Categoría: el escritor (Página 12 de 18)

el paraíso de los gatos

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Este chiquito con cara de adulto que deja huella en un daguerrotipo de la época decía que «la haine est sainte. Elle est l’indignation des cœurs forts et puissants, le dédain militant de ceux que fâchent la médiocrité et la sottise. Haïr c’est aimer, c’est sentir son âme chaude et généreuse, c’est vivre largement du mépris des choses honteuses et bêtes. La haine soulage, la haine fait justice, la haine grandit. […] Si je vaux quelque chose aujourd’hui, c’est que je suis seul et que je hais». Zola era un hombre de principios y su condición nunca le permitió ser condescendiente con la injustia, sobre la que proyectaba todo el odio del que era capaz su pluma ágil y certera. El odio como motor de cambio social… ¡qué cosas! Sus palabras hicieron crujir los resortes del poder y a puntito estuvieron de crucificarle, pero Zola puso tierra por medio y se exilió en el Reino Unido de la Gran Bretaña. De regreso en casa las cosas no le fueron mejor: desplantes y estrecheces marcaron su último adios a la vida: falleció en extrañas circunstancias, que se dice, aunque el asunto se zanjó con un «aquinohapasadonada«. Una vez desaparecido, o quizá precisamente por eso, los franceses se dieron prisa en elevarlo al Olimpo de las glorias nacionales y terminaron por depositar sus restos en el Panteón, que es algo así como una selección nacional de insignes y notables, que en España encontraría su equivalencia en La Roja. Zola escribió El paraíso de los gatos en 1874, la historia de un felino orondo que cree que la verdadera dimensión de la fortuna reside en todo aquello que no se tiene. Un tema clásico que, sin embargo, no resta encanto a un cuento que a todos invitamos a leer, y a los alumnos de primero de la eso a ilustrar.

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M.G. y C.R.

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Martha Gellhorn siempre se reveló contra la calamidad de ser asociada con Hemingway. Era una mujer racial e independiente, un torbellino que se desenvolvía con soltura en un mundo de hombres, casi siempre en el peor escenario posible: la guerra. Con veintitantos años había retratado el rostro más descarnado de la Gran Depresión. En la España de los treinta se entrenó como reportera de batalla, acompañando a las Brigadas Internacionales de trinchera en trinchera. La decepción de la derrota no aplacó su necesidad de escribir sobre los desastres de la guerra, plasmando en sus crónicas el padecimiento de los civiles, siempre ajenos a los manejos de cuántos planeaban derramar sangre inocente en nombre de no sé sabe qué oscuros ideales. Pero el motivo de traer hoy aquí a Doña Martha es de vindicar su condición de espíritu libre, la vibrante trayectoria de una corresponsal que no se conformaba con observar la refriega en la distancia, y que no dudó en ponerse en peligro para comprender el sufrimiento de aquellos que describía en sus crónicas. En el libro Cinco viajes al infierno la autora relata algunos pasajes de su errática vida de periodista, secuencias ambientadas en cuatro de los cinco continentes. El curioso subtítulo (Aventuras conmigo y ese otro) hace alusión a su compañero en el viaje a la de China de Chiang Kai-shek, un tal C.R. que no era otro que E.H., por aquel entonces marido de la Gellhorn, con el que compartía no solo aficiones como la literatura y el alcohol, sino un desmesurado amor por la sombra que proyectaban, a la que ambos consideraban el justo tributo que el sol les rendía cada amanecer. La octogenaria Martha ejerció de reportera mientras las fuerzas le acompañaron. Un día, sintiéndose mayor y enferma, decidió poner fin a su existencia. Tenía ochenta y nueve años, estaba ciega y sobre sus espaldas cargaba con todo el peso del convulso siglo XX.

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la undécima misión

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Los franceses renunciaron a su moneda bicentenaria con la llegada del euro. Supongo que más de uno todavía se andará lamentando. El último billete de 50 francos (algo así como mil trescientas pesetas de aquellas) emitido por el Banco de Francia presentaba la efigie de un conspicuo aviador, autor de éxito cuya obra más conocida ha sido vendida y traducida (desconocemos si leída en la misma medida) hasta la exageración. El mérito literario de Antoine de Saint-Exupéry ha estado atravesado siempre por esa otra faceta suya, tan sobresaliente como la primera, de aventurero intrépido. Lo cierto es que más allá de su onmnipresente «Principito», conocido, comentado, interpretado, versionado e imitado una y otra vez durante más de siete décadas, Exupéry supo hacer de su propia vida una novela, algo al alcance de muy pocos. No vamos a hablar del susodicho principito (el verdadero título es «El pequeño Príncipe») porque sería caer una vez más en el tópico que desluce y hasta disimula el calibre de su otra obra; que quede claro que Saint-Exupéry escribió más de un libro. Y más de dos. Saint-Ex no fue un escritor de literatura infantil. La incómoda relación que mantuvo con las esferas de poder utilizaron esa dimensión estereotipada para reducir la importancia de su legado literario, profundo, serio, poético. Exigente en extremo consigo mismo, algunas de sus revisiones fueron amargamente protestadas por su traductor al inglés, que llegado el momento se negó a suprimir pasajes de «Tierra de los hombres» alegando que ni siquiera el autor tenía derecho a eliminar fragmentos tan bellos. Después de vivirlo todo en la primera treintena de su existencia, el exilio a ras de suelo le sentó muy mal. Alimentaba la imaginación de sus hijos arrojando aviones de papel desde lo alto de los rascacielos neoyorquinos. Cuando merced a una intervención del mando aliado, maltrecho y dolorido como estaba, se le permitió regresar a Europa e incorporarse con 43 años a un sección de reconocimiento aéreo, Saint-Exupéry sin saberlo (¿o tal vez sí lo sabía?) trazaba la rúbrica final, extinguiéndose como un pajarillo, en pleno vuelo, a los mandos de un P-38 F-5B, frente a la costa francesa de Marsella. No cabe en el billete de cincuenta francos (ni en el de quinientos euros) el uno-noventa de humanidad de este escritor que ahora, leído desde las alturas de un nuevo siglo, resulta todavía más preclaro y elocuente.

Tal le ocurrió a Mermoz al atravesar por primera vez el Atlántico Sur en hidroavión. Al caer la tarde se encontró en la región del Pot-au-Noir. Frente a él vio amontonarse de minuto en minuto las colas de los tornados, como si se construyera una muralla, y, en seguida, la noche instalándose sobre aquellos preparativos disimulándolos. Y cuando, una hora después, se escurrió por debajo de las nubes, desembocó en un reino fantástico.

Trombas marinas se alzaban allí acumuladas y, en apariencia, inmóviles, como los pilares negros de un templo, que soportaban, hinchados en sus extremos, la bóveda oscura y baja de la tempestad. Pero, a través de los desgarrones de la bóveda, descendían haces de luz y la luna llena brillaba, entre las columnas, sobre las losas frías del mar. Mermoz prosiguió su ruta a través de aquellas ruinas deshabitadas, corriendo oblícuamente de un canal de luz a otro, contorneando aquellas columnas gigantescas donde, sin duda, rugía la ascensión del mar, avanzando durante cuatro horas a lo largo de aquellas coladas de luna, hacia la salida del templo. Y el espectáculo era tan abrumador que recién después que hubo franqueado el Pot-au-Noir, Mermoz se dio cuenta de que no había sentido miedo ni por un instante.

Terre des hommes (1939)

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El Principito en cómic

acmé juvenil

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Continuando con nuestra campaña «Verdades como Puños», las alumnas de bachillerato le han tomado la medida a los textos clásicos y como quien no quiere la cosa, le están sacando partido a esas pequeñas lecturas que hoy llamamos el origen del pensamiento occidental… Los Helenistas, los Presocráticos, el Pitagorismo Pre-Parmenídeo, los Jonios, los Atomistas, los Post-Parmenídeos, los Platónicos, los Aristotélicos, los Platotélicos, los Aristopláticos post-pre-atomigóricos... Una legión de individuos pelín ociosos que un día decidieron establecer las bases del conocimiento, dejando una huella tan profunda que ni siquiera siglos de oscura abyección intelectual lograron borrar. Quizá ahora estemos en tránsito hacia otra época de oscuridad, y la falta de luz solar en pleno mes de junio no sea más que un augurio de lo que está por venir: las sustitución de este legado secular por un par de cupones para pasar unas vacaciones de ensueño en Punta Cana. Las muchachas de bachillerato rescatan verdades como puños que encuentran en su estrambótico libro de texto, una especie de boletín oficial de lo que se debe saber y lo que no. Después sugieren ideas para ilustrar las sentencias marcadas en negrita porque la palabra se les escapa, como se escapa la arena de entre los dedos. Mientras tanto, rescatamos del expurgo inclemente los libros de Platón, almacenados en una lóbrega buhardilla donde esperan turno para convertirse, ¡qué cosas!, en grisáceo papel reciclado, y en uno de ellos, marchito y ajado, abrimos al azar y leemos: «Comencemos, pues, la discusión, partiendo del principio de que nunca se debe ser injusto, ni devolver injusticia por injusticia, ni vengarse de un mal con otro mal. ¿O te separas en esto de mí y niegas la verdad de tal principio? Por mi parte hace mucho que lo adopté y sigo creyendo ahora en él. Pero si eres de otro parecer, dilo, y dame tus razones. O, si por el contrario, persistes en las mismas ideas que antes, óyeme lo que se infiere de ellas».

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Filosofía para principiantes 

tardi a las trincheras…

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Hace un par de meses, Jacques Tardi rechazó la Legión de Honor, condecoración instituida por Napoleón hace doscientos y pico años. El que más tarde sería autocoronado emperador sabía muy bien lo que hacía: cuando alguien le dijo que estas dádivas eran meros «hochets» (sonajeros, juguetitos para niños…) él respondió: Vous les appelez les hochets, eh bien c’est avec des hochets que l’on mène les hommes. Tardi, que conoce muy bien la historia reciente de su país, declinó tal distinción con una bala dialéctica del calibre de su obra: «Uno no tiene por qué estar forzosamente contento de ser reconocido por la gente que no quiere».  Posiblemente esta actitud le granjeará algún magno reproche tanto monárquico como republicano, pero para sus lectores es la rúbrica perfecta de un autor de enorme mérito y coherencia. Tardi es hijo y nieto de combatientes, y la guerra ha estado siempre muy presente en su vida y en su obra. Su abuelo fue uno de los inocentes protagonistas de sus historias en las insalubres trincheras del glorioso ejército francés; su padre René lo fue como prisionero de guerra en un stalag alemán. Las imágenes que recrea con su pluma son un antídoto contra la indiferencia. Presta gran atención a los escenarios, que son capaces de trasladarnos en butaca de primera fila a la representación de esos insignificantes episodios donde se consumen poco a poco la vida y las esperanzas de los últimos peones de la guerra: los soldados rasos. La temática bélica está muy presente en la obra de Tardi:  C’était la guerre des tranchées (1993), Voyage au bout de la nuit (1988) o Putain de guerre (2008) son algunos ejemplos, quizá los más emblemáticos del pensamiento del autor, recogido en estas pocas palabras:

Un montón de tratados deberían asegurarnos la paz. Pero bien se sabe que no serán respetados: porque es preciso llenar de gasolina los depósitos de los coches; que el ciudadano sea atado a su pequeño confort [calefacción central y televisión], que devuelvan los préstamos a los bancos. Es preciso que todas estas coacciones le preocupen y le angustien. Delante del telediario, a la hora de cenar, le hará comprender que vive en un país casi paradisíaco y se adormecerá olvidando la revolución. Es lo menos que desean los gobiernos…

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En fin. Internet hierve de información sobre guerra, cómic, literatura… Esta modesta aproximación al género no ha tenido más pretensión que la de remover los cimientos de la curiosidad y poner de relieve la cantidad y la calidad de obras que nos aproximan, por fortuna en sentido figurado, a la realidad sucia, cruel, perversa y tan humana de la Guerra, la misma Guerra con mayúsculas que hoy mismo se vive en Siria, Colombia, Irak, Mali… Queremos concluir con la escena final de la película Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick (una de las confesadas influencias de Tardi) cantando o, mejor dicho, tarareando la cancioncilla «El valiente húsar» con ayuda de los bravos soldados y la cándida muchacha alemana, todos ellos atrapados por un destino incierto que aguardan, resignados, la triste condecoración que ellos nunca solicitaron…

Und als er zum Schatzliebchen kam,
ganz leise gab sie ihm die Hand,
die ganze Hand und noch viel mehr,
die Liebe nahm kein Ende mehr.

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expurgo

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Ahora que está tan de moda hablar de reyes y de monarquías, rescatamos del expurgo inclemente que ha sufrido nuestra biblioteca un libro escrito por el mismísimo Luis XIV de Francia, el Rey Sol. No es el primero de los escritores de sangre regia que sacamos a colación en esta humilde página. Cuando los reyes escriben, lo hacen generalmente para sentar cátedra jurídica o para transmitir a sus sucesores la crónica de lo que ellos consideran un buen gobierno. El Capeto más conocido heredó la corona de Francia antes de cumplir los cinco años y reinó durante más de setenta. Tenía la firme voluntad de ejercer de vicedios, como dijo alguien; durante gran parte de su reinado hubo pocas cosas que se escaparan al control directo de este hombre que había asumido el papel de Padre y Señor de todos los franceses. El refinado, guapo y culto Luis no solo le dio su nombre a un estilo de mobiliario o a un inhóspito paraje a orillas del Mississippi… Fue el más recio representante borbónico y antecesor del actual rey de España. Pero no fue para su hispánico bichozno para el que escribió sus Memorias sobre el arte de gobernar, sino para su hijo. Por azares del destino y de las poco ventajosas combinaciones genéticas, a Luis XIV le sucedió su biznieto y a éste su nieto Luis XVI, un personaje alelado y glotón a quien la Revolución terminaría por descabezar. El libro de Luis XIV es sobrio y, teniendo en cuenta los cánones de la época, rebosa sabiduría: «Los soberanos, a quienes el cielo ha hecho depositarios de la fortuna pública, seguramente proceden en contra de sus deberes cuando disipan el erario de sus súbditos en gastos inútiles», «es conveniente que sepáis que en el alto puesto que ocupamos las menores faltas tienen siempre lamentables consecuencias. Quien las comete siempre tiene la desgracia de que jamás conoce las consecuencias hasta que no hay lugar a remedio alguno» o «el fuego de las más nobles pasiones, como el fuego de las más oscuras, siempre produce un poco de humo que ofusca nuestra razón». Y qué me dicen de «como el príncipe siempre debe ser un perfecto modelo de virtud, sería conveniente que se garantizara de manera absoluta de las debilidades comunes al resto de los mortales, sobre todo teniendo en cuenta que es seguro no permanecerán escondidas». En honor a la verdad, hay que apuntar que el tirano de Luis fue el primero en saltarse sus propios preceptos, haciendo bueno el dicho tan español, que no francés, «haz lo que yo digo y no lo que yo hago». Pero eso no le quita un ápice de valor a la colección de sentencias que milagrosamente se salvaron de la quema, y que hoy se despiden para siempre de sus potenciales lectores adolescentes.  Luis XVI (1947). Memorias sobre el arte de gobernar (2ª edición). Traducción de Manuel Granell. Buenos Aires. Espasa-Calpe: EXPURGADO.

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