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el poeta diputado

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Hubo un tiempo en que todo un país estaba a merced de un general y su camarilla. La pobreza de espíritu contagió el alma de un pueblo. El mal dimanaba de una dictadura cruel, rencorosa, vacía y sucia… como todas las dictaduras. La simiente de la palabra se hundió en el barro hediondo o se fue desangrando camino al exilio. Mutiladas las voces, botas de campaña tonantes borraron las huellas de la libertad. Muchos la siguieron infructuosamente hasta el otro lado de los Pirineos. A otros ese empeño les llevó a Rusia, África y América. Eran tiempos convulsos. El invierno se prometía largo, pero no tanto. A la vuelta de cuatro décadas de recalcitrante tiranía, los que aguantaron rigores y desengaños regresaron a la tierra, la que era suya de verdad, y recogieron el testigo de la reconciliación. Había pasado el tiempo de la pelea a garrotazos. Los españoles tomaron un respiro abriéndose al aire limpio del cambio. Los sables que arañaban los frisos del Parlamento se marcharon por donde habían venido. En la Constituyente reaparecieron disidentes y conversos, pero también exilados e intelectuales que compusieron el himno de la concordia. Entre ellos estaba Rafael Alberti. Alberti era un autor próximo y querido: su presencia en las listas electorales movió la voluntad de muchos votantes gaditanos, que se decantaron por el recién legalizado Partido Comunista de España. Le bastaron dos meses y un día para darse cuenta de que no era posible rimar con gracia decretos con sonetos y renunció al escaño. El Congreso se quedó sin su “poeta-diputado”. Ahora ya nadie hace versos en el hemiciclo… Las palabras se han vuelto toscas, rudas como papel de lija, y se imprimen sobre boletines oficiales para que nadie las lea. La política ha renunciado a la inteligencia. Las consignas llegan mejor que las razones. Los necios están de enhorabuena.

Poco o nada sabía yo de política, entregado a mis versos solamente en aquella España hasta entonces de apariencia tranquila. Mas de repente mis oídos se abrieron a palabras que antes no había escuchado o nada me dijeran: como república, fascismo, libertad… Y supe, a partir de ese instante, que don Miguel de Unamuno, desde su destierro de Hendaya, enviaba cartas y poemas a los amigos, verdaderos panfletos contra el otro Miguel, el divertido y jaranero espadón jerezano, sostenedor de la monarquía tambaleante; cartas y poemas que no más recibidos corrían como la pólvora por las tertulias literarias las redacciones de los periódicos enemigos del régimen, las manos agitadas de los universitarios. Y vi que don Ramón del Valle-Inclán, en su cuartel cafetero de La Granja, en la calle, en los teatros, en donde se le venía en gana, entablaba también su duelo a muerte contra el gracioso general, quien llega en nota memorable aparecida en los-diarios a llamarlo: «Ese tan gran escritor como extravagante ciudadano.» Sin sentir, como por ensalmo, se había creado un clima de violencia que me fascinaba. El grito y la protesta que de manera oscura me mordían rebotando en mis propias paredes, encontraban por fin una puerta de escape, precipitándose, encendidos, en las calles enfebrecidas de estudiantes, en las barricadas de los paseos, frente a los caballos de la guardia civil y los disparos de sus máusers. Nadie me había llamado. Mi ciego impulso me guiaba.

Rafael Alberti. La arboleda perdida.

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el Roto

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Nuestra vida está construida sobre certezas heredadas, verdades inmutables que no están sujetas al rigor crítico que se nos supone como seres racionales. Estos axiomas son como los cimientos del pensamiento, algo así como el sustento de todo el edificio. La mayoría ocupamos una planta baja y con el tiempo abrimos un par de lumbreras que nos hacen habitable el chiribitil de los trastos viejos; otros edifican imponentes rascacielos que ocultan el sol y desafían las leyes de la gravedad. Desde la calle, los asombrados transeuntes miran a lo alto e imaginan cuán imponentes deben ser las vistas del que mora en la azotea. Pero en ciertas ocasiones la razón nos juega una mala pasada: para bien o para mal, el peso de lo que vemos, escuchamos o leemos comienza a socavar el terreno… y entonces el inmueble se agrieta o, sencillamente, se nos viene abajo. En casos como éstos se dice que hemos tomado conciencia. A los autores que llaman a este tipo de reflexión se les dice «moralistas», a veces con un matiz peyorativo, y su influencia está férreamente controlada por los poderes fácticos, que les obligan a moverse en los estrechos márgenes de la hererodoxia, al amparo de la libertad de expresión que graciosamente se les concede siempre que no traspasen los límites de lo tolerado. El Roto, —heterónimo de Andrés Rábago (Madrid, 1947)— es, en ese sentido, una excepción: comparte diariamente sus reflexiones desde una periódico de amplia tirada nacional y es objeto de conferencias, tesis, exposiciones y homenajes, algunos tan singulares como el concedido por el gremio de ilustradores. Este trato de favor quizá se deba a que el contenido de sus viñetas es tan agitador que ningún lector se da por aludido. O tal vez porque la corriente de opinión está en discreta sintonía con la sátira mordaz de su discurso… Porque si no, ¿cómo se explica tal condescendencia con demoledores mensajes como éstos?: (Dos niños tomados de la mano junto a una pizarra) En la escuela nos están enseñando a leer, escribir y buscar en la basura; (Dos alumnos sentados en el pupitre escolar, uno frente al otro. El primero llama la atención sobre una chorrada que acaba de leer en el libro de texto; el segundo replica) Es mejor que crean que no entendemos lo que leemos a que sepan que no nos interesa; (Una anciana toma de los hombros a su nieto y le interroga) ¿No sientes orgullo de ser español? Abuela… a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio. Todas ellas ideas que si se acondicionasen para emitir por la televisión pública provocarían síncopes, denuncias y un aluvión de reproches. ¿Es el Roto la voz de los que están amordazados por las convenciones sociales y el lenguaje políticamente correcto? Bien sea por eso o por la simpatía que nos inspira, recomendamos los incontables libros recopilatorios del creador gráfico (El libro verde, Viñetas para una crisis, A cada uno lo suyo, El pabellón de azogue…) y hasta nos hemos propuesto ir más allá:  aproximarnos al autor con la curiosidad que mató al gato y formularle cuestiones como las antedichas y aun otras que de seguro se nos irán ocurriendo por el camino… (Continuará)

el fantasma entre rejas

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Algunos libros cuentan historias que no se anuncian rotuladas en el lomo o impresas entre sus páginas. Esta edición de El fantasma de Canterville fue publicada en el año 1926… Habían transcurrido dos años desde el famoso crimen del Expreso de Andalucía, un atraco concebido de forma chapucera y secundado por unos compinches tanto o más bobos que el “cerebro” del golpe. Para el que no lo sepa, la traducción de este cuento de Wilde es obra de José Donday, a la sazón preso en El Dueso y uno de los cómplices del crimen, quizá el gran artífice del monumental fracaso. A “El Pildorita”, que es como se le conocía en confianza, se le ocurrió adormilar a los custodios del botín atiborrándolos de analgésicos. Aunque su contribución más genial fue la de recoger en taxi a la cuadrilla que se daba a la fuga. Quizá por esto, y por el hecho de no haber participado materialmente en la carnicería, fue el único que se libró del garrote vil, aplicado a toda la banda por el inclemente dictador Primo de Rivera.  En el prólogo de la obra, Donday manifiesta su intención de rehabilitarse a través de la literatura. Todavía antes de salir de presidio publicó otra traducción, ilustrada como la primera por su compañero de celda. Os invitamos a leer esta edición original en la que Donday se reivindica ante todos aquellos que quisieron asomarse a su personal versión del cuento de Wilde:

Falto de los dones o del prestigio necesarios para escribir una obra propia, y también para que no pudiese nunca pensarse que, inconsciente o cínico, pretendía traspasar los sacrosantos umbrales del arte, llevando una mancha, no por falsa menos infamante, escogí la forma más modesta e insignificante y me decidí a publicar una traducción de una obra extranjera de reconocido mérito.

J.D.

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/fantasma_donday/1?e=3966193/31680452

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las fronteras del ingenio

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Nos hemos dado un paseo por el mundo de la escritura, saltando de isla en isla sobre un detallado mapa acimutal, todo él tapizado de nombres y referencias y distribuido en un caos de continentes que se reparten los predios de la creación literaria. A falta de escala y a primera vista, no parece demasiado difícil transitar entre territorios, separados los más por canales y estrechos, istmos y lenguas de tierra fáciles de recorrer siempre que las fronteras se tornen permeables y el clima resulte benigno, suave, para que el voluntarioso lector no tenga que guardarse de borrascas escolares, huracanes comerciales o ardientes tormentas de arena, de esas que arañan el suelo fértil hasta dejar expuesta la roca madre de la estupidez humana. Porque la vida del espíritu inquieto no transcurre en uno solo de estos países de letra: viajamos sin parar, recalando en populosas ciudades bañadas por el Mar de los Bestsellers, perdidos en ínsulas desiertas en el aparentemente calmo Océano de la Ficción o sometidos a los rigores dialécticos de la Isla Karl Marx, a solo un paso —¡pero qué paso!— de la Península de los Tutoriales. Y si bien imaginamos en los márgenes de este mundo de papel una civilización humanista, amparada por la ciencia y el ingenio, sabemos que en las fronteras interiores, entre las tierras vecinas de BibliaToráCorán, los que nunca han sentido la necesidad de respirar la fresca brisa que viene del Mar de los Epílogos se arman del fanático rencor que después explota en los corazones, confundiéndose con el latido apocalíptico de la fe que llama a exaltar el odio con palabras que jamás se debieron escribir.

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roma

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Si las piedras hablaran… En Roma no extraña tal prodigio: las piedras acompañan al caminante, le guían por largos y vías mientras cuentan historias milenarias que se hunden bajo los negros adoquines, en el subsuelo de esta ciudad viva, sucia y bulliciosa. Por aquí caminaron escritores ilustres antes de que las mansas manadas de turistas cercaran y engulleran las fontanas de Piazza Navona o pulieran con el trasero los ciento treinta y cinco peldaños de la Trinitá, sin dejarse uno. Como si se burlasen de nuestra condición mortal, columnas y muros proyectan la misma sombra desde hace siglos, jugando al gato y al ratón con la luz del sol, a la que Roma oculta los ruinosos patios interiores y la zozobra perenne de una marca registrada que se ofrece al mejor postor. Porque en la ciudad eterna casi todo está en venta: desde los souvenirs tóxicos que vienen de la China hasta la estampa imperial del Coliseum, que calza la horma de una marca de zapatods. Sin embargo, las historias son gratis: la de la loba Luperca que amamantó al rey de Roma, la del pintor que se dejó la piel en las paredes del Vaticano, la del mármol de Carrara y la conquista de la Dacia, la de Androcles y el león agradecido, la de los escandalosos amores de Calígula y Agripina, la de los sueños imperiales del bufón megalómano…  Los puntos cardinales del navegante que surca el Mare Nostrum simulan en Roma los cuatro extremos de la cruz que señala los lugares santos, donde creyentes y no creyentes se postran y ruegan, cada uno por lo suyo. La Roma santa también abruma con su imaginería, desperdigada en el grandilocuente decorado dedicado a aquel que se decía hijo de un dios, y que dos milenios más tarde es venerado como si tal fuera en fabulosos templos que huelen a incienso y cera quemada. No vamos a dar referencias de las que abundan en guías y manuales, y que por lo mismo son tan accesibles para el lector como para el que esto suscribe; quien no haya oído nada de las aclamadas novelas de Posteguillo o de las ucronías de Robert Silverberg es que ve poco la tele, cosa que por otro lado tiene sus compensaciones como, por ejemplo, estar leyendo ahora este artículo sobre la indiscutible magia literaria de esta urbe, a la que por muchas razones le dicen eterna

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obstat sexus

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A estas alturas, nadie niega que la Santa escritora fuera extraordinariamente inteligente. No en vano era descendiente de judíos —judíos conversos, eso sí— y en su casa nunca faltaron libros a los que la futura reformadora se aficionó desde pequeñita, ávida como estaba de ejemplos e historias que colmaran su incipiente interés por la aventura, aunque fuera a través del misticismo al que más tarde ella pondría brillantes letra y música. No vamos a entrar en los detalles de su vocación religiosa, ni en la supuesta epilepsia extática que llenaba de gozo sus arrebatos místicos, aunque animamos a los curiosos a que indaguen adónde fueron a parar las incontables reliquias, fruto del concienzudo descuartizamiento post mortem. Nosotros nos quedamos bien a gusto en la dimensión literaria por lo que tuvo de novedoso en la España del siglo XVI. Teresa escribe y escribe, y no solo para las hermanas del convento. La suya es una vocación literaria que sus confesores, algunos de ellos rematadamente idiotas, alientan a modo de terapia con la esperanza de atemperar así la infatigable efervescencia de aquella incordiante mujer. Pero ella busca también la aprobación de los que considera de superior talla intelectual, entre los que está San Juan de la Cruz. Sin embargo, fue entre los suyos donde halló mayor oposición de palabra y obra: censurada al detalle, siempre en el punto de mira de la Inquisición y juzgada con pravedad por una jerarquía que tenía en muy poco a la mujer, sus obras vieron la luz tras su muerte gracias al empeño de unos pocos. Todavía a principios del siglo XX, el Papa de Roma le negaba la dignidad de «Doctora de la Iglesia» aludiendo a su condición de mujer (obstat sexus, el sexo lo impide). Hoy en día, la lectura de Teresa de Cepeda puede rozar el esnobismo; de hecho, se cuentan con los dedos de su incorrupta mano aquellos que saben de alguna obra suya o han leído siquiera uno de sus poemillas. Pero resulta obligado conocerla y aun tenerla en buena estima por su innegable contribución al castellano así como por su indomable espíritu femenino, determinado y enérgico.

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir.

Libro de la vida, 1565

Entonces veo venir, sin misterio de aparición, chocando el hábito duro contra los bojes recortados, una vieja monja que se pone a mi lado. Sigo caminando y ella va conmigo. Un poco gruesa, nada ascética, sonríe con risa de boca grande, de sanos dientes; la mejilla es llena y las facciones vigorosas.
-A ver si me dejas, me dice, que yo te haga ver la Castilla mía, para que la comprendas. Mira que es vino fuerte que necesita potencias firmes y que tú vienes de América y tus sentidos son gruesos para una tierra de aire sutil. Conozco a tus gentes y quedó sangre de los míos sembrada por el valle de Chile.
Me mira con sus ojos grandes, y la conozco por su naturalidad y por el tono con que escribía unas bravas cartas a Felipe II.
Sois «la andariega», le digo; los españoles te llaman todavía «la fundadora» y los pedantes «la loca del amor a Cristo».
-Sí, dice, fundaba; levanté por aquí conventos, ya ni sé cuantos. Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal. Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
-Es cierto, madre.
-¿Sabes por qué? Porque has querido fundar condescendiendo con los hombres, sujetando tu impulso, así se construye sin alegría y la obra, que sale muerta, ni la aprovecha ni Dios ni el Diablo. Yo, fundaba, hija, según el croquis divino que se me pintaba en el pecho. Y no buscaba gustar a nadie. No era para ésos mi fiesta y ¡qué habla de gustarles! ¡Te acuerdas que salí a los cuatro años, fugada con mi hermanito, en busca de herejes que nos descabezaran! Nos hicieron volver, y casi paró la hazaña en azotes; pero estaba la vida para el desquite. ¡Y en grande me desquité, tú lo sabes!

Grabiela Mistral (1889-1957)

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