La buena poesía tiene ese poder de hacer música con la palabra, de evocar los recónditos paisajes del pensamiento. Si abrimos la ventana y escuchamos con atención, podremos percibir las descargas de la artillería y las detonaciones de los bombardeos, al tiempo que nos engañamos pensando que todo ello ocurre «a muchos kilómetros de aquí».

Pero la experiencia nos enseña que ni la guerra está nunca «demasiado lejos», ni la poesía es «menos perturbadora» que los cañonazos…