Categoría: el escritor (Página 16 de 18)

daalí (y II)

libro «Confesiones Inconfesables

La relación de Dalí con los escritores y la literatura de su tiempo fue muy intensa. A los quince años hacía pequeñas incursiones en la poesía, publicando algunas composiciones en revistas locales. De aquella época se conservan poemas como «Cuando los ruidos se duermen«: «Y es entonces cuando al pálido/fulgor de una estrella,/junto al portal de una casa/antigua, se oye conversar/en voz baja. Y luego los ruidos/se duermen y el fresco/oreo de la noche meciendo/las acacias del jardín/hace caer sobre los/enamorados una lluvia/de flores blancas». De su época de estudiante en la Real Academia de San Fernando se recuerda la relación que mantuvo con el poeta García Lorca, así como de la amistad que ambos cultivaron desde que coincidieran en Madrid a principios de los años veinte del pasado siglo. En la «Oda a Salvador Dalí«, que el poeta escribiera en 1925, el amigo del alma queda así retratado:

Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,

pides la luz que anima la copa del olivo.

Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,

donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.

Como ideólogo del movimiento surrealista, Dalí formó parte de la vanguardia en la que militaban Eluard, Breton o Max Ernst entre otros, hasta que en 1939 fue expulsado del grupo, hervidero de tensiones políticas, bajo la acusación de «pesetero». Por aquel entonces, la popularidad de Dalí no hacía más que subir y subir hasta el punto de ser reclamado por Hollywood para escribir un guión para los Hermanos Marx, los cómicos del absurdo más populares del momento; con el título de Jirafas en ensalada de lomos de caballo, este proyecto nunca se llegó a consumar. Durante los convulsos años treinta y cuarenta del siglo XX, los conflictos entre totalitarismos y democracias llevan al mundo a una confrontación total. Dalí  decide entonces poner tierra por medio: se exilia primero en Francia y después en los Estados Unidos, donde ya era una celebridad. En la Nota sobre Salvador DalíGeorges Orwell escribe: «Cuando se acerca la Guerra Europea sólo tiene una preocupación (Dalí): cómo hallar un lugar con buena cocina y desde el cual pueda huir rápidamente si el peligro se aproxima demasiado. Se decide por Burdeos y a su tiempo vuela a España durante la Bátalla de Francia. Permanece en España el tiempo suficiente para recoger algunos relatos de atrocidades cometidas por los rojos, y después cruza a Norteamérica. La historia concluye en una aureola de respetabilidad. Dalí, a los treinta y ocho años de edad, se ha convertido en marido devoto, está curado de sus extravíos, o al menos de algunos, y se halla totalmente reconciliado con la Iglesia católica. También, según se infiere, está ganando bastante dinero». Muchos piensan que este juicio orweliano es un tanto injusto si comparamos el caso de Dalí con el de otros artistas supuestamente comprometidos como Picasso que, y esto es bien conocido, convivió tranquilamente con los nazis durante la ocupación de territorio francés. Dalí también fue ilustrador de libros, algo muy de su gusto, con preferencia por las viejas joyas de la literatura universal como «Alicia en el País de las Maravillas« de Carroll, el Quijote o el teatro de Shakespeare. Trabajó también con su paisano Josep Pla, por el que sentía cierta simpatía, mutua al parecer a pesar de las diferencias entre el uno y el otro. Las incursiones delirantes se materializaron incluso en una colaboración para un cortometraje animado del celebérrimo Walt Disney, Destino, estrenado después de múltiples avatares en el año 2003. Concluimos con un fragmento de «Diario de un genio«, escrito entre 1953 y 1964. Y es que más allá de la leyenda que el pintor forjó de sí mismo, no está claro que Salvador Dalí fuera un genio en toda la extensión de la palabra, aunque para ser justos habría que añadir que se le parecía bastante.

Yo empecé haciendo cosas extravagantes y me lo acabé creyendo. Quizá tenía genio; pero no lo sabía;… Que soy un genio, es decir una mezcla de estructuras muy complicadas con cierto don angélico, lo vi claro en la estación de Perpignan. Allí también vi la tercera dimensión, por su superposición de lentes parabólicas, como en un ojo de mosca. El descubrimiento de esta tercera dimensión para la pintura es más importante que mis obras de arte.

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cuando los pintores escriben: daalí (I)

Ante todo hay que decir que Salvador Dalí era un personaje calculadamente excéntrico. Todo un icono en vida. A su enorme talento como pintor ha de sumarse el dominio de las técnicas de márketing y autopromoción, lo que le reportó no solo grandes beneficios económicos sino diversión sin límite. Fue muy criticado por ello, aunque si hemos de ser justos, su caso no deja de ser un precedente ingenuo de la moderna explotación mediática de la imagen y la nada. Pero Dalí era algo más que un fantoche resabiado de bigote florido. También se le puede calificar sin rubor de artista lúcido, orador sincopado, brillante, mente debordada y creativa, cualidades todas puestas al servicio de la pintura, la fotografía, la escultura, el diseño, la escenografía teatral, la escritura… Es precisamente de esta última faceta de la que ahora nos proponemos hablar. La mayoría de su producción gira entorno a sí mismo, aunque hay excepciones: realizó una curiosa incursión en la novela («Rostros Ocultos«, 1943), de factura precipitada, caótica e informal. Pero más allá de la pura ficción, el fuerte de Dalí tal vez sea la expresión íntima de su pensamiento, un pensamiento recogido en ocasiones por otros autores que persigue la trascendencia por los tortuosos caminos del delirio: «Para escribir lo que sigue calzo zapatos de charol por primera vez desde hace mucho tiempo, zapatos que me vienen tremendamente apretados. Suelo ponérmelos antes de empezar una conferencia. El doloroso constreñimiento que ejercen sobre mis pies tiene la virtud de acentuar al máximo mis facultades de orador… La porfía física visceral, la tortura avasalladora provocada por mis zapatos de charol me fuerzan a derramar palabras repletas de verdades condensadas, sublimes, engendradas gracias a la suprema inquisición del dolor que padecen mis pies. Me pongo, pues, los zapatos y empiezo a escribir, de una forma masoquista y sin apresuramientos.» («Dalí me dijo» de Louis Pauwels). Nadie que se acerque a un libro escrito o inspirado por el pintor español se va a topar con la quintaesencia del discurso humanista, pero sí con una puerta entreabierta a la dimensión estrambótica del mundo blando, fijado con chinchetas en la retina de este visionario de instintos reprimidos.

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libro «la pulga surrealista»

Tomas Tranströmer

La concesión de los Premios Nobel son una buena excusa para mejorar la culturilla literaria. Si ahora vaciaran los fondos de las diez mejores bibliotecas del país a excepción de las obras de Tranströmer, con suerte quedaría algún triste listín telefónico de Ibiza o Estepona. Y ello no va en demérito del galardonado, que a buen seguro es un crack de la poesía. La historia de los Nobel de Literatura esta trufada de insignes mediocres a los que ya no recuerdan ni en sus países de origen. Del danés Henrik Pontoppidan (PNdeL en 1917) lo más sesudo que se puede decir es que nació en Fredericia; pero es que, no se lo pierdan, compartió el galardón ex aequo con el no menos popular Karl Adolph Gjellerup, un compatriota originario de Roholte. El primer galardonado ruso no fue Tolstoi sino Iván Bunin, más por su filiación antibolchevique que por sus escritos. Veinte años después lo recibiría Winston Churchill. Los méritos literarios de este carismático personaje están aún por aclarar, aunque es obvio que la recompensa tiene más justificación en esta modalidad que en las de química o medicina. Y qué me dicen del finés Frans Eemil Sillanpää, el soviético Sholojov o el islandés Halldor Laxness… Es un secreto a voces que a un buen porcentaje de autores condecorados con la medalla del Nobel no los lee nadie o casi nadie. Y lo peor es que la mayoría de los galardonados en los últimos años no son, precisamente, de los que hacen afición a la lectura. Este año le ha tocado al sueco Tomas Tranströmer. Los ignorantes que jamás habíamos oído hablar de él tenemos la esperanza de que la designación no sea fruto de ningún provincialismo cateto de esos que aquejan a muchos premios supuestamente prestigiosos. Quién sabe si dentro de algún tiempo alabamos aquí su excelencia literaria, aunque su condición de poeta va a complicar la cosa, porque ya se sabe que las traducciones, y mucho más las traducciones apresuradas, tienden a desvirtuar el verdadero mérito que esconden las palabras. Pero de entrada, no es buena señal que entre los libros en sueco que adornan las repletas estanterías del Ikea no haya ni uno solo del bueno de Tomas…

dostoievski/ Достоевский (y dos)

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Las opiniones sobre la obra del escritor ruso no son unánimes: en sus Lecciones sobre Literatura RusaNabokov califica al Dostoievski de mediocre y aburrido. Otros muchos autores del siglo XX, los más, no niegan la influencia de este literato en sus respectivas obras. Dostoievski está considerado maestro del realismo literario ruso y precursor de los existencialistas por aquello que escribiera en «Los hermanos Karamazov» («Si Dios no existe, entonces todo está permitido»). Sufrió en carne propia la represión feroz del Zar de todas las Rusias por intimar con un puñado de revolucionarios de salón; pese a ello, mantuvo una postura crítica frente a las doctrinas socialistas y reivindicó la religión ortodoxa, lo que le valió el más recio de los desprecios por parte del régimen soviético, que lo marginó incluso de los (siempre prescindibles) libros de texto. La vertiente antisemita de algunos de sus textos se suma a sus numerosos y, a veces, contradictorios antis: anticatólico, antieuropeo, aparte de xenófobo o nacionalista radical (como ya comentamos, posiblemente el ideario político de Dostoievski sea bastante cuestionable, y como moralista deba recibir la estopa que se merece). Pero de lo que no hay duda es que su producción supera las veleidades del personaje, del misántropo epiléptico, del jugador compulsivo. Sus novelas han inspirado en el pasado a cineastas como Akira Kurosawa, Sternberg o Richard Brooks, y siguen siendo hoy motivo de adaptaciones más o menos afortunadas.

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dostoievski/ Достоевский

«В начале июля, в чрезвычайно жаркое время, под вечер, один молодой человек вышел из своей каморки, которую нанимал от жильцов в С — м переулке, на улицу и медленно, как бы в нерешимости, отправился к К — ну мосту». Así comienza una novela de resonancia universal: Crimen y Castigo. Las múltiples lecturas que inspira (y sigue inspirando) una semana en la vida del atormentado Raskolnikov son ejemplo de la enorme fertilidad del autor, Fiodor Dostoievski, uno de los escritores más idolatrados en su tiempo y aún hoy en día. Su evolución personal e intelectual marcó la impronta de una obra monumental, ensalzada por unos y menospreciada por otros, donde los dilemas morales que atormentaron al escritor en vida enriquecieron su obra al punto de convertir muchos de sus títulos en clásicos absolutos: la antedicha Crimen y Castigo, El Jugador, Los Hermanos Karamazov, El Idiota… Muy poco se puede decir de Dostoievski que no se haya escrito ya, y en esta bitácora tenemos por costumbre no repetir, copiar o amplificar lo que otros ya repitieron, copiaron o amplificaron. Pero la tentación de ofrecer un parecer propio -nada original- acerca escritor es mayor que cualquier llamada a la cauta y serena contención. Es difícil que un autor que ha cautivado a tantos, desde Nietzsche a Hesse, pasando por García Lorca o Simenón, no deslumbre a un léctor joven, cuando lo fue, que abría libros sin prejuicios y agotaba la página siempre que ésta le proporcionaba argumentos suficientes para continuar. Sin necesidad de llegar a la fascinación que le provocaba a Francis Carco («Me encerraba en mi cuarto de la pensión y me entregaba ávidamente a su lectura –de Crimen y Castigo-. La leía dos, tres, cuatro veces seguidas sin que se debilitase en modo alguno la impresión de la primera vez»), aproximarse con discreta curiosidad a las figuras literarias de Nastasia Filippovna, Alexei Ivanovich, Fiódor Pávlovich Karamázov, Arcadio Svidrigailov… es congraciarse con los folletones del mitad del XIX, que como las modernas telenovelas, se publicaban por capítulos en diarios de gran tirada. En estas obras uno casi puede cortar con cuchillo la sórdida realidad de una sociedad en profunda transformación que anuncia la convulsión prerrevolucionaria. Los protagonistas se reconstruyen cuando se enfrentan solos y desamparados a sus propios miedos, dudas y dilemas; la transformación de estos espíritus agitados se anuncia como la antesala de una tormenta interior que es capaz de remover en su asiento incluso al moderno lector de vagón de metro. Al margen de otras consideraciones más sesudas y eruditas, es precisamente en eso en lo que radica la perenne frescura de estas novelas. Quizá el personaje más desdibujado en toda esta vasta producción literaria sea el propio Dostoievski, un moralista un tanto petulante y antipático, desdichado desde la infancia, al que casi nunca le fue propicio el destino, de ahí los ribetes negros que adornan su biografía. Sin embargo, como genio que fue, supo canalizar el infortunio en aras de un legado literario que podemos seguir apreciando y admirando.

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bajo el influjo de jon bilbao (segunda entrega)

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Continuamos con la entrevista que le hicimos a Jon Bilbao, con reto incluido.

 

  • No hay duda de que su prosa cautiva. Tiene un algo que atrapa, que seduce desde la primera línea, que a la vez desconcierta por su aparente sencillez… De entrada parece un buen comienzo para alguien que busca un estilo propio… ¿Cree que ya lo ha encontrado?

No. La del estilo es una búsqueda continua. Nunca hay que decir: ya lo he conseguido, ya sé hacerlo bien. Eso sería el fin, sería empezar a repetirse.

  • Observamos que en el relato corto abundan las producciones en las que la historia, la buena historia, está ausente… en otras palabras: que echamos en falta el propio “cuento”. ¿Falta de imaginación o una perversión de la modernidad?

 Las dos razones y muchas otras. Pero un relato no tiene que seguir necesariamente la estructura: planteamiento, nudo y desenlace, ni tener una trama y unos personajes al uso. Los experimentos son necesarios, todos sacamos provecho de ellos, incluso de los fallidos.

  • Se dice que a John Cheever le expulsaron del colegio por fumar y que eso determinó, para bien, su futuro como escritor. ¿Es cierto que la rebeldía está en el origen de un buen narrador?

Yo más bien diría que el origen reside en la insatisfacción, que a su vez puede generar rebeldía.

  • En la mayoría de las entrevistas le preguntan sobre sus referencias literarias, y sus recomendaciones al respecto. En nuestro caso, vamos a invertir los términos: ¿qué libros o autores desaconsejaría a un adolescente que está reuniendo su propia biblioteca?

No le desaconsejaría ninguno. Que lea lo que más le apetezca. El tiempo, con un poco de suerte, irá refinando su gusto.

  • Y para terminar, le vamos a pedir algo que no sabemos si es muy ortodoxo: El comienzo, el pié, la primera línea de un relato cualquiera, comprometiéndonos a que nuestro equipo de creadores dotará de piel y entrañas al pequeño embrión hasta su alumbramiento. Entonces solo nos quedará regalársela con todo cariño por su paciencia y amabilidad.

“La pasada noche la vi arrastrarse por la playa.”

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