Categoría: el escritor (Página 14 de 18)

la forja de un dibujante

Este es el colofón de nuestra conversación con Alfonso Zapico…

  • Las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades insospechadas para los maestros de generaciones anteriores. Esto, ¿beneficia o perjudica la labor artesana del artista gráfico?
  • Yo veo grandes ventajas en las nuevas tecnologías, y sobre todo internet. Me sirven para agilizar el proceso de trabajo, para acceder a documentación, para compartir mis dibujos y promocionar mi obra… Luego soy muy artesanal sobre la mesa de dibujo, sigo utilizando plumillas, tinta china, papel grueso, pinceles, aguada, lápiz azul… Así que todo es cuestión de encontrar el equilibrio. Todo esto depende, por supuesto, del estilo de cada autor.

  • Como artista gráfico, ¿se siente deudor o heredero de algún precedente, autor o escuela en particular?
  • Me siento deudor de muchos movimientos, de muchos autores. Crecí con el tebeo clásico español (Zipi y Zape, TBO, Mortadelo…) y la bande dessinée franco-belga (Tintín, Spirou, Astérix…). Pero cuando estudié Arte apareció aquella genial “Nouvelle vague” de autores franceses que revolucionaron el cómic en los 90 (Blain, Sfar, Trondheim, Menu…). Y ahora que estoy trabajando en Francia estoy disfrutando con muchos autores norteamericanos y su maestría narrativa (Seth, Ware, Tony Millionaire…). Hay una mirada para cada momento.

  • Muchos de los nuevos valores de la creación declaran que su gran objetivo es «contar historias». ¿Se ve como un escritor que dibuja o un dibujante que escribe?
  • Pues yo quizá me veo más como un escritor que dibuja, porque la parte más densa, más importante para mí, es el guión: el mensaje, desarrollar la narrativa, los personajes, la documentación… Cuando tengo toda la historia tejida y detallada (al modo de un storyboard cinematográfico) es cuando me lanzo sobre el tablero de dibujo, donde todo sale ya de forma natural; el dibujo con herramienta para transmitir el mensaje.

  • Sabemos lo difícil que es elaborar una historia «con gancho» para el lector… En caso de precisarlo, ¿qué le exigiría a un colaborador literario? (nosotros tenemos muchas ideas, ¿eh?)
  • ¡Ja ja ja! No lo sé, la verdad, nunca he trabajado con ninguno. Me resulta difícil imaginarme trabajando en equipo en este sentido, porque con mi propio colaborador literario (yo mismo) tengo una relación muy tensa: me abruma con ideas y detalles a cada momento, no me deja descansar nunca y es un guionista muy exigente que me pone a prueba, me desquicia y me agota a cada momento.

  • Un libro (o dos) que nos recomiende.
  • ¡Buf! Esta es una pregunta muy común, pero una pregunta imposible. Así que recomendaré los dos que tengo ahora sobre la mesita de noche:

    1.- “Narraciones completas” de Alexander Pushkin. Aunque Pushkin es un clásico, no está nada pasado de moda, y en este libro podréis descubrir historias maravillosas de bandoleros, princesas y espadachines de la Rusia mágica y salvaje del siglo XVIII.

    2.- “El primer hombre” de Albert Camus. La última obra (incompleta) de Camus antes de morir en un accidente de coche en 195. El joven protagonista (que es en realidad el propio Camus) nos lleva desde Argel a Francia en un viaje tan vital como geográfico, con una prosa sencilla para hablar de la complejidad del ser humano.

  • Un tebeo (o más) que nos recomiende.
  • Los jóvenes lectores disfrutarán muchísimo con Cenizas de Álvaro Ortiz, un dibujante de cómic aragonés con el que he compartido muchas horas de trabajo en Francia. Álvaro ha fabricado esta historia recurriendo a una imaginería muy personal y lo ha hecho al estilo de las road movies americanas, en un cóctel de locura e imaginación historietística. Una delicia que sale al mercado este próximo mes de junio.

  • Un autor (o así) que nos recomiende (Por supuesto que los de tebeos valen…)
  • Pues para hacer promoción de mi medio, a veces tan desconocido, y apoyar a mi editorial y a la novela gráfica, diré Paco Roca. Su celebrada Arrugas es ya una lectura imprescindible, pero tiene otras obras muy interesantes para jóvenes lectores como “El faro” o “El invierno del dibujante”.

  • Díganos tres virtudes del cómic…
  • Accesible, visual y muy polivalente.

  • Y, suponiendo que los tuviera, cite tres defectos…
  • Poco valorado (por algunos), minoritario (aún) y su capacidad está infrautilizada (de momento).

  • Empeñados como estamos en introducir a nuestros alumnos en la lectura de tebeos, la novelas gráficas, en fin, todo eso… Dénos alguna idea que sumar a las nuestras.
  • El cómic es un medio ideal para transmitir ideas y su capacidad educativa y pedagógica es enorme. En lo personal, puedo hablar de los I.E.S. de Canarias, que están utilizando desde 2010 un proyecto de educación a través del cómic, con Café Budapest como lectura obligatoria a través de la cual trabajan los conceptos de integración, comunidad, diferencias y conflictos. Los estudiantes de Secundaria se interesan por la historia, la encuentran accesible, fácil de leer y extraen conclusiones y reflexiones de ella. Yo no dibujé Café Budapest como material educativo, pero me parece fantástico que se pueda utilizar en este ámbito. Otra pequeña victoria de la novela gráfica.

    con Joyce a cuestas

    Así es como le vemos: cargando con el espigado Joyce a cuestas. La empresa de dibujar dos proyectos sobre James Joyce tiene su aquel, porque la desbordante figura del escritor irlandés tiende a tragárselo todo. Sin embargo, el empeño mereció la pena: Dublinés es un buen referente para acercarse a la vida de Joyce y conocer los avatares biográficos que determinaron su obra. Y eso sin perder la esencia del mejor tebeo… Hablamos de éste y de otros asuntos con Alfonso Zapico, el padre de la criatura. Esta es la primera entrega de todo lo que nos contó…

  • El cómic para divulgar… Por ejemplo, las figuras literarias como Joyce en Dublinés ¿Cree que en este sentido el tebeo tiene «capacidad de penetración» entre los lectores?
  • ¡Muchísima! Con “Dublinés” he conseguido resucitar de cierta forma a un escritor fantástico que estaba un poco pasado de moda, y animar a muchos (algunos  muy jóvenes) lectores a atreverse con “Ulises” o “Dublineses”. Ésta es una pequeña victoria del medio, que ya estamos exportando además a otros países. Así que no cabe duda de que en este formato incluso los mensajes más complejos son accesibles para el público.

  • Por cierto, y entre nosotros, ¿fue capaz de leerse el Ulysses de punta a cabo? ¿Cree que Dublinés se resintió de que no pudiera introducir ninguna cita del libro?
  • Sí leí “Ulysses”, pero no es lectura para leer de un tirón, y desde luego, no es un libro para tomárselo en serio. Esta recomendación no es mía, sino del propio autor. Respecto a las citas literarias en el cómic, fue una pena no poder incluirlas, pero estábamos bajo la amenaza del inclemente Stephen Joyce, nieto del autor. En 2012 vencen los derechos de las obras de Joyce, y para la futura edición inglesa de “Dublinés”, los editores de O’Brien Press se frotan las manos pensando en incluirlas. ¡El nieto era duro de pelar y llegó a secuestrar muchas publicaciones!

  • Uno de nuestros proyectos es el de hacer una historieta «en línea» e ir publicando viñeta a viñeta… A grandes rasgos, ¿cómo debemos organizar el trabajo?
  • Ah, esto parece algo así como un cadavre exquis, un invento muy original, en el que un autor comienza dibujando una viñeta. Otro autor llega después para continuar la historia libremente, pero respetando la viñeta anterior y haciendo que todo concuerde. Luego llega un tercero, al que le corresponde proseguir… Al final tenemos una gran historieta, muy libre y espontánea, donde cada dibujante aporta su idea.

  • Como simples lectores, tenemos la intuición de que para dibujar una historia el autor tiene que «vivirla» previamente (para la ambientación, la caracterización de los personajes, el lenguaje…). En La ruta Joyce esto es evidente. ¿Cómo trabaja este aspecto un historietista como usted?
  • Bueno, a través de la documentación fotográfica y literaria podemos construir el escenario. Para modelar a los personajes y construir los diálogos, un autor debe hacer un ejercicio de imaginación. Recurre a sus vivencias, a vivencias ajenas, a los sentimientos más universales, a sus ilusiones y anhelos… Al final tenemos si no la vida misma, un reflejo de la vida, una imagen del ser humano. Eso es lo que le llega al lector.

  • El lenguaje del cómic, ¿es un lenguaje universal? Las nuevas generaciones de lectores, ¿están perdiendo la capacidad de entender los tebeos?
  • Sí, es un lenguaje único, como el cine o la literatura, con sus propios códigos, pero en el cómic, como en cualquier otro medio, como en cualquier otro lenguaje, lo principal es el MENSAJE. Es obligación del autor transmitir su propio mensaje a sus lectores. Respecto a la segunda pregunta, no creo que se esté perdiendo la capacidad de entender los tebeos, más bien al contrario. Los autores están ganando cada vez más lectores a traves de sus obras en este tiempo nuevo de la “novela gráfica” que está revolucionando el mercado editorial, tras décadas de cómic popular coartado por la dictadura y una transición del medio en los 80 y 90.

  • En sus libros traslada la ilusión por contar cosas… ¿Hay que contar lo que al lector le interesa o interesar al lector en lo que se cuenta?
  • Un poco de todo, pero para empezar bien el trabajo, yo diría que hay que contar lo que le interesa al autor: somos humanos, y seguramente mis inquietudes, mi curiosidad intelectual, mis miedos y mis ilusiones serán compartidas por muchos de mis lectores, que se interesarán a través de las viñetas por lo que quiero transmitir. Así pues, el proceso ideal sería “fabrica una historia con lo que te interesa, y compártela con el lector interesado en ella”.

    Continuará… 

    alfonso zapico, dibujante

    A nosotros nos parece que le sobra talento. Y que las historias que cuenta (y dibuja) tienen gancho. Lo descubrimos casi por casualidad en una pequeña exposición de originales colgados en un conocido establecimiento. Después percibimos que el ingenio de Alfonso Zapico (Blimea, 1981) puede tener mucho que ver con su naturaleza asturiana. Leímos sus creaciones y nos convencimos de que no estaría nada de más saber de primera mano detalles de su trabajo, nada desdeñable si tenemos en cuenta que hace poco estrenó la treintena y ya ha publicado algunos trabajos de grueso calibre: en las librerías podemos encontrar Café Budapest, una interesante historia de expatriados que buscan su lugar en el mundo; o Dublinés, de título evocador para los aficionados a James Joyce, un recorrido muy documentado por su accidentada biografía, imprescindible para todo aquel que se aproxime a la figura del universalmente reconocido autor irlandés; y la secuela, “La Ruta Joyce”, que al estilo de los libros de viajes, nos guía por los escenarios que ambientaron la existencia errante del escritor. Después de pensarnos bien las preguntas, le trasladamos nuestras inquietudes a Alfonso; nos atendió tan amablemente que ahora contamos con una estupenda entrevista. La intención es compartirla con nuestros lectores, publicándola por entregas para degustarla con calma; de paso aprovecharemos para esbozar el semblante literario de Joyce, aquel que puso en boca de Stephen Dedalus en el dieciséis del Ulysses (la cita no es del todo literal): ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema

    en el corazón de las tinieblas

    «En el corazón de las tinieblas»

    Conrad nació en una ciudad polaca cuando Polonia formaba parte del Imperio Ruso. Actualmente Berdichev es una población ucraniana. Sin embargo, nuestro autor no alcanzó notoriedad escribiendo en polaco, ni en ruso, ni en ucraniano, ni tan siquiera en francés, idioma que dominaba a la perfección, sino en inglés, un inglés que aprendió a los veinte años, al parecer con excelente aprovechamiento, leyendo las obras de Shakespeare. Pero no se dejen llevar por las apariencias: Joseph Conrad fue un viajero incansable y un buscavidas precoz: a los diecisiete años se puso el mundo por montera y se enroló como marino en el puerto de Marsella. Sus obras son deudoras de las innumerables experiencias vitales que jalonan su marinera biografía. Todos estos ingredientes dan como resultado una obra peculiar, densa y diversa, difícil de catalogar, pero enormemente influyente en la literatura posterior. El excéntrico Conrad, de quien se dice que «hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días» (Javier Marías. Vidas Escritas, 1992), no puede decirse que contara con el aprecio de los lectores de su tiempo, aunque la crítica siempre alabó su escritura. Parece ser que, como resultado de ciertos lances amorosos, estuvo implicado en el contrabando de armas a favor de los carlistas, aunque su vínculo con España se limita a una posible y fugaz estancia en Irún y a una recalada en la costa asturiana. Según algunos, éste es el origen de uno de sus relatos, La posada de las dos brujas, la experiencia de unos ingleses que amarran su corbeta en la ensenada de una aldea costera, pobre y atrasada, habitada por gentes que Conrad compara con los indígenas que recibieron al capitán Cook a la sombra del Kilauea. Rescatamos un fragmento para solaz de lectores curiosos:

    El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.

    la mujer que escribía diccionarios y remendaba calcetines

    ¿Ustedes tienen algún problema para llamar a las cosas por su nombre? Nosotros sí, a veces. La palabra, el lenguaje afilado y certero, duele. Y desde que alguien descubrió que se podía depurar el idioma y utilizarlo en beneficio propio, un batallón de sustantivos, adjetivos y expresiones afines han invadido las aulas, los medios de comunicación y los discursos oficiales, y ahora hablamos como si tal cosa de «crecimiento negativo» (en lugar de «ir de culo»), «conductas no ejemplares» (tradutio: «ser un sirvergüenza»), «déficit de tarifa» («os vamos a dar candela»), «hecho diferencial» («Y a mí, ¿qué me cuentas?»), «regulación cinegética» («no dejar bicho con cabeza»), «daños colaterales» («matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos«)… Afortunadamente contamos con un arsenal de artillería pesada para contrarrestar esta ofensiva: los diccionarios. Hay quienes piensan que los diccionarios no sirven para nada… Hombre, esa es una verdad a medias: los malos diccionarios, desde luego. Pero los hay buenos. Y excelentes. El común de los estudiantes cree que los diccionarios se hacen solos, que uno pulsa el botón intro y las palabras se imprimen alegremente en negrita, convictas y confesas de significados arcanos, puestos ahí para gozo y disfrute de académicos y pedantones… Pues tampoco. Escribir un buen diccionario no es una tontería. Imagínense ustedes que una deslumbrante estrella del balompié tuviera que recopilar las ciento cincuenta voces que conoce de media y definirlas con propiedad (téngase en cuenta de que dispone únicamente de ciento cuarenta y nueve palabras para cada definición). Sería el proyecto de toda una vida. ¿Y qué pasaría si alguien se propusiera ordenar, actualizar y relacionar TODAS las moléculas de un idioma, cual son las palabras? Sería una empresa equiparable a forrar el Guggenheim con lentejuelas… Esta fue la tarea que acometió Dña. María Moliner, una mujer inteligente, minuciosa, preclara y sencilla. Trabajó como bibliotecaria, y a la edad  en la que otros piensan en la jubilación anticipada, ella se embarcó en la confección de un diccionario del uso, a imagen de ciertos volúmenes anglosajones, pero con el marchamo de una autora excepcional. Con la ayuda de unas pocas colaboradoras, una máquina de escribir y miles de fichas, Doña María tardó quince años en culminar su obra. Propuesta por Dámaso Alonso, fue rechazada como académica de la lengua por la corporación de autoridades, un tanto celosas de que una archivera hubiera puesto en evidencia el que, a la sazón, era el diccionario por antonomasia: el de la Real Academia de la Lengua. El principal muñidor de este rechazo fue Cela, un mal bicho a decir de muchos y un c… a decir del resto. Escribe Gregorio Morán que cuando desapareció ese veto hubo un nuevo intento de ingresar a la filóloga, pero entonces Doña María les mandó literalmente a «tomar por culo». En su momento, el diccionario de María Moliner representó una novedad en la lexicografía española. La primera edición era un tanto peculiar, pero se reveló útil y superior a cualquier otro diccionario escrito hasta la fecha, aunque un tanto complicado de manejar. Las ediciones sucesivas han intentado corregir ciertos elementos para agilizar la búsqueda y mejorar el acceso. García Márquez quiso conocerla, pero Doña María, que ya estaba muy pachucha, falleció antes de que el Nobel pudiera consumar el empeño. Poco después escribió in memoriam un bonito artículo recordando la figura de esta interesante autora:

    (…) María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero». De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no había mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablando del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

    Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

    Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que le preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía; le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

    mingote, hombre solo

    Mingote era un autor cuyo genio se proyectaba en todo lo que hacía. La síntesis y el color de sus dibujos, combinados con la ironía crítica y certera del mensaje, dieron como resultado una producción gráfica extraordinariamente fecunda, prolongada hasta el mismo momento de su fallecimiento; la trayectoria coherente y regular fue premiada con la fidelidad de los lectores de toda la vida, pero también con el aprecio y la gratitud de la generación de humoristas gráficos que iluminaron la España de la transición. Ligado laboral y sentimentalmente al diario ABC, Mingote ha sido una de las grandes firmas del periodismo nacional, alabado a partes iguales por progres y conservadores, celebrado tanto por parroquianos en bares y tascas como por sesudísimos filósofos, de verborrea rutilante, que diseccionaron su obra con microtomo. Alguna de sus series de «chistes» (curiosa y genérica denominación de ciertas ocurrencias graciosas de esas que los estudiantes de la E.S.O. ya no saben interpretar) como la recopilada en Hombre Solo, alcanzaron gran prestigio por el tino y la profundidad del mensaje, a medias entre el surrealismo y el esperpento. En el año 2005 Mingote realiza una gran aportación editorial: el autor cuenta cómo le apremiaba la necesidad de ilustrar el Quijote, y que con ochenta años bien cumplidos decidió ponerse manos a la obra «por su cuenta», al intuir que el tiempo se le agotaba y era mucha la tarea por delante. El resultado fue una obra con más de seiscientos dibujos que rebosa humor desde el prólogo (escrito por un conocidísimo cazador de elefantes) al epílogo, y en la que la profusión de ilustraciones convierten el texto de Cervantes en una excusa para repasar una por una las hazañas del portentoso caballero de la mano de Don Antonio. Entre sus últimas creaciones, en la biblioteca podemos encontrar las colaboraciones con José Antonio Marina en Historia de la pintura, y con José Manuel Sánchez Ron, compañero de la Real Academia de la Lengua, en ¡Viva la Ciencia! y El mundo de Ícaro.

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