Categoría: música y literatura (Página 4 de 7)

música y literatura: el fantasma de Tom Joad

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La literatura, como es natural, es un reflejo del sentimiento que palpita en los corazones de los escribidores de historias, el inevitable rastro que deja el tránsito colectivo por una senda abrupta, jalonada de tribulaciones. La producción artística puede optar por ignorar lo que ocurre a su alrededor o zambullirse hasta el lodo del fondo, donde con paciencia encontraremos los restos pulverizados de tiempos mejores. Ambas posturas son legítimas: la que apuesta por la evasión y la que se inclina por el compromiso y la crítica. En este caso nos vamos a referir a la segunda, por aquello de que el resultado adquiere marchamo de testimonio de un tiempo y una época. Como siempre, la novela negra es un género capaz de absorber con garantías la espesa nata de calamidad que envuelve el presente; no es casual que un autor griego ocupe un puesto notorio: hasta hace poco, un relato donde los personajes se llamasen Jaritos, Zisimópulos y Stazakos nos parecería más bien un exótico producto oriental solo apto para filólogos sin complejos. Pero no ahora: «Con el agua al cuello» es una novela de intriga en la que Petros Márkaris recoge el lamento de una sociedad, la helena, humillada, ofendida y estafada. Todo el sueño del europeísmo colgado de la percha de ayudas malgastadas y subvenciones dilapidadas, para quedar, a la postre, suspendidos de la frágil alcayata del rescate. Del otro extremo nos llega «El millonario», la historia de un parado alemán (que haberlos haylos) que nos presenta un país, el suyo, que no es el ejemplo de sociedad perfecta que los sureños acostumbramos a imaginar. Su autor, Tommy Jaud, escribe sobre las habas que se cuecen en al otro lado del Rin con un punto de ironía y buen humor. Para los que perseveran en encontrar las claves de la depresión económica que nos acucia, «¡Huy!» es una buena aproximación a la crisis del capitalismo y las razones que explican el porqué la están pagando única y exclusivamente los damnificados, y no los promotores. El escritor John Lanchester comenzó escribiendo necrológicas y terminó publicando novelas como «El puerto de los aromas». En «¡Huy!» demuestra que también tiene talento para explicarnos cuál es la esencia de la pura especulación que nos ha llevado al punto en el que ahora nos encontramos. La propuesta se completa con una novela gráfica patria: «Andando», de Torres, Carreres y Riego, el retrato de una sociedad herida por todos los costados, como un toro atravesado por cien aguijones que no sabe que de nada ha de servirle su bravura. Cuatro libros de entre cientos de propuestas más o menos atractivas, pero inspiradas por el fantasma de Tom Joad, el protagonista de «Las uvas de la ira», la célebre novela en la que Steinbeck expone la tesis de que la gente buena, trabajadora y digna «se merece lo mejor, y lo mejor nunca les llega. Es, en efecto, un recordatorio convincente de las enormes injusticias que conllevan los períodos de crisis extrema» (Huberto M. Ennis en Foco Económico).

-¿La sociedad del bienestar? -repite entre risas- ¿Qué sociedad del bienestar? Europa descubrió la sociedad del bienestar después de la segunda guerra mundial bajo la influencia de los países comunistas. Éstos hablaban continuamente de esa sociedad y Europa occidental adoptó la idea para contener el avance del comunismo. Las sociedades del bienestar se vienieron abajo en 1989, señor Galanópulos, y créame, no se ha perdido nada. -Prosigue con gravedad-: Las sociedades del bienestar no existen, señor Galanópulos. Sólo existen lo grupos de presión. Empresarios que luchan para defender sus intereses, trabajadores que luchan por los suyos a través de los sindicatos y de otras organizaciones… Sólo existen grupos que defienden sus intereses. La sociedad a la que usted alude es un invento.

Petros Markaris. Con el agua al cuello (fragmento)

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hablando de los miserables…

Hace ciento cincuenta años que se publicó esta novelaza de Victor Hugo, larga como un día sin whatsApp. Pero ¡ojo! No se dejen llevar por el volumen. Si bien hay pasajes que pueden hacerse largos y pesados, la intensidad dramática de «Los miserables» merece una lectura al menos una vez en la vida. En este libro se recrean dilemas morales de perpetua actualidad, argumentos que siguen siendo, después de siglo y medio, acorazados a la deriva en este mar nuestro, agitado por las olas y los torpedos subacuáticos. Por estos días se nos venía a la cabeza la figura de Jean Valjean, el protagonista de la novela, perseguido infatigablemente por el jefe de policía Javert, el representante de una justicia que nunca le perdonará haber robado unas hogazas de pan. Ecos del pasado, claro, porque afortunadamente, en este siglo XXI nuestro contamos con una administración de justicia modélica que por cuatro duros ilumina cualquier sombra de iniquidad como la que describe Victor Hugo. «Los miserables» han inspirado obras menores y mayores. Desde las películas o las sesiones que Orson Welles le dedicó en su mítico espacio radiofónico del Mercury Theatre, hasta el archimegaconocido musical que lleva representándose varias décadas y cuyo emblema presenta a Cosette, la niña abandonada, dibujada por Émile Bayard para la primera edición de la obra.

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es que somos muy pobres

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La cara más descarnada de la pobreza es el desengaño. Cuando se vive en una burbuja, amparados por los mismos que nos llevaron a la ruina, y sostenidos por la idea de que las cosas no pueden ir a peor, resulta un tanto complicado recomponer el puzle de la carencia, la quiebra y la penuria. Para cuando llega el desengaño —ese sentimiento de vacío que ahoga las esperanzas depositadas en palabras vanas y altisonantes, en torcidos gestos de entusiasmo—, el empeño por mantenernos a flote se ha ido comiendo las ilusiones que pusimos en construir un mundo mejor… y en el preciso instante en que ya no queda nada desembarca la pobreza, una pobreza que tiene muchos nombres (pobreza moral, económica, cultural…), aunque todas terminen por confluir en el mismo mar, sumando a la postre el caudal de sus respectivas miserias. A lo largo de este año hemos recordado la figura de Dickens y subrayado el valor intemporal de su preclara visión de las necesidades humanas. Entre sus páginas identificamos a los verdaderos paganos de la desigualdad y el ambicioso desenfreno de los poderes económico y político: los débiles, los niños, la juventud ignorante y marginada, las mujeres… un esquema que se repite a lo largo de la historia hasta convertirse en una evidencia casi insoslayable que, sin embargo, por estas latitudes preferimos ignorar porque es mucho más progresista considerar que la moderna miseria democrática no escoge a sus víctimas. Hoy día 25 de noviembre queremos rescatar dos ilustraciones de esta violencia sostenida contra los más vulnerables: una de ellas es el vídeo «the host of Seraphim«, de la banda musical Dead Can Dance. El otro es de traza más literaria, aunque no por eso menos contundente: se trata de un cuento de Juan Rulfo incluido en el libro «El llano en llamas», de título «Es que somos muy pobres«. En este cortísimo relato, un niño describe la pobreza como un río que lo inunda todo, una corriente desbordada que anega el destino de las buenas gentes condenándolas a entregar su dignidad a cambio de un trozo de pan.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

«El llano en llamas» de Juan Rulfo

músicos y literatura

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El gran pianista canadiense Glenn Gould cargaba con su silla a todos lados, una sillita plegable de cortas patas construida por su padre. Retorcido y casi en posición fetal, Glenn se sentaba con la nariz a una cuarta del teclado, como si no se fiara de sus dedos, y después desgranaba una a una las notas de la partitura, tocado por ese espíritu de los grandes clásicos que le había concedido el don de hablar de tú a tú con las Musas. No le gustaba el trato con sus congéneres. Así que el periodista Jonathan Cott se las tuvo que ingeniar por teléfono para recoger las célebres conversaciones, compiladas en un libro muy interesante. La fulgurante carrera de la chelista Jacqueline du Pré se truncó a los 28 años debido a una esclerosis múltiple. Su genio y su personalidad controvertida sigue alimentando argumentos de libros y películas muy interesantes. En la biografía del también chelista Mstislav Rostropovich se recoge su peripecia vital, apasionante y apasionada, donde la música es el reflejo distorsionado de la reciente historia del mundo: condecorado y execrado, perseguido y privado de su nacionalidad, Rostropovich nunca renunció a ser protagonista de su propio tiempo, y mientras otros se las daban de importantes en lujosas salas de concierto, él se retrataba frente a los últimos lienzos del muro de Berlín interpretando con su instrumento de 1711 una suite de BachFarinelliRachmaninovCallas… la lista de intérpretes y de historias sería interminable. Podemos asegurar que un repaso atento a la vida y la obra de estas personalidades geniales no os van a dejar indiferentes, pues en muchos casos sus biografías no tienen nada que envidiar de las tramas literarias más exquisitas… Y en este caso, como en todos pero con más motivo, recomendamos la lectura con fondo musical…

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música y literatura: anselma guzmán

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Estaba lavando Anselma
a orillas de un manantial.
Pasó cantando la leva
al frente iba un capitán.

Al ver tan linda morena
al capitán le gustó.
Y no le habló por la buena,
a fuerza se la llevó.

Cipriano, hermano de Anselma,
peleó con el capitán,
valiente como una fiera
y no le pudo ganar.

El capitán a balazos
mató a Cipriano Guzmán
y Anselma sobre sus brazos
lo contempló agonizar.

La tropa se había marchado
muy lejos de aquel lugar,
y aquel cobarde malvado
quería su presa gozar.

Rodaron los dos al suelo
la hembra y el criminal,
logró la pistola Anselma
y acribilló al capitán.

Se hincó poquito a poquito.
Después la tierra besó,
soltó su pelo bonito
y luego al viento gritó:
¡Ya estás vengado hermanito
De este cobarde matón!

Escrito por Victor Rafael Cordero (1914-1983)

música y literatura: el río que nos lleva

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Oficio duro como pocos, los gancheros se dejaban la piel transportando las maderadas flotando río abajo, cuando todavía no había ni caminos ni camiones capaces de realizar este trabajo. No hay noticia de que otro grupo humano haya consumado proeza similar con la única ayuda de una sencilla herramienta, el bichero, un asta larga con punta y gancho en el extremo. El duro batallar sobre las aguas de estos esforzados de la corriente se describe con intensidad en la novela de José Luis Sampedro «El río que nos lleva«, publicada en 1961 y llevada a la pantalla del cine por Antonio del Real en 1989. Os invitamos a escuchar con calma la maravillosa música de Carles Cases y Lluis Llach que pone un fondo épico a esta gran aventura, narrada en la película por Shannon, un irlandés apodado «el Americano», que se suma a la expedición sin saber donde parará este río veloz que arrastra los troncos y las almas

Dio un impulso, como un gondolero, al pino en que flotaba. El madero metió la punta por el canal y la mantuvo un momento fuera del agua mientras avanzaba; pero al cabo vaciló, tomó la pendiente y el agua lo arrastró a toda velocidad. El maestre, echado hacia atrás para compensar la inclinación, adherido al tronco por las asperezas del esparto de su calzado y guardando el equilibrio con el balantín del gancho, se mantuvo impávido en toda la caída. Al final logró salvar también el momento más difícil, cuando el equilibrio conseguido se altera con la picada del tronco entre la espuma. Por último, flotó tranquILo al pie del azuL. Solo, sobre las aguas, domador del Tajo, vencedor del río.

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