista que, a pesar de haber sido impreso hace más de 125 años, sigue irradiando un poderoso influjo sobre el lector curioso y ávido de los secretos y aventuras que se esconden entre las páginas de un clásico inmortal.

¡Larga vida a Verne (y a Hetzel)!

los mundos de Asimov

Nos situamos en un futuro remotísimo. La humanidad se ha extendido por todos los rincones de la galaxia. Pero un oscuro designio vaticina la desintegración del próspero Imperio y el inevitable retroceso de la milenaria civilización que lo sostiene. Estamos a las puertas de una nueva era de barbarie e ignorancia. Por doquier se vislumbran las sombras de reyes y reyezuelos mediocres y pagados de sí mismos que conspirarán para asumir el poder local y proclamarse tiranos de sus respectivos mundos. Después vendrán la represión y la censura. Y finalmente las campañas bélicas para anexionarse por la fuerza sectores del espacio ajenos y obtener así los recursos y las materias primas que de ordinario garantizaba el interrumpido libre comercio interestelar: una innumerable flota de naves que recorrían miles de parsecs a saltitos cuánticos, llevando del uno al otro confín quincallería libre de aranceles. Adelantándose a estos funestos acontecimientos, la mente privilegiada de un portentoso intelectual llamado Hari Seldon desarrolla la sutil ciencia de la psicohistoria, complicadísimo galimatías de ecuaciones que permite establecer estadísticamente el devenir de los acontecimientos, analizando matemáticamente las tendencias que determinan el destino de trillones de personas. El equipo de artífices del risorgimento imperial serán deportados a Terminus, planeta menor situado en la periferia de la espiral galáctica. Ellos y sus descendientes adquieren el compromiso de consagrarse a la tarea de reunir y preservar el amenazado legado científico y tecnológico de las generaciones pretéritas. Este es el germen de Fundación. Pero tras el pretexto de compilar todo el conocimiento humano en una gran enciclopedia, Seldon y su equipo de herméticos psicólogos se preparan para que los predichos acontecimientos se resuelvan en el periquete de mil años con el advenimiento de una nueva época dorada…

Sin ánimo de acelerar más las partículas subatómicas del argumento, algo de lo que se encargará el lector si le apetece, éste es el punto de partida de la saga de La Fundación; partiendo de la trilogía original —Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953)— el éxito editorial determinó la publicación con dos precuelas y dos secuelas más. En total, siete libros que ilustran la incansable actividad literaria del muy prolífico Isaac Asimov (él mismo manifestó que podía escribir doce horas seguidas sin fatiga). El autor publicó más de quinientas obras (eso sin contar artículos, cuentos, colaboraciones…) y disfrutó en vida de un gran reconocimiento. Existen de Asimov (1920-1992) tantas referencias en la red que no merece la pena enlazar con ninguna en particular. Ahora no vamos a referirnos al incansable Asimov-divulgador-científico ni al Asimov-divulgador-de-la-historia, que merecen (varias) entradas aparte, sino simplemente al creador de los volúmenes de ciencia ficción que pasan por ser los clásicos en los que cualquier autor moderno reconoce los fundamentos del que ha sido un género muy popular, sobre todo entre los lectores más jóvenes. A nosotros nos resultan evidentes los paralelismos del argumento principal de Fundación con la caída del Imperio Romano, tema sobre el que también Asimov escribió profusamente (¡cómo no!), y que eleva al máximo exponente cuántico la inevitabilidad de los ciclos históricos, los recurrentes avances y retrocesos que promueven las ambiciones humanas y las complejas implicaciones de una deriva social, económica, política o ideológica mantenida en el tiempo. Nada es eterno. Incluso la prosperidad y la democracia galáctica pueden mostrar signos de fatiga estructural, víctimas de su propia autocomplacencia.

Nos quedan abundantes evidencias de que Asimov fue un visionario que intuyó, por ejemplo, las consecuencias de la explosión demográfica y fue perfectamente consciente del papel decisivo que la computación jugaría en la sociedad moderna («Las escuelas seguirán existiendo, pero un buen maestro de escuela no podrá hacer nada mejor que inspirar la curiosidad que un estudiante interesado puede satisfacer en casa en la consola de su computadora»). Aunque solo sea por eso, su obra de ficción merece una revisión sosegada, un repaso que nos ayude a encontrar las claves de la decadencia y la manera de librarnos (o de liberarnos) en el menor plazo posible del inevitable Mulo de turno…

los cuentos de D. Santiago

Descubrir a estas alturas la figura de D. Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) es un pecadito venial porque todavía hay manera de enmendar la falta. Empeñarse en olvidar o, peor aún, ignorar a una personalidad de semejante calibre intelectual es, por no decir otra cosa, un verdadero delito contra la memoria histórica y científica de un país no demasiado pródigo en sabios de talla similar. Se dice que en sus últimas cuartillas, escritas horas antes de fallecer, Ramón y Cajal intentó describir los síntomas de la muerte: «Me siento afónico, pierdo la vista». Después de esto, la caligrafía se torna ilegible… Genio y figura hasta el final. Así se extinguió la intensa vida del que fue, además, un viajero incansable que también visitó el norte peninsular.
Aunque son escasos, es posible rastrear vínculos del científico con Asturias. En cierta ocasión «sacó la cabeza» por los asturianos cuando un alcalde de Barcelona, antiguo colega suyo de nombre Bartolomé Robert (1842-1902), definió las características superiores de una supuesta «raza catalana etrusca» frente a otra primitiva, heredera de antiguos pobladores simiescos que degeneraron en gallegos y asturianos. El tal Robert llegó incluso a publicar un mapa de España que ilustraba la distribución geográfica de la excelencia racial, en la que los braquicéfalos del noroeste se llevaban la peor parte. El asunto fue objeto de viva polémica y tiempo le faltó al premio nobel aragonés para poner en entredicho la xenofobia de Bartolomeu, llamando a considerar como prueba refutatoria el reducido volumen encefálico de tan eminente supremacista. El Dr. Robert cuenta, por cierto, con un gran monumento en el Ensanche barcelonés. Menos piedras guardan hoy memoria de D. Santiago en la región, pese a que entre los años 1912 y 1917 fue asiduo visitante estival y disfrutaba de baños de sol y mar en la costa cantábrica. Nos gustaría pensar que se inspiró en Lastres o en Salinas para escribir el libro Cuentos de vacaciones… pero por aquella época el autor, que era un prototurista inquieto, no conocía Asturias. Sus incursiones literarias no fueron únicamente un divertimento. En 1905 fue elegido miembro numerario de la Real Academia de la Lengua, —como también lo fue de la de Medicina y de la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales—, aunque nunca llegó a ocupar el asiento de la «I» mayúscula. Y es que D. Santiago se entregaba al género de ficción con sobradas condiciones para ello. Aparte del citado volumen, están los escritos autobiográficos Recuerdos de mi vida (1901-1917), Chácharas de café (1921) o el curioso El mundo visto a los ochenta años: impresiones de un arteriosclerótico (1934), obra póstuma donde D. Santiago describe sin censuras las opiniones inmediatas que le merece el mundo en el que vive, y de la que extraemos un fragmento, así, como al azar…

Los que hace cincuenta años admirábamos las decorativas barbas floridas de los jóvenes o maduros y las venerables de los ancianos—o en su defecto las patillas toreras y bigotes conquistadores—quedamos hoy absortos ante el tocado, importado de Yanquilandia o de Inglaterra, lucido por nuestros empecatados currutacos y hasta por bastantes vejestorios, empeñados en remozarse en la fuente de juventud de las peluquerías. ¿A qué responden esas faces lampiñas? ¿Por qué no lucimos aquellas barbas y bigotes a lo Cervantes y Quevedo, copiados en los cuadros del Greco y de Velázquez? Se ha derrumbado toda una venerable y castiza tradición, inspirada quizás en el aspecto viril y elegante de dioses, héroes y pensadores helenos. La facies romana lampiña quedaba relegada a los labriegos y eclesiásticos. Por consecuencia de ello, se pierde una hora diaria, con fruición y provecho del barbero, rapándose de raíz cañones incipientes. ( ) ¡Cuántos feos he conocido yo cuya fortuna amorosa y hasta económica dependió de una barba artísticamente cuidada o de un mostacho retador! ¡Y cuántos otros, perdido el prestigio capilar, se convirtieron en micos repelentes cuando no en aparentes intersexuales!

Nuestra pequeña infografía recoge la reinterpretación a mano alzada de uno de los excepcionales dibujos científicos recopilados en el libro The Beautiful Brain. Drawings of Santiago Ramon y Cajal y que forman parte del Legado Cajal. Este importante patrimonio aún espera el cobijo de un museo que le haga justicia.

Santiago Ramón y Cajal, científico, artista, escritor… y premio Nobel de Medicina (1906).
Billete del Banco de España dedicado a Santiago Ramón y Cajal (1935)

¿quién envenenó a Molière?

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Para empezar, parece que Molière no murió en el escenario. Ni ataviado de amarillo. Además de autor, el célebre dramaturgo francés protagonizaba sus propias comedias. El 17 de febrero de 1673 —día de viernes por más señas— Molière se sintió indispuesto durante la representación de «El enfermo imaginario», pese a lo cual concluyó las frases de su último Argan. Más tarde y ya en su casa, sita en el 40 de la Rue de Richelieu, un nuevo acceso hemorrágico se lo lleva por delante. Entretanto, los allegados buscan infructuosamente por todo París un sacerdote, persuadidos de que deben priorizar el alivio espiritual de la extremaunción a cualquier ensayo reparador de la medicina al uso. El reconocido Juan Bautista Poquelin (ese era su verdadero nombre) falleció con cincuenta y un años. Protegido del duque de Orleans, hermano de Luis XIV, contaba con simpatías en la todopoderosa corona francesa. Pero sus mordaces y mal disimuladas críticas hacia los modos y las convenciones sociales de la época habían molestado a la Iglesia, incomodado a cierta nobleza y puesto en su contra al abundantísimo colectivo de charlatanes y carniceros que por aquel entonces constituían el gremio de médicos y sanadores. Eso por no hablar de la legión de autores envidiosos de su éxito o de maridos cornudos, celosos unos o consentidores a su pesar otros, que conocían los negocios galantes del reputado comediante. ¿Y si Molière hubiera sido asesinado? Se sabía de sus incontables afecciones, pero como hipocondríaco irredento la mayoría le venían de imaginarse enfermo. Y nadie se muere de neurastenia a menos que arraigue en el cuerpo una modalidad mórbida de tal obsesión. Esa el la tesis del escritor Rubem Fonseca (1925-2020), que recrea las pesquisas de un marqués anónimo, buen amigo de Molière, defensor de su obra y amante de la joven Armande, su mujer, de la que también se dice que era hija del dramaturgo. Un candidato perfecto para adaptarse a la lógica inmediata, aquella que le sitúa a la hora y en el lugar adecuados como para calzarle sin dificultad cualquier móvil homicida. Sin embargo, no es el marqués el que desea la desaparición de Molière: su aprecio resulta sincero y los favores de Armande forman parte de una amistad, digamos, doblemente gratificante. Bien conocido en los ambientes cortesanos, el marques frecuenta los exclusivos salones donde se rumian conspiraciones y venganzas, se intercambian elixires de amor y se formulan venenos indetectables. El marqués es plenamente consciente de que la proximidad al monarca determina el grado de impunidad aceptado por los que deben juzgar los crímenes más audaces. Y aunque no es cuestión de buscarse antipatías peligrosas, esclarecer el asesinato conlleva un cierto riesgo, proporcional a la alcurnia del criminal…

Rubem Fonseca es un extraordinario escritor brasileño que bien merece una revisión por parte de aquellos que gustan de la literatura sin artificios, en ocasiones descarnada y hasta brutal. Fonseca es cuentista y novelista. Experimentó con fórmulas muy personales de narrativa policiaca, de la que se vale para reflexionar sobre la marginalidad y la violencia, aunque su producción no es uniforme. Visitó la «Semana Negra» de Gijón allá por el año 1995. Pero antes que dejarse llevar por reseñas u opiniones, leer alguno de sus relatos es el procedimiento habitual para saber a ciencia cierta si estamos ante un autor de nuestro gusto.

Jean-Baptiste Poquelin (1672-1673), conocido universalmente por el sobrenombre de Molière, precisa de poca o ninguna presentación. Quien no ha oído hablar de él tiene permiso para autocompadecerse de su ignorancia (recuerden que se trata de un achaque menor que cuenta con varios antídotos). Por el contrario, todo aquel que lo identifique con un escritor de cabello frondoso que, sin embargo, llevaba una empolvada peluca se puede proponer el reto superior de ver alguna de sus obras de teatro. No hacen falta muchos referentes para divertirse. Tan solo dejarse llevar por el lenguaje y el tableteo de las chinelas de cordobán sobre el entarimado.

no lo intentes

La pregunta es: ¿Tiene alguna justificación divulgar los textos de Bukowski? Si no nos da la gana responder directamente, podríamos alimentar el debate con dos aportaciones más: ¿Es necesario adaptar El Lazarillo para escolares? ¿Es correcto llamar literatura a lo que escriben ciertos presentadores de televisión? Ninguna de las tres cuestiones admite un «» o un «no» rotundo. O quizá sí lo admitan. Pero aquí los dogmas sobran. Así que nos reservamos la opinión que nos merecen las dos últimas cuestiones para centrarnos en la primera.
Bukowski ya no está de moda. La literatura del exabrupto no vende como antes. Ha perdido a parte de su parroquia. Tal vez por eso sea el momento de rescatarle, si es que es lícito conjugar este verbo con semejante personaje. Nos da en la nariz que Charles Bukowski (1920-1994), escritor estadounidense de origen germano, no sería el viajero ideal para, digamos, compartir asiento en un abarrotado Alvia Gijón-Madrid. Las adicciones de las que hizo sobrada publicidad fueron su imagen de marca, y con ellas se ganó las voluntades de los que vieron reflejada en su discurso la propia desesperación vital; el aedo de nariz roja que se atrevía a escupir sobre el auditorio se convirtió en el adalid de los que no osaban imitarlo, aunque les sobrasen las ganas. Y los motivos. Consolidada una excelente mala fama, su patente de corso fue el alcohol diluido en otro poquito de alcohol. De esta forma, el ciudadano Bukowski se libró de tener que alinearse con una ideología mayoritaria, ya fuera de carácter conservador o formalmente izquierdosa. Desde la marginalidad y el escarnio autoinfligido, alcanzó la estabilidad a los cincuenta años, merced a una pertinaz vocación literaria, de la que da buena prueba una producción en extremo prolífica. A lo largo de su vida publicó más de medio centenar de títulos, sin contar el material inédito. Con los Escritos de un viejo indecente (1973) se desató la popularidad. Y con ella vinieron las entrevistas, las opiniones procaces, los espectáculos escandalosos. También los guiones de cine, los recitales de esa poesía tan suya. Y los libros. Libros y más libros autobiográficos que le fueron aproximando al imaginario progre de su país adoptivo, y cuyos ecos en forma de sentencias o frases sueltas ―algunas perfectamente apócrifas― siguen salpicando por doquier las grafiteras paredes de internet. Los delicados gourmets de la contracultura degustaron con fino paladar lo que dieron en llamar Realismo sucio, mientras que los puristas sabotearon los intentos de elevarle a los altares, entre otras cosas por declarar que Shakespeare estaba sobrevalorado. Pues ni tanto y tan calvo. Y sí, leer a Bukowski es un ejercicio sano por lo mismo que la botulina tiene un mirífico efecto cosmético. Sobre todo, los cuentos. No así la poesía, que a muchos nos suena a hueca después de pagar el inevitable peaje de la traducción: Un simple perro/ caminando solo sobre una acera caliente/ en pleno verano/ parece tener más poder que diez mil dioses juntos/ ¿por qué? (De “El amor es un perro del infierno: Poemas 1974-1977”).

Aunque la filosofía de Bukowski/Chinaski tiene tanto fundamento como los textos impresos en las etiquetas de un güisqui barato, hay algo de atractivo en esos relatos cargados de amargo resentimiento, historias donde no se salva ni el amor, ni la amistad, ni los principios, ni las convicciones ni nada de nada. En este capítulo, se percibe ese desarraigo destructor con el que el escritor intenta abrumar a los lectores (se nota bien a las claras que le encantaba que le leyeran, que le admiraran, que le odiaran, que le hicieran preguntas, que le tomaran por lo que no era) con palabras malsonantes y sórdidas reflexiones que sin duda redactaba mientras estaba razonablemente sobrio, porque la ebriedad no es compatible con ninguna preocupación estética por el estilo. Y escandalizar al personal era lo que más le gustaba. Su influencia no ha sido desdeñable. De hecho, en las últimas décadas un nutrido grupo de escritores en español han transitado por sendas similares (Ray Loriga ha confesado la influencia sobre su propia obra) con resultados desiguales. La impronta ha llegado incluso al mundo del cómic y la ilustración: Matthias Schultheiss publicó su brutal versión visual del universo bukowskiano (Ordinaria locura, 1988) y Robert Crumb, que no oculta su admiración por el autor, iluminó tres de sus cuentos ligeros, recogidos en Tráeme tu amor (2011).
En 1985, el Bukowski de las entrevistas era un escritor consagrado que se reía de todo y de todos: “Ahora solo me siento, tomo vino y hablo de mí mismo porque ustedes hacen las preguntas, no porque yo quiera dar las respuestas… ¿Ok?”. Falleció en 1994, haciendo lo que quería, sin apuros para beber del mejor licor. Y sin haber entendido una palabra de Albert Camus. Sus restos reposan en Palos Verdes, California. La gente acude allí y se hace fotos junto a la sencilla lápida, en la que podemos leer una única sentencia: “No lo intentes”.
Como podría haber afirmado el mismísimo Bukowski, estas palabras son lo más profundo que escribió. O al menos, lo más profundo que fue capaz de escribir.
Feliz Año Nuevo.

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