Categoría: escribiendo por escribir (Página 6 de 19)

salamandras

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Las salamandras celebraron el triunfo electoral concentrándose en la Gran Plaza, alrededor de la fuente del Tritón, tradicional lugar de encuentro desde que dos años atrás se les concediera la ciudadanía. El crecimiento exponencial de la población de urodelos y el progresivo desencanto del género humano habían resultado determinantes en estas elecciones, las primeras de la nueva era. Una mayoría cualificada de salamandras tomó el control del parlamento nacional. Asistido por un ujier que le humedecía la piel, el nuevo presidente de la Cámara, totalmente desnudo, leyó en cuatro idiomas diferentes el solemne discurso de investidura. Juró su cargo y se comprometió a servir a todos los seres vivientes hasta su último aliento. Se escucharon pocos aplausos pero muy entusiastas. Procedían de la bancada de humanos pro-anfibios, porque es bien sabido que las salamandras no saben batir palmas. El Jefe de Estado encomendó la formación de gobierno a una Andrias scheuchzeri joven, de unos tres o cuatro años, a la que sus congéneres llamaban Biss. Su primer gabinete estaba compuesto por once ministros-salamandra y dos humanos, que ocupaban las carteras de Diversidad Biológica y Culturas Animales. Los períodos de sesiones se adaptaron al calendario de apareamiento. La primera norma de la nueva legislatura concedía la libertad a todos los reptiles y anfibios en cautividad, así como a los mamíferos que trabajaran en contra de su voluntad al servicio de los Homo sapiens. Pero la opinión pública otorgó mucha mayor notoriedad a la recién estrenada Ley Orgánica del Agua, redactada en términos de respeto al medio ambiente y que además asignaba una determinada cantidad del preciado elemento por ciudadano. Como la población de salamandras quintuplicaba a la de los humanos, los más avispados intuyeron enseguida un futuro de escasez para los hombres. Uno a uno, los representantes de la oposición más destacados dimitían o se adherían fervorosamente a la política del gobierno del cambio, para reaparecer al poco desempeñando algún puesto de responsabilidad en el Ministerio del H2O…

Los sucesos que están en el origen de esta delirante historia aparecen pormenorizadamente registrados en La guerra de las salamandras, una distópica e imperecedera ficción escrita en 1935 por Karel Čapek, paisano de Kafka e injustamente no tan reconocido como él. Recomendamos encarecidamente la lectura de este libro y advertimos que todo parecido con la realidad es… ¿pura coincidencia?

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carta a los Reyes

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Queridos Reyes Magos:

Estos últimos meses me conducta ha sido intachable; también es verdad que la ocasión no se ha presentado. A veces ocurre. En consecuencia me he aburrido muchísimo, pero también es verdad que ahora puedo presentarles un expediente inmaculado que me otorga licencia para pedir cualquier estúpido regalo que se me ocurra. Lo he meditado mucho y resulta que no necesito un móvil ni ningún otro disparate electrónico. Lo siento. Me han renovado recientemente todo mi parque tecnológico: ahora poseo cuatro teléfonos, dos ordenadores portátiles, televisión en todas las habitaciones (incluida la despensa) y hasta un exprimidor de pomelos con mando a distancia. En mi casa hay suficiente flujo electromagnético como para desconchar las paredes. La razón que me mueve a requerir sus servicios es muy otra: tengo entendido que ustedes obsequian libros un poco al tuntún, como para sofocar la mala conciencia del consumo desmedido. Es una lástima que contando con presupuesto suficiente, se lo gasten todo en noveluchas comerciales y premiosplaneta. Las novedades están bien, pero lo reciente no es necesariamente lo mejor. Por eso me atrevo a solicitar a sus Graciosas Majestades que me permitan meter baza y que antes de preparar los lotes asignados a mi familia acepten algunas sugerencias. El tío Mariano es un cinéfilo. Seguro que le hace mucha ilusión recibir El quimérico inquilino de Roland Topor, una novela que Roman Polanski llevó a la pantalla grande. Para mi bellísima tía política María (de la que estoy secretamente enamorado) se me ocurren dos obras: la primera es La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, de Esther Meynell (que no de Ana Magdalena), una preciosa historia novelada sobre la segunda esposa del compositor y madre de trece de sus hijos. Y aun a riesgo de herir la sensibilidad de mi admirada dama, también incluiría El miedo, de Gabriel Chevalier, un retrato en vivo de lo que es la guerra despojada de generales, pendones, gestas y héroes. A mi prima Laura quiero regalarla con un tebeo sobre Picasso. Se titula Pablo, de Clément y Oubrerie, y está editado en cuatro volúmenes. A mí me encantó pese a que el pintor (que no su obra) no es santo de mi devoción. El abuelo Luis es de los que disfrutan con la ciencia-ficción. Me contó que una vez había leído una historia sobre unas lagartijas inteligentes que terminan convirtiéndose en esclavas. Creo que he identificado el libro al que se refiere: es de Karel Čapek, y se llama La guerra de las salamandras. A mí me parece que alude a los totalitarismos fascistas y comunistas del siglo XX. Por cierto que, por estas fechas, la gente adorna la tumba de Čapek con robots de juguete porque dicen que fue él quien acuñó la exitosa palabra. Lo de mis padres y mi hermana se me antoja un poco más difícil, pero allá voy. Marta está un poco consentida. Presume de esquivar todo tipo de reto intelectual y se vanagloria de su escasísimo bagaje lector. Yo creo que es una pose. Nadie puede estar orgulloso de ser idiota. Yo tengo para mí que le pueden las convenciones y las niñerías. Quizá sea ella quien más necesite de Vuestras Serenísimas Majestades para encauzar sus gustos. Creo que bien pudiera sustituirse el esmarfon por Sukkwan Island, de David Vann. Y  los leggins estampados de la muerte por Apreciar el arte, de Diana Newall. A papá, un lector muy ocasional y que, sin embargo, no para de hablar de las bondades de la lectura, le dejaría junto a su zapato dos o tres novelas de Pío Baroja: Las veladas del chalet gris, Locuras de carnaval y La feria de los discretos estarían bien. Lo de mamá es otra cosa: ella me acompaña, se tiende a mi lado y me lee los versos que necesito escuchar cuando el ruido del mundo se me hace insoportable. De su libro ya me encargo yo. En una librería de viejo descubrí una antología de Gerardo Diego de tapas negras y blandas, con el lomo agrietado por el uso. Como sé que Sus Majestades no trabajan el género de segunda mano, ese será mi regalo. ¿Y para mí? Bueno. No quiero abusar de su mayestática paciencia, pero les rogaría que no me agobiaran con esos títulos para adolescentes que parecen escritos por la misma persona (quizá sea así). Me conformo con los Cuentos completos de Aldecoa o de Truman Capote.

Espero que esta descarada incursión en sus quehaceres no les haya supuesto un quebranto; pero recuerden que aunque su condición de Magos a veces se imponga  a la cordura, no será más feliz quien más regalos reciba, sino quien menos necesite.

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el poeta diputado

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Hubo un tiempo en que todo un país estaba a merced de un general y su camarilla. La pobreza de espíritu contagió el alma de un pueblo. El mal dimanaba de una dictadura cruel, rencorosa, vacía y sucia… como todas las dictaduras. La simiente de la palabra se hundió en el barro hediondo o se fue desangrando camino al exilio. Mutiladas las voces, botas de campaña tonantes borraron las huellas de la libertad. Muchos la siguieron infructuosamente hasta el otro lado de los Pirineos. A otros ese empeño les llevó a Rusia, África y América. Eran tiempos convulsos. El invierno se prometía largo, pero no tanto. A la vuelta de cuatro décadas de recalcitrante tiranía, los que aguantaron rigores y desengaños regresaron a la tierra, la que era suya de verdad, y recogieron el testigo de la reconciliación. Había pasado el tiempo de la pelea a garrotazos. Los españoles tomaron un respiro abriéndose al aire limpio del cambio. Los sables que arañaban los frisos del Parlamento se marcharon por donde habían venido. En la Constituyente reaparecieron disidentes y conversos, pero también exilados e intelectuales que compusieron el himno de la concordia. Entre ellos estaba Rafael Alberti. Alberti era un autor próximo y querido: su presencia en las listas electorales movió la voluntad de muchos votantes gaditanos, que se decantaron por el recién legalizado Partido Comunista de España. Le bastaron dos meses y un día para darse cuenta de que no era posible rimar con gracia decretos con sonetos y renunció al escaño. El Congreso se quedó sin su “poeta-diputado”. Ahora ya nadie hace versos en el hemiciclo… Las palabras se han vuelto toscas, rudas como papel de lija, y se imprimen sobre boletines oficiales para que nadie las lea. La política ha renunciado a la inteligencia. Las consignas llegan mejor que las razones. Los necios están de enhorabuena.

Poco o nada sabía yo de política, entregado a mis versos solamente en aquella España hasta entonces de apariencia tranquila. Mas de repente mis oídos se abrieron a palabras que antes no había escuchado o nada me dijeran: como república, fascismo, libertad… Y supe, a partir de ese instante, que don Miguel de Unamuno, desde su destierro de Hendaya, enviaba cartas y poemas a los amigos, verdaderos panfletos contra el otro Miguel, el divertido y jaranero espadón jerezano, sostenedor de la monarquía tambaleante; cartas y poemas que no más recibidos corrían como la pólvora por las tertulias literarias las redacciones de los periódicos enemigos del régimen, las manos agitadas de los universitarios. Y vi que don Ramón del Valle-Inclán, en su cuartel cafetero de La Granja, en la calle, en los teatros, en donde se le venía en gana, entablaba también su duelo a muerte contra el gracioso general, quien llega en nota memorable aparecida en los-diarios a llamarlo: «Ese tan gran escritor como extravagante ciudadano.» Sin sentir, como por ensalmo, se había creado un clima de violencia que me fascinaba. El grito y la protesta que de manera oscura me mordían rebotando en mis propias paredes, encontraban por fin una puerta de escape, precipitándose, encendidos, en las calles enfebrecidas de estudiantes, en las barricadas de los paseos, frente a los caballos de la guardia civil y los disparos de sus máusers. Nadie me había llamado. Mi ciego impulso me guiaba.

Rafael Alberti. La arboleda perdida.

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carabel

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Amaro Carabel no es malo. En su pulso con la vida se ha llevado más de un revolcón. Ahora se encuentra solo, sin trabajo, sin amores… De su alma fatigada y exprimida Amaro es incapaz de extraer ni una sola gotita más de generosa indulgencia para con el prójimo. Empujado por las circunstancias, Carabel abraza sin éxito los viles preceptos de los canallas que haciendo ostentación de egoismo y mezquindad triunfan en todos los ámbitos de la vida. El estilo burlesco de Fernández Flórez impulsa una historia, a ratos esperpéntica, a ratos melodramática, que no resulta extraña por excesiva o exagerada. Al fin y al cabo, son muchos los paladines inmaculados que de continuo se sacuden a palmetadas sus prejuicios morales, y sin conflictos éticos en el horizonte de su ambición, toman el relevo en los órganos ejecutivos de corporaciones, bancos, instituciones o naciones enteras. La reflexión fernándezfloreciana (si puede llamarse así) vuelve la vista hacia los que no pueden cambiar, los que no se adaptan a los rigores curriculares de la escuela de la vida, y se ven abocados, por torpeza e incompetencia, a ser buenos, lo que en este contexto equivale a dóciles y conformistas. Carabel no es un hombre virtuoso incompatible con la villanía, ni tampoco el antihéroe que se revela contra la injusticia limpiando los caminos o removiendo la conciencia de sus paisanos; es un tonto incapaz de hacerse valer en un mundo de sinvergüenzas, un adaptado a la fuerza al que no le ha quedado más remedio que ejercer de probo ciudadano de los que nunca levantan la voz ni se saltan el turno en la frutería. Un tipo, quizá, como usted o como yo…

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la historia de la historia

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/historia_de_espa__a_la_peste_negra?e=0/31091666

Acostumbrados a certezas absolutas y verdades irrefutables, la Historia que aprendemos en la escuela se nos presenta como una sucesión de sólidos argumentos que liberan, ignoran, premian, reconocen o condenan con categórico entusiasmo, sin reparar en la conciencia generalmente poco curtida del joven estudiante. Los acontecimientos ─y los no menos temibles paréntesis─ que se presentan linealmente en los libros de texto liberan al lector de cualquier intención crítica y le eximen de buscar otras fuentes que ofrezcan perspectivas alternativas: generalmente, aquel que ha estudiado la evolución de la especie se da por satisfecho con el tópico de que nuestro abuelo Cromañón se impuso al Neardhental porque era más alto, más fuerte y más listo, una afirmación que puede no ser correcta o, al menos, posee tanto fundamento como otras tesis diametralmente opuestas. Pero no hace falta remontarse miles de años atrás para apreciar cuán sutil y refinada resulta la apreciación ética de los sucesos pretéritos, que en muchos casos contribuye a justificar nuestro precario presente. Y así, los conflictos siempre enfrentan a dos bandos, uno bueno y otro malo; la historia la protagonizan los poderosos: generales, caudillos y monarcas, generalmente varones, que se suceden unos a otros ante la atónita mirada del pueblo llano, convidado de piedra; el tiempo consolida las iniciativas justas y democráticas y castiga los malos gobiernos; los nuestros descubren y civilizan… el enemigo ocupa y practica el genocidio; lo que conscientemente es ignorado u olvidado es porque nunca ha sucedido; el fin justifica los medios si la razón está de tu parte… Estos son algunos de los pilares que sostienen nuestra interpretación del pasado y que, irremediablemente, lastran la percepción crítica de la actualidad. Para colmo de cuitas, el jaleo de las comunidades autónomas alienta el mercadeo con la Historia, y los textos escolares, injustificadamente caros, manifiestamente inútiles y clamorosamente mediocres, regalan cuantas gestas y batallas, honores y hazañas hagan falta para agradar a los gestores de turno, contribuyendo al guirigay general y al efectivo extravío del pasado. Como nos gusta proponer alternativas pedagógicamente dudosas y académicamente inaceptables, recomendamos leer historia, desde Plutarco (del que escribiremos en su momento) hasta Carlo Ginzburg (idem). Y hasta recomendamos un cómic, un pedazo de historia de España en diez tomos que se puede hojear, comentar y hasta discutir.

el derecho a la pereza

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Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: «Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido». Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. Allá por el año 1880, a Paul Lafargue no le parecía mal que el mismísimo dios de los cristianos se tomara unas abundantes vacaciones (que duran hasta nuestros días) después de una dura semanita de incesantes idas y venidas que culminaron con la Creación toda. En El derecho a la pereza, obra nacida a la sombra de la teoría económica del suegrazo Carlos Marx, Lafargue justifica la legítima aspiración de trabajar lo justo para poder disfrutar de las cosas que la vida te ofrece y que no son, necesariamente, patrimonio exclusivo de orondos burgueses de cuello blanco. Cierta mañana de 1911, Paul y su esposa Laura se suicidaron inyectándose una solución de ácido cianhídrico; dejaron para la posteridad dos bonitos cadáveres azules y una nota autógrafa que olía a almendras amargas: Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales. Hoy mismo Javier Krahe tendrá la oportunidad de aclarar con la pareja los términos exactos de su voluntaria exclusión; el libro de Lafargue se vendía conjuntamente con Las diez de últimas, el disco postrero del cantautor madrileño. Nos consta que se ha ido sin escribir la última palabra, la última rima, el corolario de un periodo en la historia de España que siempre recordaremos unida a los versos del no tan ingenuo Cuervo-Krahe: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN… 

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