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como en botica

En esta última selección se impone la variedad. Desde el Cómo nos venden la moto de Chomsky

El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque de su sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido como «Apoyad a nuestras tropas». Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad para hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles.

hasta los cuentos de Ignacio Aldecoa,

Desde el interior, por el hueco de la puerta, lanzaron un cubo de agua sucia a la calle. El perro, que dormitaba cercano al umbral, huyó con los cuartos traseros alobados de miedo, el rabo capón perdido entre las patas. Paró carrera a una veintena de metros, a pleno sol. Se sacudió. Giró la cabeza para tomar enemigo. Nada se oía. Alzó las orejas. Se tensó en guardia. Los ojos, estriados de venillas coloradas, observaron cautelosos. Ladró asustado. Su propia voz le produjo un espeluzno. Gañó. Silencio. Estaba todo tranquilo y solitario. Agachó la cabeza, husmeó el suelo y se decidió. Lentamente fue acercándose. Dos veces se detuvo. Cogió confianza y avanzó más rápido. La tierra, endurecida y húmeda, le hizo buscar otro lugar donde tumbarse. Dio vueltas en pausado remolino hasta que se echó. A los pocos momentos dormía en ovillo.

En el interior de la chabola, oscuridad; oscuridad cargada de modorra. Una mujer friega platos metálicos en un cubo. Un hombre duerme, al fondo, tendido en el suelo, la cabeza invisible bajo un periódico abierto a doble plana. Medio cuerpo cubierto con una camiseta agujereada, medio sin tapujos, un chiquillo panzudo se mueve con torpeza de cachorro de un lado a otro. Se atusa el pelo la mujer con el dorso de la mano, hinchada y roja, que saca del agua, grasa, ocre, espumeante. Vuelve la cabeza hacia el cajón sobre el que blanquea un trapo, alegran flores en un bote y pica el tiempo un reloj despertador.

pasando por Dublinés y La ruta Joyce, del asturiano Alfonso Zapico del que, por cierto, muy pronto os contaremos unas cuántas cosas.

al maestro mingote

Hace tres días colocamos la cabecera dedicada a Mingote. Nuestra intención era (y continua siendo) revisar la figura y la obra del longevo escritor y dibujante. Desgraciadamente, el maestro ha fallecido hoy mismo. Desde aquí nos queremos sumar al pesar de todos aquellos que le admiraban y le respetaban, y no sólo por ser un clásico del humor gráfico español sino, sobretodo, por ser buena persona.

estoicismo inteligente

Con sus noventa y cinco años de existencia, el escritor José Luis Sampedro es la memoria viva de todo un siglo. Su trayectoria literaria se cruza con la del economista comprometido; la veneración que le muestran algunos contrasta con el poco caso que le hacen. Ha sido crítico con el sistema y nos ha desvelado lo que hay detrás de una opinión pública «informada»: una ciudadanía que no ha sido (ni será) educada para razonar, sino para proyectar un pensamiento patrocinado por el poder y difundido por los medios de comunicación. Su discurso, rebosante de estoicismo, flota ya en ese limbo claro del  que sabe que no vive en el mejor de los mundos posibles, pero que pese a todo siente el impulso irrefrenable de sobreponerse para reivindicar la dignidad del ser humano. Algunos de los libros de Don José Luis están disponibles en la biblioteca, aunque nuestro preferido es El río que nos lleva, una novela de un tiempo pasado, protagonizada por hombres y mujeres rudos y bravos que viven a merced de la fuerte corriente que les arrastra, lo que no les impide cumplir con su destino, que no es otro que el de remontar el cauce para tornar de nuevo al punto de partida…

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ilustrando a dickens

«Libro de ilustraciones sobre obras de Dickens»

Se sabe que Dickens colaboraba con los artistas que ilustraban sus obras. De hecho, sus primeros pinitos literarios se inspiraban en dibujos previos que el autor debía «llenar» de contenido. Las novelas por entregas británicas del siglo XIX fueron pioneras en esto de conjugar texto e imagen. Al parecer, Don Carlos se implicaba muy de lleno en esta faceta de la edición, y daba instrucciones muy precisas a sus dibujantes para que iluminaran las escenas, crearan tensión dramática y alimentaran la intriga. La simbiosis entre estas dos dimensiones cuenta con egregios ejemplos de época: Victor Hugo, el gran escritor en lengua francesa, fue un pintor notable; aunque en el caso de las figuras de la literatura universal, se suele cumplir la regla de que no es compatible el talento de escribir con el de dibujar. Este viejo libro que os presentamos, Scenes and characters from the works of Charles Dickens, editado en Londres en 1908, nos acerca a los distintos estilos de estos artistas, algunos de ellos tan conocidos y apreciados en su tiempo como el propio Dickens. Durante estos últimos años hemos asistido a un renacer de los libros clásicos ilustrados, que retoman una fórmula sencilla para aumentar las ventas: texto inmortal+ilustraciones=libro bonito, y no resulta difícil encontrar los grandes títulos de toda la vida adornados con encanto y, por qué no decirlo, con mucho talento…

una historia de papel

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La enciclopedia británica ya no se imprime en papel. Las sucesivas ediciones se distribuirán en formato electrónico. Los orgullosos poseedores de estos sesenta kilazos de conocimiento a granel son los últimos que podrán vestir las estanterías del comedor con el impresionante tesauro anglosajón. Puede ser que obras de consulta como ésta alcancen una mayor difusión en cederrón. Al fin y al cabo, si exceptuamos al personaje de los «Juegos de la edad tardía«, nadie con aspiraciones de erudito forja su cultura por orden alfabético. Pero el libro en sí, ese objeto simple y familiar que habla de sí mismo, que simboliza tanto la libertad como la opresión, que reside como un alien en el vientre de las abultadas carteras escolares y suscita tantos sentimientos contrapuestos… el libro de toda la vida, vaya, está condenado, quién sabe si hasta el final de los tiempos, a permanecer inmutable atrincherado entre sus tapas, dispuesto a tragarnos las falanges a dentelladas. Auguramos un futuro incierto a los soportes electrónicos expendedores de palabras. Los libros son algo más. ¿Se imaginan la Biblioteca Nacional reducida a media docena de discos refulgentes? ¿Quién ocuparía en lugar de los libros en los tristes anaqueles de los ateneos obreros, en los apartados rincones de las buhardillas? ¿Cómo indagaríamos sobre el grado de penetración de la cultura escrita en el seno de una familia de clase media? ¿De qué forma alimentaríamos las voraces llamas de la censura? Si hay algo que potencialmente pone en riesgo la comercialización del libro, ese algo es el papel. O por mejor decir: la falta de papel. Puede ocurrir que se agoten los recursos naturales antes que las ideas; y será entonces, y solo entonces, cuando el libro, convertido en objeto de lujo y grabado con mil y un impuestos como la gasolina o el tabaco, deje paso a odiosos dispositivos lectores, subvencionados por las diputaciones provinciales, que reproducirán en alta fidelidad el roce de una hoja, el crepitar de la encuadernación, el bufido del cierre… Los alumnos de tercerobé han reflexionado sobre todo lo expuesto hasta sacarse de encima dos o tres ideas, que han plasmado en un corto en el que ilustran cuán imposible se les antoja un mundo sin papel. Y sin libros.

Pues mira, hijo, éste es uno de los libros, y ahí tengo los otros, guardados como oro en paño y con los que tú te harás un hombre de provecho. Si yo hubiera sabido que existían estos libros, a estas horas sería un gran hombre, quién sabe si juez o médico, o incluso cardenal en la propia Roma, y no como tu abuelo o tu padre sino de verdad, con los papeles bien en orden.

El primero era un diccionario. «Aquí vienen todas las palabras que existen, sin faltar ni una.» El segundo era un atlas: «Y aquí todos los lugares y accidentes del mundo», y el tercero una enciclopedia: «Y éste es el más extraordinario de los tres, porque trae por orden alfabético todos los conocimientos de la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. ¿Tú sabías que existía un libro así? Pues yo tampoco hasta hace tres años. Desde entonces lo estoy estudiando. Voy ya por la palabra «Aecio», que era un general romano que mató al conde Bonifacio en el año 432 y derrotó a Atila, rey de los hunos, en el 451, pero que fue asesinado por el rey Valentiniano III, temeroso de su poder. Adelanto poco porque ya soy viejo y tengo mala memoria, y para aprender una cosa debo olvidar antes otra. Y luego está el atlas y el diccionario. Todos los días me aprendo cinco palabras nuevas y el nombre de algún río o una ciudad. Cuando pienso en la cantidad de cosas que podía saber a estas alturas si estos libros hubiesen caído en mis manos hace cincuenta años y tuviese entonces el espíritu que hoy me anima, no hay nada que pueda consolarme, porque sé que he equivocado mi vida, y eso ya no tiene remedio. Pero tú, Gregorito, todo lo tienes a favor. Pareces enviado por el destino para reparar la burla que me hizo a mí, dándome pan cuando no tenía dientes. Así que ya sabes, desde mañana empezaremos con tu aprendizaje, porque no hay tiempo que perder.

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.

el marcapáginas de Wilson, el chiflado

Bien arropadito entre las páginas de Wilson, el Chiflado, el marcapáginas con coletas espera el regreso de C. A C. le gustan las historias policiacas, y cuando le recomendaron un libro de Mark Twain no lo dudó un momento: se abalanzó sobre el ejemplar que su padre tenía entre un montón de títulos del mismo autor: Tom Sawyer, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, El príncipe y el mendigo, Tom Sawyer detective… Papá no puede ocultar su simpatía por Twain: en algún momento le oyó decir que defendió a los negros dentro y fuera de su país, condenando las prácticas esclavistas y el desprecio por la dignidad humana. Además, Twain era un gran amigo del inventor de la radio, el gran ingeniero Nikola Tesla, y esa ya era una muy buena referencia. De hecho, el propio escritor hizo sus pinitos como inventor, y siempre acogió con entusiasmo las nuevas propuestas de la ciencia. En este libro desvela la utilidad de una sencilla técnica, que con el tiempo se convirtió en uno de los recursos policiales más socorridos. C. regresa del baño a velocidad de crucero. Está en un momento crucial de la narración. Entonces mamá llama para comer. El marcapáginas vuelve a ocupar su sitio entre la 152 y la 153. Esta vez, C. tardará más en regresar, porque le espera un arrocito caldoso en su punto y su programa de dibujos animados favorito.

 

Es fácil encontrar defectos, si se tiene esa disposición. Érase una vez un hombre que, al no ser capaz de encontrarle defecto alguno a su carbón, se quejaba de que tuviera demasiados fósiles incrustados en él.

Almanaque de Wilson, el Chiflado

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