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carabel

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Amaro Carabel no es malo. En su pulso con la vida se ha llevado más de un revolcón. Ahora se encuentra solo, sin trabajo, sin amores… De su alma fatigada y exprimida Amaro es incapaz de extraer ni una sola gotita más de generosa indulgencia para con el prójimo. Empujado por las circunstancias, Carabel abraza sin éxito los viles preceptos de los canallas que haciendo ostentación de egoismo y mezquindad triunfan en todos los ámbitos de la vida. El estilo burlesco de Fernández Flórez impulsa una historia, a ratos esperpéntica, a ratos melodramática, que no resulta extraña por excesiva o exagerada. Al fin y al cabo, son muchos los paladines inmaculados que de continuo se sacuden a palmetadas sus prejuicios morales, y sin conflictos éticos en el horizonte de su ambición, toman el relevo en los órganos ejecutivos de corporaciones, bancos, instituciones o naciones enteras. La reflexión fernándezfloreciana (si puede llamarse así) vuelve la vista hacia los que no pueden cambiar, los que no se adaptan a los rigores curriculares de la escuela de la vida, y se ven abocados, por torpeza e incompetencia, a ser buenos, lo que en este contexto equivale a dóciles y conformistas. Carabel no es un hombre virtuoso incompatible con la villanía, ni tampoco el antihéroe que se revela contra la injusticia limpiando los caminos o removiendo la conciencia de sus paisanos; es un tonto incapaz de hacerse valer en un mundo de sinvergüenzas, un adaptado a la fuerza al que no le ha quedado más remedio que ejercer de probo ciudadano de los que nunca levantan la voz ni se saltan el turno en la frutería. Un tipo, quizá, como usted o como yo…

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caravaggio vs. velázquez

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Volvemos a los tebeos. En nuestra modesta colección figuran algunos títulos que expresan a las mil maravillas el vínculo entre la pintura y el noveno arte, bien sea por una indisimulada admiración, bien por la infinita inspiración que ofrecen creadores universales como Picasso, Dalí, Chagall, Goya, Michelangelo… Hoy nos ocupamos de dos obras excepcionales que todo buen aficionado ha de leer y disfrutar: Caravaggio. El pincel y la espada, y Las Meninas. El primero de ellos es obra del gran Milo Manara: se trata de un retrato biográfico de Michelangelo Merisi ambientado en la Roma de finales del siglo XVI. El Caravaggio más camorrista y pendenciero entrena sus pinceles en talleres de baja estofa, confundido entre malandrines, canallas, pordioseros y señoras estupendas de vida disipada. En el cómic, la amistad con una de estas mujeres fatales propiciará el duelo en el que el gran pintor siega la vida de su oponente, aunque el verdadero origen del sangriento lance que le obligaría a huir de la ciudad parece haber sido un inocente juego de pelota. Los escenarios grandilocuentes de Manara nos trasladan mágicamente a este universo turbio, a la vez que despiertan la curiosidad de todo buen aficionado al arte. Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares es otra cosa. Reflexivo, inteligente y novedosamente estructurado, recorre la vida del Diego Velázquez, aposentador de Palacio, buscando la esencia última del arte más sublime, finalmente materializado en la obra cumbre de la pintura española: Las Meninas. El dibujo tosco y crudo, los trazos gruesos y muy calculados regalan la vista y complacen al lector hasta el punto de obligarle a exprimir todo el jugo de la ilustración antes de pasar página. Un retrato de mérito sustentado en un guión por escenas que revela una sólida documentación.

la flor de la naturaleza

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El empeño por cultivar a las clases pudientes llevó al poeta Jacob van Maerlant a traducir y adaptar varios textos didácticos como éste que ahora nos ocupa: Der naturen bloeme (La flor de la naturaleza), historia natural que compendiaba los saberes de mediados del siglo XIII, un repaso sobre cuerpos celestes y de los reinos mineral, vegetal y animal. Por aquel entonces, no era fácil obtener noticias del mundo y sus fenómenos. Tan solo los privilegiados que sabían leer tenían acceso a los tesauros del conocimiento que recogían parte del riquísimo legado de los pensadores clásicos, único baluarte que sustentaba las inquietudes intelectuales del hombre y la mujer de la Baja Edad Media. No olvidemos que la decimotercera centuria de nuestra época fue también la de Roger Bacon, Tomás de Aquino o Matilde de Magdeburgo entre otros. Y aunque posiblemente no hayamos dado con la perspectiva adecuada, resulta caduco y hasta ofensivo perseverar en la etiqueta de una «era oscura» para este dilatado período histórico, riquísimo tanto en el plano intelectual como en el artístico, aunque ciertamente convulso y a los ojos de un ciudadano occidental del siglo XXI, y demasiado limitado por la dificultad para difundir ideas y consolidar las distintas visiones críticas del universo, que también las hubo.

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la historia de la historia

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Acostumbrados a certezas absolutas y verdades irrefutables, la Historia que aprendemos en la escuela se nos presenta como una sucesión de sólidos argumentos que liberan, ignoran, premian, reconocen o condenan con categórico entusiasmo, sin reparar en la conciencia generalmente poco curtida del joven estudiante. Los acontecimientos ─y los no menos temibles paréntesis─ que se presentan linealmente en los libros de texto liberan al lector de cualquier intención crítica y le eximen de buscar otras fuentes que ofrezcan perspectivas alternativas: generalmente, aquel que ha estudiado la evolución de la especie se da por satisfecho con el tópico de que nuestro abuelo Cromañón se impuso al Neardhental porque era más alto, más fuerte y más listo, una afirmación que puede no ser correcta o, al menos, posee tanto fundamento como otras tesis diametralmente opuestas. Pero no hace falta remontarse miles de años atrás para apreciar cuán sutil y refinada resulta la apreciación ética de los sucesos pretéritos, que en muchos casos contribuye a justificar nuestro precario presente. Y así, los conflictos siempre enfrentan a dos bandos, uno bueno y otro malo; la historia la protagonizan los poderosos: generales, caudillos y monarcas, generalmente varones, que se suceden unos a otros ante la atónita mirada del pueblo llano, convidado de piedra; el tiempo consolida las iniciativas justas y democráticas y castiga los malos gobiernos; los nuestros descubren y civilizan… el enemigo ocupa y practica el genocidio; lo que conscientemente es ignorado u olvidado es porque nunca ha sucedido; el fin justifica los medios si la razón está de tu parte… Estos son algunos de los pilares que sostienen nuestra interpretación del pasado y que, irremediablemente, lastran la percepción crítica de la actualidad. Para colmo de cuitas, el jaleo de las comunidades autónomas alienta el mercadeo con la Historia, y los textos escolares, injustificadamente caros, manifiestamente inútiles y clamorosamente mediocres, regalan cuantas gestas y batallas, honores y hazañas hagan falta para agradar a los gestores de turno, contribuyendo al guirigay general y al efectivo extravío del pasado. Como nos gusta proponer alternativas pedagógicamente dudosas y académicamente inaceptables, recomendamos leer historia, desde Plutarco (del que escribiremos en su momento) hasta Carlo Ginzburg (idem). Y hasta recomendamos un cómic, un pedazo de historia de España en diez tomos que se puede hojear, comentar y hasta discutir.

hemingway sospechoso

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Se ha izado la segunda bandera norteamericana en Cuba. La primera ondea desde hace más de un siglo en Guantánamo. Poco antes de descerrajarse un tiro, Hemingway estrechaba la mano de Castro en un concurso de pesca que ganó el joven barbudo (todos los dictadores son excepcionales pescadores). En aquel momento, el vecino del norte les acechaba y ambos lo sabían. El escritor era un alcohólico izquierdoso y eminente, reverenciado en medio mundo. Fidel empezaba a coquetear con la Unión Soviética a las mismísimas puertas del imperio. Hoy la URSS ya no existe, pero el nonagenario autócrata sigue ahí, enarbolando ahora la bandera que tanto denigró. A Hemingway le frieron los sesos con electroshocks: tenía la convicción de que el FBI seguía sus pasos, y puede ser que esa intuición no fuera pura paranoia. El escritor Leonardo Padura recrea en su novela Adiós Hemingway una curiosa trama policial en la que una sombra de sospecha se cierne sobre el premio Nobel: un corrimiento de tierra descubre un cadáver en la mismísima finca Vigía, residencia de Hemingway en la isla. Todo apunta a que se trata de un agente norteamericano que reseñaba devaneos y fiestas etílicas al gusto de su patrón McCarthy, otro borracho insigne y con cara de malo. La tan inmaculada como inmerecida memoria del escritor está en juego: ¿luchador por las libertades u homicida sin escrúpulos? ¿cazador aguerrido o cobarde pistolero? Sirviéndose de personajes históricos, Padura nos acerca a la figura de Hemingway, desvelando la bravuconería del hombre y la atormentada existencia del creador, sujeto siempre a los vaivenes de un alma empapada en alcohol. Pero también es la historia de un blúmer negro, vaporoso, que un día ocultó los encantos de la mujer más bella del mundo.

el dioscórides

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Este libro es un ejemplo excepcional de la transmisión de conocimientos a través de los siglos: Dioscórides, médico griego del siglo I, escribió un importante tratado de botánica farmacéutica y se le puede considerar el padre de la farmacología. Esta obra fue traducida al árabe en el siglo X, en tiempos de Abderramán III; más tarde, la Escuela de Traductores de Toledo vertió al latín estos conocimientos, siendo la primera edición española la de Antonio de Nebrija, en 1518. Corre el año 1555, y el editor Juan Latio publica en Amberes la traducción en castellano que nos ocupa, realizada por el doctor Andrés Laguna, médico del papa Julio III, quien, en sus viajes a Roma, pudo consultar diversos códices, así como un libro impreso en Venecia por Matthioli. La obra continuó editándose hasta mediados del XVIII y en el siglo pasado se realizó una edición facsímil. Laguna añadió para esta edición dibujos diseñados por él mismo, que fueron grabados en tacos de madera a la fibra. Son en total más de seiscientas imágenes de plantas y animales. Se indican los nombres en varias lenguas, entre las cuales hay, según él mismo dice, «algunas extranjeras pero españolizadas». Se desconoce quién pudo ser el grabador, pero probablemente, al tratarse de una edición belga, sea algún artista flamenco de la época. Varios autores opinan, sin embargo, que pudiera tratarse de grabadores italianos, por su parecido con la edición de Matthioli, y que Laguna se llevó los tacos a Amberes, trayéndolos luego a España para publicar nuevas ediciones. Este ejemplar, de gran calidad técnica, se imprimió en vitela y se iluminó para regalárselo a Felipe II, por estas fechas todavía príncipe

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