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de compras

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¿Cómo prefieren cargarse al cerdito? Normalmente yo lo envuelvo en una camiseta de algodón para amortiguar y después le atizo un golpe seco con un rodillo repostero. Si eres diestro y preciso, tras la operación podrás pegar los fragmentos y reutilizar el bicho de barro un año más. Pero lo más emocionante es el recuento: un vuelto de allí, un regalo de allá, un extra inesperado de acullá… Y al final te encuentras con el montante total del tesoro, laboriosamente recopilado durante meses. La primera parada es en la librería de viejo. Busco una edición de La zapatera prodigiosa, La muerte de Ivan Ilich o lo que salga de Scott Fitzgerald. Me topo por casualidad con El desertor de Lajos Zilahy y El tiempo amarillo de Fernán-Gómez. Para la bolsa. El librero, un tipo huraño que mira de reojo desde las alturas de su escalera de mano, me ofrece por una miseria El diario íntimo de Unamuno y de regalo un libro de un tal Boris Izaguirre: tomo el primero con beatífica expresión y con la mano libre señalo el camino que debe seguir el segundo, que al instante reposa dentro de un contenedor de papel reciclable con la complicidad de cliente y negociante. Siguiente parada: la pequeña y oscura librería del Antiguo, de pasillos luengos y angostos, que bien se dirían hundidos en la entraña de la tierra sino fuera por ese olor a incienso y unos ventiladores blancos que remueven el aire cargado de taninos. Allí localizo No logo, Nieve de Pamuk, La casa del mirador ciego, Los anillos de la memoria, una edición facsímil de El hombre que se parecía a Orestes de Cunqueiro, y un libro que me habían recomendado en la peluquería: Las batallas en el desierto. Humm. Qué más. Qué más. La palabra más hermosa, por ejemplo. Y Plegarias atendidas, de Capote. Y La fórmula preferida del profesor, un par de títulos de James Ellroy, una biografía de Copérnico, Las pequeñas virtudes, Poemas escocidos de Huero Caín, Canciones de amor a quemarropa (me agrada el título) y Nostalgia de Cartarescu. A punto de marchar, incorporo El epicureismo del maestro Lledó, Grandes ideas de la Ciencia de Asimov y una bonita edición de El valle del terror. Y ya puestos, Distintas formas de mirar el agua, Leyendas y romances de ciego, cuatro libros de autores japoneses que no recuerdo y una integral en tres volúmenes del profesor Elíade. Cuando vuelvo el calcetín sobre el mostrador la muchacha palidece. Contar la calderilla le va a llevar su tiempo. Se nota que es de la ESO. Aprovecho para echar un vistazo entre las liquidaciones y rescato Pequeños cuentos misóginos y No te bebas el agua… Woody Allen cotiza a la baja. Otra vez a contar. Al final faltan seis céntimos, pero la dependienta me los perdona con tal de verme desaparecer. La bolsa pesa una barbaridad y me imagino cuán cómodo sería portar todas estas páginas en un moderno libro electrónico. Ante mí, una tienda de artefactos electrónicos a mitad de precio y una heladería. Me pido uno de fresas con pasas que está de muerte.

el derecho a la pereza

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Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: «Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido». Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. Allá por el año 1880, a Paul Lafargue no le parecía mal que el mismísimo dios de los cristianos se tomara unas abundantes vacaciones (que duran hasta nuestros días) después de una dura semanita de incesantes idas y venidas que culminaron con la Creación toda. En El derecho a la pereza, obra nacida a la sombra de la teoría económica del suegrazo Carlos Marx, Lafargue justifica la legítima aspiración de trabajar lo justo para poder disfrutar de las cosas que la vida te ofrece y que no son, necesariamente, patrimonio exclusivo de orondos burgueses de cuello blanco. Cierta mañana de 1911, Paul y su esposa Laura se suicidaron inyectándose una solución de ácido cianhídrico; dejaron para la posteridad dos bonitos cadáveres azules y una nota autógrafa que olía a almendras amargas: Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales. Hoy mismo Javier Krahe tendrá la oportunidad de aclarar con la pareja los términos exactos de su voluntaria exclusión; el libro de Lafargue se vendía conjuntamente con Las diez de últimas, el disco postrero del cantautor madrileño. Nos consta que se ha ido sin escribir la última palabra, la última rima, el corolario de un periodo en la historia de España que siempre recordaremos unida a los versos del no tan ingenuo Cuervo-Krahe: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN… 

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quen poidera

cunqueiro

Don Álvaro no creía en las Musas: paciente se dejaba mecer por las olas de la buena memoria y escribía; dicen que lo hacía de una sentada y que le era siempre fiel a los periodísticos compromisos cotidianos. Seducido por la abundante tradición oral de su Galicia natal y tocado de esa imaginación que se movía tan a su gusto tanto en gallego como en castellano, las páginas crecidas por las sombras de tinta de este ilustre de las letras son, como poco, un fresco admirable desde el punto de vista estético, pero sobre todo, el espectro de una inventiva despampanante corrido al azul del mar de Fisterra, desde donde los mariñeiros se asomaban al océano con el alma puesta más allá de las pedras negras del litoral afilado, en las simas donde los dragones acechan a los prófugos asomando a la superficie los ojos inyectados por la sangre de mil inocentes. Aunque no cocinaba, encendió de palabra muchos fogones que le vieron disfrutar y, más tarde, padecer la afición al buen yantar, y la no menos sostenida querencia por los alvariños, que cataba sin censuras y mano a mano con Fraga Iribarne, antes incluso de que el terrible ministro elevara en Palomares el nivel de los mares. Como Ulises, navegante en el piélago que a la sazón dominaba la que se dio en llamar «novela social», el barroco entusiasmo del estilo cunqueiriano fue decayendo para bien, dejando en el poso páginas memorables, como la que traemos aquí recién rescatada de la novela Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, cercana a la fantasía de aquel otro barón rampante que describiera Italo Calvino, pero con una gracia entre mística y galaica, que no celta ¡Quen poidera escribir como él!

Talla corta, no más de la que se pide en quintas, metido en hombros, flaco, pálido bajo el octogonal bonete rojo de los bachilleres in utroque por Osuna, enmarcado por guedejas negras que le abrigaban en la nuca y se le ondulaban en el cuello, siendo lo más notorio de este una nuez en ángulo agudo, medio cubierta por un lunar vinoso. Los ojillos, vivos y claros, se apartaban en el nacimiento de una nariz larga y curva, que terminaba mismo a la entrada de la boca con dos ventanales amplios y pilosos. Lo único que merecía el adjetivo carnoso en aquella cara eran los labios gordezuelos y colorados, y en el resto del cuerpo, escurrido, las manos blancas, los dedos sin nudo, las yemas como cerezas, manos femeninas, suavizadas cotidianamente con agua gorda de molleja de pavo.

Álvaro Cunqueiro. Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca (1972)

 

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qué leer

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Quieto como una esfinge de piedra, E. desmigaja el tiempo en el filo de una frágil guillotina, la del segundero que sube y baja hoy con la misma parsimonia con la que camina el astronauta por el Mare Tranquillitatis. Ante sí reposan, sobre pulcros estantes color cerezo, hileras de libros con el lomo vuelto hacia el observador. La duda asoma en la expresión de E., que reclina la cabeza en la palma de la mano, como si la decisión le pesara meninges adentro. La mirada se encuentra de nuevo con la esfera del reloj. No es nada fácil someterse a los dictados ajenos, y aunque el padre se muestra benigno y concede la posibilidad de elegir al gusto, el escrutinio forzado de las futuras lecturas estivales no es una tarea que le inunde de entusiasmo precisamente. «Debes proveerte de tres o cuatro libros para estas vacaciones… Tendrás tiempo para todo ¡Y no quiero escuchar la eterna cantinela de que te aburres!». Recuerda así las palabras que resumen la terca perseverancia paterna. Los libros parecen disponerse respetando un orden; los espacios vacíos entre volúmenes señalan la fuga momentánea de algún tomo, reubicado provisionalmente en las mesillas de noche, dentro de una bandolera o en la guantera del automóvil de mamá. De la inacabable oferta no le suenan más de tres o cuatro títulos que ya pasaron por sus manos o que fueron objeto de teórica atención por parte del profesor de Lengua. En un momento de inspiración, cierra los ojos y deja que el dedo índice, arrojado al océano de la biblioteca, se enganche en la presa como si de un anzuelo se tratase. Repite la operación un par de veces más. La tía J., que en silencio y a la distancia le viene observando desde hace rato, le arrebata las capturas sin apenas darle tiempo a despegar los párpados. «¡Ah! ¡Curiosa elección! ¡No conocía yo tus inquietudes por la dinastía… merovingia!». Sin aguardar respuesta, la tía distribuye los mamotretos en los huecos que va encontrando libres, y con el mismo desparpajo extrae ejemplares que le arrima al pecho con un gesto de cínico entusiasmo. «¡Empieza por los clásicos y después me cuentas!». Aliviado, E. regresa a su habitación con el botín y se tumba en la cama de un salto a lo Fosbury. Cuando por fin repara en las palabras de su tía, apenas le queda tiempo de asomarse de un brinco a la ventana antes de que ésta desaparezca en el interior de su coche rojo. ¡Tía! Y… ¿qué es un clásico?». Con la mano desmayada sobre el volante, ella lo mira un momento, diríase que hasta un poco conmovida. «Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir», le responde.

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controversia

español_ingles

A menudo, el «bilingüismo» ha venido utilizándose en la educación pública como un ensalmo mágico capaz por sí mismo de conjurar los males endémicos de la formación básica. Casi siempre estas iniciativas son fruto de maniobras políticas y promesas electorales que no tienen en cuenta los recursos necesarios ni los presupuestos que han de sostenerlos. Desgraciadamente, más inglés no es sinónimo de calidad en la enseñanza, aunque hay que reconocerle su considerable potencial para «seleccionar» a los alumnos. Por encima de la platea, en el gallinero, se escucha el rumor de los que promueven un aprendizaje activo y constructivo de la propia lengua, donde se conceda relevancia y mérito académico a las producciones del alumnado, las capacidades expresivas y las habilidades para elaborar pensamiento nuevo a partir de lo visto, oído o leído. La urgencia de un bilingüismo no sentido por la población la encontramos en Puerto Rico. El fuerte vínculo de la ciudadanía con el idioma de la antigua metrópoli es objeto de debate y hasta de controversiaY no solo en sentido figurado. La controversia hecha música es un divertido género portorriqueño en el que dos trovadores se retan a un duelo dialéctico. Como si se tratara de pugilato, ambos ponen a prueba su capacidad para dar y encajar, haciendo del verso improvisado y de su agudeza para mantener la porfía sus armas principales. Traemos aquí una que viene muy a cuento, donde se dicen sobre el español cosas tan bonitas como ésta: Es algo que llevo dentro, que cuando busco, lo encuentro, y descarga mi conciencia, va más allá de la ciencia, del dinero o del poderío… Es un caudaloso río de sentimientos y amores, de voces de mil colores… ¡Es ese el idioma MÍO!

¿Hay quien dé más?

groucho y yo

groucho

Querido Julius:

Como desconozco su actual paradero, supongo que no me tomará a mal que haga público este mensaje y con él, la devoción inmerecida que continúo profesándole. Acabo de releer Memorias de un amante sarnoso. Detecté consternado que alguien había babeado en la página veintisiete, para descubrir, más consternado aún, que se trataba de mi propia saliva, de la que hallé idénticas huellas, parduzcas y redondas ellas, en las páginas veintisiete de todos los libros que acomodo en la mesita del dormitorio, y sobre los que suelo dormir el primer sueño de la noche, que dicen que es el más placentero. He exigido en la librería de la esquina que se me reintegre el importe de la obra o, al menos, el de la página anegada. Como portavoz del sindicato de comerciantes, el chico de la frutería me ha respondido tajante que los desperfectos imputables a una descuidada babipulación no están sujetos a garantía. Desafortunadamente esta cláusula figuraba en la página veintisiete del contrato de compra-venta, por lo que me pasó desapercibida. Además estamos hablando de un ejemplar de la biblioteca pública que obraba en mi poder desde hacía más de veinte años (¡cómo pasa el tiempo!). Eso me recuerda que tengo que devolver mi espléndida colección de cuatro mil volúmenes antes de que la municipalidad opte por sancionarme. Considero de mal tono que no se haya molestado en dar señales de vida durante estas últimas décadas. La excusa de que está muerto me suena a manida disculpa; precisamente es ahora cuando tiene todo el tiempo del mundo para escribir cartas y ahorrarse el importe del franqueo. Los amigos incondicionales solemos revisar regularmente alguna de sus películas. El otro día invitamos a media docena de escolares a una de estas sesiones cine-mato-nostálgicas. Como no creímos oportuno censurar los diálogos políticamente incorrectos, nos coordinamos para toser ruidosamente por turnos. Nuestros esfuerzos se saldaron con un dolor de pecho colectivo y una inmensa sensación de ridículo. Los jóvenes se marcharon decepcionados, quién sabe si por su tiznado bigotón o por el inquietante presentimiento de haber sido contagiados de tos ferina. Aunque hoy en día es casi imposible contagiarse de nada: la prueba es que la mayor epidemia del momento ha afectado a cuatro personas. Bueno… y medio millón más en países de esos que ostentan nombres raros, aunque yo no doy crédito a tales exageraciones porque, de ser ciertas, algo se habría filtrado en el noticiario, que hoy se ocupó fundamentalmente de los peligros de caminar descalzo y de un huevo que baila. A mí estas reseñas me dejan frío porque, ¿quién no ha deseado alguna vez hospedar a todo el Bolshoi en su frigorífico?

Saludos.

P.S. No aguardo pronta respuesta, pero al menos manifiéstese con un leve movimiento de cortinas en la próxima reunión espiritista de Mrs. Fraudster.

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