Categoría: el escritor (Página 12 de 19)

bustos domecq

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Borges conoció a Adolfo Bioy Casares en 1932. Por aquel tiempo, «Adolfito» (que así es como llamaban a Bioy) era un muchacho joven, de familia bien, con profundos intereses literarios. Adolfito lo tenía todo: los Casares eran dueños de media Argentina. Pero además, estaba empeñado en ser escritor. Fruto de esta relación con Borges, Bioy publica la que posiblemente será su obra más recordada: La invención de Morel (que nada tienen que ver con las invenciones de ese otro Morrell, que se ganó fama de embustero al informar de que había sido el descubridor de la inexistente Nueva Groenlandia del Sur). De la mutua afición por la narrativa y el cuento, surgieron dos autores ficticios: un tal Benito Suárez Lynch por un  lado y por el otro, el algo más reputado y conocido Honorio Bustos Domecq, que firmó varias obras como Los seis problemas para Don Isidro Parodi o Crónicas de Bustos Domecq. Al resguardo de estas ficticias identidades también formaron parte de antologías del cuento detectivesco promovidas por ambos dos: en Los mejores cuentos policiales aparecen relatos de Irish, Ellery Queen, Graham Greene o Faulkner, pero también de Poe, Stevenson, Conan Doyle, London, Peyrou o Adolfo Luis Pérez Zelaschi. El cuento de éste último, Las señales, es posiblemente el mejor de todos ellos: un ejercicio definitivo de genio narrativo que no pasó desapercibido para el tándem Borges-Bioy, y del que reproducimos un pequeño fragmento:

Allí estaban. Midió agónicamente sus posibilidades de escape: ninguna. Tres altísimas paredes verticales y ciegas cerraban el patiecito. Nadie oiría un grito mientras el viento zumbelara allá arriba, tan perdido Manuel Cerdeiro en la ciudad como en un abismo entre montañas desnudas. Sólo cabía regresar al bar (“ahoramevanamatar”) y eso hizo. De no estar tan aferrado por la circunstancia, por los ineludibles aquí y ahora, hubiese comprobado que su espanto había desaparecido y que podía realizar un balance, incluso desapasionado, de los hechos o, por lo menos, de los hechos que le concernían.

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georgie en su laberinto

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A los cincuenta y tantos Jorge Luis se quedó ciego. Para entonces Georgie, como le conocían en familia, había leído tanto que sus ojos se cerraron para abrirse por dentro, hacia la claridad que se proyectaba a través del arco de la memoria. La enfermedad le privó de la luz, que no de la literatura, pues cuando no pudo dejar soñada una página se le otorgó un amanuense para escribirla, que no para pensarla. La biografía borgiana está jalonada de lecturas que fueron conformando el alma del poeta: a los cuatro años ya sabía leer y escribir. Se dice que de bien chico leía literatura gauchesca; cultivó el Quijote y aprendió el Fausto de memoria. Se familiarizó con la obra de Chesterton en su lengua original. A los nueve años realizó la primera traducción al español de El Príncipe Feliz de Wilde. A lo largo de su vida, Borges tradujo poesía y prosa del alemán, inglés, francés y hasta del nórdico antiguo. Publicó su última traducción, las Fábulas de R. L. Stevenson a los 84 años de edad.  «Que otros se jacten de lo que han escrito; a mí me enorgullece lo que he leído», dijo en alguna ocasión. Lúcido y preclaro, fue otra ceguera la que no le dejó ver que el que abrazara las charreteras de un criminal nunca podría estrecharle la mano al rey de Suecia: «Yo soy una persona muy tímida, pero Pinochet se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona.» Dicen que Borges fabricó un discurso ad hoc, tan socarrón como él era. Pero el Comité Nobel no entendió ese peculiar sentido del humor. En realidad: ¿qué pensaba Borges? De su desbordante talento literario solo podemos penetrar la dimensión artística, unánimemente alabada por críticos, especialistas, lectores y colegas amigos y enemigos. Neruda, que no se puede decir que le profesara mucho afecto al argentino, dijo de él «Todos los que hablan español están muy orgullosos de que Borges exista y los latinoamericanos en particular porque antes de Borges teníamos muy pocos escritores comparables con los autores europeos».

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la mirada del hombre solo

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A Albert Camus le gustaba el fútbol. Le apasionaba tanto como el teatro. De pequeño, en su Argelia natal, había jugado de guardameta de un equipo local. Camus decía que todo lo que sabía del mundo se lo debía al balompié: «aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga». Pero el que estuviera llamado a ganar el premio Nobel de literatura en 1957, se retiró de los estadios cuando la tisis se instaló en su cuerpo para no abandonarle nunca. Una de las constantes en la corta vida de Camus fue la de superar la adversidad: de extracción humilde, Camus era hijo de emigrados. Huérfano de padre, su madre, de origen menorquín, era sorda y analfabeta. En el entorno inmediato del joven Alberto, las previsiones sobre el futuro del muchacho pasaban por trabajar en la carnicería de su tío para salir adelante. Sin embargo, la tenacidad del futuro escritor y sus evidentes dotes intelectuales movieron el interés de sus maestros, que orientaron y dirigieron las primeras lecturas de Camus. Unas lecturas que le ayudaron no solo a consolidar sus ideas, sino a conquistar laboriosamente la lengua francesa, vehículo de una interesante producción literaria, teatral, periodística, ensayística y filosófica. Hijo de su tiempo, el existencialismo no reconocido de Camus (en contraposición con el de su antagonista Sartre), está marcado por la peripecia vital del autor, comprometido en los conflictos de su tiempo, empezando por el colonialismo francés y el nazismo alemán para continuar con los movimientos sociales y políticos que se desataron en Europa al calor de la Revolución rusa y la posterior consolidación del estalinismo soviético. Camus escribió «Révolte dans les Asturies», considerada la obra de letras más reseñable en torno a la revolución asturiana de 1934. En ella apunta que «todo revolucionario termina siendo opresor o hereje. En el universo puramente histórico que han elegido, rebelión y revolución van a parar al mismo dilema: o la policía o la locura». Mientras otros intelectuales se comprometían políticamente y justificaban los excesos como la única forma de conquistar la felicidad, Camus se alejaba de posiciones dogmáticas y de ideologías agotadas: “son los medios los que deben justificar el fin”; no distinguía entre la barbarie de los malos, representada por campos de concentración y cámaras de gas, y los nobles fines de los buenos, primero con sus bombas atómicas y después con sus gulags y sus tanques. El intelectual, escribía Camus, debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones: «la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse sierva del odio y la opresión». Esta es una de las afirmaciones que el autor laureado pronunció en su discurso de aceptación del premio Nobel. A pesar de sus achaques, nada hacía presagiar que fallecería apenas tres años después, en un absurdo accidente de tráfico. Pero nos dejó un puñado de obras inteligentes y un libro póstumo editado por su hija. Si estás interesado en familiarizarte con este humanista que expresaba sus pensamientos de forma literaria, te recomendamos que comiences con uno de sus cuentos, un relato elocuente, particularmente intenso, que describe el sentimiento de soledad de un hombre instalado en un mundo inhóspito, un mundo forjado a golpes que dicta sus propias lecciones de supervivencia. La lúcida mirada del hombre solo.

Durante mucho tiempo, se quedó echado en el diván mirando al cielo que se oscurecía poco a poco, escuchando el silencio. Ese silencio que los primeros días de su llegada, después de la guerra, le había parecido tan penoso. En aquella época, había pedido un puesto en la pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan la altiplanicie del desierto. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras al norte, rosas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Pero lo habían nombrado para un puesto más al norte, en la misma meseta. Al principio, la soledad y el silencio le habían resultado muy duros en aquellas tierras ingratas, habitadas solamente por las piedras. A veces, la existencia de unos surcos hacia pensar en tierras cultivadas, pero en realidad los surcos habían sido excavados para sacar a la luz del día cierta piedra propicia para la construcción. Allí sólo se labraba para cosechar pedruscos. Otras veces, raspaban algunas pellas de tierra, acumuladas en las hondonadas, para abonar los áridos jardines de los pueblos. Solamente la piedra cubría las tres cuartas partes de este país, en el que las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se mordían la garganta, y después morían. En este desierto, nadie, ni él ni su huésped, eran nada. Y sin embargo, fuera de este desierto, ni uno ni otro, Daru lo sabia muy bien, hubiera podido vivir verdaderamente.

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el paraíso de los gatos

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Este chiquito con cara de adulto que deja huella en un daguerrotipo de la época decía que «la haine est sainte. Elle est l’indignation des cœurs forts et puissants, le dédain militant de ceux que fâchent la médiocrité et la sottise. Haïr c’est aimer, c’est sentir son âme chaude et généreuse, c’est vivre largement du mépris des choses honteuses et bêtes. La haine soulage, la haine fait justice, la haine grandit. […] Si je vaux quelque chose aujourd’hui, c’est que je suis seul et que je hais». Zola era un hombre de principios y su condición nunca le permitió ser condescendiente con la injustia, sobre la que proyectaba todo el odio del que era capaz su pluma ágil y certera. El odio como motor de cambio social… ¡qué cosas! Sus palabras hicieron crujir los resortes del poder y a puntito estuvieron de crucificarle, pero Zola puso tierra por medio y se exilió en el Reino Unido de la Gran Bretaña. De regreso en casa las cosas no le fueron mejor: desplantes y estrecheces marcaron su último adios a la vida: falleció en extrañas circunstancias, que se dice, aunque el asunto se zanjó con un «aquinohapasadonada«. Una vez desaparecido, o quizá precisamente por eso, los franceses se dieron prisa en elevarlo al Olimpo de las glorias nacionales y terminaron por depositar sus restos en el Panteón, que es algo así como una selección nacional de insignes y notables, que en España encontraría su equivalencia en La Roja. Zola escribió El paraíso de los gatos en 1874, la historia de un felino orondo que cree que la verdadera dimensión de la fortuna reside en todo aquello que no se tiene. Un tema clásico que, sin embargo, no resta encanto a un cuento que a todos invitamos a leer, y a los alumnos de primero de la eso a ilustrar.

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M.G. y C.R.

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Martha Gellhorn siempre se reveló contra la calamidad de ser asociada con Hemingway. Era una mujer racial e independiente, un torbellino que se desenvolvía con soltura en un mundo de hombres, casi siempre en el peor escenario posible: la guerra. Con veintitantos años había retratado el rostro más descarnado de la Gran Depresión. En la España de los treinta se entrenó como reportera de batalla, acompañando a las Brigadas Internacionales de trinchera en trinchera. La decepción de la derrota no aplacó su necesidad de escribir sobre los desastres de la guerra, plasmando en sus crónicas el padecimiento de los civiles, siempre ajenos a los manejos de cuántos planeaban derramar sangre inocente en nombre de no sé sabe qué oscuros ideales. Pero el motivo de traer hoy aquí a Doña Martha es de vindicar su condición de espíritu libre, la vibrante trayectoria de una corresponsal que no se conformaba con observar la refriega en la distancia, y que no dudó en ponerse en peligro para comprender el sufrimiento de aquellos que describía en sus crónicas. En el libro Cinco viajes al infierno la autora relata algunos pasajes de su errática vida de periodista, secuencias ambientadas en cuatro de los cinco continentes. El curioso subtítulo (Aventuras conmigo y ese otro) hace alusión a su compañero en el viaje a la de China de Chiang Kai-shek, un tal C.R. que no era otro que E.H., por aquel entonces marido de la Gellhorn, con el que compartía no solo aficiones como la literatura y el alcohol, sino un desmesurado amor por la sombra que proyectaban, a la que ambos consideraban el justo tributo que el sol les rendía cada amanecer. La octogenaria Martha ejerció de reportera mientras las fuerzas le acompañaron. Un día, sintiéndose mayor y enferma, decidió poner fin a su existencia. Tenía ochenta y nueve años, estaba ciega y sobre sus espaldas cargaba con todo el peso del convulso siglo XX.

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la undécima misión

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Los franceses renunciaron a su moneda bicentenaria con la llegada del euro. Supongo que más de uno todavía se andará lamentando. El último billete de 50 francos (algo así como mil trescientas pesetas de aquellas) emitido por el Banco de Francia presentaba la efigie de un conspicuo aviador, autor de éxito cuya obra más conocida ha sido vendida y traducida (desconocemos si leída en la misma medida) hasta la exageración. El mérito literario de Antoine de Saint-Exupéry ha estado atravesado siempre por esa otra faceta suya, tan sobresaliente como la primera, de aventurero intrépido. Lo cierto es que más allá de su onmnipresente «Principito», conocido, comentado, interpretado, versionado e imitado una y otra vez durante más de siete décadas, Exupéry supo hacer de su propia vida una novela, algo al alcance de muy pocos. No vamos a hablar del susodicho principito (el verdadero título es «El pequeño Príncipe») porque sería caer una vez más en el tópico que desluce y hasta disimula el calibre de su otra obra; que quede claro que Saint-Exupéry escribió más de un libro. Y más de dos. Saint-Ex no fue un escritor de literatura infantil. La incómoda relación que mantuvo con las esferas de poder utilizaron esa dimensión estereotipada para reducir la importancia de su legado literario, profundo, serio, poético. Exigente en extremo consigo mismo, algunas de sus revisiones fueron amargamente protestadas por su traductor al inglés, que llegado el momento se negó a suprimir pasajes de «Tierra de los hombres» alegando que ni siquiera el autor tenía derecho a eliminar fragmentos tan bellos. Después de vivirlo todo en la primera treintena de su existencia, el exilio a ras de suelo le sentó muy mal. Alimentaba la imaginación de sus hijos arrojando aviones de papel desde lo alto de los rascacielos neoyorquinos. Cuando merced a una intervención del mando aliado, maltrecho y dolorido como estaba, se le permitió regresar a Europa e incorporarse con 43 años a un sección de reconocimiento aéreo, Saint-Exupéry sin saberlo (¿o tal vez sí lo sabía?) trazaba la rúbrica final, extinguiéndose como un pajarillo, en pleno vuelo, a los mandos de un P-38 F-5B, frente a la costa francesa de Marsella. No cabe en el billete de cincuenta francos (ni en el de quinientos euros) el uno-noventa de humanidad de este escritor que ahora, leído desde las alturas de un nuevo siglo, resulta todavía más preclaro y elocuente.

Tal le ocurrió a Mermoz al atravesar por primera vez el Atlántico Sur en hidroavión. Al caer la tarde se encontró en la región del Pot-au-Noir. Frente a él vio amontonarse de minuto en minuto las colas de los tornados, como si se construyera una muralla, y, en seguida, la noche instalándose sobre aquellos preparativos disimulándolos. Y cuando, una hora después, se escurrió por debajo de las nubes, desembocó en un reino fantástico.

Trombas marinas se alzaban allí acumuladas y, en apariencia, inmóviles, como los pilares negros de un templo, que soportaban, hinchados en sus extremos, la bóveda oscura y baja de la tempestad. Pero, a través de los desgarrones de la bóveda, descendían haces de luz y la luna llena brillaba, entre las columnas, sobre las losas frías del mar. Mermoz prosiguió su ruta a través de aquellas ruinas deshabitadas, corriendo oblícuamente de un canal de luz a otro, contorneando aquellas columnas gigantescas donde, sin duda, rugía la ascensión del mar, avanzando durante cuatro horas a lo largo de aquellas coladas de luna, hacia la salida del templo. Y el espectáculo era tan abrumador que recién después que hubo franqueado el Pot-au-Noir, Mermoz se dio cuenta de que no había sentido miedo ni por un instante.

Terre des hommes (1939)

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El Principito en cómic

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