Categoría: recomendaciones (Página 10 de 21)

la balada del norte

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La injusticia es el motor de la historia. La miseria el combustible. Y explota en las bocaminas, donde unos hombres rudos abren la brecha que les lleva al infierno. Allí adentro, una esfera incandescente concentra un calor de millones de años: el sofocante aliento del abismo. Bajo tierra solo los muertos. Y los mineros. Mientras los primeros disuelven su alma, los otros le arrancan la suya al viejo suelo carbonífero, dejando impresa en el mineral la negra sombra de su destino. Los guajes se afanan por hacer méritos de hombre, pero cuando la galería queda en penumbra se buscan a tientas, temerosos, confundiendo el cielo oscuro con el macizo, eterna noche de piedra. En la superficie aguardan las mujeres. Crían a los hijos y administran los pocos cuartos que entran en casa. Ellas saben bien que por la caña suben y bajan pensamientos sombríos, penurias y miedo. No hay pasión humana que el pozo no devore. Este es el escenario pre-revolucionario que nos dibuja (y nunca mejor dicho) nuestro amigo Alfonso Zapico. La balada del norte es un novela gráfica con tintes literarios, muy bien desarrollada, donde se conjuga maestría y habilidad en el manejo del lápiz con un excelente guión, bien documentado. Los diálogos son ágiles, sin excesos ni melindres, de ritmo constante. El resultado es un cómic que se lee de un tirón, emocionante y conmovedor, en el que también hay momentos para el desahogo y la risa. Encontramos memorables fragmentos en los que el dibujo sostiene por sí solo todo el peso dramático de la narración, nudos en los que el relato describe una nueva trayectoria. El personalísimo trazo de Zapico recrea para el lector el oprimente espacio de una galería, donde será testigo de lances que le invitarán a tomar partido. Todos los personajes, principales y secundarios, están sutilmente caracterizados y sus reacciones contribuyen a componer un cuadro social perfectamente verosímil, que encuentra su contrapunto en el romance imposible entre Tristán e Isolina. Pero La Balada del norte es, ante todo, un pedacito de nuestra historia que se destaca con ribetes épicos, una aproximación sentimental de las circunstancias que precedieron a la huelga general revolucionaria asturiana del año 34. Esa implicación (que el autor no oculta ni disimula) produce sus frutos: el contenido trasciende la anécdota y el costumbrismo y, como ocurre con las obras literarias de mérito, decanta con sencillez los diferentes matices de las pasiones humanas. El levantamiento de las cuencas mineras es una excusa para denunciar la injusticia, auspiciada por la fuerza y el poder económico que dan cobertura a una perversa degradación moral. El relato no concluye ahí. Zapico prepara un segundo tomo no exento de riesgos: la recreación del levantamiento armado que, además, todos sabemos como terminó. Las expectativas están por todo lo alto. Y a buen seguro que Alfonso no nos va a defraudar.

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salamandras

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Las salamandras celebraron el triunfo electoral concentrándose en la Gran Plaza, alrededor de la fuente del Tritón, tradicional lugar de encuentro desde que dos años atrás se les concediera la ciudadanía. El crecimiento exponencial de la población de urodelos y el progresivo desencanto del género humano habían resultado determinantes en estas elecciones, las primeras de la nueva era. Una mayoría cualificada de salamandras tomó el control del parlamento nacional. Asistido por un ujier que le humedecía la piel, el nuevo presidente de la Cámara, totalmente desnudo, leyó en cuatro idiomas diferentes el solemne discurso de investidura. Juró su cargo y se comprometió a servir a todos los seres vivientes hasta su último aliento. Se escucharon pocos aplausos pero muy entusiastas. Procedían de la bancada de humanos pro-anfibios, porque es bien sabido que las salamandras no saben batir palmas. El Jefe de Estado encomendó la formación de gobierno a una Andrias scheuchzeri joven, de unos tres o cuatro años, a la que sus congéneres llamaban Biss. Su primer gabinete estaba compuesto por once ministros-salamandra y dos humanos, que ocupaban las carteras de Diversidad Biológica y Culturas Animales. Los períodos de sesiones se adaptaron al calendario de apareamiento. La primera norma de la nueva legislatura concedía la libertad a todos los reptiles y anfibios en cautividad, así como a los mamíferos que trabajaran en contra de su voluntad al servicio de los Homo sapiens. Pero la opinión pública otorgó mucha mayor notoriedad a la recién estrenada Ley Orgánica del Agua, redactada en términos de respeto al medio ambiente y que además asignaba una determinada cantidad del preciado elemento por ciudadano. Como la población de salamandras quintuplicaba a la de los humanos, los más avispados intuyeron enseguida un futuro de escasez para los hombres. Uno a uno, los representantes de la oposición más destacados dimitían o se adherían fervorosamente a la política del gobierno del cambio, para reaparecer al poco desempeñando algún puesto de responsabilidad en el Ministerio del H2O…

Los sucesos que están en el origen de esta delirante historia aparecen pormenorizadamente registrados en La guerra de las salamandras, una distópica e imperecedera ficción escrita en 1935 por Karel Čapek, paisano de Kafka e injustamente no tan reconocido como él. Recomendamos encarecidamente la lectura de este libro y advertimos que todo parecido con la realidad es… ¿pura coincidencia?

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carta a los Reyes

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Queridos Reyes Magos:

Estos últimos meses me conducta ha sido intachable; también es verdad que la ocasión no se ha presentado. A veces ocurre. En consecuencia me he aburrido muchísimo, pero también es verdad que ahora puedo presentarles un expediente inmaculado que me otorga licencia para pedir cualquier estúpido regalo que se me ocurra. Lo he meditado mucho y resulta que no necesito un móvil ni ningún otro disparate electrónico. Lo siento. Me han renovado recientemente todo mi parque tecnológico: ahora poseo cuatro teléfonos, dos ordenadores portátiles, televisión en todas las habitaciones (incluida la despensa) y hasta un exprimidor de pomelos con mando a distancia. En mi casa hay suficiente flujo electromagnético como para desconchar las paredes. La razón que me mueve a requerir sus servicios es muy otra: tengo entendido que ustedes obsequian libros un poco al tuntún, como para sofocar la mala conciencia del consumo desmedido. Es una lástima que contando con presupuesto suficiente, se lo gasten todo en noveluchas comerciales y premiosplaneta. Las novedades están bien, pero lo reciente no es necesariamente lo mejor. Por eso me atrevo a solicitar a sus Graciosas Majestades que me permitan meter baza y que antes de preparar los lotes asignados a mi familia acepten algunas sugerencias. El tío Mariano es un cinéfilo. Seguro que le hace mucha ilusión recibir El quimérico inquilino de Roland Topor, una novela que Roman Polanski llevó a la pantalla grande. Para mi bellísima tía política María (de la que estoy secretamente enamorado) se me ocurren dos obras: la primera es La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, de Esther Meynell (que no de Ana Magdalena), una preciosa historia novelada sobre la segunda esposa del compositor y madre de trece de sus hijos. Y aun a riesgo de herir la sensibilidad de mi admirada dama, también incluiría El miedo, de Gabriel Chevalier, un retrato en vivo de lo que es la guerra despojada de generales, pendones, gestas y héroes. A mi prima Laura quiero regalarla con un tebeo sobre Picasso. Se titula Pablo, de Clément y Oubrerie, y está editado en cuatro volúmenes. A mí me encantó pese a que el pintor (que no su obra) no es santo de mi devoción. El abuelo Luis es de los que disfrutan con la ciencia-ficción. Me contó que una vez había leído una historia sobre unas lagartijas inteligentes que terminan convirtiéndose en esclavas. Creo que he identificado el libro al que se refiere: es de Karel Čapek, y se llama La guerra de las salamandras. A mí me parece que alude a los totalitarismos fascistas y comunistas del siglo XX. Por cierto que, por estas fechas, la gente adorna la tumba de Čapek con robots de juguete porque dicen que fue él quien acuñó la exitosa palabra. Lo de mis padres y mi hermana se me antoja un poco más difícil, pero allá voy. Marta está un poco consentida. Presume de esquivar todo tipo de reto intelectual y se vanagloria de su escasísimo bagaje lector. Yo creo que es una pose. Nadie puede estar orgulloso de ser idiota. Yo tengo para mí que le pueden las convenciones y las niñerías. Quizá sea ella quien más necesite de Vuestras Serenísimas Majestades para encauzar sus gustos. Creo que bien pudiera sustituirse el esmarfon por Sukkwan Island, de David Vann. Y  los leggins estampados de la muerte por Apreciar el arte, de Diana Newall. A papá, un lector muy ocasional y que, sin embargo, no para de hablar de las bondades de la lectura, le dejaría junto a su zapato dos o tres novelas de Pío Baroja: Las veladas del chalet gris, Locuras de carnaval y La feria de los discretos estarían bien. Lo de mamá es otra cosa: ella me acompaña, se tiende a mi lado y me lee los versos que necesito escuchar cuando el ruido del mundo se me hace insoportable. De su libro ya me encargo yo. En una librería de viejo descubrí una antología de Gerardo Diego de tapas negras y blandas, con el lomo agrietado por el uso. Como sé que Sus Majestades no trabajan el género de segunda mano, ese será mi regalo. ¿Y para mí? Bueno. No quiero abusar de su mayestática paciencia, pero les rogaría que no me agobiaran con esos títulos para adolescentes que parecen escritos por la misma persona (quizá sea así). Me conformo con los Cuentos completos de Aldecoa o de Truman Capote.

Espero que esta descarada incursión en sus quehaceres no les haya supuesto un quebranto; pero recuerden que aunque su condición de Magos a veces se imponga  a la cordura, no será más feliz quien más regalos reciba, sino quien menos necesite.

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el Roto

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Nuestra vida está construida sobre certezas heredadas, verdades inmutables que no están sujetas al rigor crítico que se nos supone como seres racionales. Estos axiomas son como los cimientos del pensamiento, algo así como el sustento de todo el edificio. La mayoría ocupamos una planta baja y con el tiempo abrimos un par de lumbreras que nos hacen habitable el chiribitil de los trastos viejos; otros edifican imponentes rascacielos que ocultan el sol y desafían las leyes de la gravedad. Desde la calle, los asombrados transeuntes miran a lo alto e imaginan cuán imponentes deben ser las vistas del que mora en la azotea. Pero en ciertas ocasiones la razón nos juega una mala pasada: para bien o para mal, el peso de lo que vemos, escuchamos o leemos comienza a socavar el terreno… y entonces el inmueble se agrieta o, sencillamente, se nos viene abajo. En casos como éstos se dice que hemos tomado conciencia. A los autores que llaman a este tipo de reflexión se les dice «moralistas», a veces con un matiz peyorativo, y su influencia está férreamente controlada por los poderes fácticos, que les obligan a moverse en los estrechos márgenes de la hererodoxia, al amparo de la libertad de expresión que graciosamente se les concede siempre que no traspasen los límites de lo tolerado. El Roto, —heterónimo de Andrés Rábago (Madrid, 1947)— es, en ese sentido, una excepción: comparte diariamente sus reflexiones desde una periódico de amplia tirada nacional y es objeto de conferencias, tesis, exposiciones y homenajes, algunos tan singulares como el concedido por el gremio de ilustradores. Este trato de favor quizá se deba a que el contenido de sus viñetas es tan agitador que ningún lector se da por aludido. O tal vez porque la corriente de opinión está en discreta sintonía con la sátira mordaz de su discurso… Porque si no, ¿cómo se explica tal condescendencia con demoledores mensajes como éstos?: (Dos niños tomados de la mano junto a una pizarra) En la escuela nos están enseñando a leer, escribir y buscar en la basura; (Dos alumnos sentados en el pupitre escolar, uno frente al otro. El primero llama la atención sobre una chorrada que acaba de leer en el libro de texto; el segundo replica) Es mejor que crean que no entendemos lo que leemos a que sepan que no nos interesa; (Una anciana toma de los hombros a su nieto y le interroga) ¿No sientes orgullo de ser español? Abuela… a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio. Todas ellas ideas que si se acondicionasen para emitir por la televisión pública provocarían síncopes, denuncias y un aluvión de reproches. ¿Es el Roto la voz de los que están amordazados por las convenciones sociales y el lenguaje políticamente correcto? Bien sea por eso o por la simpatía que nos inspira, recomendamos los incontables libros recopilatorios del creador gráfico (El libro verde, Viñetas para una crisis, A cada uno lo suyo, El pabellón de azogue…) y hasta nos hemos propuesto ir más allá:  aproximarnos al autor con la curiosidad que mató al gato y formularle cuestiones como las antedichas y aun otras que de seguro se nos irán ocurriendo por el camino… (Continuará)

carabel

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Amaro Carabel no es malo. En su pulso con la vida se ha llevado más de un revolcón. Ahora se encuentra solo, sin trabajo, sin amores… De su alma fatigada y exprimida Amaro es incapaz de extraer ni una sola gotita más de generosa indulgencia para con el prójimo. Empujado por las circunstancias, Carabel abraza sin éxito los viles preceptos de los canallas que haciendo ostentación de egoismo y mezquindad triunfan en todos los ámbitos de la vida. El estilo burlesco de Fernández Flórez impulsa una historia, a ratos esperpéntica, a ratos melodramática, que no resulta extraña por excesiva o exagerada. Al fin y al cabo, son muchos los paladines inmaculados que de continuo se sacuden a palmetadas sus prejuicios morales, y sin conflictos éticos en el horizonte de su ambición, toman el relevo en los órganos ejecutivos de corporaciones, bancos, instituciones o naciones enteras. La reflexión fernándezfloreciana (si puede llamarse así) vuelve la vista hacia los que no pueden cambiar, los que no se adaptan a los rigores curriculares de la escuela de la vida, y se ven abocados, por torpeza e incompetencia, a ser buenos, lo que en este contexto equivale a dóciles y conformistas. Carabel no es un hombre virtuoso incompatible con la villanía, ni tampoco el antihéroe que se revela contra la injusticia limpiando los caminos o removiendo la conciencia de sus paisanos; es un tonto incapaz de hacerse valer en un mundo de sinvergüenzas, un adaptado a la fuerza al que no le ha quedado más remedio que ejercer de probo ciudadano de los que nunca levantan la voz ni se saltan el turno en la frutería. Un tipo, quizá, como usted o como yo…

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caravaggio vs. velázquez

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Volvemos a los tebeos. En nuestra modesta colección figuran algunos títulos que expresan a las mil maravillas el vínculo entre la pintura y el noveno arte, bien sea por una indisimulada admiración, bien por la infinita inspiración que ofrecen creadores universales como Picasso, Dalí, Chagall, Goya, Michelangelo… Hoy nos ocupamos de dos obras excepcionales que todo buen aficionado ha de leer y disfrutar: Caravaggio. El pincel y la espada, y Las Meninas. El primero de ellos es obra del gran Milo Manara: se trata de un retrato biográfico de Michelangelo Merisi ambientado en la Roma de finales del siglo XVI. El Caravaggio más camorrista y pendenciero entrena sus pinceles en talleres de baja estofa, confundido entre malandrines, canallas, pordioseros y señoras estupendas de vida disipada. En el cómic, la amistad con una de estas mujeres fatales propiciará el duelo en el que el gran pintor siega la vida de su oponente, aunque el verdadero origen del sangriento lance que le obligaría a huir de la ciudad parece haber sido un inocente juego de pelota. Los escenarios grandilocuentes de Manara nos trasladan mágicamente a este universo turbio, a la vez que despiertan la curiosidad de todo buen aficionado al arte. Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares es otra cosa. Reflexivo, inteligente y novedosamente estructurado, recorre la vida del Diego Velázquez, aposentador de Palacio, buscando la esencia última del arte más sublime, finalmente materializado en la obra cumbre de la pintura española: Las Meninas. El dibujo tosco y crudo, los trazos gruesos y muy calculados regalan la vista y complacen al lector hasta el punto de obligarle a exprimir todo el jugo de la ilustración antes de pasar página. Un retrato de mérito sustentado en un guión por escenas que revela una sólida documentación.

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