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ancha es Bardulia

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Lo de ahora no es nuevo; en el siglo XI, por ejemplo, la Península Ibérica era un semillero de reyes y reyezuelos que se disputaban a mandobles hasta el último palmo de tierra. La idea más o menos romántica que tiene como trasfondo una guerra de religión disimula la verdadera naturaleza del conflicto, que en términos generales podría describirse de «todos contra todos», llevándose la palma la de «moros contra moros» y «cristianos contra cristianos». La cuestión teológica se reducía a una mera diferencia de logotipos. En este contexto no es raro que los anónimos autores de los cantares de gesta se prendaran de la bizarra figura de algún sanguinario caballero de los que por entonces la espada ceñía. El preferido fue Rodrigo Díaz, alias El Cid, un personaje rigurosamente histórico sobre el que se han construido historias rigurosamente ficticias. El Romancero le fue tejiendo una fina camisa de lino con la que, a lo lejos, nos parece contemplar un héroe sin mácula, buen hijo, buen marido, buen vasallo, buen cristiano… pelín temperamental e impetuoso. Con esas hebras nos sale una leyenda que se impuso a la historia en forma de medidos versos que hoy leemos con el orgullo de ser los herederos de tan imponente legado medieval. El Cantar de mio Cid es un Cantar de Gesta alimentado por otras tantas historias de tradición oral que se compuso cien años después de la desaparición de Don Rodrigo, y en el que se cuida de guardar, eso sí, algunos detallitos biográficos que no le son favorables al de Vivar. El manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional es una copia del siglo XIV del original, escrito o copiado a su vez por un tal Per Abbat un siglo antes. Gracias a este libro, hemos conservado casi en su integridad el contenido del poema, que ha sido editado en múltiples ocasiones. Los autores de la película sobre el Campeador protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren (¡Ah, doña Jimena!) se inspiraron en la versión de Don Ramón Menéndez Pidal, sobrino del que por entonces era dueño del tan famoso libro. En 1960, una fundación (sin ánimo de lucro, claro) lo compró por diez millones de pesetas de entonces para después donarlo a las autoridades del régimen. Desde entonces aguarda en la Biblioteca Nacional a que estudiosos de medio mundo lo analicen y estudien, y ahora, con ayuda de internet, a que cualquiera se pasee por sus hojas como quien hace un viaje en el tiempo.

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¿hay alguien ahí?

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Las emergente generación de escritores en español está perfilando el estilo literario de estos primeros años de siglo. Demostrar oficio y pericia no es fácil ahora que internet le brinda a cualquiera la oportunidad de difundir su producción. Pero precisamente esa sobreabundancia de palabra escrita es el principal inconveniente con el que se enfrenta el lector curioso. En principio, todo el mundo escribe para ser leído. Incluso los que redactan un diario personal se dirigen a sí mismos o a su círculo más próximo un mensaje inspirado por el momento, quién sabe si con intención de alimentar la nostalgia o para preservar esos recortes de intimidad que la omnipresente cámara del teléfono celular no puede recoger. Sea como fuere, desde el grafitero enamorado que busca un centímetro cuadrado vulnerable a los pies del falso balcón de Julieta allá, en Verona, hasta torpes escribidores como nosotros que se sobreponen a su mediocridad, todos, absolutamente todos albergamos la esperanza de posarnos en las aguas mansas del lector inadvertido y remover el lodo joven del fondo, enturbiar el lecho, dejar huella de nuestro paso por recónditos universos interiores, marcar  la memoria de alguien, aunque sea levemente… De esta forma, junto a pastiches de difícil calificación, surgen obras que son destellos del talento, generosas aportaciones creativas que nos hacen pensar que no todo está inventado. La gran producción con vocación literaria está marcando una etapa en la que los protagonistas son las obras, no los autores; éstos surgen por doquier, escriben algo interesante y luego se agotan o desaparecen, sin apenas tiempo para que sus nombres empapen reseñas y críticas. Como fósforos cansados de arder cuando sus cabezas apenas han empezado a chisporrotear. O fósforos mojados, como los de esta joven escritora, localizada por azar en la red…

Fue una época mala. Tenían poco trabajo cuando les llegó la enfermedad de mi hermana Leticia. Y para colmo de males Dora, con ese problemita de nacimiento en la piel. Este es un pueblo que queda de camino a Tigre, la gente hace una parada obligatoria porque en todos los mapas que les dan a los extranjeros figura como “lugar de interés”, pero la verdad es que no teníamos nada de interesante hasta que la nena, ahí estirada como un chicle por el sol en la vidriera, empezó a generar un ingreso superior a los suvenir de Gardel que vendíamos en todas las épocas turísticas. Horacio y Leticia se dieron cuenta de casualidad. No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.

Mariana Komiseroff. Fósforos mojados (2014).

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autos

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Desde el mismo momento de su concepción, el coche ha ejercido un poderoso magnetismo que en poco más de un siglo nos ha llevado a identificar nuestro modo de vida con este armatoste autopropulsado, el comienzo y el final de cualquier interacción con el entorno. Más allá de su indudable utilidad (de ahí lo de «utilitario»), el desplazamiento ha pasado a ser un asunto secundario como bien se encarga de subrayar la publicidad. ¿Te gusta conducir?, entonces… ¿Qué más te da que no tengas dónde ir? ¿Te va a retener la subida bestial del carburante? ¿Consientes que el vecino, que es un muerto de hambre, maneje un modelo mejor que el tuyo y te lo aparque delante de las narices? Todo movimiento de política populista pasa por atraer a las multinacionales del ramo, fomentar la compra de automóvil nuevo, construir autopistas y carreteras a cualquier precio, grabar la contaminación que provoca, idolatrar a los pilotos deportivos de dudosa fidelidad fiscal u otorgar licencias fraudulentas a los que velan por la inspección técnica del numeroso y suculento parque móvil… eso por no hablar de las sanciones al tráfico rodado o los intereses que se mueven alrededor de los carburantes, las estaciones de servicio, la «zona azul», los aparcamientos. A principios del siglo pasado fueron los ricos y poderosos quienes sucumbieron a la fiebre de la velocidad, identificando el progreso con la automoción. El automóvil pronto se fue motivo literario: Joyce introduce una competición de velocidad en un cuento de Dublineses (1914), y a principios de los años treinta Musil da comienzo a El hombre sin atributos con la descripción de un accidente de tráfico. Más próximo a nosotros, nuestro querido Fernández Flórez publica en 1938 El hombre que compró un automóvil, un libro disparatado en el que se anticipa el moderno culto al coche y hasta se ironiza sobre las incisivas técnicas de venta. Como apunta Manuel Rodríguez Rivero, «el coche sirve en la literatura para el amor y el cortejo, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para matar y morir, para empezar de nuevo, como signo de estatus, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), como agente de excitación sexual (Crash, de J. G. Ballard, 1973). El automóvil, ese “admirable artefacto”, como lo llamó el entusiasta Ortega y Gasset en 1930, ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas.»

Los autos venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los autos azules —los autos de sus amigos los franceses.

James Joyce. Dublineses (1914) 

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cómo suena un tambor de hojalata

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Vaya, hombre… Han fallecido dos escritores universales, un referente obligado para los que se empeñan en diseccionar las entrañas del pasado siglo XX. Durante unos días se dirá y se escribirá de todo sobre GyG (Grass y Galeano, Galeano y Günter). Así que siguiendo una política de ahorro intelectual, vamos a dejar que los expertos opinen. Pero no por ello vamos a dejar de lamentar, a nuestra manera, la desaparición de parte de la memoria de los últimos sesenta años. Las lecturas adolescentes de GyG despertaron el interés por las distintas visiones de la historia y fue el germen de los primeros discursos moderadamente coherentes con una naciente conciencia democrática. Hoy la sobada portada de Mario Eskenazi nos devuelve al insufrible Oscar Matzerath (interpretado en el cine por el actor David Bennent. por si alguien le quiere poner cara al personaje), el testarudo niño cautivado por el sonido de un tambor de juguete que se niega a crecer. Y de ahí el dedo escrutador nos lleva hasta el lomo de Las venas abiertas de América Latina, obra tan censurada y perseguida como el propio autor, obligado a escapar de una bonita colección de dictadores que bien a gusto le hubieran cortado la lengua en finas lonchitas. Hoy (¡paradojas de la historia!) otros autócratas reivindican su figura y regalan volúmenes del libro a otros líderes mundiales a modo de presente aleccionador… una prueba irrefutable de que el género humano es incorregible… Para GyG, uno y otro, vaya nuestro reconocimiento y el pequeño homenaje musical: se trata de uno de los más conocidos Coros de J. S. Bach, cuyos primeros versos rezan así: ¡Oh, cabeza lacerada y herida, llena de dolor y escarnio! ¡Oh, cabeza rodeada, para burla, de una corona de espinas! ¡Oh, cabeza otrora adornada con elevados honores y agasajos, y ahora grandemente ultrajada!

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buscadores de oro

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Somos buscadores de tesoros. Vivimos pensando en la fortuna enterrada a nuestros pies, o la que se esconde en las cuevas que el mar horadó pacientemente en los acantilados. Como el hobbit, buscamos las riquezas que un dragón custodia bajo la montaña, el oro que se emplea en la confección de un teléfono celular o el que brilla en los dedos de la vieja tía solterona y que algún día será nuestro… Somos saqueadores en nuestra propia Reed Gold Mine, donde diariamente lavamos en bateas relimpias la esperanza de hacernos ricos, creyendo descubrir en cada destello, en cada brillo inesperado, una señal del cambio de suerte. Con apenas la veintena, el escritor Jack London (autor de Colmillo blanco) recorrió las orillas del Klondike, escarbando la arena negra en la que se ocultan diminutas lágrimas doradas, germen de locura para muchos hombres. Curiosamente, London descubrió en las frías latitudes del norte otro filón que posteriormente le haría rico y famoso: la inspiración para numerosos relatos y novelas muy populares entre los lectores de principios del siglo XX. Sin embargo, la vida apasionada y el alcohol le impedirán disfrutar de la dicha que, dicen, suele acompañar a los caudales: emprende proyectos que no concluye y que comprometen la calidad de su producción literaria. Se jacta de beber un litro de güisqui al día sin ocuparse en el progresivo deterioro de su salud. En mil novecientos dieciséis el escritor es un hombre enfermo que ha experimentado el vértigo de una existencia colmada de toda suerte de emociones. Murió de una sobredosis de sulfato de morfina. No se sabe si fue una decisión deliberada o un accidente. Lo cierto es que este admirador de Nietzsche y firme creyente en la reencarnación dejó de existir a la temprana edad de cuarenta añitos (como su paisano Edgar Allan Poe). A decir de muchos, no encontró aquello que buscaba, pese a que en su camino hubo infortunio, penalidades, dicha, dinero y triunfo. Quizá lo que perseguía Jack London no era cosa de esta vida y ahora mismito esté retozando feliz en una mullida pradera, reencarnado en el corpachón de un grizzly que contempla sin miedo el ocaso que ya se anuncia en el horizonte.

Mientras se asoleaba, a Jacob Kent lo asaltó una idea que lo hizo saltar de la silla. Los placeres de la vida habían culminado con el continuo acto de pesar y volver a pesar el nuevo oro; pero una sombra se había proyectado sobre este grato pasatiempo, que hasta el momento no había podido dejar de lado. Sus pesas eran realmente pequeñas, como máximo podían pesar una libra y media (veinticuatro onzas, o setecientos gramos), en tanto que su tesoro alcanzaba unas tres veces y un tercio esta cantidad. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación, y, por tanto, consideraba que lo estaban privando de una forma nueva y sumamente edificante de contemplación. Al serle negado esto, había perdido la mitad del placer de la posesión.

De El hombre de la cicatriz, recogido en el libro The God of His Fathers & Other Stories (1901)

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estanteria

estanteria_biblioluces_febrero_2015

«Los libros no se prestan» es una frase incomprendida. Es efecto de una regla que jamás se dice, pero que se cumple a rajatabla: «los libros no se devuelven». Esta norma solo tiene algunas excepciones que la confirman: hay libros que son devueltos. Pero cómo. Cuando no deslomados, desencuadernados o desencolados, retornan doblados o apisonados, oblicuos o llenos de elementos extraños al papel y la tipografía que los componen. Elementos como una mosca aplastada, miguitas de pan o granos de arena, cuando no la huella indeleble y negra de un criminal a quien se le deberían llevar a juicio porque gusta de leer y hurgarse la nariz al tiempo sobre páginas que son de propiedad privada. El préstamo de libros es, en puridad, lectura en usufructo, no posesión del bien. Lo peor es que el que hurta libros aprovechándose de la confianza de quien los presta no tienen siquiera conciencia del daño. Alega siempre el olvido, el descuido, Y su víctima tiene que tragarse el enfado por el apropiamiento y la felonía, porque jamás será comprendido, ni por la otra parte, ni por la sociedad. «Vamos hombre, ponerse así por un libro». Hay una táctica cortés y valiente, además de efectiva, para mantener intacta la biblioteca. Cuando un amigo o conocido pide que se le preste un libro, lo mejor es echar mano a la cartera y ofrecerle el importe de lo que cuesta. «Toma 30 euros cómpratelo tú. Ya me devolverás el dinero». Lo normal es que no acepten el préstamo, quizá porque como no pensaban devolver el libro, tampoco piensan regresarte el dinero. Pero deber dinero lo consideran más grave que no devolver libros. Por una deuda económica tienen que esconderse, cruzar de acera, regir el saludo, dar explicaciones. Por un libro creen que deban cumplir en nada; como mucho, las primeras veces, dicen como distraídos: «tengo u libro tuyo en casa. A ver si me acuerdo de devolvértelo, chico». La ocasión que crearon para pedírtelo son incapaces de crearla para devolvértelo. Además, con el dinero no devuelto, ya hay una razón socialmente aceptada para retirar al traidor trato y saludo, incluso para arrastrarle la horra por la suelos, más cuanto más pequeña sea la cantidad. Yo soy de los que prefiere perder lo que cuestan los libros que perder los libros.

Juan Carlos Esparza

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