Categoría: el escritor (Página 15 de 18)

mingote escritor

Glosar la enorme producción de este creador nos llevaría bastantes entradas, y puede que solo con buena disposición no diéramos cabida a todas sus facetas, que fueron muchas. Nuestra revisión es un tanto sentimental, porque cuando fallece alguien como Mingote nos quedamos huérfanos de una parte de nosotros, de un referente gráfico, estético y periodístico que formaba parte un aderezo cotidiano que alcanza los últimos setenta años de historia española, que ya es decir. Cuando pensamos en los dibujos de Mingote, nos asaltan la memoria carteles de cine, como el de El Pisito, los decorados que hizo para televisión o para el teatro, las series que llevaban impresa la impronta de su ironía castiza, de otro tiempo, sus viñetas cómicas de humor blanco, las sombras de colores limpios e ingenuos que daban volumen a unos trazos de personalidad inimitable. Sin ser una de sus dimensiones más sobresalientes, como escritor Antonio Mingote publicó su primera novela en 1948. Eran tiempos difíciles, grises y tristes, en los que todavía se podían escuchar los ecos de la bomba atómica, cuando el hambre todavía lo era con mayúsculas, y no esa ligera sensación de vacío entre el aperitivo y el almuerzo. El humor de los años 40 del siglo pasado debía ser necesariamente inteligente para que las mentes romas del poder clerical y castrense no se sintieran mancilladas ni aludidas. Cuando se publicó Las palmeras de cartón, el pulso de la literatura humorística lo marcaban nada menos que Jardiel PoncelaTono o Miguel Mihura, éste último fundador de la revista La Codorniz, en la que Antonio Mingote ingresó como colaborador en 1946, mientras compaginaba la milicia (como otros tantos, Mingote intervino en la guerra del bando a la postre vencedor) con la vocación de escritor y dibujante. Heredero del surrealismo de Ramón Gómez de la Serna al que tantas veces ha vindicado, el autor escribió tres o cuatro novelas más (alguna de ellas con aires de western al estilo Marcial Lafuente Estefanía) y abandonó la narrativa pura y dura hasta 1991, el año en que vio la luz Adelita en el desván, y posteriormente De muerte natural (1993), una colección de cuentos a la que pertenece el relato Arenas Movedizas:

Volvió la cabeza Carlota por ver si le seguía su marido, y allí estaba, metido hasta la cintura en las arenas movedizas.
—Te dije que no te apartaras del sendero. Bien claro lo dice ese cartel: peligro, arenas movedizas.
Se disculpó el marido:
—Iba leyendo el manual de instrucciones de la cámara. Quiero hacerte una foto a contraluz.
—No se puede andar leyendo un manual de instrucciones de nadacuando hay arenas movedizas junto al sendero.
—No, no se puede —dijo él, que siempre le daba la razón a su mujer, sobre todo cuando la tenía, como en aquel caso.
Cantaba una tórtola, o un mirlo tal vez, y las nubes del crepúsculose teñían de rosa.
—Y a ver qué hacemos ahora, porque no pretenderás que te echeuna cuerda cuando bien claro está que no la tengo.
—Siempre resulta práctico tener una cuerda.
—O sea, ahora me reprochas que no tenga una cuerda para echarte. Más te valdría reprocharte a ti mismo el haberte metido ahí, que ya me lo decía mi madre, ese marido tuyo acabará metiéndose en las arenas movedizas y luego te echará la culpa a ti.
—No te culpo de nada, es que yo no me fijo en las cosas —reconoció el hombre, que ya se había hundido quince centímetrosmás en el repugnante barrizal. El espectáculo de las nubes rosa y malva en el horizonte crepuscular era algo digno de verse, aunque nadie lo miraba en aquel momento.
—Haz el favor de echarme la cámara, que, con lo egoísta que eres, te creo capaz de hundirte con cámara y todo. El brusco movimiento que hizo el hombre para tirarle la cámara a su esposa lo hundió otro palmo, debido al conocido efecto de acción y reacción.
—Recuerdo el vestido amarillo que llevabas el día que te conocí, Carlotita —dijo el marido. Porque cuando un hombre está a punto dedesaparecer en las arenas movedizas los recuerdos del pasado se agolpan, incontenibles.
Se conmovió Carlotita, que no era de piedra.
—¿Y la pamela? ¿Te acuerdas de la pamela, Eduardo?
—Sí, querida —dijo Eduardo, procurando no mover la cabeza para no tragar el barro que ya le llegaba a la barbilla—. También me acuerdo de la pamela.
Las lágrimas le impidieron a Carlota ver cómo su marido se hundía hasta las cejas. Buscó en el bolso un pañolito para secarse los ojos. Cuando pudo mirar de nuevo sólo vio la mano del hombre que, antes de hundirse definitivamente, le hacía un cariñoso ademán dedespedida.
—El manual de instrucciones de la cámara. Se ha hundido con el manual de instrucciones. Un egoísta, eso es lo que era.
Un mirlo, tal vez una oropéndola, se posó en la mano de Eduardo a punto de desaparecer y picoteó delicadamente las yemas de los dedos.
El crepúsculo se había puesto tan bonito como no se puede usted imaginar.

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estoicismo inteligente

Con sus noventa y cinco años de existencia, el escritor José Luis Sampedro es la memoria viva de todo un siglo. Su trayectoria literaria se cruza con la del economista comprometido; la veneración que le muestran algunos contrasta con el poco caso que le hacen. Ha sido crítico con el sistema y nos ha desvelado lo que hay detrás de una opinión pública «informada»: una ciudadanía que no ha sido (ni será) educada para razonar, sino para proyectar un pensamiento patrocinado por el poder y difundido por los medios de comunicación. Su discurso, rebosante de estoicismo, flota ya en ese limbo claro del  que sabe que no vive en el mejor de los mundos posibles, pero que pese a todo siente el impulso irrefrenable de sobreponerse para reivindicar la dignidad del ser humano. Algunos de los libros de Don José Luis están disponibles en la biblioteca, aunque nuestro preferido es El río que nos lleva, una novela de un tiempo pasado, protagonizada por hombres y mujeres rudos y bravos que viven a merced de la fuerte corriente que les arrastra, lo que no les impide cumplir con su destino, que no es otro que el de remontar el cauce para tornar de nuevo al punto de partida…

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dickens

Charles John Huffam Dickens nació en Portsmouth un siete de febrero de hace dos siglos justitos. El bicentenario supone una buena excusa para que monografías, estudios, biografías, revisiones, ensayos y reediciones se sucedan, una tras otra, con motivo de la efeméride. Como creemos que la ocasión lo merece, nos vamos a sumar a la corriente irrefrenable que conmemora el natalicio a uno de los escritores populares más reconocidos y reconocibles de la historia reciente. Siguiendo las costumbres de la época, publicaremos por entregas algunos textos y referencias con la intención de acercarnos al autor desde un punto de vista alternativo, analizando el estilo, las aportaciones extraliterarias y el perfil humano de Don Charles, un inglés muy inglés que ya en vida disfrutó de gran fama y prestigio, y cuyos libros no han dejado de traducirse y venderse por cientos de miles en las últimas veinte décadas. Por de pronto, hacemos una incursión en la biblioteca para comprobar si el surtido dickesiano nos permite abordar dicha tarea con garantías. Y efectivamente: cubierto por una generosa capa de polvo descubrimos Los papeles póstumos del Club Pickwick en dos tomos, con un ensayo preliminar de Julio Cortázar; La tienda de antigüedades en traducción de Anibal Froufe; ediciones resumidas e insustanciales de David Copperfield y Oliver Twist; un cómic de Historia de dos ciudades; Canción de Navidad en inglés, un libro de estampas y grabados originales muy bonito y poco más… aunque suficiente como para tomar carrerilla y lanzarnos en salto mortal con doble tirabuzón a la piscina del prolífico creador británico.

miguel ángel y las letras

Al mayor prodigio del Renacimiento no le gustaba que le consideraran un pintor. Abominaba de los regios encargos que le condenaban a dedicar meses, e incluso años, a la decoración de techos y paredes. Miguel Ángel se sentía, sobre todo y ante todo, un trabajador de la piedra, un escultor. No sabemos si al padre del «David» le habría hecho gracia que le recordasen como escritor. Aunque este artista total, aparte de lucirse con encarguillos de ingeniería, escultura, dibujo, arquitectura, pintura, urbanismo o diseño, también podía presumir de buen poeta. Pero su descomunal talento plástico ensombreció esa otra faceta del genio creador: los que saben de esto dicen que escribió durante toda su vida, que Miguel Ángel era un ávido lector, humanista como muchos de sus egregios contemporáneos, y devoto de Dante y Petrarca. A nadie le debe extrañar, pues, que a este hombre de su tiempo le atrajesen también el mundo de las letras y de las ideas filosóficas. Sus sonetos se han editado recientemente en español por la editorial Cátedra. Reproducimos aquí  uno de los más conocidos, con dos estrambotes, y compuesto al parecer mientras pintaba los frescos de la Capilla Sixtina. Son versos desenfadados, escritos en tono burlesco con intención de desmitificar la tarea solemne del artista. Según Francisco L. González-Camaño «este soneto se ha considerado siempre un sufrido testimonio de los ímprobos esfuerzos físicos que el artista hizo encima del andamio para poder llevar a cabo en solitario la magna obra asignada por el Papa. El autorretrato es crudamente explícito y el pintor no nos ahorra ningún detalle físico de su humanidad machacada» (Algunas notas sobre la poesía de Miguel Ángel, Revista de estética y teoría de las artes. Número 6, noviembre 2007). Toda una invitación a conocer un poco más sobre la vida y obra de este personaje crucial en la historia del arte con libros como los de TASCHEN que, por sus dimensiones, encontrarás rápidamente en la biblioteca…

 Se me ha hecho ya buche en la fatiga,
como hace el agua a los gatos en Lombardía
o en cualquier otra región de que se sea,
que a fuerza el vientre se junta a la barbilla.
La barba al cielo, y siento la memoria
en el trasero y tengo el pecho de una arpía.
Y sobre el rostro el pincel aún goteando
un rico pavimento me va haciendo.
Los riñones me han llegado hasta la panza
y del culo hago en contrapeso grupa
y ya sin ojos doy pasos en vano.
Por delante se me estira la corteza
y por plegarse atrás se me reagrupa
y me extiendo como un arco de Siria.
Pero engañoso y extraño
brota el juicio que la mente lleva,
pues tira mal la cerbatana rota.
Este cadáver de pintura
defiéndelo ahora, Juan, y también mi honor
no estando yo en mi sitio ni siendo yo pintor.

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de illinois a Idaho

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La vida de Ernest Hemingway abunda en lo excesivo, lo crudo, lo novelesco, lo inaudito, lo grotesco, lo imposible… El escritor de Illinois alimentó como nadie su propia leyenda, nutriendo, modificando e inventando con laboriosas mentiras el espectro de su luz decadente. Fue alcohólico desde antes de que se diera por enterado. Dueño de un corpachón fiero y robusto, ensalzó como nadie las virtudes de la amistad, pero utilizó a las mujeres, se enemistó con la mayoría de sus camaradas y buscó afinidades imposibles con personajes dudosos que engordaron su ego y alentaron su amargo resentimiento contra el mundo. Hemingway es, en sí mismo, un universo aparte, el blanco de tantas miradas apasionadas que resulta imposible ofrecer un perfil objetivo de su vida y obra. Lo cierto es que cuando se le concedió el premio Nobel (un año después a que lo recibiera Winston Churchill) su carrera declinaba, se deslizaba fatalmente por una cascada de vino y ginebra que habría de aplastarle en la batiente violenta y espumosa. Sin embargo acababa de escribir El viejo y el mar, posiblemente su obra más popular y una de las más intemporales, de las que permanecen por más tiempo en la imaginación de los lectores jóvenes. Se trata de una fábula aplicable al declive de un autor, identificado con un viejo pescador frustrado que tiene la oportunidad de realizar una gran hazaña que le devolverá la gloria de tiempos pasados; pero para ello ha de arrebatarle algo al mar, porfiando con los seres que lo habitan, con el destino y hasta consigo mismo…

Es un gran pez y tengo que convencerlo —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles. (De la traducción de Lino Novás Calvo).

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primum vivere deinde filosofare: Galdós

Don Benito fue la primera pluma de España. Los expertos dicen que era casi tan digno de este billete de mil pesetas como Cervantes. Y no solo por el mérito de una producción literaria copiosa y variopinta, sino por la calidad portentosa de su prosa, sin parangón. Galdós fue coetáneo de Tolstoi y Proust, dos escritores muy influyentes. Ninguno de ellos fue reconocido con el Premio Nobel, pese a que los tres estaban en edad de merecer(lo). Pero se sabe que aunque la talla (literaria) de Don Benito no admitía controversia, la concesión de tal honor hubiera incomodado a muchos de sus paisanos, que le tenían por un excéntrico personaje, radical, mujeriego y, por si esto fuera poco, anticlerical. Galdós se ganó mucha de esta fama a pulso, y todavía hoy su vida sentimental ocupa a profesores y tertulianos exquisitos. Pero la mayoría de la obra galdosiana está lejos de ser un muestrario de fobias y rencores. Sus personajes (y sobre todo sus personajes femeninos) están retratados con la sutileza de un observador pulcro y juicioso. Según dicen, Don Benito era un hombre callado, amable y generoso, poco inclinado a hacerse notar. Celoso siempre de su vida privada, en Memorias de un Desmemoriado, el autor recuerda así sus primeros años en Madrid:

«Vine a esta Corte y entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía… Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias.»

Si uno se pasea por la avenida central de la biblioteca y aledaños encontrará decenas de títulos galdosianos, empezando por los cuarenta y seis Episodios Nacionales y terminando con El amigo manso, la última novela del autor. Intuimos que no resulta muy progre recomendar la lectura de estos volúmenes, y nos tememos que la osadía pueda interpretarse incluso como una invitación al esnobismo. Pero como los que cometemos exceso tal no tenemos (casi) ningún complejo, le dedicamos esta (y otra) entrada a Pérez Galdós, que a buen seguro nos estará contemplando desde el purgatorio templadito de todos los que algún día fueron billetes verdes.

manuscrito de «La Fontana de Oro

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