Categoría: el escritor (Página 15 de 19)

en el corazón de las tinieblas

«En el corazón de las tinieblas»

Conrad nació en una ciudad polaca cuando Polonia formaba parte del Imperio Ruso. Actualmente Berdichev es una población ucraniana. Sin embargo, nuestro autor no alcanzó notoriedad escribiendo en polaco, ni en ruso, ni en ucraniano, ni tan siquiera en francés, idioma que dominaba a la perfección, sino en inglés, un inglés que aprendió a los veinte años, al parecer con excelente aprovechamiento, leyendo las obras de Shakespeare. Pero no se dejen llevar por las apariencias: Joseph Conrad fue un viajero incansable y un buscavidas precoz: a los diecisiete años se puso el mundo por montera y se enroló como marino en el puerto de Marsella. Sus obras son deudoras de las innumerables experiencias vitales que jalonan su marinera biografía. Todos estos ingredientes dan como resultado una obra peculiar, densa y diversa, difícil de catalogar, pero enormemente influyente en la literatura posterior. El excéntrico Conrad, de quien se dice que «hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días» (Javier Marías. Vidas Escritas, 1992), no puede decirse que contara con el aprecio de los lectores de su tiempo, aunque la crítica siempre alabó su escritura. Parece ser que, como resultado de ciertos lances amorosos, estuvo implicado en el contrabando de armas a favor de los carlistas, aunque su vínculo con España se limita a una posible y fugaz estancia en Irún y a una recalada en la costa asturiana. Según algunos, éste es el origen de uno de sus relatos, La posada de las dos brujas, la experiencia de unos ingleses que amarran su corbeta en la ensenada de una aldea costera, pobre y atrasada, habitada por gentes que Conrad compara con los indígenas que recibieron al capitán Cook a la sombra del Kilauea. Rescatamos un fragmento para solaz de lectores curiosos:

El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.

la mujer que escribía diccionarios y remendaba calcetines

¿Ustedes tienen algún problema para llamar a las cosas por su nombre? Nosotros sí, a veces. La palabra, el lenguaje afilado y certero, duele. Y desde que alguien descubrió que se podía depurar el idioma y utilizarlo en beneficio propio, un batallón de sustantivos, adjetivos y expresiones afines han invadido las aulas, los medios de comunicación y los discursos oficiales, y ahora hablamos como si tal cosa de «crecimiento negativo» (en lugar de «ir de culo»), «conductas no ejemplares» (tradutio: «ser un sirvergüenza»), «déficit de tarifa» («os vamos a dar candela»), «hecho diferencial» («Y a mí, ¿qué me cuentas?»), «regulación cinegética» («no dejar bicho con cabeza»), «daños colaterales» («matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos«)… Afortunadamente contamos con un arsenal de artillería pesada para contrarrestar esta ofensiva: los diccionarios. Hay quienes piensan que los diccionarios no sirven para nada… Hombre, esa es una verdad a medias: los malos diccionarios, desde luego. Pero los hay buenos. Y excelentes. El común de los estudiantes cree que los diccionarios se hacen solos, que uno pulsa el botón intro y las palabras se imprimen alegremente en negrita, convictas y confesas de significados arcanos, puestos ahí para gozo y disfrute de académicos y pedantones… Pues tampoco. Escribir un buen diccionario no es una tontería. Imagínense ustedes que una deslumbrante estrella del balompié tuviera que recopilar las ciento cincuenta voces que conoce de media y definirlas con propiedad (téngase en cuenta de que dispone únicamente de ciento cuarenta y nueve palabras para cada definición). Sería el proyecto de toda una vida. ¿Y qué pasaría si alguien se propusiera ordenar, actualizar y relacionar TODAS las moléculas de un idioma, cual son las palabras? Sería una empresa equiparable a forrar el Guggenheim con lentejuelas… Esta fue la tarea que acometió Dña. María Moliner, una mujer inteligente, minuciosa, preclara y sencilla. Trabajó como bibliotecaria, y a la edad  en la que otros piensan en la jubilación anticipada, ella se embarcó en la confección de un diccionario del uso, a imagen de ciertos volúmenes anglosajones, pero con el marchamo de una autora excepcional. Con la ayuda de unas pocas colaboradoras, una máquina de escribir y miles de fichas, Doña María tardó quince años en culminar su obra. Propuesta por Dámaso Alonso, fue rechazada como académica de la lengua por la corporación de autoridades, un tanto celosas de que una archivera hubiera puesto en evidencia el que, a la sazón, era el diccionario por antonomasia: el de la Real Academia de la Lengua. El principal muñidor de este rechazo fue Cela, un mal bicho a decir de muchos y un c… a decir del resto. Escribe Gregorio Morán que cuando desapareció ese veto hubo un nuevo intento de ingresar a la filóloga, pero entonces Doña María les mandó literalmente a «tomar por culo». En su momento, el diccionario de María Moliner representó una novedad en la lexicografía española. La primera edición era un tanto peculiar, pero se reveló útil y superior a cualquier otro diccionario escrito hasta la fecha, aunque un tanto complicado de manejar. Las ediciones sucesivas han intentado corregir ciertos elementos para agilizar la búsqueda y mejorar el acceso. García Márquez quiso conocerla, pero Doña María, que ya estaba muy pachucha, falleció antes de que el Nobel pudiera consumar el empeño. Poco después escribió in memoriam un bonito artículo recordando la figura de esta interesante autora:

(…) María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero». De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no había mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablando del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que le preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía; le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

mingote, hombre solo

Mingote era un autor cuyo genio se proyectaba en todo lo que hacía. La síntesis y el color de sus dibujos, combinados con la ironía crítica y certera del mensaje, dieron como resultado una producción gráfica extraordinariamente fecunda, prolongada hasta el mismo momento de su fallecimiento; la trayectoria coherente y regular fue premiada con la fidelidad de los lectores de toda la vida, pero también con el aprecio y la gratitud de la generación de humoristas gráficos que iluminaron la España de la transición. Ligado laboral y sentimentalmente al diario ABC, Mingote ha sido una de las grandes firmas del periodismo nacional, alabado a partes iguales por progres y conservadores, celebrado tanto por parroquianos en bares y tascas como por sesudísimos filósofos, de verborrea rutilante, que diseccionaron su obra con microtomo. Alguna de sus series de «chistes» (curiosa y genérica denominación de ciertas ocurrencias graciosas de esas que los estudiantes de la E.S.O. ya no saben interpretar) como la recopilada en Hombre Solo, alcanzaron gran prestigio por el tino y la profundidad del mensaje, a medias entre el surrealismo y el esperpento. En el año 2005 Mingote realiza una gran aportación editorial: el autor cuenta cómo le apremiaba la necesidad de ilustrar el Quijote, y que con ochenta años bien cumplidos decidió ponerse manos a la obra «por su cuenta», al intuir que el tiempo se le agotaba y era mucha la tarea por delante. El resultado fue una obra con más de seiscientos dibujos que rebosa humor desde el prólogo (escrito por un conocidísimo cazador de elefantes) al epílogo, y en la que la profusión de ilustraciones convierten el texto de Cervantes en una excusa para repasar una por una las hazañas del portentoso caballero de la mano de Don Antonio. Entre sus últimas creaciones, en la biblioteca podemos encontrar las colaboraciones con José Antonio Marina en Historia de la pintura, y con José Manuel Sánchez Ron, compañero de la Real Academia de la Lengua, en ¡Viva la Ciencia! y El mundo de Ícaro.

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mingote escritor

Glosar la enorme producción de este creador nos llevaría bastantes entradas, y puede que solo con buena disposición no diéramos cabida a todas sus facetas, que fueron muchas. Nuestra revisión es un tanto sentimental, porque cuando fallece alguien como Mingote nos quedamos huérfanos de una parte de nosotros, de un referente gráfico, estético y periodístico que formaba parte un aderezo cotidiano que alcanza los últimos setenta años de historia española, que ya es decir. Cuando pensamos en los dibujos de Mingote, nos asaltan la memoria carteles de cine, como el de El Pisito, los decorados que hizo para televisión o para el teatro, las series que llevaban impresa la impronta de su ironía castiza, de otro tiempo, sus viñetas cómicas de humor blanco, las sombras de colores limpios e ingenuos que daban volumen a unos trazos de personalidad inimitable. Sin ser una de sus dimensiones más sobresalientes, como escritor Antonio Mingote publicó su primera novela en 1948. Eran tiempos difíciles, grises y tristes, en los que todavía se podían escuchar los ecos de la bomba atómica, cuando el hambre todavía lo era con mayúsculas, y no esa ligera sensación de vacío entre el aperitivo y el almuerzo. El humor de los años 40 del siglo pasado debía ser necesariamente inteligente para que las mentes romas del poder clerical y castrense no se sintieran mancilladas ni aludidas. Cuando se publicó Las palmeras de cartón, el pulso de la literatura humorística lo marcaban nada menos que Jardiel PoncelaTono o Miguel Mihura, éste último fundador de la revista La Codorniz, en la que Antonio Mingote ingresó como colaborador en 1946, mientras compaginaba la milicia (como otros tantos, Mingote intervino en la guerra del bando a la postre vencedor) con la vocación de escritor y dibujante. Heredero del surrealismo de Ramón Gómez de la Serna al que tantas veces ha vindicado, el autor escribió tres o cuatro novelas más (alguna de ellas con aires de western al estilo Marcial Lafuente Estefanía) y abandonó la narrativa pura y dura hasta 1991, el año en que vio la luz Adelita en el desván, y posteriormente De muerte natural (1993), una colección de cuentos a la que pertenece el relato Arenas Movedizas:

Volvió la cabeza Carlota por ver si le seguía su marido, y allí estaba, metido hasta la cintura en las arenas movedizas.
—Te dije que no te apartaras del sendero. Bien claro lo dice ese cartel: peligro, arenas movedizas.
Se disculpó el marido:
—Iba leyendo el manual de instrucciones de la cámara. Quiero hacerte una foto a contraluz.
—No se puede andar leyendo un manual de instrucciones de nadacuando hay arenas movedizas junto al sendero.
—No, no se puede —dijo él, que siempre le daba la razón a su mujer, sobre todo cuando la tenía, como en aquel caso.
Cantaba una tórtola, o un mirlo tal vez, y las nubes del crepúsculose teñían de rosa.
—Y a ver qué hacemos ahora, porque no pretenderás que te echeuna cuerda cuando bien claro está que no la tengo.
—Siempre resulta práctico tener una cuerda.
—O sea, ahora me reprochas que no tenga una cuerda para echarte. Más te valdría reprocharte a ti mismo el haberte metido ahí, que ya me lo decía mi madre, ese marido tuyo acabará metiéndose en las arenas movedizas y luego te echará la culpa a ti.
—No te culpo de nada, es que yo no me fijo en las cosas —reconoció el hombre, que ya se había hundido quince centímetrosmás en el repugnante barrizal. El espectáculo de las nubes rosa y malva en el horizonte crepuscular era algo digno de verse, aunque nadie lo miraba en aquel momento.
—Haz el favor de echarme la cámara, que, con lo egoísta que eres, te creo capaz de hundirte con cámara y todo. El brusco movimiento que hizo el hombre para tirarle la cámara a su esposa lo hundió otro palmo, debido al conocido efecto de acción y reacción.
—Recuerdo el vestido amarillo que llevabas el día que te conocí, Carlotita —dijo el marido. Porque cuando un hombre está a punto dedesaparecer en las arenas movedizas los recuerdos del pasado se agolpan, incontenibles.
Se conmovió Carlotita, que no era de piedra.
—¿Y la pamela? ¿Te acuerdas de la pamela, Eduardo?
—Sí, querida —dijo Eduardo, procurando no mover la cabeza para no tragar el barro que ya le llegaba a la barbilla—. También me acuerdo de la pamela.
Las lágrimas le impidieron a Carlota ver cómo su marido se hundía hasta las cejas. Buscó en el bolso un pañolito para secarse los ojos. Cuando pudo mirar de nuevo sólo vio la mano del hombre que, antes de hundirse definitivamente, le hacía un cariñoso ademán dedespedida.
—El manual de instrucciones de la cámara. Se ha hundido con el manual de instrucciones. Un egoísta, eso es lo que era.
Un mirlo, tal vez una oropéndola, se posó en la mano de Eduardo a punto de desaparecer y picoteó delicadamente las yemas de los dedos.
El crepúsculo se había puesto tan bonito como no se puede usted imaginar.

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estoicismo inteligente

Con sus noventa y cinco años de existencia, el escritor José Luis Sampedro es la memoria viva de todo un siglo. Su trayectoria literaria se cruza con la del economista comprometido; la veneración que le muestran algunos contrasta con el poco caso que le hacen. Ha sido crítico con el sistema y nos ha desvelado lo que hay detrás de una opinión pública «informada»: una ciudadanía que no ha sido (ni será) educada para razonar, sino para proyectar un pensamiento patrocinado por el poder y difundido por los medios de comunicación. Su discurso, rebosante de estoicismo, flota ya en ese limbo claro del  que sabe que no vive en el mejor de los mundos posibles, pero que pese a todo siente el impulso irrefrenable de sobreponerse para reivindicar la dignidad del ser humano. Algunos de los libros de Don José Luis están disponibles en la biblioteca, aunque nuestro preferido es El río que nos lleva, una novela de un tiempo pasado, protagonizada por hombres y mujeres rudos y bravos que viven a merced de la fuerte corriente que les arrastra, lo que no les impide cumplir con su destino, que no es otro que el de remontar el cauce para tornar de nuevo al punto de partida…

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dickens

Charles John Huffam Dickens nació en Portsmouth un siete de febrero de hace dos siglos justitos. El bicentenario supone una buena excusa para que monografías, estudios, biografías, revisiones, ensayos y reediciones se sucedan, una tras otra, con motivo de la efeméride. Como creemos que la ocasión lo merece, nos vamos a sumar a la corriente irrefrenable que conmemora el natalicio a uno de los escritores populares más reconocidos y reconocibles de la historia reciente. Siguiendo las costumbres de la época, publicaremos por entregas algunos textos y referencias con la intención de acercarnos al autor desde un punto de vista alternativo, analizando el estilo, las aportaciones extraliterarias y el perfil humano de Don Charles, un inglés muy inglés que ya en vida disfrutó de gran fama y prestigio, y cuyos libros no han dejado de traducirse y venderse por cientos de miles en las últimas veinte décadas. Por de pronto, hacemos una incursión en la biblioteca para comprobar si el surtido dickesiano nos permite abordar dicha tarea con garantías. Y efectivamente: cubierto por una generosa capa de polvo descubrimos Los papeles póstumos del Club Pickwick en dos tomos, con un ensayo preliminar de Julio Cortázar; La tienda de antigüedades en traducción de Anibal Froufe; ediciones resumidas e insustanciales de David Copperfield y Oliver Twist; un cómic de Historia de dos ciudades; Canción de Navidad en inglés, un libro de estampas y grabados originales muy bonito y poco más… aunque suficiente como para tomar carrerilla y lanzarnos en salto mortal con doble tirabuzón a la piscina del prolífico creador británico.

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