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georgie en su laberinto

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A los cincuenta y tantos Jorge Luis se quedó ciego. Para entonces Georgie, como le conocían en familia, había leído tanto que sus ojos se cerraron para abrirse por dentro, hacia la claridad que se proyectaba a través del arco de la memoria. La enfermedad le privó de la luz, que no de la literatura, pues cuando no pudo dejar soñada una página se le otorgó un amanuense para escribirla, que no para pensarla. La biografía borgiana está jalonada de lecturas que fueron conformando el alma del poeta: a los cuatro años ya sabía leer y escribir. Se dice que de bien chico leía literatura gauchesca; cultivó el Quijote y aprendió el Fausto de memoria. Se familiarizó con la obra de Chesterton en su lengua original. A los nueve años realizó la primera traducción al español de El Príncipe Feliz de Wilde. A lo largo de su vida, Borges tradujo poesía y prosa del alemán, inglés, francés y hasta del nórdico antiguo. Publicó su última traducción, las Fábulas de R. L. Stevenson a los 84 años de edad.  «Que otros se jacten de lo que han escrito; a mí me enorgullece lo que he leído», dijo en alguna ocasión. Lúcido y preclaro, fue otra ceguera la que no le dejó ver que el que abrazara las charreteras de un criminal nunca podría estrecharle la mano al rey de Suecia: «Yo soy una persona muy tímida, pero Pinochet se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona.» Dicen que Borges fabricó un discurso ad hoc, tan socarrón como él era. Pero el Comité Nobel no entendió ese peculiar sentido del humor. En realidad: ¿qué pensaba Borges? De su desbordante talento literario solo podemos penetrar la dimensión artística, unánimemente alabada por críticos, especialistas, lectores y colegas amigos y enemigos. Neruda, que no se puede decir que le profesara mucho afecto al argentino, dijo de él «Todos los que hablan español están muy orgullosos de que Borges exista y los latinoamericanos en particular porque antes de Borges teníamos muy pocos escritores comparables con los autores europeos».

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la mirada del hombre solo

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A Albert Camus le gustaba el fútbol. Le apasionaba tanto como el teatro. De pequeño, en su Argelia natal, había jugado de guardameta de un equipo local. Camus decía que todo lo que sabía del mundo se lo debía al balompié: «aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga». Pero el que estuviera llamado a ganar el premio Nobel de literatura en 1957, se retiró de los estadios cuando la tisis se instaló en su cuerpo para no abandonarle nunca. Una de las constantes en la corta vida de Camus fue la de superar la adversidad: de extracción humilde, Camus era hijo de emigrados. Huérfano de padre, su madre, de origen menorquín, era sorda y analfabeta. En el entorno inmediato del joven Alberto, las previsiones sobre el futuro del muchacho pasaban por trabajar en la carnicería de su tío para salir adelante. Sin embargo, la tenacidad del futuro escritor y sus evidentes dotes intelectuales movieron el interés de sus maestros, que orientaron y dirigieron las primeras lecturas de Camus. Unas lecturas que le ayudaron no solo a consolidar sus ideas, sino a conquistar laboriosamente la lengua francesa, vehículo de una interesante producción literaria, teatral, periodística, ensayística y filosófica. Hijo de su tiempo, el existencialismo no reconocido de Camus (en contraposición con el de su antagonista Sartre), está marcado por la peripecia vital del autor, comprometido en los conflictos de su tiempo, empezando por el colonialismo francés y el nazismo alemán para continuar con los movimientos sociales y políticos que se desataron en Europa al calor de la Revolución rusa y la posterior consolidación del estalinismo soviético. Camus escribió «Révolte dans les Asturies», considerada la obra de letras más reseñable en torno a la revolución asturiana de 1934. En ella apunta que «todo revolucionario termina siendo opresor o hereje. En el universo puramente histórico que han elegido, rebelión y revolución van a parar al mismo dilema: o la policía o la locura». Mientras otros intelectuales se comprometían políticamente y justificaban los excesos como la única forma de conquistar la felicidad, Camus se alejaba de posiciones dogmáticas y de ideologías agotadas: “son los medios los que deben justificar el fin”; no distinguía entre la barbarie de los malos, representada por campos de concentración y cámaras de gas, y los nobles fines de los buenos, primero con sus bombas atómicas y después con sus gulags y sus tanques. El intelectual, escribía Camus, debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones: «la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse sierva del odio y la opresión». Esta es una de las afirmaciones que el autor laureado pronunció en su discurso de aceptación del premio Nobel. A pesar de sus achaques, nada hacía presagiar que fallecería apenas tres años después, en un absurdo accidente de tráfico. Pero nos dejó un puñado de obras inteligentes y un libro póstumo editado por su hija. Si estás interesado en familiarizarte con este humanista que expresaba sus pensamientos de forma literaria, te recomendamos que comiences con uno de sus cuentos, un relato elocuente, particularmente intenso, que describe el sentimiento de soledad de un hombre instalado en un mundo inhóspito, un mundo forjado a golpes que dicta sus propias lecciones de supervivencia. La lúcida mirada del hombre solo.

Durante mucho tiempo, se quedó echado en el diván mirando al cielo que se oscurecía poco a poco, escuchando el silencio. Ese silencio que los primeros días de su llegada, después de la guerra, le había parecido tan penoso. En aquella época, había pedido un puesto en la pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan la altiplanicie del desierto. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras al norte, rosas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Pero lo habían nombrado para un puesto más al norte, en la misma meseta. Al principio, la soledad y el silencio le habían resultado muy duros en aquellas tierras ingratas, habitadas solamente por las piedras. A veces, la existencia de unos surcos hacia pensar en tierras cultivadas, pero en realidad los surcos habían sido excavados para sacar a la luz del día cierta piedra propicia para la construcción. Allí sólo se labraba para cosechar pedruscos. Otras veces, raspaban algunas pellas de tierra, acumuladas en las hondonadas, para abonar los áridos jardines de los pueblos. Solamente la piedra cubría las tres cuartas partes de este país, en el que las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se mordían la garganta, y después morían. En este desierto, nadie, ni él ni su huésped, eran nada. Y sin embargo, fuera de este desierto, ni uno ni otro, Daru lo sabia muy bien, hubiera podido vivir verdaderamente.

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el paraíso de los gatos

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Este chiquito con cara de adulto que deja huella en un daguerrotipo de la época decía que «la haine est sainte. Elle est l’indignation des cœurs forts et puissants, le dédain militant de ceux que fâchent la médiocrité et la sottise. Haïr c’est aimer, c’est sentir son âme chaude et généreuse, c’est vivre largement du mépris des choses honteuses et bêtes. La haine soulage, la haine fait justice, la haine grandit. […] Si je vaux quelque chose aujourd’hui, c’est que je suis seul et que je hais». Zola era un hombre de principios y su condición nunca le permitió ser condescendiente con la injustia, sobre la que proyectaba todo el odio del que era capaz su pluma ágil y certera. El odio como motor de cambio social… ¡qué cosas! Sus palabras hicieron crujir los resortes del poder y a puntito estuvieron de crucificarle, pero Zola puso tierra por medio y se exilió en el Reino Unido de la Gran Bretaña. De regreso en casa las cosas no le fueron mejor: desplantes y estrecheces marcaron su último adios a la vida: falleció en extrañas circunstancias, que se dice, aunque el asunto se zanjó con un «aquinohapasadonada«. Una vez desaparecido, o quizá precisamente por eso, los franceses se dieron prisa en elevarlo al Olimpo de las glorias nacionales y terminaron por depositar sus restos en el Panteón, que es algo así como una selección nacional de insignes y notables, que en España encontraría su equivalencia en La Roja. Zola escribió El paraíso de los gatos en 1874, la historia de un felino orondo que cree que la verdadera dimensión de la fortuna reside en todo aquello que no se tiene. Un tema clásico que, sin embargo, no resta encanto a un cuento que a todos invitamos a leer, y a los alumnos de primero de la eso a ilustrar.

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M.G. y C.R.

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Martha Gellhorn siempre se reveló contra la calamidad de ser asociada con Hemingway. Era una mujer racial e independiente, un torbellino que se desenvolvía con soltura en un mundo de hombres, casi siempre en el peor escenario posible: la guerra. Con veintitantos años había retratado el rostro más descarnado de la Gran Depresión. En la España de los treinta se entrenó como reportera de batalla, acompañando a las Brigadas Internacionales de trinchera en trinchera. La decepción de la derrota no aplacó su necesidad de escribir sobre los desastres de la guerra, plasmando en sus crónicas el padecimiento de los civiles, siempre ajenos a los manejos de cuántos planeaban derramar sangre inocente en nombre de no sé sabe qué oscuros ideales. Pero el motivo de traer hoy aquí a Doña Martha es de vindicar su condición de espíritu libre, la vibrante trayectoria de una corresponsal que no se conformaba con observar la refriega en la distancia, y que no dudó en ponerse en peligro para comprender el sufrimiento de aquellos que describía en sus crónicas. En el libro Cinco viajes al infierno la autora relata algunos pasajes de su errática vida de periodista, secuencias ambientadas en cuatro de los cinco continentes. El curioso subtítulo (Aventuras conmigo y ese otro) hace alusión a su compañero en el viaje a la de China de Chiang Kai-shek, un tal C.R. que no era otro que E.H., por aquel entonces marido de la Gellhorn, con el que compartía no solo aficiones como la literatura y el alcohol, sino un desmesurado amor por la sombra que proyectaban, a la que ambos consideraban el justo tributo que el sol les rendía cada amanecer. La octogenaria Martha ejerció de reportera mientras las fuerzas le acompañaron. Un día, sintiéndose mayor y enferma, decidió poner fin a su existencia. Tenía ochenta y nueve años, estaba ciega y sobre sus espaldas cargaba con todo el peso del convulso siglo XX.

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divertida campaña

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La Academia de la Publicidad ha querido obsequiar a la Real Academia Española con un divertido anuncio. El famoso y tres veces centenario lema aquel de «limpia, fija y da esplendor» cobra una dimensión distinta para llamar la atención sobre el uso correcto del lenguaje, ese preciado tesoro que acostumbramos a tratar como baratija. Y no es que lo digamos nosotros. No hay más que poner la tele o disfrutar de una amable tertulia de patio. Posiblemente así, de entrada, uno no se da cuenta, pero utilizar mal el propio idioma es como conducir un Ferrari pasado de revoluciones: llevar, te lleva, pero el ruido es insoportable y el motor termina gripando. Hablar, comunicar, supone prolongar el pensamiento más allá de los límites que nos impone nuestro cráneo, creando una sintonía con las personas que nos rodean. Las palabras pueden contener toda la carga emotiva, sarcástica o imperiosa que uno desee si es que se sabe trasladar los sentimientos e inquietudes al lenguaje cotidiano. Para eso debemos utilizar el lenguaje sin afectación, pero también sin complejos: el idioma pone a nuestra disposición muchos recursos; nosotros tenemos el deber de conocerlos y el derecho a servirnos de ellos. Algunos han censurado la campaña de la RAE porque la protagonista, dicen, es una joven analfabeta. Yo no diría tanto. A mí me da que esta caricatura en su primera versión (la de mujer que se expresa mal) tiene estudios, puede que hasta superiores. Lo que ocurre es que no ha visto Plácido, ha leído poco, ha escrito menos y nunca, pero nunca, ha sentido la necesidad de ordenar sus pensamientos antes de fundirlos con el aire. Sin embargo, los estudiantes del segundo vídeo no son una ficción: ejemplares únicos, los primeritos de su clase de secundaria, aleccionados por sus familias y coeducados por sus profesores, reciben un galardón europeo de postín que premia sus más que evidentes dotes lingüísticas y académicas. Sin duda el germen de la futura élite política y económica. Un orgullo para la tierra de Don Quijote.

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bertolt y la cruzada de los niños

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En Polonia, en el año treinta y nueve
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas.
Allí perdió la hermana al hermano
y la mujer al marido soldado.
Y, entre fuego y escombros, a sus padres
los hijos no encontraron.
No llegaba ya nada de Polonia,
ni noticias ni cartas.
Pero una extraña historia, en los países
del Este, circulaba.
La contaban en una gran ciudad,
y al contarlo nevaba.
Hablaba de unos niños que, en Polonia,
partieron en cruzada.
Por los caminos, en rebaño hambriento,
los niños avanzaban.
Se les iban uniendo muchos otros
al cruzar las aldeas bombardeadas.
Había, entre ellos, un pequeño jefe
que los organizó.
Pero ignoraba cuál era el camino,
y ésta era su gran preocupación.
Una niña de once años era
para un niño de cuatro la mamá:
le daba todo lo que da una madre,
más no tierra de paz.
Un pequeño judío iba en el grupo.
Eran de terciopelo sus solapas
Al pan más blanco estaba acostumbrado.
Y, sin embargo, todo lo aguantaba.
También habla un niño muy delgado
y pálido, que siempre estaba aparte.
Tenía una gran culpa sobre sí:
la de venir de una embajada nazi.
Y un músico, además, que en una tienda
volada habla encontrado un buen tambor.
Tocarlo les hubiera delatado,
y el niño músico se resignó.
Y hasta un perro llevaban que, al cogerle,
se disponían a sacrificar.
Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
y ahora tenían una boca más.
También había una escuela
y en ella un maestrito elemental.
La pizarra era un tanque destrozado
donde aprendían la palabra «paz».
Y, al fin, hubo un concierto entre el estruendo
de un arroyo invernal.
Pudo tocar el niño su tambor
pero no le pudieron escuchar.
No faltó ni siquiera un gran amor:
quince años el galán, doce la amada.
En una vieja choza destruida,
la niña el pelo de su amor peinaba.
Pero el amor no pudo resistir
los fríos que vinieron:
¿cómo pueden crecer los arbolillos
bajo toda la nieve del invierno?
No faltaban la fe ni la esperanza,
pero sí les faltaba carne y pan.
Quien les negó su amparo y fue robado
después, nada les puede reprochar.
Mas nadie acuse al pobre que, a su mesa,
no los hizo sentar.
Para cincuenta niños hace falta mucha harina:
no basta la bondad.
A un soldado encontraron
herido en un pinar.
Siete días cuidándole y pensaban:
«ÉI nos podrá orientar».
Mas el soldado dijo: «¡A Bilgoray!».
Debía de tener
mucha fiebre: murió al día siguiente.
Le enterraron también.
Y los indicadores que encontraban,
la nieve apenas los dejaba ver.
Pero ya no indicaban el camino:
todos estaban puestos al revés.
Aunque no se trataba de una broma:
era sólo una medida militar.
Buscaron y buscaron Bilgoray,
más nunca la pudieron encontrar.
Se reunieron todos con el jefe
confiados en él.
Miró el blanco horizonte y señaló:
«Por allí debe ser».
Vieron fuego una noche:
decidieron seguir, sin acercarse.
Pasaron tanques otra vez muy cerca,
pero iban hombres dentro de los tanques.
Al fin, un día, a una ciudad llegaron
y dieron un rodeo.
Caminaron tan sólo por la noche
hasta que la perdieron.
Por lo que fue el sureste de Polonia,
bajo una gran tormenta, entre la nieve,
de los cincuenta niños
las noticias se pierden.
Con los ojos cerrados,
dentro de mí los veo como vagan
de una casa en ruinas
a otra bombardeada.
Y al caer el ocaso, ya sus caras
no parecen iguales.
Ahora veo caras de otros niños:
españoles, franceses, orientales…
Y en aquel mes de enero,
en Polonia encontraron
un pobre perro flaco que llevaba
un cartel de cartón al cuello atado.
Decía: «Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.
Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No lo matéis. Sólo él
conoce este lugar.»
Era letra de niño,
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.

Bertolt Brecht, 1939.

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