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las cruzadas

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Entre los acontecimientos que han determinado la historia de la civilización occidental, las Cruzadas sobresalen tanto por su repercusión como por su prolongación en el tiempo (entre 1095 y 1291). Nadie diría que la barbarie exhibida por ambos bandos tuviera trazas de inspiración divina. La primera cruzada empezó con promesas de redención y riquezas para todo aquel que se embarcase en la “guerra santa”. Estas recompensas terreno-celestiales cautivaron a muchos caballeros europeos, que durante décadas habían perseguido la gloria zurrándose mutuamente la badana. La amable convocatoria les permitía volver los filos de sus espadas sedientas de sangre hacia Tierra Santa, lugares que el Papa Urbano II reclamaba para la cristiandad. La verdad es que debió ser un alivio contemplar a tanto bruto llenando el macuto con intención de partir hacia el este. Para ir haciendo boca se organizaron los primeros pogromos contra los judíos; pero la guinda del pastel se puso con la toma de Jerusalén, una verdadera carnicería consumada al grito de ¡deus vult! (dios lo quiere), donde se masacró a musulmanes, judíos, mujeres, niños, mascotas y hasta a los pocos cristianos que habitaban la zona. Después de esta primera expedición se sucedieron ocho más. De todas ellas, la tercera tiene el glamour de la decidida participación caballeresca de dos «primeros espadas» como Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León, así como de un antagonista digno de ambos: Saladino. Durante año y pico, Ricardo y Saladino estuvieron machacándose a base de bien; todo concluyó con un tratado de paz entre ambos lo que, tratándose de una Cruzada, suponía un verdadero fiasco para los caballeros de la cruz al pecho. Nuestro bellísimo libro de miniaturas es un manuscrito rescatado de la riquísima colección de la BNF y datado alrededor de 1473, cuando las Cruzadas ya formaban parte de un pasado mítico y glorioso; en él se describen las gestas de los caballeros franceses contra «los turcos y otros sarracenos y moros ultramarinos» (Passages faiz oultre mer par les François contre les Turcqs et autres Sarrazins et Mores oultre marins),

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russell

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Generalmente, el acceso a las ideas y al pensamiento filosófico representa una dura prueba para el lector primerizo o poco avezado. En el caso que nos ocupa, esto no es así. Y no porque el autor que nos ocupa sea liviano o superficial. ¡Qué va! Bertrand Russell fue un señor carismático que vivió todas las grandes convulsiones del apasionante siglo XX. La mirada inteligente del conde de Russell, cultivada a la manera victoriana, se adelantó unas cuántas décadas a su tiempo. Pero eso nunca sale gratis. Estuvo en prisión por pacifista en tiempos en los que primaba ser belicista. Fue defensor de la libertad sexual cuando nadie negaba la sacrosanta institución del matrimonio. Discutió los métodos criminales del imperio en la guerra del Vietnam… Se podría decir que en su dilatada vida, el compromiso personal de Russell fue a tiempo completo. Pero no. Las numerosas obras escritas, algunas de ellas sumamente influyentes en los campos de la filosofía y la matemática, atestiguan dedicación intelectual a las cuestiones más candentes de la ciencia y las humanidades. Quizá esa desbordante y casi hiperactiva producción fue la que inclinó a los señores de la Svenska Akademien a concederle el premio Nobel de Literatura sin haber hecho eso, literatura. Aunque cabe decir que el estilo de Russell es brillante, con ese puntito de socarronería británica siempre a flor de pluma, más que recomendable para el lector del siglo XXI, un siglo que seguramente a él le hubiera fascinado. Allá a mediados de los cincuenta escribió Satán en los suburbios, quizá la única incursión literaria que no recuerda al ensayo, y que no está precisamente entre lo mejor de su producción. Nosotros desde aquí animamos a la lectura, porque nos da la gana, de la Historia de la filosofía occidental o Autoridad e individuo, por nombrar dos bien conocidas.

Mis investigaciones físicas me habían enseñado varios modos de terminar con la vida humana. No pude abstenerme de pensar que tenía el deber de perfeccionar uno de tales medios. De todos los que había descubierto, el más fácil parecía ser una nueva reacción en cadena que haría que el mar hirviese. Proyecté la construcción de un aparato que, estaba convencido, podría servir para la realización de mi propósito en el momento que me pareciese conveniente. Sólo una cosa me detenía. Y era que cuando los hombres muriesen de sed, los peces morirían cocidos. Nada tenía yo contra los peces que, por lo que suponía y había observado en los acuarios, eran seres agradables e inofensivos, hermosos con frecuencia y poseedores de una destreza muy superior a la de los seres humanos para evitar los choques con sus semejantes.

de Satán en los suburbios, 1953

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mr. morris lessmore

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¿Será una percepción particular nuestra o este señor Lessmore tiene un aire como de Buster Keaton? El personaje más logrado es el libro-huevo de Humpty Dumpty, compañero fiel hasta el final del simpático bibliotecario. The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore es un corto dirigido por William Joyce y Brandon Oldenburg que ganó un Óscar en 2012 en la categoría de mejor cortometraje animado. El filme, según sus autores, está inspirado por el huracán Katrina, el mago de Oz y el amor por los libros. Para su realización se emplearon diversos estilos de animación, incluidos el stop motion (se puede admirar un notable ejemplo más abajo), las imágenes generadas por computadora y la animación tradicional. La idea original era que el cortometraje tuviera una duración máxima de siete minutos, pero los artistas se dieron cuenta que no podían disminuirlo a menos de quince minutos sin «perder todo su impacto emocional».

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ars moriendi

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La presencia de la muerte fue una constante a fines de la Edad Media. Las malas condiciones de vida en el campo, las guerras y la peste, unidas a la fuerte religiosidad y la superchería otorgaban a la muerte un significado muy distinto al que tiene hoy en día. Abandonar «el valle de lágrimas» de este mundo no era un castigo, sino un designio divino que abría las puertas hacia un merecido descanso eterno a todo tren. Eso sí: demostrando méritos terrenales contrastados, que pasaban por evitar todo aquello que podría proporcionar un poco de desahogo para cualquier martirizada alma del momento. En este contexto, el Ars moriendi es «una especie de guía destinada a mostrar las prácticas, los rezos y las actitudes que debían adoptar el enfermo, sus familiares y el sacerdote llamado para atender espiritualmente al moribundo«. El libro resultaba muy útil porque aleccionaba sobre los cuidados del espíritu ante la inminencia del óbito, una especie de «hágalo usted mismo» en un momento en que las filas del clero habían sido fuertemente diezmadas por las epidemias. El libro nació para satisfacer las dudas de moribundos y allegados, que se aprendían de memoria cómo combatir las postreras tentaciones: dudar de la fe; la desesperación por miedo a la justicia divina; la vanagloria, o complacerse en exceso por las buenas obras realizadas; la impaciencia, producto de los dolores y el sufrimiento de la agonía; y la avaricia, entendida como el apego hacia todos los bienes terrenales. Cada una de ellas es descrita de forma terrorífica, porque son incitadas por los demonios, al acecho siempre que se trata de aprovecharse de las humanas debilidades. Las distintas versiones del Ars moriendi fueron un verdadero superventas, tan solo superadas por los libros de Horas. Había versiones largas y cortas, éstas últimas para facilitar la lectura y asimilación del contenido. La que presentamos hoy aquí es de éstas últimas: circuló a mediados del siglo XV y está iluminada con once preciosos dibujos de lo más sugerentes.

Cualquier que quiere de dessea bien morir, considere diligentemente las cosas contenidas en este libro, e conseguirá grand ayuda, e utilidad para se defender de las temptaciones del diablo, e alcanzar la gloria del paraíso, la qual nos quiera otorgar Dios en todo poderoso.

Consulta del tomo de ARS MORIENDI

a qué huelen los libros

Todos estamos de acuerdo en que nuestra vida se acabará algún día. Es una certeza universal e inmutable. Y que nuestros átomos, que en tiempos formaron parte de las estrellas, regresarán a sus orígenes para seguir formando parte del todo cósmico… Ele la metafísica. Esa misma naturaleza perecedera es la que amenaza nuestras posesiones más preciadas, incluidos los libros. Con ellos compartimos su naturaleza orgánica así como la tendencia al envejecimiento y deterioro. Los roedores, la temperatura, los insectos, la humedad… serán los que finalmente contribuyan a degradar cualquier biblioteca hasta convertirla en polvo y en nada. Y con ella, el empeño de toda una existencia por coleccionar las obras que marcaron los pequeños hitos que jalonan la vida intelectual de cada cual: las lecturas escolares, los libros que nos recomendó el abuelo, las primeras adquisiciones de segunda mano, los regalos, la herencia de algunos volúmenes muy queridos por alguien, las compras universitarias, los caprichos de un verano…  La biblioteca de la Casa de Alba cuenta con dieciocho mil volúmenes, con un censo de joyas bibliográficas que atesoran un buen número de historias alrededor de sí mismas. Esta es una de las centenas de bibliotecas públicas o privadas que esconden tesoros que la mayoría de los mortales nunca podremos admirar, soportes que han contribuido a forjar la historia y la evolución de la humanidad, que dan cuenta de la inagotable creatividad de nuestra especie. Pero como ocurrió con la biblioteca de los Alba al principio de la Guerra Civil, ningún fondo está a salvo del desastre, la rapiña, la desidia o la negligencia, por mucho que se mejoren las instalaciones, la seguridad o el acomodo de los libros. Muchas instituciones están digitalizando sus fondos para preservar este legado y ofrecer a los amantes de los libros a secas la oportunidad de leer y admirar también esa dimensión artística de la edición, restringiendo el acceso físico a los llamados investigadores acreditados. Suponemos que este es el precio que hay que pagar por preservar estas joyas que, sin embargo, tarde o temprano terminarán volviendo al polvo como las mascotas, los automóviles, los palacios, las duquesas o las secoyas.

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la tabla periódica, la literatura y la vida

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La Tabla Periódica de los elementos representa el orden natural, la armonía de la materia. Más allá de la apariencia, el reino de lo muy pequeño se muestra tan enigmático como el oscuro y vacío Universo de galaxias y estrellas que tan solo podemos intuir a través de esa ventanita diminuta que llamamos cielo. Sin embargo, hemos podido establecer de que están hechas las cosas y las leyes que determinan las distintas combinaciones, lo que ha proporcionado al género humano un inmenso poder para transformar su entorno y obrar en provecho de unos intereses en ocasiones poco claros. La engañosa simplicidad de la tabla de Mendeleiev es uno de sus atractivos, y por eso su elegante arquitectura ha inspirado a otros para crear sus particulares clasificaciones «periódicas», con sus propios números, colores y símbolos, aunque no tan rigurosas e incontestables. De entre ellas, nos ha llamado la atención esta Periodic Table of world literature, un ejercicio anglosajón que agrupa a los escritores más influyentes de la historia, y en el que comparten grupo Charles Baudelaire (Ba) con Bob Marley (Bo), por ejemplo; o Dostoiesky (Fd) y J. K. Rowling (Jk). Quizá entre el Hidrógeno (H) y el Praseodimio (Pr) no haya tanta diferencia como entre cada uno de estos pares, eso suponiendo que todos pertenezcan a la misma entidad química que podríamos denominar literatura. Otra conocida tabla periódica es la del siempre interesante Primo Levi, una obra dividida en veintiún capítulos dedicados a distintos elementos y donde esboza historias en las que la química (las profesión del autor) y sus experiencias en los campos de concentración nazis se funden en un relato apasionante, incluso para los que no tienen idea de lo que es el número atómico o la teoría de los orbitales moleculares. Ni falta que hace. En el capítulo dedicado al Vanadio (V), una partida de barniz defectuoso propicia el contacto con un antiguo carcelero que pretende limpiar su mala conciencia…

¿Qué hacer? El personaje Müller se había entpuppt, había salido de la crisálida, se perfilaba nítido, bajo los focos. Ni infame, ni heroico. Dejando aparte la retórica y las mentiras de mejor o peor fe, lo que quedaba era un ejemplar humano típicamente gris, uno de los no escasos tuertos en tierra de ciegos. Me hacía un honor que no merecía al atribuirme la virtud de amar a mis enemigos. No, a pesar de los lejanos privilegios que me deparó su trato, y aun cuando no hubiera sido un enemigo mío en el estricto sentido del término, no era capaz de amarlo. Ni lo amaba, ni tenía ganas de verlo. Y sin embargo me despertaba un conato de respeto; ser tuerto no debe resultar cómodo. No era un cobarde ni un sordo ni un cínico, no se había adaptado, estaba ajustando cuentas con el pasado y las cuentas no le salían; se esforzaba por hacerlas coincidir, aunque fuera haciendo algunas trampas.

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