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exquisitas lecturas

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¿Quién no es capaz de acordarse del espumoso capuchino que se tomó en la Plaza de San Marcos con el agua hasta los tobillos? ¿O del delicioso y carísimo trocito de Sachertorte servido con una pizca de nata en la confitería Demel, a un paso del Palacio Imperial (y ecologista) de Hofburg, en Viena? Los recuerdos se fijan mejor cuando van acompañados de sensaciones agradables, de balsámicos efluvios que la pituitaria torna luego en vívidos colores cuando el paladar se suma a la fiesta. Por eso se nos ha ocurrido combinar dos placeres, el de la lectura y el que se desprende de la golosa disposición de alumnos y profesores. Por un día, los usuarios de la biblioteca han tenido la oportunidad de saciar su apetito en todas las dimensiones posibles: literaria, social y biológica. Picoteando de aquí y de allá, las tortas y bizcochos desaparecieron hasta la guinda, los chocolates dejaron su oscura huella entre pulgares e índices de todo quisqui, y los panecillos que envolvían quesos y embutidos se esfumaron dejando tras de sí una descarriada legión de miguitas que hemos descubierto entre las páginas de libros y comics de lo más variado: Tristezas de Bay City, de Chandler; El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, Linda 67, de Fernando del Paso, El invierno del dibujante, de Paco Roca o La física de los Superhéroes, de James Kakalios. Un exceso de calorías justificado por el amor a los libros y el buen sabor de boca que deja un poco de literatura en buena compañía.

trinca

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A fines de 1970 veía la luz una revista que marcaría época. Entre las secciones «La solución para el tercer mundo», «El arte ibérico», «Cromos» o «Dirigentes de hoy» se colaron autores que llevaron a cabo experimentos narrativos y estéticos poco comunes. Las series aparecidas en Trinca certifican que con censura o sin ella, y pese a los problemas internos de organización de la revista, los autores patrios eran capaces de realizar producciones de extraordinaria calidad, de lo que da fe la gran cantidad de premios con los que se reconoció su corta trayectoria editorial. Para saber un poco más os invitamos a que os paséis por la biblioteca donde podréis consultar algún número original. Recomendamos que previamente os leáis este fragmento de un artículo aparecido en la revista Paperback firmado por Rafael Marín:
«Los adolescentes que en noviembre de 1970 éramos ya aficionados a los comics jamás podremos olvidar el estupor vivido en clase de Formación del Espíritu Nacional, cuando el inevitable vendedor de enciclopedias, álbumes o colectas para bautizar negritos tan típicas de la época sacó de su maleta un extraño ejemplar de cómic y lo anunció a los cuatro vientos como la consecución más portentosa que jamás vieron los siglos. Los tebeos, escolarmente mal vistos, acababan de recibir la bendición del establishment con un nuevo título, Trinca, editado con todo lujo por Doncel, hasta entonces dedicada a los libros de política del régimen de Franco. (…) La inversión estatal que acababa de crear una revista que iba a hacer historia en España tan sólo necesitaba utilizar la maquinaria semi-engrasada del franquismo a través de la Secretaría del Movimiento. Muchos adolescentes de la época nos quedamos fríos ante la muestra, sobre todo por su alto precio y la extrañeza de sus personajes, y la desconfianza natural hacia todo aquello que oliera a oficialismo. Pero muchos padres, convencidos por la verborrea del vendedor y la consciencia de estar comprando una revista de historietas con sentido profundamente didáctico, en papel satinado y con profusión de artículos y atractivos colores, suscribieron a sus hijos al invento. Así echó a andar un proyecto que, de tener un precedente inmediato, habría que buscarlo en los añejos Flechas y Pelayos o Clarín.
(…) A pesar del capital estatal y algún artículo culturaloide, Trinca no puede ser acusada de vehículo al servicio de unas ideas políticas concretas; si esa fue la intención inicial, no cabe duda de que fracasó. Antes al contrario, la multitud de autores que en años sucesivos se turnarían en sus páginas consolidarían un amplio muestrario de estilos y técnicas, ninguna de las cuales puede relacionarse con la propaganda originariamente prevista para el título. En cierto modo, tras el fracaso de las aventuras del grupo adolescente que da nombre a la revista, La pandilla Trinca, tres edulcorados y repipis personajes que parecen sacados de una película de Los Bravos o Los Brincos, la revista aparece dominada por la asepsia. Hay, claro está, matices. La portada del número 1 muestra un dibujo del personaje Manos Kelly, de Antonio Hernández Palacios, y el texto añade “un español en el oeste”. Lo español parece potenciarse por encima de otras cosas: Es el caso de Los guerrilleros, respuesta de Andrade y Bernet Toledano a Astérix el galo, aunque con las tornas cambiadas y un humor bastante más grueso, o de Héctor, adalid de los almogávares, el interesante título que relanzó a Chiqui de la Fuente. Hay una especie de sentido patriótico-autárquico en la línea de la revista, donde todos los cómics incluidos son de autores españoles, circunstancia que no tiene nada de particular en el caso de Pilote, posiblemente el modelo a seguir, donde la mayor parte del material es de origen francés. (…) Los problemas denunciados por los autores para cobrar por su trabajo y su indefensión a la hora de ver cómo sus personajes eran vendidos sin su conocimiento al extranjero, la incompetencia de algunos de los directores, la censura o las inevitables tensiones en un proyecto de esta envergadura (determinaron) el cierre de la revista pocos años más tarde».

semana de la historieta

zapico_personajes

Los que han nacido, crecido, soñado y madurado pegados a las páginas de un cómic encontrarán demasiado rápida y superficial esta aproximación laudatoria al noveno arte. Sin embargo, los no iniciados la encontrarán ligeramente exagerada. Vaya para los unos y los otros el siguiente vaticinio: pronto veremos expuestas las planchas originales de ciertos autores en los museos más importantes del mundo. El tebeo no es solo un instrumento narrativo de primer orden, sino una expresión artística que mueve todos los resortes del intelecto humano, del que parten un sinfín de aproximaciones posibles: estética, literaria, lúdica, académica… El tebeo es sumamente permeable a las innovaciones y los experimentos y no cesa de proyectar su larga sombra sobre otras formas de expresión artística como la literatura o el cine, éste último inútilmente empeñado en reconcentrar en películas de larguísimo metraje la épica de los superhéroes, desde Anacleto a los Cuatro Fantásticos. Pero la naturaleza del tebeo aún no ha sido superada: el vínculo casi sagrado con el papel, la eterna sucesión de imágenes que juegan con el tiempo y el espacio, la poesía del dibujo que habla, el lenguaje del movimiento, la seductora presentación… En este día del libro reivindicamos una vez más este género del que tenemos muchos y muy buenos exponentes en nuestra biblioteca: nos imponemos la tarea de seguir promoviendo su lectura entre los más jóvenes y, por qué no, animando vocaciones entre los que sienten la llamada de la creación gráfica.

chesterton

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Dicen que Borges era un apasionado de la literatura de Chesterton: «En cuanto a Stevenson, Kipling y Chesterton he leído sus narraciones tantas veces desde chico que ya casi las puedo recrear íntegras en la memoria», declaraba el argentino allá por 1962. También Alfred Hitchcock confesó su admiración por este peculiar escritor del que, decía, había leído los relatos protagonizados por el ínclito Padre Brown. Nadie le niega a Chesterton el mérito de ser uno de los escritores más influyentes del pasado siglo XX. Los biógrafos del insigne personaje destacan la peripecia intelectual del agnóstico que se convierte al anglicanismo para transformarse después en un racionalista católico. Esa vertiente confesional, tan definitiva en su obra, ha llegado a las mismísimas puertas del Vaticano, donde ya se empieza a investigar la causa de su beatificación. Es necesario hacer escala en esta evolución ideológica porque es la que define su producción periodística, literaria y ensayística, lo que no impide que sus obras sean reconocidas por tirios y troyanos. El humor y la ironía con la que trabaja los argumentos han cautivado durante décadas a los lectores, ávidos de las sentencias y argucias de este sofista moderno que se definía a sí mismo como «el apóstol de las verdades a medias».

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esto es solo una opinión

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La necedad no es cosa de nuestro tiempo. Estamos en condiciones de afirmar que desde el principio de los tiempos han existido individuos proclives a cultivar la estupidez, bien sea de palabra u obra. Hasta ahora, solo un grupo relativamente reducido de estos ejemplares habían dejado huella en la historia, y casi nunca por nada bueno. Umberto Eco, el semiólogo que desentrañó como pocos el espíritu oculto de la cultura occidental, observó con agudeza que las nuevas tecnologías habían hecho realidad algunas de las aspiraciones del pensamiento mágico colectivo, tales como la comunicación a distancia y la disponibilidad inmediata; sin embargo, también habían dado la oportunidad de amplificar cualquier valoración carente de fundamento crítico, que a millones han distorsionado por internet el concepto de cultura e incluso el de conocimiento: «Twitter da derecho de expresión a una legión de imbéciles, que en otro tiempo se limitaban a hacerlo en el bar, tras tomar un vaso de vino, sin dañar a la colectividad. Antes eran fáciles de silenciar, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios. Esto plantea, además, un problema de filtrado: uno no sabe si está hablando con un premio Nobel o con un idiota.»  Tampoco la historia se hubiera escrito de la misma forma si hace cien años hubieran existido las redes sociales: posiblemente Hitler hubiera reorientado su carrera de genocida hacia las artes plásticas o los tutoriales eugenistas, consagrándose como youtuber de éxito que recibiría likes hasta del propio Stalin. En Número cero, su última novela, Don Umberto añade a esta crisis del pensamiento la dudosa fiabilidad de los fabricantes de opinión, que consciente o inconscientemente enfocan la realidad de la forma que más conviene a sus intereses, que no son otros que los de aquellos que los patrocinan. El periodismo objetivo solo existe para aquellos que ya están convencidos de que lo que leen o escuchan responde a la verdad, lo que nos lleva a la funesta conclusión de que la opinión pública se escribe mucho antes de que cualquier ciudadano formule su propio punto de vista, ya sea ante un micrófono o ejerciendo su democrático derecho al voto. Umberto Eco no volverá a escribir más, pero nos deja un abundante legado de libros, ensayos y artículos que bien valen una revisión gozosa por parte de todos aquellos que necesitan un verdadero argumento de autoridad para interpretar el mundo en el que viven. Aunque esto, claro está, es solo una opinión…

(…) Hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta con desligitimar al acusador. (…) Nadie es nunca integérrimo al cien por cien, a lo mejor no es un pedófilo, no ha asesinado a su abuela, no se ha embolsado sobres, pero algo raro habrá hecho. O si no, si me permiten la expresión , extrañamos lo que hace todos los días. (…) No son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias.»

Número cero. Umberto Eco, 2015 

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después del fuego

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Cuando un monte se quema, algo suyo se quema. Este lema tiene medio siglo y se hizo muy popular gracias a una campaña de comunicación para prevenir los incendios forestales. Era la época del desarrollismoel entorno rural se despoblaba paulativamente y los espacios naturales empezaban a ser codiciados por promotores y magnates industriales. En definitiva, una dilatada historia de desafectos entre el hombre y la naturaleza que llega hasta nuestros días. Para entender un poco mejor qué nos está pasando llamamos a nuestro amigo Ignacio Abella, escritor, naturalista e incansable divulgador medioambiental, que días atrás publicaba en prensa un interesantísimo artículo titulado Después del fuego. En su intervención, Ignacio desvelo el mal que aqueja a los montes que se queman: la extinción de los vínculos económicos y sentimentales con la comunidad agrícola y ganadera, secular benefactora del paisaje, que ha dejado en manos de la administración la gestión de este inmenso patrimonio, un legado añejo que los desatinos políticos están dilapidando. La riqueza natural se vende a granel como «paraíso natural», una suerte de publicidad pintoresca y banal que disimula el desgobierno y la improvisación. Ignacio nos revela que hace unas pocas décadas no se contemplaban las quemas controladas porque en el monte no sobraba nada; hasta los invasivos tojos eran recolectados para cebar al ganado o alimentar los hornos del pan, en algunos casos siguiendo viejos protocolos que garantizaban un reparto y beneficio equitativos. Abella sostiene que el papel que el bosque jugaba dentro de una economía agrícola de subsistencia es, para bien y para mal, una estampa del pasado, pero la riqueza está ahí, en ocasiones oculta por intereses corporativos o, simplemente, por pura ignorancia. ¿Quién dice que no es posible sacar un excelente rendimiento a la producción maderera autóctona sin empobrecer el terreno o facilitar combustible a futuros incendios? ¿Quién sentiría la seducción de una región quemada y yerta, que ofrece al turista nostálgicas imágenes de antaño en sus «centros de interpretación»? ¿Alguien cree posible contener los procesos de desertificación que desencadena el suelo deforestado y desnudo? Hace cincuenta años el conejo Fidel nos animaba a ser responsables con lo que es nuestro, pero subrayaba además que quemar el monte “podía perjudicar nuestros intereses”. Sin duda el perjuicio ya está causado. Ahora cumple enmendar los errores y corregir sus efectos, porque nuestro destino está indisolublemente unido al de nuestros bosques: ellos nos necesitan en la misma medida en la que nosotros los necesitamos a ellos.

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