Categoría: recomendaciones (Página 9 de 21)

algo de provecho

Mi familia quiere que estudie algo de provecho… ¡Cuántas veces habremos oído esta frase! El discurso de los jóvenes estudiantes se repite promoción tras promoción. Sin embargo, el significado de esta enigmática sentencia ha ido cambiando con los tiempos. A mediados del siglo pasado, el provecho suponía ganarse las lentejas, y la aspiración de cualquier padre era la de que su hijo obtuviera unos ingresos regulares de la forma más cómoda posible, sacando el máximo rendimiento al magro aprendizaje inicial. En el caso de las hijas, bastaba con que la buena presencia se correspondiera con la cabeza ordenada y discreta de una futura esposa y madre. En las décadas finales del siglo XX se produjo un cambio interesante: el hombre y la mujer de provecho se preparaban para alcanzar las metas que se les habían negado a sus predecesores, conquistando las plazas que hasta ese momento había acaparado una pequeña élite con influencias y acceso a la educación. Fue la época de la democratización de la enseñanza, y las universidades se vieron asaltadas por miles de estudiantes de clase media que a través de la educación superior querían ver cumplidos sus sueños de promoción social y reconocimiento profesional. A estas alturas del siglo XXI, expectativas y frustraciones de toda una generación caen como una losa sobre nuestros jóvenes estudiantes, abatidos por el sistema productivo y contagiados por una visión reduccionista del progreso: la cultura ya no es un fin es en sí misma. La escuela de ciudadanos críticos y responsables da paso a una factoría de futuros expertos en lo que sea, que buscan desesperadamente traducir innumerables títulos y másteres inasibles en empleos bien remunerados, frecuentemente asociados a la técnica y la economía. En este escenario, nuestros estudiantes con más talento están asediados. Mi madre dice que estudie telecomunicaciones y que, después, si quiero, escriba un «best-seller». Esto nos confesaba L. en la biblioteca, una muchacha resuelta y sencilla con un maravilloso don para las letras, y que a estas alturas estará cumpliendo a las mil maravillas las expectativas de otros, entre dispositivos electrónicos y circuitos conmutados. Sin embargo, el talento se resiste a capitular. Y de eso dan fe un nutrido grupo de autoras que aportan ingenio y perseverancia y lo ponen al servicio de una obra original, con estilo propio pese a su juventud (si es que la juventud ha de pesarle a alguien). Y para dar prueba de ello, nos hemos puesto en contacto con Bea Tormo, una ilustradora logroñesa que bajo su otro apócope posible (Triz), ha firmado trabajos que puedes encontrarte, incluso, entre las páginas de tu libro de texto…

miguelanxo explica a Cervantes

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La biografía de Cervantes forma parte de su valioso legado. No ha resultado fácil documentar las peripecias del esquivo Don Miguel,  del que se había perdido la pista hasta que hace poco más de un año se descubrieron restos del escritor en la cripta de una iglesia madrileña. La ausencia de un verdadero retrato y las numerosas incógnitas que rodean al Cervantes «de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada» (en el prólogo de las Novelas Ejemplares) contribuyen a perpetuar la leyenda del escritor, que a buen seguro hubiera cambiado la postrera gloria que le depararon los siglos por una mayor fortuna terrenal, afanado como estuvo en perseguir la fama y el reconocimiento que no le alcanzaron en vida. Hace unos meses tuvimos la oportunidad de viajar en el tiempo, repasando los principales hitos de la biografía cervantina de la mano del genial dibujante Miguelanxo Prado. Abierta en el precioso Palacio Municipal de La Coruña, la exposición Miguel EN Cervantes. El retablo de las maravillas, nos invitaba a conectar al personaje de Cervantes con su época, ilustrando todas «las vidas» que le tocaron en suerte, bien fuera por casualidad o por temperamento: bravucón, soldado, cautivo, recaudador… El que haya perdido la oportunidad de visitar la muestra puede hacerse con el catálogo en el que, junto a los dibujos de Miguelanxo, podemos disfrutar la historieta de El retablo de las Maravillas, obra del orensano David Rubín, que ya había experimentado con la adaptación de otros clásicos como Shakespeare o Bécquer. Sin duda, una lectura recomendable para fraguar en la memoria la vida de nuestro escritor universal en treinta y séis imágenes inolvidables.

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santo bebedor

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«Escritor austriaco muerto en París». Así de concisa reza la inscripción en la lápida de Roth, aunque él, quizá presintiendo el final, había escrito poco antes un epitafio mejor: Gebe Gott uns allen, uns Trinkern, einen so leichten und shönen Tod (Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte). Así concluía su último relato, La leyenda del santo bebedor, el colofón a una vida pasada por absenta, la bebida anisada y maldita que en el siglo XX reivindicaron eminencias literarias que buscaban en el cieno verdoso la esencia misma de la creación literaria. A Joseph Roth no le fue mal en cuanto a esto último, aunque los excesos etílicos le costaron una muerte demasiado temprana. Para el que quiera tomarle el pulso al autor, La leyenda del santo bebedor no es mal comienzo. Se trata de una historia blanda y sencilla, que cruza las numerosas líneas del destino sobre el pecho de un clochard de origen polaco, un hombre de honor zarandeado por la vida que duerme bajo los puentes de París. Un encuentro casual le pone en el camino de una sucesión de milagros cargados de buenos presagios que su condición de borracho acabarán deshaciendo como azucarillo en cuchara de absenta, dejando incompleto el que quizá fue su único propósito en la vida. Una historia triste, contada sin embargo en clave de humor con una sencillez engañosa.

antígona/Ἀντιγόνη

Cuando el destino se torna esquivo y nos hace padecer todo cuanto cabe en una completa colección de desgracias hablamos de tragedia. Sófocles plasmó como nadie la desesperada condición humana cuando es incapaz de controlar sus designios. En este caso Antígona, hija de Edipo, reta al poder que representa Creonte, rey de Tebas. La implacable cabezonería del monarca aboca a ambos a la ruina, llevándose por medio, eso sí, a toda la saga familiar, entregada a un frenesí suicida que no deja títere con cabeza. Al final el arrepentimiento no hace ni justas ni buenas las pasadas conductas, pero al menos sirve para revelar cuál hubiera sido el trayecto más corto hacia la armonía y ¡quién sabe! hacia la felicidad.

semana de la historieta

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Los que han nacido, crecido, soñado y madurado pegados a las páginas de un cómic encontrarán demasiado rápida y superficial esta aproximación laudatoria al noveno arte. Sin embargo, los no iniciados la encontrarán ligeramente exagerada. Vaya para los unos y los otros el siguiente vaticinio: pronto veremos expuestas las planchas originales de ciertos autores en los museos más importantes del mundo. El tebeo no es solo un instrumento narrativo de primer orden, sino una expresión artística que mueve todos los resortes del intelecto humano, del que parten un sinfín de aproximaciones posibles: estética, literaria, lúdica, académica… El tebeo es sumamente permeable a las innovaciones y los experimentos y no cesa de proyectar su larga sombra sobre otras formas de expresión artística como la literatura o el cine, éste último inútilmente empeñado en reconcentrar en películas de larguísimo metraje la épica de los superhéroes, desde Anacleto a los Cuatro Fantásticos. Pero la naturaleza del tebeo aún no ha sido superada: el vínculo casi sagrado con el papel, la eterna sucesión de imágenes que juegan con el tiempo y el espacio, la poesía del dibujo que habla, el lenguaje del movimiento, la seductora presentación… En este día del libro reivindicamos una vez más este género del que tenemos muchos y muy buenos exponentes en nuestra biblioteca: nos imponemos la tarea de seguir promoviendo su lectura entre los más jóvenes y, por qué no, animando vocaciones entre los que sienten la llamada de la creación gráfica.

esto es solo una opinión

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La necedad no es cosa de nuestro tiempo. Estamos en condiciones de afirmar que desde el principio de los tiempos han existido individuos proclives a cultivar la estupidez, bien sea de palabra u obra. Hasta ahora, solo un grupo relativamente reducido de estos ejemplares habían dejado huella en la historia, y casi nunca por nada bueno. Umberto Eco, el semiólogo que desentrañó como pocos el espíritu oculto de la cultura occidental, observó con agudeza que las nuevas tecnologías habían hecho realidad algunas de las aspiraciones del pensamiento mágico colectivo, tales como la comunicación a distancia y la disponibilidad inmediata; sin embargo, también habían dado la oportunidad de amplificar cualquier valoración carente de fundamento crítico, que a millones han distorsionado por internet el concepto de cultura e incluso el de conocimiento: «Twitter da derecho de expresión a una legión de imbéciles, que en otro tiempo se limitaban a hacerlo en el bar, tras tomar un vaso de vino, sin dañar a la colectividad. Antes eran fáciles de silenciar, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios. Esto plantea, además, un problema de filtrado: uno no sabe si está hablando con un premio Nobel o con un idiota.»  Tampoco la historia se hubiera escrito de la misma forma si hace cien años hubieran existido las redes sociales: posiblemente Hitler hubiera reorientado su carrera de genocida hacia las artes plásticas o los tutoriales eugenistas, consagrándose como youtuber de éxito que recibiría likes hasta del propio Stalin. En Número cero, su última novela, Don Umberto añade a esta crisis del pensamiento la dudosa fiabilidad de los fabricantes de opinión, que consciente o inconscientemente enfocan la realidad de la forma que más conviene a sus intereses, que no son otros que los de aquellos que los patrocinan. El periodismo objetivo solo existe para aquellos que ya están convencidos de que lo que leen o escuchan responde a la verdad, lo que nos lleva a la funesta conclusión de que la opinión pública se escribe mucho antes de que cualquier ciudadano formule su propio punto de vista, ya sea ante un micrófono o ejerciendo su democrático derecho al voto. Umberto Eco no volverá a escribir más, pero nos deja un abundante legado de libros, ensayos y artículos que bien valen una revisión gozosa por parte de todos aquellos que necesitan un verdadero argumento de autoridad para interpretar el mundo en el que viven. Aunque esto, claro está, es solo una opinión…

(…) Hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta con desligitimar al acusador. (…) Nadie es nunca integérrimo al cien por cien, a lo mejor no es un pedófilo, no ha asesinado a su abuela, no se ha embolsado sobres, pero algo raro habrá hecho. O si no, si me permiten la expresión , extrañamos lo que hace todos los días. (…) No son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias.»

Número cero. Umberto Eco, 2015 

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