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marcapáginas

Horas. Minutos. Segundos. Hemos conseguido crearnos la ilusión de que podemos dividir el tiempo en cantidades discretas, unidades que nos permiten sumarlo y restarlo, ponderarlo y hasta calcular sus dimensiones. Pero el tiempo dista mucho de ser el alma que mueve las agujas de un reloj. El ritmo que la vida impone, con sus pausas, letargos, esperas, progresos acelerados, retornos vacilantes… refuerza la evidencia de que el tiempo no cuenta con nosotros, que fluye implacable deslizándose por el filo del presente con la pericia de un skater. Sin embargo, cuando leemos somos dueños del reducido universo comprimido entre las tapas del libro; los acontecimientos se recrean ante la mirada atenta del lector, momentáneamente desembarazado de cuanto le vincula a la realidad. El tiempo se convierte entonces en parte de esa nueva conciencia, libre para moverse por la ficción sin limitaciones, como un pececillo de colores en el vasto océano. Esta sensación puede ser tan intensa que algunas personas aseguran que gracias a ella pudieron sobreponerse a un largo cautiverio físico, entre las cuatro paredes de un calabozo, o anímico, asediados por el tedio, la rutina y el aburrimiento. El marcapáginas es el símbolo de la soberana voluntad del lector, del aceptado receso que congela el tiempo de papel en el instante en el que las hojas se confunden ruidosamente. Los marcapáginas aguardan pacientes en la bitácora de nuestra mesilla de noche y vigilan la plaza hasta que regresamos, recordándonos a qué distancia se encuentra el desenlace. Los menos románticos alegarán que todo esto del tiempo y los pececitos irisados está muy bien, pero que con entremeter la solapa o doblar una esquinita, asunto resuelto. No tenemos argumentos de peso para convencer a toda esa tropa más apegada a lo pragmático que a lo romántico pero, sin ningún género de duda, utilizar la solapa es vulgar y plegar la página (sobre todo si el libro es de otro) inmoral… Nada que ver con este elegante impala dorado con el que inauguramos la sección, diseñado para lucir su esbelto y atlético porte en el lomo grueso de los Cuentos Completos de Julio Ramón Ribeyro o de Ignacio Aldecoa, por decir algo…

la historia reciente

«Hitler, la novela gráfica (fragmento)»

Exceptuando a los lectores más jovencitos, todos somos hijos del pasado siglo XX; al contrario de lo que se tiende a pensar por estas latitudes, este período fue el más convulso de la historia de la humanidad. Lo que hoy aceptamos con naturalidad, los rasgos distintivos de nuestra cultura política, económica y social hunden sus raíces en el inestable fondo telúrico que provocó también las grandes catástrofes bélicas de la pasada centuria. Somos herederos de una época marcada por la iniquidad, la brutalidad y el exterminio, cuyos últimos flecos (por el momento) acariciaron hace apenas diez años la tez clara y sonrosada de ese ente imposible al que llamamos Europa. Las eternas cantinelas del nacionalismo, el colonialismo, el expansionismo, el imperialismo y todos los «ismos» que se nos pudieran venir a la cabeza sumaron sus voces para que la historia rebullera; a la cabeza de las consiguientes orgías de destrucción figuraron personajes (varones en exclusiva) que supieron embridar la violencia dispersa, y la proyectaron con la furia de las ideologías; sin duda os sonarán los nombres de Mao Tse Tung, Pol Pot, Franco, Leopoldo II de Bélgica, Hirohito, Hitler o Stalin (el más sanguinario de todos, que ya es decir). Añadiríamos con gusto algunos otros, pero por estar rehabilitados o pertenecer al bando de los buenos, no se pueden citar aquí porque resultaría «políticamente incorrecto». Como puede suponerse, la reconstrucción de la historia de los últimos cien años, pese a ser reciente, se topa con la interpretación apasionada y tendenciosa de autores e investigadores, necesariamente discrepante porque casi siempre lo más cómodo es adherirse a la opinión que pregona la corriente política dominante. Por eso os animamos desde aquí a que os paséis por la biblioteca y os forjéis vuestra propia visión sobre los conflictos del siglo XX. Os encontraréis libros de historia, pero también interesantes biografías gráficas como la que firma el laureado mangaka Shigeru Mizuki de Hitler, o las incontables novelas ambientadas en la guerra y en la posguerra como la muy conocida Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o Año de Lobos de Willy Fährmann. Y ya sabes: evita en lo posible los libros de texto, que son para otras cosas…

«Cuando Hitler robó el conejo rosa»

¿te suenan los místicos?

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Dicen que la poesía de Fray Juan de la Cruz nació perfecta, sin antecedentes ni ensayos, a la poca luz que el mediodía le regalaba a través de la diminuta saetera de su celda. Pese a la ganada santidad, su biografía es una abrupta sucesión de sinsabores que el hombre trató de capear con el mejor de los ánimos. Entre los suyos fue tan odiado como venerado, pero las monjas le adoraban, y fueron ellas las que recogieron muchos de sus poemas, recitados por Juan a viva voz, y difundidos de forma manuscrita en papelitos sueltos que las religiosas conservaban como verdaderas reliquias; su reducida producción se editó póstumamente con la intención de que el descuido en la transcripción no terminara por corromper la palabra del santo. No es cuestión de hacer un sesudo análisis filológico de los místicos arrebatos erótico-literarios de San Juan de la Cruz ni de la simbología que encierran sus versos. Hoy por hoy, la palabra del poeta suena bien y resulta un bálsamo reconfortante para los que les cuesta habituarse al lenguaje desabrido, impreciso y triste. El ritmo y la cadencia de sus romances se han puesto a prueba en modernas adaptaciones musicales; el que quiera puede comprobar la bondad de alguno de estos experimentos… ¡incluso en inglés!

Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

1.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance.

2.

Cuando más alto subía
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas, por ser de amor el lance,
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

3.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!;
y abatime tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

4.

Por una extraña manera,
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

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de illinois a Idaho

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La vida de Ernest Hemingway abunda en lo excesivo, lo crudo, lo novelesco, lo inaudito, lo grotesco, lo imposible… El escritor de Illinois alimentó como nadie su propia leyenda, nutriendo, modificando e inventando con laboriosas mentiras el espectro de su luz decadente. Fue alcohólico desde antes de que se diera por enterado. Dueño de un corpachón fiero y robusto, ensalzó como nadie las virtudes de la amistad, pero utilizó a las mujeres, se enemistó con la mayoría de sus camaradas y buscó afinidades imposibles con personajes dudosos que engordaron su ego y alentaron su amargo resentimiento contra el mundo. Hemingway es, en sí mismo, un universo aparte, el blanco de tantas miradas apasionadas que resulta imposible ofrecer un perfil objetivo de su vida y obra. Lo cierto es que cuando se le concedió el premio Nobel (un año después a que lo recibiera Winston Churchill) su carrera declinaba, se deslizaba fatalmente por una cascada de vino y ginebra que habría de aplastarle en la batiente violenta y espumosa. Sin embargo acababa de escribir El viejo y el mar, posiblemente su obra más popular y una de las más intemporales, de las que permanecen por más tiempo en la imaginación de los lectores jóvenes. Se trata de una fábula aplicable al declive de un autor, identificado con un viejo pescador frustrado que tiene la oportunidad de realizar una gran hazaña que le devolverá la gloria de tiempos pasados; pero para ello ha de arrebatarle algo al mar, porfiando con los seres que lo habitan, con el destino y hasta consigo mismo…

Es un gran pez y tengo que convencerlo —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles. (De la traducción de Lino Novás Calvo).

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el padre de caperucita

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/los_cuentos_de_perrault?e=0/6128485

La corte francesa del siglo XVII brillaba con pompa y boato. Eran los tiempos gloriosos de Moliere, Racine, Montesquieu, Descartes… Tampoco le iba mal a Charles Perrault, un alto funcionario al servicio del Rey que siempre estuvo al margen de controversias políticas. Escribió algunos tratados eruditos y un montón de odas al monarca del pelucón, que con todo el amaneramiento con el que uno se lo quiera imaginar, era a la sazón el más poderoso de Europa; si Luis XIV se leía o no las efusivas loas de Perrault es algo que no podemos asegurar, pero está contrastado que los esfuerzos retóricos le reportaron al escritor ciertos beneficios materiales. Digamos que Perrault era una especie de pelota ilustrado. Añadimos lo de «ilustrado» porque el epíteto le confiere cierta dignidad, frente a ese otro género de pelotilleros convencionales a los que todos estamos acostumbrados. En 1697 publica una pequeña recopilación de cuentos bajo el título de Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités; se trata de ocho relatos que pronto alcanzarán notoriedad como Los cuentos de mamá Gansa. En realidad, son historias bien conocidas de origen popular que Perrault transcribe y modifica, eliminando la casquería y las alusiones sexuales, contenidos muy recurrentes en la tradición oral de toda Europa. Como ocurre en la actualidad, en aquel tiempo estaba muy de moda moralizar, así que cada cuentecillo sirve a una moraleja final, aunque con menos pretensiones que las que añadió La Fontaine a sus fábulas o, un poco más tarde, el español Félix María Samaniego a las suyas. Traemos aquí una bonita edición de principios del siglo XX con los cuentos originales. Desde mediados del siglo XIX, las historias han sufrido alicatados y remodelaciones que convirtieron estos relatos de salón para aristócratas ociosos en cuentos de hadas para niños somnolientos. Primero fueron los Hermanos Grimm, verdaderos maestros pasteleros en el arte de edulcorar finales amargos, pero unos aficionados si les comparamos con el gran magnate de la sacarina: Walt Disney. A esta factoría debemos la última secuela de un cuento de Perrault: el ya conocido Le Maitre Chat. En el original de Perrault, el lobo se zampa impunemente a Caperucita, la Cenicienta perdona a sus hermanas y la Bella Durmiente… Bueno… la Bella Durmiente despierta de esa especie de sueño psicotrópico y placentero sin el concurso del beso sanador del Príncipe, que al final resulta ser un poco calzonazos

el gato se pone las botas

Todo el mundo conoce la historia de El gato con botas, ahora que está tan de moda por la película y la cargante publicidad. El animalito es un elemento de cuidado, y lo que más define su personalidad no son, como suele pensarse, las botarras esas que le llegan a la ingle. No. Lo que caracteriza al gato de marras es su capacidad para la oratoria. El felino de Perrault es un liante que se libró de ser devorado por su amo por ese piquito de oro que dios le dio. Con tanta rata suelta, este bicho da el perfil perfecto de buen gobernante: inteligencia y facilidad de palabra combinadas en cuerpo de gato. Pero no nos hagamos ilusiones: Biblioluces ha localizado al legendario personaje en su hacienda vitivinícola de Beaujolais donde, a decir de los expertos, elabora unos caldos de gran carácter y raigambre. Después de varias gestiones hemos obtenido unas reveladoras declaraciones en exclusiva. Para escucharle, aprieta el botoncito del play.

 

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