Categoría: vale más que las pesetas (Página 5 de 11)

maravillas de la ciencia

Hasta bien entrado el siglo XIX, el científico era una figura excepcional, establecida en los márgenes del trabajo productivo, un gentilhombre curioso que merced a su estatus o a su fortuna personal, podía dedicar tiempo y esfuerzo intelectual a experimentos y lucubraciones. Todo eso cambio cuando en nombre del progreso, el oficio de científico se vio amparado socialmente y reconocido por instituciones con líneas de investigación que agrupaban a los sabios y organizaban su trabajo. Resultado de esta colaboración entre teóricos e ingenieros fueron los avances tecnológicos sobresalientes que inauguraron lo que llamamos la era industrial. La máquina a vapor, las técnicas siderúrgicas, los pesos y medidas, la electricidad, el telégrafo… extraordinarias aplicaciones de principios físicos y quìmicos que revolucionaron los viejos sistemas económicos y propiciaron el éxodo de millones de personas del campo a la ciudad. La burguesía que tanto se había beneficiado de la rápida transformación, acudía en masa a las exposiciones universales, donde quedaba abducida por las novedades ruidosas que expulsaban densos nubarrones de humo negro y prometían un progreso sin límite. Aparece la literatura científica, con un énfasis en la ciencia y la industria como elementos que habrían de guiar al hombre hacia un porvenir de felicidad y armonía en una sociedad más adecuada al ser humano del mañana1. Se sientan las bases de «la guerra contra naturaleza» que liberará al nuevo ciudadano de la explotación. El primero de los baluartes será la ciencia; más tarde se sumarán la industria y las grandes obras de ingeniería. Numerosas obras de corte popular (dirigido a un público no especialista, aunque formado intelectualmente) saturan el mercado. En Francia, Verne y Hetzel encuentran un verdadero filón literario imaginando las bondades del progreso con argumentos ágiles que también promueven valores del socialismo romántico como la solidaridad, la fraternidad o la justicia. Otros autores no tan mimados por la masas pero igualmente prolíficos se consagran a lo que hoy llamamos divulgación científica. Louis Figuier es posiblemente el más reconocido de todos. Escribió muchísimos libros. También dirigió La Science Illustrée, prestigioso semanario en el que colaboraron reconocidos periodistas y escritores, incluyendo al propio Verne, que semanalmente publicaba por entregas sus folletones menos conocidos. La obra que ha dado pie a este pequeño preámbulo fue descubierta entre un montón de libros expurgados. Se llama Merveilles de la science, ou description populaire des inventions modernes, un volumen de los cuatro que bajo ese mismo título el señor Figuier publicó entre los años 1867 y 1870. El ejemplar contiene una serie de capítulos con títulos como El telégrafo aéreo, Galvanoplastia o Aerostatos. Dentro de cada apartado, el autor presenta una visión evolutiva de cada invención. El libro tiene 741 páginas y su encuadernación holandesa con tapa dura es recia y robusta. Está profusamente ilustrado con preciosos grabados, imágenes que a menudo constituyen las primeras reconstrucciones visuales de ingenios tecnológicos importantes. Sabemos además que muchos de estos grabados son obra de H. Rousseau y E. Thomas, pero aparecen regularmente en libros modernos sobre la historia de la ciencia y la tecnología generalmente sin atribución. Recuperamos para nuestros lectores esta interesante muestra de la literatura científica del XIX en su idioma original, de referencia obligada para los curiosos de la ciencia y de la historia que se estén preguntando por el origen remoto de lo que doña Greta Thunberg denomina un planeta en llamas.

1Sunyer Martín, Pedro. Cuadernos Críticos de Geografía Humana, nº 76, julio de 1988

entrevista con José Pablo García (y II)

Segunda y última entrega del pequeño encuentro literario mantenido a la distancia con uno de nuestros autores favoritos, el creador gráfico José Pablo García, que a pesar de su juventud conoce bien el oficio y nos habla del talento y de sus preferencias como lector. Para no perdérselo.

Bl. El buen dibujante, ¿nace o se hace? O si lo prefieres: ¿un aspirante debe plantearse de entrada si tiene talento?

J.P. Lo del talento es muy discutible, y de entrada no hay que plantearse nada. Hay gente que tiene facilidad para dibujar y precisamente por eso les aburre hacerlo, y otros con mucha constancia han conseguido ser muy buenos. Pero para ser autor de cómics no hace falta dibujar especialmente bien, sino saber comunicar y narrar. Muchos de mis autores preferidos podrían considerarse dibujantes «malos«, porque son limitados técnicamente, pero sin embargo son capaces de contarte cosas de la mejor forma posible. Creo que el dibujante nace siempre, porque todos dibujamos cuando somos niños, pero por determinadas cuestiones casi todo el mundo lo va dejando con el paso del tiempo. Si se persiste, es fácil dibujar bien, porque la técnica se puede adquirir con paciencia y practicando…

 «El cómic es un medio híbrido. Cuantas más influencias mezcles más interesante será tu obra»

Bl. Nosotros intentamos motivar vocaciones incipientes… ¿qué le recomendarías a un chico (o chica) del instituto que tiene la intención de dedicarse a dibujar? ¿Qué perfil deber tener el que quiera dedicarse al mundo del tebeo?

J.P. Lo fundamental es tener algo que contar. También adquirir cierta cultura y tener interés por el cine, la literatura, el arte, la fotografía… porque el cómic es un medio híbrido, es una mezcla de todo y cuantas más influencias mezcles más interesante será tu obra. Bueno, y que te guste dibujar…

Bl. ¿Qué novela o autor clásico te gustaría adaptar al tebeo?

J.P. Llevo varios años dándole vueltas a hacer una adaptación de la obra teatral Luces de Bohemia de Valle-Inclán. El esperpento está muy relacionado con el cómic y la caricatura, y esta obra en concreto me resulta muy atractiva a nivel de diseño de personajes.

Bl. ¿Qué tres obras gráficas no deberían faltar en nuestra humilde biblioteca?

J.P. Voy a recomendar tres muy conocidas, que suelen estar en cualquier biblioteca: Maus de Art Spiegelman, Epiléptico de David B. y Persépolis de Marjane Satrapi.

Bl. Para terminar, ¿nos podías decir algo de tus proyectos más inmediatos?

J.P. Estoy adaptando la novela El 19 de marzo y el 2 de mayo, uno de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que rememora el motín de Aranjuez y el levantamiento popular contra la ocupación francesa. Ha sido un encargo del ayuntamiento de Madrid y se publicará el año que viene para conmemorar el centenario de la muerte de Galdós.

Queremos agradecer a José Pablo que nos haya atendido con tanta amabilidad y que incluso nos haya confiado cuáles son sus proyectos futuros, deseándole lo mejor en este mundo tan concurrido de la novela gráfica. Estamos seguros de que pronto encontraremos nuevos trabajos de este interesante autor en los estantes de las librerías y, por supuesto, en los de nuestra pequeña biblioteca.

adán y raza, azar y nada: entrevista con José Pablo García

http://www.youtube.com/watch?v=ZWlRnrg8P3I

Este palíndromo encabeza Satarsa (1982), un relato breve de Julio Cortázar, publicado el mismo año en el que el dibujante José Pablo García se asomaba por vez primera al patio de luces de su Málaga natal. Con once primaveras tomó la alternativa en el periódico local El Sol de Antequera, remedando a uno de los grandes: Don Antonio Mingote. Han pasado algunos años desde entonces (aunque no tantos) y el estilo de este joven creador ha consolidado a lo largo de una trayectoria corta pero fructifera. Y si lo más laudatorio que se puede decir de un autor es aquello de que lo mejor está aun por llegar, se lo aplicamos sin riesgo a José Pablo, que se ha atrevido a ilustrar la obra de un historiador británico de renombre y resuelve con sobresaliente la adaptación gráfica de la novela Soldados de Salamina, del multilaureado Javier Cercas (Cáceres, 1962). El perfil y los méritos de este dibujante nos invitan a conocerle un poco más, como siempre con la intención de orientar los pasos de los que siguen su estela. Y en eso estamos…

Bl. A nosotros nos gusta pensar que el libro ilustrado, que el tebeo en sí, es una pequeña obra de arte ¿Estás de acuerdo?

J.P. Lo que hace pequeña o grande a una obra de arte es su ambición, no el medio que se utilice para expresarse, y hay autores del cómic, como Chris Ware, que están entre algunos de los artistas más importantes e influyentes del mundo. Sus libros deberían estar en los museos.

Bl. ¿El cómic es un reclamo para que las nuevas generaciones de lectores se enganchen a la gran literatura?

J.P. Los tebeos han sido fundamentales en la formación de grandes lectores a lo largo del último siglo, pero no tengo muy claro que ahora sea así, al no ser un medio tan popular como antes. Hay que pensar que en la posguerra española, por ejemplo, los niños no tenían televisor, ni videojuegos, ni móviles, ni tantas ofertas de ocio como ahora; sólo les quedaba jugar en la calle o leer tebeos, que por entonces tenían tiradas de millones de ejemplares. El uso de dibujos permite entrar en las historias de manera más inmediata y sí que es un primer paso para lectura muy valioso, pero no por ello es un medio menor que la novela, el ensayo o la poesía. Hay novelas gráficas de gran madurez y complejidad que también podrían considerarse gran literatura.

Bl. En el caso de adaptaciones tan importantes como las de Preston o Javier Cercas, ¿qué te condiciona más: la opinión de los autores o las expectativas de tus potenciales lectores?

J.P. Si pensara en la opinión de mis futuros lectores, o de los autores de esas obras, posiblemente me bloquearía y no haría nada. Ya tengo suficiente con mi nivel de autoexigencia, que me hace sufrir bastante. Mi única intención, cuando se trata de encargos de ese tipo, es contar las historias de la mejor forma y lo más claramente posible.

Bl. Después de comprobar cómo te recreas con soltura en varios estilos clásicos, ¿crees que a estas alturas tienes un estilo propio (e inconfundible)?

J.P. Sí, aunque he dado muchas vueltas en ese sentido, tengo un estilo más funcional al que siempre recurro y con el que me siento muy cómodo. Al final el estilo es algo en lo que no hay que pensar, es algo que surge después de dibujar mucho.

Bl. ¿Cómo vences el vértigo de “la página en blanco”?

J.P. No recuerdo qué se sentía con ese vértigo porque llevo algunos años sin trabajar en una historia desde cero, sólo haciendo adaptaciones, guiones de otros o historias reales con base documental. Eso no quiere decir que no le dé vueltas a la forma de representar algo, pero siempre tengo esa base para empezar a trabajar.

 «Estamos demasiado saturados de imágenes, hay demasiado ruido visual por todos lados»

Bl. Se puede decir que en La Guerra Civil Española lo que haces es “escribir con dibujos”… ¿Qué debe aportar el dibujante en un mundo donde la imagen lo domina todo?

J.P. Desde la llegada de internet, estamos demasiado saturados de imágenes, hay demasiado ruido visual por todos lados. Por eso creo que es importante ser claro, que la imagen sea directa, y contar las cosas de la manera más sencilla y efectiva posible.

Bl. En Las aventuras de Joselito homenajeas el tebeo de todo pelaje. Hace unas décadas el cómic era un consumible habitual dentro de un mercado infantil y juvenil muy dinámico, donde se leía, se releía y se intercambiaban revistas y cromos… Estampas del pasado… ¿Qué espacio tiene reservada la cultura actual al noveno arte?

J.P. Como decía antes, el cómic es un medio que no goza de la popularidad que tenía antiguamente, pero a cambio sí creo que tiene más prestigio y presencia en los medios de comunicación. Se trata con cierto respeto, y no como una afición de «frikis», que era la imagen que se tenía de ellos hasta hace muy poco.

Bl. ¿Cómo ves el cómic español en la actualidad? ¿Qué autores te parecen más interesantes?

J.P. Vivimos en un momento muy bueno, se publica más que nunca y no paran de salir nuevos autores con un gran nivel. En parte se debe a que ahora hay un mayor acceso a todo lo que se está haciendo, gracias a Internet, y eso permite que los dibujantes no vivan tan aislados como antes y se enriquezcan unos a otros. Mis preferidos son muchos, pero diré a Albert Monteys y Rayco Pulido, que me gusta todo lo que hacen, y recomiendo sobre todo a Carlos Giménez, que sigue vivo y es el autor de Paracuellos, posiblemente la obra más importante del cómic español.

(Continuará) 

marga

La corta existencia de Marga Gil Roësset (1908-1932) nos permite intuir un enorme talento, truncado en la flor de la vida cuando no era más que el débil halo que proyectaba una muchachita insegura y melancólica. No supimos de ella hasta que nos la presentó nuestra amiga María Díaz Perera en el precioso retrato a lápiz que ilustra la entrada. Por lo que se dice, Marga recibió de su familia una educación exquisita; los padres, religiosos y cultivados, le ahorraron interferencias escolares promoviendo la creatividad espontánea y alentando la vena artística al margen de modas y convenciones. Marga se crió pues en un ambiente protector y selecto, que sin mala intención le había hurtado la posibilidad de experimentar contratiempos y frustraciones propias de la edad, y donde el impulso creativo era generosamente recompensado. Fruto de ello, Marga recibió el Premio Nacional de escultura cuando tenía veintidós primaveras. Dos años antes había publicado un libro junto a su hermana Consuelo, El niño de oro, ilustrado primorosamente. Se cuenta que el gran escultor Juan de Ávalos se enamoriscó de la chica en la cantera de granito que ambos frecuentaban. Pero el corazón de Marga ―¡ay!― estaba en otro lugar. En un acontecimiento operístico le fue presentado Juan Ramón Jiménez, un poeta de cincuenta y un años, consagrado y ya con una corte de discípulos y aduladores a los que no les afectaban las manías y rarezas del maestro.  Por aquel entonces, Zenobia Camprubí hacía propósito de consagrar su vida al poeta. Por delante quedaban bastantes años de sinsabores y complacencias con el futuro premio Nobel. Desde ese momento Marga los frecuentó a menudo. A pesar de las objeciones de Zenobia, Marga se comprometió a tallarle un busto en piedra que nunca llegaría a terminar. El vínculo entre las mujeres se fortaleció… pero por dentro la soflama del amor estaba a punto de prender en incontrolada pasión por el escritor, que por lo demás debía estar encantado con que la jovencita le mostrara ese arrobo adolescente, pues menudo era Juan Ramón. Los días previos al fatal desenlace Marga vagó sin rumbo, emitiendo señales inequívocas de su intención. Fue una desesperada llamada de auxilio: paseó el paquete con el revolver de aquí para allá, lloraba… e incluso la misma mañana de su muerte le entregó al poeta el diario íntimo donde figuraban sus planes macabros. Una señorita se suicida en un hotelito en Las Rozas. Así rezaba la breve reseña aparecida en la prensa el treinta de julio de mil novecientos treinta y dos. Marga se descerrajó un tiro en la sien, pero no fallecería al instante. Fue trasladada al hospital. Allí Juan Ramón Jiménez veló a la moribunda en los últimos instantes, ajeno en ese momento a que el motivo de tan funesto arrojo era el amor sin retorno que ella le había confesado. En la carta que le escribió a Zenobia, Marga se despedía en estos términos:

«Zenobita … Vas a perdonarme … ¡Me he enamorado de Juan Ramón! y aunque querer … y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa … a mí al menos, pues así me ha pasado … lo he sentido cuando ya era … natural … que si te dedicaras a ir únicamente con personas que no te atraen … o te repugnan … quitarías todo peligro … pero eso es estúpido; … en fin me he enamorado de Juan Ramón … y siendo tu amiga … aquí ya está mi culpa … le he dicho … que le quiero … … y le he pedido que se case conmigo; … … ¡estaré loca! …………………….. pero como él … te quiere ¡te quiere!… pues me ha dicho que no … que nunca … … perdóname … porque si me hubiese dicho que sí … ¡ay! … a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada … … y tú eres mi amiga … y de verdad te quiero mucho … y me gustas mucho … … pues … ¡con ser todo eso tanto! … yo habría pasado por todo … por todo lo que fuese preciso … pero claro como soy yo sola a querer … … creo mucho mejor ¡matarme! ya … que sin él no puedo … … y … con él no puedo … … perdóname Azulita … por todo lo que si él quisiera yo habría hecho.
Marga».

http://www.youtube.com/watch?v=wCGvZGH_sr0

la belleza asesinada

En primer plano, una dama recostada en el lecho se nos muestra desnuda, de espaldas al observador. Yergue la cabeza apoyándola sobre la mano derecha. Aparentemente su atención se concentra en el reflejo que le devuelve un espejo. Cerrando la composición por la izquierda, un cupido alado sostiene ante ella el marco de caoba. La voluptuosa figura atraviesa el lienzo de un extremo a otro, ocupando el espacio de lo que parece ser una estancia reducida. La cortina carmesí contribuye a crear una zona de color que incrementa la intimidad de la escena. La carnalidad de esta Venus nos invita a contemplarla, en primer lugar como mujer; más tarde como diosa, sin más atributos que los propios de una sensualidad de la que es imposible sustraerse. No está claro cómo el primer desnudo del arte español terminó en la National Gallery de Londres. Sabemos sin embargo que Diego Velázquez pintó este cuadro por encargo, que lo hizo hacia 1648 en Italia y que tuvo varios dueños, entre ellos Godoy, el favorito de Carlos IV.

El 10 de marzo de 1914 la Srta. Richardson (“Slasher Mary”) le asestó a traición ocho cuchilladas. Suficiente para matar a la mujer… Pero no a la diosa, que a través del espejo observaba impasible los ademanes homicidas de su asesina.

Venus ante el espejo: Velázquez y el desnudo, de Andreas Prater.
La mujer de Roma, de José Luis Martín Nogales.
Las manos de Velázquez, de Lourdes Ortiz.

http://www.youtube.com/watch?v=5IQqUoS4F7o

El Prado: retrato de un museo bicentenario

Las tórridas jornadas del Madrid estival invitan imperativamente a tomar la sombra en parques y alamedas o a refugiarse de la canícula en uno de esos establecimientos del centro donde agua pulverizada se dispersa con ventiladores gigantes. El visitante más inquieto cuenta además con una alternativa mucho más refrescante que todo eso: visitar el Prado. Las salas del museo, especialmente climatizadas para el bienestar de las pinturas, ofrecen un espacio ideal para el recreo de los sentidos, embotados por el calor y los ruidos de la urbe. Y hay razones para sentirse como en casa: la inacabable sucesión de obras maestras son patrimonio de todos los españoles, y debemos sentirnos orgullosos de albergar en este edificio anexo a nuestra salita de estar una de las mejores colecciones de pintura, escultura y artes decorativas del universo mundo, reunida a lo largo de siglos y fruto de compras, donaciones y adquisiciones, y no del tradicional expolio que alimenta el inventario de ciertas pinacotecas europeas. En 2019 el Museo Nacional del Prado celebra su segundo centenario. A lo largo de estos años, las reales colecciones de arte se han convertido en un referente artístico, cultural y posteriormente turístico. Aunque el Prado no precisaba de mayores aderezos, con el tiempo vinieron a sumarse las ofertas del Museo Thyssen y el Reina Sofía, todo ello concentrado en un espacio urbano reducido que permite a propios y extraños solazarse hasta la extenuación para después tomar en la cercana estación de Atocha un tren que nos llevará con viento fresco. En el año de la efeméride se han editado o reeditado muchos volúmenes sobre la institución. Algunos harto conocidos, como la colección de relatos de Un novelista en el Museo del Prado, último de los libros de Don Manuel Mújica Lainez (1911-1984) o Los colores de la guerra, de Juan Carlos Arce (1958), una historia sobre la evacuación a Ginebra de cientos de obras de arte durante La Guerra Civil (1936-1939). La peripecia vivida por el patrimonio histórico-artístico durante los convulsos meses finales de la contienda se describe en El milagro del Prado, del escritor José Calvo Poyato (1951), un relato detallado y bien documentado de la tremenda chapuza que supuso la expatriación por etapas de los fondos del museo, y lo cerca que estuvieron de perderse para siempre en el caos favorecido por cuantos se autodesignaron sus salvadores. Arturo Pérez-Reverte (1951), un autor siempre interesante, invita a los lectores de El pintor de batallas a pasear por las salas del museo. En La infanta baila, el escritor y guionista Manuel Hidalgo (1953) cultiva una trama en la que las figuras de los cuadros, algunas de regio porte y otras no tanto, abandonan los escenarios en los que se han hecho célebres escapándose del museo, idea ésta que inspira igualmente las curiosas estampas vaciadas de José Manuel Ballester (1960). Concluiremos con dos obras más: la primera de ellas casi no necesita promoción. Se trata de El maestro del Prado, en la que Javier Sierra (1971) enfatiza la experiencia vivida durante sus primeras visitas, recién llegado a la capital del Reino; la segunda sugerencia está en la órbita de la literatura juvenil y se titula El misterio Velázquez, de Eliacer Cansino (1954).

http://www.youtube.com/watch?v=f5GxvR9qJMU

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