Categoría: el escritor (Página 13 de 18)

vidas imaginarias

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En «Vies Imaginaires», el joven Marcel Schwob desarrolla un juego divertido que marca los antecedentes de mucha literatura posterior: la biografía fabulada o, si lo prefieren, la fábula biográfica. Consciente de que al lector se le atrapa con el reclamo de la verosimilitud, Schwob repasó la vida de piratas, herejes, pirómanos, matronas, pintores, jueces o princesas indias con la desenvoltura de un erudito de treinta años que maneja la prosa poética como un autor consagrado. El perfil cuasi panegírico de Eróstrato, incendiario del que ya hemos dado buena cuenta en esta página, la impúdica relación entre Clodio y Clodia, las andanzas del hereje Dulcino, la trampa urdida por el cuáquero Knot contra Walter Kennedy, incauto pirata analfabeto… todas ellas historias salpicadas de referencias y datos de los que es difícil sustraerse durante el escrutinio de la verdad, y que no hace sino subrayar la facilidad con la que se puede reinventar la historia a poco que uno se lo proponga.

Pocahontas era la hija del rey Powhatan, el que reinaba sentado en un trono hecho como para servir de cama y cubierto con un gran manto de pieles de mapache cosidas de las cuales pendían todas sus colas. Fue criada en una casa alfombrada con esteras, entre sacerdotes y mujeres que tenían la cabeza y los hombros pintados de rojo vivo y que la entretenían con mordillos de cobre y cascabeles de serpiente. Namontak, un servidor fiel, velaba por la princesa y organizaba sus juegos. A veces la llevaban a la floresta, junto al gran río Rappahanok, y treinta vírgenes desnudas bailaban para distraerla. Estaban pintadas de diversos colores y ceñidos por hojas verdes, llevaban en la cabeza cuernos de macho cabrío, y una piel de nutria en la cintura y, agitando mazas, saltaban alrededor de una hoguera crepitante. Cuando la danza terminaba, desparramaban las brasas y llevaban a la princesa de regreso a la luz de los tizones.

tiene narices

Cyrano, que no era de Bergerac, antes de ser personaje fue autor; tiempo atrás había sido soldado; casi al final de su vida se interesó por la ciencia y la alquimia. Y a buen seguro que la cosa no hubiera quedado ahí, pero un voluminoso leño caído del cielo le partió la crisma sin concederle turno de réplica. Tenía treinta y seis años. Y toda una vida por delante… mejor dicho… por detrás. Cyrano fue un tipo libertino —un radical que diríamos ahora—, espadachín arrojado y corajudo, habitual de la vida bohemia; congeniaba con la filosofía y la matemática, y fue uno de los que plasmaron literariamente el nuevo pensamiento racionalista de su contemporáneo Descartes, otro mercenario reconvertido en intelectual. Se dice que Cyrano ha sido el precursor de la ciencia-ficción; y es que a nadie sino a él se le hubiera ocurrido describir un viaje a la Luna despreciando todas las convenciones morales y religiosas de la época. «El otro mundo», que así se llama la trilogía, fue publicada póstumamente y aunque tuvo mucho éxito, se retocó sensiblemente para rebajar el tonillo herético que emanaba su contenido. El otro Cyrano, el personaje, se lo debemos a Edmond Rostand. Se puede decir que el narigudo protagonista de su tragicomedia tenía poco que ver con el Cyrano histórico, pero la aportación de Rostand ha sido determinante para que finalmente su apéndice nasal y su romántica gallardía se hayan impuesto a la dimensión literaria e intelectual del bravo espadachín. Actualmente reconocemos a Cyrano de Bergerac en la figura de un popular actor francés que lo encarnó en la gran pantalla. Con más del primer Cyrano que del segundo, este cómico ha sido noticia de actualidad porque ha decidido tributar en otro país, lo que le ha granjeado la antipatía de algunos compatriotas. Desde luego que no ha sido el primero ni será el último que se ponga a salvo de la voracidad recaudatoria de los estados, pero curiosamente su determinación parece estar inspirada en la famosa frase de Cyrano: “Un honnête homme n’est ni Français, ni Allemand, ni Espagnol, il est Citoyen du monde, et sa patrie est partout”.

«Cyrano de Bergerac»

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¿quién controla el pasado?

biblioluces_erostrato

Leyendo este fin de semana un libro de historia se nos vino a la cabeza la peripecia de Eróstrato, el incendiario, controvertido personaje que supuestamente redujo a cenizas el famoso templo de Diana en Éfeso. Se dice que lo prendieron (valga la redundancia) y lo torturaron hasta que confesó el móvil de la fechoría. Las crónicas cuentan que Eróstrato deseaba vivir por siempre en boca de las generaciones futuras, y anhelaba que le recordaran como aquel que se había cargado una de las siete maravillas del mundo, edificio noble y de bella arquitectura alabado por Antípatro de Sidón, el autor de la célebre lista. Como era de esperar, Eróstrato fue ejecutado, no sabemos si antes o después de que un bando amenazara con aplicarle la misma penitencia a todo aquel que guardara memoria del tal pirómano. Sin embargo, la noticia corrió como la pólvora, y la identidad del infame circuló clandestina hasta que un historiador la desveló, pensando quizá en que no hay vergüenza mayor que la de ser recordado en calidad de gilipuertas. Siguiendo designios de rango superior, hoy casi nadie sabe de esta hazaña como tampoco de cualquier hecho pretérito que supere la semana y media de antigüedad. Hemos pulverizado la nuez de la Historia con un martillo neumático y ahora somos incapaces de saborear el fruto sin pincharnos la lengua. Corrompida por quien la utiliza en provecho propio, la historia con minúsculas es una herramienta muy útil para cargar de razón el argumento más peregrino y hace babear en éxtasis a los iluminados de vocación redentora. Recordar a Eróstrato se pagaba con la muerte. Prescrito ya el delito (suponemos), en el siglo XXI conocer el pasado es un placer y un deber que ningún libro de texto tiene derecho a hurtarnos. No lo olvides.

«La razón más importante para «reformar» el pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningún caso que la doctrina política del Partido haya cambiado lo más mínimo porque cualquier variación de táctica política es una confesión de debilidad. (…) Y si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia ha de ser escrita continuamente.»

George Orwell, 1984.

okupas

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«Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: —Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. —¿Estás seguro? Asentí. —Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.»

los no-muertos

Cuando Bram Stoker publicó en 1897 Drácula o, como él hubiera preferido, Los no-muertos, no se imaginaba siquiera que su personaje seguiría, ciento quince años después, fresco y resuelto a dar mordiscos como el primer día de su no-muerte. Porque el conde bebe-sangre es un personaje literario que ha impuesto su estrafalario estilo gótico tanto en los sueños como en la gran pantalla del cine. Eso por no hablar de los imitadores, remedadores, inspiradores y cómplices que le han salido a lo largo de este último siglo, monsterjais incluidas. El vampiro es, en esencia, una criatura que se regenera alimentándose de la esencia vital de otros seres vivos (Sí, ya sé en quién están pensando, pero no…). Se le reconoce como un ser maligno enraizado en el folclore de muchas culturas bien diferentes. Por eso no es raro que Stoker diera forma a su aristocrático chupóptero a partir de historias que circulaban por su Irlanda natal, aderezadas con testimonios y relatos centroeuropeos que le llevaron a fundir el mito del vampiro con la historia del príncipe rumano Vlad III El Empalador, un gobernante que, de no ser por el escritor irlandés, habría pasado a la historia como un europeista convencido, al que otra aberración como Ceaucescu declaró «Héroe de la nación rumana» en 1976.  Stoker, muy influido por la corriente psicoanalista de su época, sublimó el espíritu mismo de la maldad y lo materializó en un personaje que, curiosamente, se prodiga poco en la novela. Dicen los que saben que Don Abraham es un autor irregular y mediocre, pero eso importa poco si tenemos en cuenta cuál es su aval para la posteridad: Drácula el Drácula de Stoker para ser exactos, porque los que no se han asomado a la lectura de este libro tendrán ahora mismo en la cabeza las siluetas de los dráculas que otros creadores como MurnauLugosiFisherCoppola o los dibujantes de la Marvel imaginaron para nosotros. Y eso, claro, no es lo mismo…

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colón y las letras

Las peripecias de este hombre convirtieron su biografía en una de las más apasionantes de la historia moderna. Precisamente han sido las múltiples visiones de su personalidad las que han contribuido a envolver su figura en un halo de misterio. Los especialistas empiezan por no ponerse de acuerdo ni siquiera en sus orígenes: portugués, español, genovés, corso, noruego; incluso hay quien afirma que era suizo… el colmo para los que asocian su temprana vocación naval con los mares de su infancia. Por no conocer, no conocemos ni el verdadero rostro del Gran Almirante de la Mar Oceana. A pesar de ser uno de los personajes más notables de la historia, no posó para ningún pintor, ni mayor ni menor, a pesar de ser contemporáneo de Botticelli, Leonardo, Tiziano, Rafael, Berruguete… Sedientos de iconografía, algunos artistas se inventaron la imagen del descubridor, y a nadie le importó que las recreaciones fueran espurias a juzgar por el éxito que tuvieron luego. Libros sobre Don Cristóbal hay a esgaya, buenos y menos buenos. Y argumentos de ficción, ni les cuento… Pero el navegante también escribió sus cosillas: cartas, documentos y, sobre todo, los diarios de sus cuatro viajes atlánticos. En toda la producción podemos intuir la valía del Almirante como autor, que algunos quieren ver como remoto precursor de los románticos franceses del siglo XVIII, tal es su talento para describir la naturaleza tropical. Lo cierto es que, como ocurre con los grandes, el lector puede identificar en el arcaico lenguaje de Colón la emoción que provocan los relatos genuinos, poderosos, aquellos en los que se puede entrever el color del alma de quién los escribe.

(…) No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos (…).

Cristóbal Colón. Fragmento de la carta de Colón anunciando el descubrimiento. 

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