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de caballeros y alejandrinos

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Ci commence le prologe de la Geste d´Alissandre… Así arranca la epopeya medieval que narra la excelsa biografía de Alejandro Magno, las disputas por tierras y reinos lejanos y su prematura muerte, que le pilló desprevenido e indefenso lejos del campo de batalla. Poco se sabe del autor del poema que reproducimos aquí, pero se cree que fue un tal Tomás (o Eustaquio) de Kent, clérigo normando que partiendo de múltiples fuentes en latín compuso los alejandrinos de esta versión del poema épico, uno de los más populares de la época tardomedieval. Es muy posible que la primera miniatura de la obra represente al propio Eustaquio (o Tomás) sentado en su pupitre y fabulando a su antojo sobre el insigne rey macedonio, sin reparar en fantasías ni anacronismos, todos ellos disculpables porque no era la intención de Tomás-Eustaquio dar una lección de historia sino la de entretener a los lectores. Constituye prueba de lo antedicho la primera parte de la obra, que comienza con un cotilleo recogido por Calístenes unos siglos antes: Alejandro pudiera no ser hijo de Filipo, su padre oficial, sino de Nectánebo, un refugiado egipcio y medio nigromante que habría embaucado a la ingenua reina Olimpia. Éstas y otras historias pueden seguirse a través de las numerosas viñetas del siglo XIV que aparecen en el texto y en los márgenes. Una verdadera obra de arte, se mire por donde se mire.

Le roman d’Alexandre

lentejas con literatura

lentejas_

Pequeña e insignificante de a una; pero un buen puñado viste de fiesta la buena mesa del probe, y más si el cocinero tiene para tocino y morcilla. Si no comulgas con este parecer tampoco te señalamos con el dedo: quizá nadie te supo tentar con su delicada textura, o te las viste las más de la veces con potes reventones sin aroma ni substancia, enlagunados y lavados o, por contra, mohínos y espesos, tan sobrados de fuego como faltos de cariño. Tenemos noticias de la Lens culinaris desde hace milenios. Era de lo poco que los faraones compartían con los esforzados constructores de sus mausoleos, quizá porque ambos precisaban del vigor de la tierra fértil: los unos para ver levantarse ante ellos el símbolo de su inmortalidad; los otros para sobrevivir un día más a las vanas aspiraciones de sus idolatrados reyes. Conocemos de primera línea que las lentejas frecuentaban los fogones del ingenioso hidalgo Alonso Quijano al menos una vez por semana, y que Napoleón las veneraba hasta el punto de obligar al Papa Pío VII a bendecir las que habrían de servirse en el banquete de su coronación. Pero las lentejas también placen a las musas e inspiran relatos como éstos, que concurren al certamen literario propiciado por la denominación Lenteja de Tierra de Campos, una iniciativa para abrir boca. Que aproveche.

Justicia

Todos sabían de sobra que la debilidad conducía al desastre. Por eso, los tripulantes alababan la determinación del capitán Russell, que a fines de otoño había advertido personalmente, desde los grumetes al primer oficial, que mientras estuvieran atrapados en el hielo la comida sería estrictamente racionada, por lo que las sustracciones se considerarían sabotaje y sancionadas según la Ley del mar. Así que cuando Finnegan descubrió una lenteja bajo el jergón de O´Rourke, la sentencia de muerte se daba por descontada. O´Rourke sostenía que había sido objeto de una conspiración. Finnegan sabía que su palabra se pondría en entredicho, pero no obstante consideró que su deber era dar parte. Sir Russell valoró el testimonio de los dos hombres antes de añadir la evidente insignificancia de la supuesta sustracción. Por su parte, O´Rourke se libraría de la horca si admitía la culpa; pero eso confirmaría el testimonio de Finnegan. Éste podría retractarse pero nadie le creería, porque si su intención hubiera sido comprometer a O´Rourke le hubiera atribuido un hurto de más enjundia. El capitán no durmió el día de la ejecución. Tampoco el que le sucedió. De repente, algo le impulsó a levantarse y remover su jergón. Contempló atónito la lenteja antes de desmoronarse.

Carlos Mª de Bianco

Marketing

Sostenido en precario sobre una escalera de mano, el alcalde arrojó el último puñado de pepitas en la tolva de acero inoxidable. Las doradas menudencias de oro se mezclaron con toneladas de lentejas en trance de ser envasadas. Como se predijo, la estrategia publicitaria disparó las ventas de esta legumbre. Hubo casos de dientes mellados, pero en general la iniciativa se recibió con entusiasmo: las abuelas retomaron la costumbre de inspeccionar pacientemente cada ejemplar, y las autoridades sanitarias se vieron obligadas a crear la etiqueta «comer oro no es perjudicial para la salud». Pero pronto aparecieron los ventajistas que llevaban detectores de metales, provocando tumultos en los supermercados. Entonces a alguien se le ocurrió adherir a los paquetes un discreto filamento de acero que alterara cualquier intento de escrutinio espurio. De nuevo las ventas aumentaron. Pero la bonanza fue momentánea, porque cuando la frustración de los clientes alcanzó el límite estallaron disturbios en las principales ciudades. El malestar se trasladó a la Bolsa, donde el valor del oro se tambaleó hasta desplomarse. La gente se apresuró a vender sus joyas al peso, cambiándolas por la divisa americana o bien por saquitos de lentejas de estraperlo.

Cristina Ortal Rioboo

olvidadas

meitner_biblioluces

No creemos que sea reiterativo abordar una vez más la secular invisibilidad de la mujer en el arte o la ciencia. La participación declarada de las féminas que se refleja en los anales del progreso y la innovación resulta meramente anecdótica. Algunos espíritus excepcionalmente fuertes y libres han logrado colarse en los libros de historia, pero casi siempre a costa de presentar su triunfo profesional como un reconocimiento a la voluntad férrea y, a menudo, al sacrificio personal y social que les supuso dicha determinación. Tal es el caso de la madre del Protactinio, Lise Meitner, una brillante física que desveló los arcanos de la materia y la transmutación del núcleo atómico. Meitner evolucionó de ferviente belicista durante la Gran Guerra a pacifista convencida, pero no antes de sufrir la persecución nazi y de haber conocido los devastadores efectos de la fisión nuclear que ella misma contribuyó a descubrir. En Austria, la doctora Meitner debía realizar sus experimentos en un destartalado laboratorio al que accedía por la puerta trasera. Pese a todo, su indiscutible instinto resultó fundamental para establecer las nuevas coordenadas de la física cuántica, aunque sus esfuerzos no obtuvieron la recompensa que merecían: mientras sus compañeros varones (de los que deliberadamente omitimos el nombre) recibían honores y distinciones (entre ellos el premio Nobel), Lise fue discretamente relegada a los márgenes del éxito. Tan solo unos años más tarde y ya fallecida, el elemento 109 de la Tabla Periódica recibió su nombre: el meitnerio, sumamente radiactivo e inestable con una vida media de ocho segundos… una porquería de elemento, para qué lo vamos a negar. Éstas y otras historias pueden leerse en tres obras muy recomendables: Las olvidadas de Ángeles Caso, Las damas del laboratorio de José María Casado, y el capítulo dedicado a mujeres y ciencia de Aristóteles, Leonardo, Einstein y Cía, escrito pot Ernst Peter Fischer. Así que a por ellos… y ellas.

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ripley no ha muerto

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Tom Ripley es el vástago literario más reconocido y reconocible del bestiario particular de Patricia Highsmith. Su personalidad se va construyendo a lo largo de una saga que comprende cinco novelas (no merece la pena dar sus títulos porque todos ellos contienen la palabra «Ripley») publicadas entre 1955 y 1991. Sus orígenes son modestos. Pero el destino le da la oportunidad de conocer el lujo y el derroche, algo que le arrebatará al punto de convertirle en un cínico asesino que diseña su propio ascenso social y económico sobre el cadáver de un joven heredero. Literalmente. A partir de ese momento, Ripley se forja una cómoda existencia entre macizos de flores y obras de arte, aunque nunca abandonará esa pulsión fría que le lleva a cometer crímenes sin el menor asomo de culpa o arrepentimiento. Un tipo curioso este Ripley, porque a ojos del lector su conducta no le convierte en un ser desagradable o aborrecible. Al contrario: la naturalidad con la que aborda cada una de las situaciones es tan verosímil que a pocos se les ocurriría poner en entredicho las motivaciones que le mueven a actuar como lo hace. A Ripley no le han faltado caras cinematográficas: desde Alain Delon (el mejor) y Dennis Hopper hasta John Malkovich (nuestro favorito) y Matt Damon. Todas las adaptaciones son bastante libres para que el contenido argumental le resulte sólido y convincente al espectador no iniciado. Y aunque en algunas se intuye que Ripley es desenmascarado, la justicia nunca logrará probar ninguno de sus crímenes. Patricia Highsmith, su cronista a lo largo de casi cuarenta años, murió en 1995; pero no descartamos que Ripley siga viviendo en alguna villa de la Riviera Francesa o, mejor aún, bajo el sol de Marbella, haciendo de las suyas y amparado, como siempre, por la más absoluta impunidad.

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historia natural

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La sutil cuestión de si fue el hombre el que creó el arte y, si por el contrario, fue el arte mismo es el que nos hizo humanos es susceptible de ser ampliada con este nuevo interrogante: ¿es la naturaleza misma la que inspira al artista o el arte es el que interpreta nuestra percepción de la naturaleza? Al contemplar algunas de las maravillosas láminas de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, un biólogo creerá estar viendo una exquisita y detallada descripción de la flora colombiana. Los otros, los que no perseguimos al detalle las caprichosas formas del perianto, o la cabeza apuntada de una caliptra, que tanto nos da, nos sorprenden las similitudes entre una hoja de Aristochia y un corazón, o la trama fractal de una Marathrum foeniculaceum que se despliega alrededor de un núcleo bulboso y colorido que alimenta nuevos brotes. La expedición botánica que alumbró estos y otros trabajos de impecable rigor científico se puso en marcha en 1783 y se prolongó hasta 1816. Aquel equipo estaba integrado por naturalistas, recolectores y geógrafos, pero también por artistas, pintores y dibujantes, dispuestos a tomar apuntes de una indómita región que les ofrecía los tesoros vírgenes de su flora, potencialmente mucho más valiosa y enriquecedora que los míticos yacimientos de oro y plata que siglos antes despertaran la ambición de los pioneros españoles.

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