Categoría: el escritor (Página 16 de 19)

miguel ángel y las letras

Al mayor prodigio del Renacimiento no le gustaba que le consideraran un pintor. Abominaba de los regios encargos que le condenaban a dedicar meses, e incluso años, a la decoración de techos y paredes. Miguel Ángel se sentía, sobre todo y ante todo, un trabajador de la piedra, un escultor. No sabemos si al padre del «David» le habría hecho gracia que le recordasen como escritor. Aunque este artista total, aparte de lucirse con encarguillos de ingeniería, escultura, dibujo, arquitectura, pintura, urbanismo o diseño, también podía presumir de buen poeta. Pero su descomunal talento plástico ensombreció esa otra faceta del genio creador: los que saben de esto dicen que escribió durante toda su vida, que Miguel Ángel era un ávido lector, humanista como muchos de sus egregios contemporáneos, y devoto de Dante y Petrarca. A nadie le debe extrañar, pues, que a este hombre de su tiempo le atrajesen también el mundo de las letras y de las ideas filosóficas. Sus sonetos se han editado recientemente en español por la editorial Cátedra. Reproducimos aquí  uno de los más conocidos, con dos estrambotes, y compuesto al parecer mientras pintaba los frescos de la Capilla Sixtina. Son versos desenfadados, escritos en tono burlesco con intención de desmitificar la tarea solemne del artista. Según Francisco L. González-Camaño «este soneto se ha considerado siempre un sufrido testimonio de los ímprobos esfuerzos físicos que el artista hizo encima del andamio para poder llevar a cabo en solitario la magna obra asignada por el Papa. El autorretrato es crudamente explícito y el pintor no nos ahorra ningún detalle físico de su humanidad machacada» (Algunas notas sobre la poesía de Miguel Ángel, Revista de estética y teoría de las artes. Número 6, noviembre 2007). Toda una invitación a conocer un poco más sobre la vida y obra de este personaje crucial en la historia del arte con libros como los de TASCHEN que, por sus dimensiones, encontrarás rápidamente en la biblioteca…

 Se me ha hecho ya buche en la fatiga,
como hace el agua a los gatos en Lombardía
o en cualquier otra región de que se sea,
que a fuerza el vientre se junta a la barbilla.
La barba al cielo, y siento la memoria
en el trasero y tengo el pecho de una arpía.
Y sobre el rostro el pincel aún goteando
un rico pavimento me va haciendo.
Los riñones me han llegado hasta la panza
y del culo hago en contrapeso grupa
y ya sin ojos doy pasos en vano.
Por delante se me estira la corteza
y por plegarse atrás se me reagrupa
y me extiendo como un arco de Siria.
Pero engañoso y extraño
brota el juicio que la mente lleva,
pues tira mal la cerbatana rota.
Este cadáver de pintura
defiéndelo ahora, Juan, y también mi honor
no estando yo en mi sitio ni siendo yo pintor.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=4A8sY8tb9dQ]

de illinois a Idaho

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=eQo8RYhcI98]

La vida de Ernest Hemingway abunda en lo excesivo, lo crudo, lo novelesco, lo inaudito, lo grotesco, lo imposible… El escritor de Illinois alimentó como nadie su propia leyenda, nutriendo, modificando e inventando con laboriosas mentiras el espectro de su luz decadente. Fue alcohólico desde antes de que se diera por enterado. Dueño de un corpachón fiero y robusto, ensalzó como nadie las virtudes de la amistad, pero utilizó a las mujeres, se enemistó con la mayoría de sus camaradas y buscó afinidades imposibles con personajes dudosos que engordaron su ego y alentaron su amargo resentimiento contra el mundo. Hemingway es, en sí mismo, un universo aparte, el blanco de tantas miradas apasionadas que resulta imposible ofrecer un perfil objetivo de su vida y obra. Lo cierto es que cuando se le concedió el premio Nobel (un año después a que lo recibiera Winston Churchill) su carrera declinaba, se deslizaba fatalmente por una cascada de vino y ginebra que habría de aplastarle en la batiente violenta y espumosa. Sin embargo acababa de escribir El viejo y el mar, posiblemente su obra más popular y una de las más intemporales, de las que permanecen por más tiempo en la imaginación de los lectores jóvenes. Se trata de una fábula aplicable al declive de un autor, identificado con un viejo pescador frustrado que tiene la oportunidad de realizar una gran hazaña que le devolverá la gloria de tiempos pasados; pero para ello ha de arrebatarle algo al mar, porfiando con los seres que lo habitan, con el destino y hasta consigo mismo…

Es un gran pez y tengo que convencerlo —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles. (De la traducción de Lino Novás Calvo).

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=Gdih6mXweiU]

primum vivere deinde filosofare: Galdós

Don Benito fue la primera pluma de España. Los expertos dicen que era casi tan digno de este billete de mil pesetas como Cervantes. Y no solo por el mérito de una producción literaria copiosa y variopinta, sino por la calidad portentosa de su prosa, sin parangón. Galdós fue coetáneo de Tolstoi y Proust, dos escritores muy influyentes. Ninguno de ellos fue reconocido con el Premio Nobel, pese a que los tres estaban en edad de merecer(lo). Pero se sabe que aunque la talla (literaria) de Don Benito no admitía controversia, la concesión de tal honor hubiera incomodado a muchos de sus paisanos, que le tenían por un excéntrico personaje, radical, mujeriego y, por si esto fuera poco, anticlerical. Galdós se ganó mucha de esta fama a pulso, y todavía hoy su vida sentimental ocupa a profesores y tertulianos exquisitos. Pero la mayoría de la obra galdosiana está lejos de ser un muestrario de fobias y rencores. Sus personajes (y sobre todo sus personajes femeninos) están retratados con la sutileza de un observador pulcro y juicioso. Según dicen, Don Benito era un hombre callado, amable y generoso, poco inclinado a hacerse notar. Celoso siempre de su vida privada, en Memorias de un Desmemoriado, el autor recuerda así sus primeros años en Madrid:

«Vine a esta Corte y entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía… Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias.»

Si uno se pasea por la avenida central de la biblioteca y aledaños encontrará decenas de títulos galdosianos, empezando por los cuarenta y seis Episodios Nacionales y terminando con El amigo manso, la última novela del autor. Intuimos que no resulta muy progre recomendar la lectura de estos volúmenes, y nos tememos que la osadía pueda interpretarse incluso como una invitación al esnobismo. Pero como los que cometemos exceso tal no tenemos (casi) ningún complejo, le dedicamos esta (y otra) entrada a Pérez Galdós, que a buen seguro nos estará contemplando desde el purgatorio templadito de todos los que algún día fueron billetes verdes.

manuscrito de «La Fontana de Oro

daalí (y II)

libro «Confesiones Inconfesables

La relación de Dalí con los escritores y la literatura de su tiempo fue muy intensa. A los quince años hacía pequeñas incursiones en la poesía, publicando algunas composiciones en revistas locales. De aquella época se conservan poemas como «Cuando los ruidos se duermen«: «Y es entonces cuando al pálido/fulgor de una estrella,/junto al portal de una casa/antigua, se oye conversar/en voz baja. Y luego los ruidos/se duermen y el fresco/oreo de la noche meciendo/las acacias del jardín/hace caer sobre los/enamorados una lluvia/de flores blancas». De su época de estudiante en la Real Academia de San Fernando se recuerda la relación que mantuvo con el poeta García Lorca, así como de la amistad que ambos cultivaron desde que coincidieran en Madrid a principios de los años veinte del pasado siglo. En la «Oda a Salvador Dalí«, que el poeta escribiera en 1925, el amigo del alma queda así retratado:

Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,

pides la luz que anima la copa del olivo.

Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,

donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.

Como ideólogo del movimiento surrealista, Dalí formó parte de la vanguardia en la que militaban Eluard, Breton o Max Ernst entre otros, hasta que en 1939 fue expulsado del grupo, hervidero de tensiones políticas, bajo la acusación de «pesetero». Por aquel entonces, la popularidad de Dalí no hacía más que subir y subir hasta el punto de ser reclamado por Hollywood para escribir un guión para los Hermanos Marx, los cómicos del absurdo más populares del momento; con el título de Jirafas en ensalada de lomos de caballo, este proyecto nunca se llegó a consumar. Durante los convulsos años treinta y cuarenta del siglo XX, los conflictos entre totalitarismos y democracias llevan al mundo a una confrontación total. Dalí  decide entonces poner tierra por medio: se exilia primero en Francia y después en los Estados Unidos, donde ya era una celebridad. En la Nota sobre Salvador DalíGeorges Orwell escribe: «Cuando se acerca la Guerra Europea sólo tiene una preocupación (Dalí): cómo hallar un lugar con buena cocina y desde el cual pueda huir rápidamente si el peligro se aproxima demasiado. Se decide por Burdeos y a su tiempo vuela a España durante la Bátalla de Francia. Permanece en España el tiempo suficiente para recoger algunos relatos de atrocidades cometidas por los rojos, y después cruza a Norteamérica. La historia concluye en una aureola de respetabilidad. Dalí, a los treinta y ocho años de edad, se ha convertido en marido devoto, está curado de sus extravíos, o al menos de algunos, y se halla totalmente reconciliado con la Iglesia católica. También, según se infiere, está ganando bastante dinero». Muchos piensan que este juicio orweliano es un tanto injusto si comparamos el caso de Dalí con el de otros artistas supuestamente comprometidos como Picasso que, y esto es bien conocido, convivió tranquilamente con los nazis durante la ocupación de territorio francés. Dalí también fue ilustrador de libros, algo muy de su gusto, con preferencia por las viejas joyas de la literatura universal como «Alicia en el País de las Maravillas« de Carroll, el Quijote o el teatro de Shakespeare. Trabajó también con su paisano Josep Pla, por el que sentía cierta simpatía, mutua al parecer a pesar de las diferencias entre el uno y el otro. Las incursiones delirantes se materializaron incluso en una colaboración para un cortometraje animado del celebérrimo Walt Disney, Destino, estrenado después de múltiples avatares en el año 2003. Concluimos con un fragmento de «Diario de un genio«, escrito entre 1953 y 1964. Y es que más allá de la leyenda que el pintor forjó de sí mismo, no está claro que Salvador Dalí fuera un genio en toda la extensión de la palabra, aunque para ser justos habría que añadir que se le parecía bastante.

Yo empecé haciendo cosas extravagantes y me lo acabé creyendo. Quizá tenía genio; pero no lo sabía;… Que soy un genio, es decir una mezcla de estructuras muy complicadas con cierto don angélico, lo vi claro en la estación de Perpignan. Allí también vi la tercera dimensión, por su superposición de lentes parabólicas, como en un ojo de mosca. El descubrimiento de esta tercera dimensión para la pintura es más importante que mis obras de arte.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=aXa8s9R7-24]

cuando los pintores escriben: daalí (I)

Ante todo hay que decir que Salvador Dalí era un personaje calculadamente excéntrico. Todo un icono en vida. A su enorme talento como pintor ha de sumarse el dominio de las técnicas de márketing y autopromoción, lo que le reportó no solo grandes beneficios económicos sino diversión sin límite. Fue muy criticado por ello, aunque si hemos de ser justos, su caso no deja de ser un precedente ingenuo de la moderna explotación mediática de la imagen y la nada. Pero Dalí era algo más que un fantoche resabiado de bigote florido. También se le puede calificar sin rubor de artista lúcido, orador sincopado, brillante, mente debordada y creativa, cualidades todas puestas al servicio de la pintura, la fotografía, la escultura, el diseño, la escenografía teatral, la escritura… Es precisamente de esta última faceta de la que ahora nos proponemos hablar. La mayoría de su producción gira entorno a sí mismo, aunque hay excepciones: realizó una curiosa incursión en la novela («Rostros Ocultos«, 1943), de factura precipitada, caótica e informal. Pero más allá de la pura ficción, el fuerte de Dalí tal vez sea la expresión íntima de su pensamiento, un pensamiento recogido en ocasiones por otros autores que persigue la trascendencia por los tortuosos caminos del delirio: «Para escribir lo que sigue calzo zapatos de charol por primera vez desde hace mucho tiempo, zapatos que me vienen tremendamente apretados. Suelo ponérmelos antes de empezar una conferencia. El doloroso constreñimiento que ejercen sobre mis pies tiene la virtud de acentuar al máximo mis facultades de orador… La porfía física visceral, la tortura avasalladora provocada por mis zapatos de charol me fuerzan a derramar palabras repletas de verdades condensadas, sublimes, engendradas gracias a la suprema inquisición del dolor que padecen mis pies. Me pongo, pues, los zapatos y empiezo a escribir, de una forma masoquista y sin apresuramientos.» («Dalí me dijo» de Louis Pauwels). Nadie que se acerque a un libro escrito o inspirado por el pintor español se va a topar con la quintaesencia del discurso humanista, pero sí con una puerta entreabierta a la dimensión estrambótica del mundo blando, fijado con chinchetas en la retina de este visionario de instintos reprimidos.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=cRm0zE6y-Jg]

 http://issuu.com/nanometro/docs/la_pulga_surrealista

libro «la pulga surrealista»

Tomas Tranströmer

La concesión de los Premios Nobel son una buena excusa para mejorar la culturilla literaria. Si ahora vaciaran los fondos de las diez mejores bibliotecas del país a excepción de las obras de Tranströmer, con suerte quedaría algún triste listín telefónico de Ibiza o Estepona. Y ello no va en demérito del galardonado, que a buen seguro es un crack de la poesía. La historia de los Nobel de Literatura esta trufada de insignes mediocres a los que ya no recuerdan ni en sus países de origen. Del danés Henrik Pontoppidan (PNdeL en 1917) lo más sesudo que se puede decir es que nació en Fredericia; pero es que, no se lo pierdan, compartió el galardón ex aequo con el no menos popular Karl Adolph Gjellerup, un compatriota originario de Roholte. El primer galardonado ruso no fue Tolstoi sino Iván Bunin, más por su filiación antibolchevique que por sus escritos. Veinte años después lo recibiría Winston Churchill. Los méritos literarios de este carismático personaje están aún por aclarar, aunque es obvio que la recompensa tiene más justificación en esta modalidad que en las de química o medicina. Y qué me dicen del finés Frans Eemil Sillanpää, el soviético Sholojov o el islandés Halldor Laxness… Es un secreto a voces que a un buen porcentaje de autores condecorados con la medalla del Nobel no los lee nadie o casi nadie. Y lo peor es que la mayoría de los galardonados en los últimos años no son, precisamente, de los que hacen afición a la lectura. Este año le ha tocado al sueco Tomas Tranströmer. Los ignorantes que jamás habíamos oído hablar de él tenemos la esperanza de que la designación no sea fruto de ningún provincialismo cateto de esos que aquejan a muchos premios supuestamente prestigiosos. Quién sabe si dentro de algún tiempo alabamos aquí su excelencia literaria, aunque su condición de poeta va a complicar la cosa, porque ya se sabe que las traducciones, y mucho más las traducciones apresuradas, tienden a desvirtuar el verdadero mérito que esconden las palabras. Pero de entrada, no es buena señal que entre los libros en sueco que adornan las repletas estanterías del Ikea no haya ni uno solo del bueno de Tomas…

« Entradas anteriores Entradas siguientes »

© 2026 . Alojado en Educastur Blog.