Categoría: el escritor (Página 6 de 19)

marga

La corta existencia de Marga Gil Roësset (1908-1932) nos permite intuir un enorme talento, truncado en la flor de la vida cuando no era más que el débil halo que proyectaba una muchachita insegura y melancólica. No supimos de ella hasta que nos la presentó nuestra amiga María Díaz Perera en el precioso retrato a lápiz que ilustra la entrada. Por lo que se dice, Marga recibió de su familia una educación exquisita; los padres, religiosos y cultivados, le ahorraron interferencias escolares promoviendo la creatividad espontánea y alentando la vena artística al margen de modas y convenciones. Marga se crió pues en un ambiente protector y selecto, que sin mala intención le había hurtado la posibilidad de experimentar contratiempos y frustraciones propias de la edad, y donde el impulso creativo era generosamente recompensado. Fruto de ello, Marga recibió el Premio Nacional de escultura cuando tenía veintidós primaveras. Dos años antes había publicado un libro junto a su hermana Consuelo, El niño de oro, ilustrado primorosamente. Se cuenta que el gran escultor Juan de Ávalos se enamoriscó de la chica en la cantera de granito que ambos frecuentaban. Pero el corazón de Marga ―¡ay!― estaba en otro lugar. En un acontecimiento operístico le fue presentado Juan Ramón Jiménez, un poeta de cincuenta y un años, consagrado y ya con una corte de discípulos y aduladores a los que no les afectaban las manías y rarezas del maestro.  Por aquel entonces, Zenobia Camprubí hacía propósito de consagrar su vida al poeta. Por delante quedaban bastantes años de sinsabores y complacencias con el futuro premio Nobel. Desde ese momento Marga los frecuentó a menudo. A pesar de las objeciones de Zenobia, Marga se comprometió a tallarle un busto en piedra que nunca llegaría a terminar. El vínculo entre las mujeres se fortaleció… pero por dentro la soflama del amor estaba a punto de prender en incontrolada pasión por el escritor, que por lo demás debía estar encantado con que la jovencita le mostrara ese arrobo adolescente, pues menudo era Juan Ramón. Los días previos al fatal desenlace Marga vagó sin rumbo, emitiendo señales inequívocas de su intención. Fue una desesperada llamada de auxilio: paseó el paquete con el revolver de aquí para allá, lloraba… e incluso la misma mañana de su muerte le entregó al poeta el diario íntimo donde figuraban sus planes macabros. Una señorita se suicida en un hotelito en Las Rozas. Así rezaba la breve reseña aparecida en la prensa el treinta de julio de mil novecientos treinta y dos. Marga se descerrajó un tiro en la sien, pero no fallecería al instante. Fue trasladada al hospital. Allí Juan Ramón Jiménez veló a la moribunda en los últimos instantes, ajeno en ese momento a que el motivo de tan funesto arrojo era el amor sin retorno que ella le había confesado. En la carta que le escribió a Zenobia, Marga se despedía en estos términos:

«Zenobita … Vas a perdonarme … ¡Me he enamorado de Juan Ramón! y aunque querer … y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa … a mí al menos, pues así me ha pasado … lo he sentido cuando ya era … natural … que si te dedicaras a ir únicamente con personas que no te atraen … o te repugnan … quitarías todo peligro … pero eso es estúpido; … en fin me he enamorado de Juan Ramón … y siendo tu amiga … aquí ya está mi culpa … le he dicho … que le quiero … … y le he pedido que se case conmigo; … … ¡estaré loca! …………………….. pero como él … te quiere ¡te quiere!… pues me ha dicho que no … que nunca … … perdóname … porque si me hubiese dicho que sí … ¡ay! … a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada … … y tú eres mi amiga … y de verdad te quiero mucho … y me gustas mucho … … pues … ¡con ser todo eso tanto! … yo habría pasado por todo … por todo lo que fuese preciso … pero claro como soy yo sola a querer … … creo mucho mejor ¡matarme! ya … que sin él no puedo … … y … con él no puedo … … perdóname Azulita … por todo lo que si él quisiera yo habría hecho.
Marga».

http://www.youtube.com/watch?v=wCGvZGH_sr0

¡acude! Esa frase educa

Un palíndromo tiene su propia vida. Las palabras se mueven libremente hasta que encajan en un patrón afortunado de ida y vuelta, una suerte de simetría léxica más próxima a la matemática que a la lengua… ¡Y voilá! Segmentos sonoros, recortes de un universo delirante que pocas veces se pliegan a los deseos del autor. El dibujante y diseñador gráfico José Pablo García lo ha intentado con las palindrotiras, humor gráfico sujeto a estrictas leyes capicúas. Pero si lo traemos hoy aquí es por su aportación al mundo del tebeo. En la biblioteca podemos leer la versión gráfica de La Guerra Civil Española de Paul Preston, una verdadera odisea gráfica que consistió en pasar (y decimos «pasar» porque el dibujante apenas se ahorra una coma del original) un ensayo denso de cuatrocientas páginas a un álbum de unas… ¡¡mil trescientas viñetas!! que dan cuenta de todas las derrotas del conflicto, comenzando por un homenaje a Goya (Duelo a garrotazos) para terminar con la siesta del Caudillo. A lo largo de sus doscientas cuarenta páginas nos topamos con los protagonistas de la contienda y con numerosas referencias a imágenes y cartelería de la época, entre ellas la de los milicianos en alpargatas, apuntando con el Mauser desde la trinchera. Hay precedentes, y muchos. Aquí tenemos a mano los fascículos correspondientes de La historia de España (dibujada por Luis Collado entre otros) o las ilustraciones que hace Fernando Vicente para la La Guerra Civil contada a los jóvenes, de Pérez-Reverte. Pero el desarrollo de un ensayo histórico completo requería otro enfoque, y José Pablo García decidió quemar las naves en el empeño. El resultado: un completo análisis de la Guerra Civil desde sus cimientos, rescatando decenas de nombres y de situaciones que nos ofrecen una imagen compacta del conflicto bélico a través de un prisma fresco, como de alumno aplicado que pone su talento al servicio de lo que narra. La colaboración de dibujante e historiador se prolongó en otro libro, Muerte en Guernica, del que de momento no podemos dar referencias. Siguiendo con la sucesión de encargos que el dibujante está despachando con soltura, José Pablo ha publicado este mismo año una versión gráfica de Soldados de Salamina, reconocible título del reciente premio Planeta, Javier Cercas. Por todo ello, hemos creído oportuno profundizar en el trabajo de un autor joven y prometedor que señala el camino de otros tantos que vienen detrás, e interesarnos un poco por su forma de hacer y sus proyectos futuros. Y es que en este mundo de la creación, se es o no se es

testimonio hasta el final

Si el pintor de las cuevas de Altamira hubiera puesto en marcha el reloj de la historia, nos separarían apenas diez minutos de una de las mayores atrocidades de las que se tenga noticia, cometida por media humanidad con el beneplácito de la otra media. El Holocausto, proyecto de exterminio premeditado, organizado y perpetrado contra los judíos europeos, es una demostración de que la infamia se alberga en una estancia oscura de nuestra civilizada conciencia occidental, y que el padecimiento de los demás nos suele ocupar más bien poco mientras observamos en la distancia espacio-temporal desde nuestra confortable barrera de observadores neutrales (la neutralidad es la falta absoluta de criterio y sentimiento; define al pez, al árbol o a la tachuela, pero no a un ser racional pensante). Como tenemos la costumbre de morirnos, la memoria colectiva es limitada y dura lo que dura la generación de quienes vivieron para contarlo. Pasado ese momento, es posible hacernos creer cualquier cosa. Brigadas de expertos en memoria histórica de lo que sea nos desvelarán quienes fueron los malos y a quienes debemos tener por héroes o por villanos. Pero afortunadamente la manipulación ideológica y política tiene un antídoto: la palabra. Mucho se ha dejado escrito del turbulento período que conmocionó a la vieja Europa durante la década maldita del 36 al 46 del pasado siglo. Los que tuvimos la suerte de nacer mucho después no hemos conocido agitación tal y esto, que es un alivio, también constituye un prolongado motivo para creernos que no puede volver a repetirse. Mientras escribía sus diarios, Víctor Klemperer (1881-1960) pensaba en esas futuras generaciones de hombres y mujeres que perderían la dimensión de la enorme infamia que le tocó vivir. El señor Klemperer era un profesor judío de religión protestante. Apartado de su cátedra universitaria y despojado de todos los derechos civiles, sobrevivió al exterminio por una sangrienta carambola del destino: el bombardeo asesino que arrasó la ciudad de Dresde, y que frustró su inminente traslado a un campo de concentración. Privado de las bibliotecas (los nazis sabían perfectamente que los libros eran incompatibles con el proyecto totalitario) a Don Víctor no le quedó más remedio que pararse a estudiar el crudo discurso de los que le habían robado la patria, el trabajo y la libertad (que no la dignidad). El pormenorizado análisis filológico del lenguaje como arma política se materializó en La lengua del Tercer Reich. Curiosamente, lo que  iba a ser su contribución más importante, unos voluminosos cuadernos agrupados bajo el título Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945,  fueron publicados por primera vez en Alemania ¡en 1995!, y la primera traducción al español data de 2003.  Durante años, el autor se consagró a la tarea de anotar con regularidad las experiencias de la pareja Klemperer (no sería justo olvidar a su esposa Eva, que era de condición «aria» y que, pese a todo, compartió su destino como si ambos fueran uno solo) reducidas a una suma de torturas y vejaciones que el poder totalitario proyectaba sobre ellos. Los diarios permanecieron inéditos durante décadas, hasta que los redescubrió Walter Nowosjki, un antiguo alumno. Hadwig, la segunda esposa de Klemperer, tenía cuarenta y cinco años menos que él. Fue ella quien asumió la dura tarea de transcribir el importante legado, garabateado en una letra apenas legible en todo tipo de papeles. Los dos volúmenes en los que se presenta esta obra son imponentes. Pero la lectura nos devuelve al opresivo ambiente de la Alemania nazi con una destreza narrativa que no se ahorra un ápice de humor, ironía y dramatismo, reflejando las incuestionables dotes literarias del eminente romanista. Al final de la guerra, Victor Klemperer decidió quedarse en la República Democrática. La vida en el nuevo régimen inspiró una nueva entrega de los diarios, esta vez centrados en el partido comunista alemán, en el que observa muchas similitudes con el comportamiento nazi, destacando que «bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad».

http://www.youtube.com/watch?v=vHmAvynDVBU

El gran director de orquesta Otto Klemperer fue de los primeros que regresaron del exilio tras la guerra. Era primo segundo de Víctor Klemperer.

Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica

http://www.youtube.com/watch?v=UoEuvgT1wBs

Caminar por Milán sin apremio y con tiempo bonancible es una actividad muy gratificante, al alcance de todos los bolsillos (¡ojo! ¡únicamente el paseo, sin extras!). Si uno está, por ejemplo, tomando un bocadillo a los pies del monumento a Leonardo, junto alla Scalla, y dejándose guiar por la fuerza del destino sigue el rumor del Va pensiero que le llega de la vecina calle Giuseppe Verdi («¡Ve, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal!«), dará sin GPS ni nada con la calle Dell´Orso. Transitándola en sentido este-oeste topará con la oficina de correos. Atravesando Broletto por donde pueda, llegará a Vía Cusani. Y no hay nada más fácil una vez allí que orientar los pasos hasta la Plaza del Castillo. En el cabalístico número trece se encuentra el célebre apartamento-biblioteca de Don Umberto Eco. El profesor italiano era un acaparador de libros, coleccionista empedernido que atesoraba en este edificio singular más de treinta mil ejemplares, ochocientos metros lineales de tomos, tomillos y tomazos distribuidos por orden alfabético en estanterías que lo cubrían todo, de arriba a abajo. Vista desde afuera, la propiedad, sita en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, resulta imponente. A pocos metros de la sinagoga, uno se imagina a D. Umberto en este templo de idolatría pagana yendo y viniendo por pasillos flanqueados de libros que en la mayoría de los casos no fueron siquiera abiertos desde que salieron de la prensa. Eco no los había leído todos, claro. En primer lugar porque eso es imposible, pero también porque hubiera sido una fútil pérdida de tiempo y energía. Saber más no es proporcional a la cantidad de lo que se lee, sino a la calidad. Y el viejo erudito era maestro en separar el grano de la paja. Como bibliófilo había invertido los caudales que le reportaban sus derechos de autor en la adquisición de libros raros, códices e incunables. Guardaba la que él denominaba Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica en una estancia climatizada, a prueba de cacos y polillas.  Quién sabe cuántos catarros pilló ese hombre contemplando sus mil doscientas joyas, pasando las páginas y descifrando las anotaciones que doctos lectores pretéritos dejaron de su puño y letra. Eco deseaba que su biblioteca, la nueva y la vieja, se mantuviera íntegra. Recientemente el Estado Italiano ha mediado para cumplir su voluntad, lo que garantiza casi al ciento por ciento que lo que reunió D. Umberto con tanto ahínco terminará fraccionado, dividido, troceado, desmenuzado, loncheado y hasta atomizado. Quizá dentro de unos años podamos contemplar su ejemplar de Hypnerotomachia Poliphili en la biblioteca de Alessandría (su ciudad natal) o en la librería de lance de Sotheby´s. Lo cierto es que pese a que los materiales de los que están hechos los libros de piel, papel o papiro son perecederos, el empeño que el ser humano ha puesto en preservar el conocimiento es uno de los motores del progreso científico y técnico. Esperemos que también del intelectual. Y es que todavía hay muchos libros buenos por descubrir, incluso en la biblioteca del 13 de la Piazza Castello. Feliz año.

kafka en el lago

El lago di Garda es un bonito rincón del norte de Italia, entre la Lombardía, el Véneto y el Trentino, conocido de sobra por quienes viajan a los destinos más concurridos de Europa. Mucho antes de que se inventara el turismo masivo y descerebrado, las orillas de este lago eran frecuentadas por visitantes enfermizos que buscaban paz, recogimiento, aguas termales, un clima amable y buenas dosis de pintoresquismo del que ya no encontraban en sus ciudades de origen. Tal fue el caso de Franz Kafka, un autor recurrente en estas páginas de aire, y al que volvemos siempre que haya algo que así lo requiera. Nuestros paseos por Riva del Garda nos pusieron de nuevo sobre la pista de este autor que la historia de la literatura acogió en su seno de rebote, fruto de una notoria deslealtad de la que ya se habló en su momento. En el otoño de 1913 (Franz contaba por entonces treinta años) coqueteaba en el Naturheilanstalt de Hartung von Hartungen (recordemos que en aquella época esta zona del norte de Italia pertenecía al Imperio Austriaco) con una joven de dieciocho primaveras que se hospedaba en la habitación del piso superior, debatiéndose entre los amores posibles con una suiza, otros más probables con la rusa de la habitación de al lado y los imposibles con la polaca con la que mantenía una relación epistolar. Fue a ésta última, la paciente Felice, a la que confesaría sin ambages «lo mucho que le importaba Gerti»¹. Kafka arrastraba una tremenda inmadurez sentimental, que puesta a secar en el tendedero moral de su época, estuvo en el origen de su perpetua indeterminación afectiva. Después de su corta estancia en el Garda, Kafka vuelve a Praga con energía y se aplica de nuevo a su actividad literaria: corrige sin demasiado agrado La Metamorfosis y retoma el diario abandonado en el que vela de misterio el encuentro con la chica «de arriba», a la que no volvería a ver ni a escribir por deseo mismo de la interesada. Tampoco Kafka regresaría jamás al lago de Garda. Sin embargo, tres años más tarde escribiría El cazador Gracchus, cuento ambientado en Riva que está entre lo menos conocido de su producción. En él, un hombre muerto hace siglos llega al pueblo, donde le recibe el alcalde. Su historia mortal tuvo su fin el día en el que se despeñó persiguiendo un rebeco. Pero su aspiración de descansar en paz se trunca una y otra vez. Cada intento por alcanzar la última morada termina en un puerto distinto, siempre en las regiones inferiores de la muerte. Leamos este relato antes de que declaren ilegal la práctica cinegética y El cazador Gracchus sea condenado y expurgado junto con Sangre y arena de Blasco Ibáñez y la Caperucita Roja de Perrault.

¹ DESMARQUEST, Daniel. Kafka y las muchachas, (Edaf, 2003).

el libro de San Bartolomeo

El Quaker City era un buque a vapor alquilado por la armada de la Unión durante en la guerra civil americana. Retirado del servicio activo, se reconvirtió en barco comercial y de recreo. En 1867 los periódicos se hacían eco de un maravilloso crucero de placer a bordo del Quaker City que partiría de Nueva York con destino a Europa y Tierra Santa. Entre el selecto pasaje figuraba un tal S. Clemens, de California, inquieto escritor que no desaprovechará la oportunidad para redactar una serie de cartas que tiempo más tarde se editarán como libro de viajes: The Innocents Abroad. No contaba Clemens que esta obra sería la más vendida de entre todos sus libros, por encima incluso de los futuros Tom Sawyer y su secuela, Las aventuras de Huckleberry Finn. A estas alturas no creemos necesario desvelar la identidad de Míster Clemens, así que ni siquiera insinuaremos el seudónimo por el que se le conoce universalmente: Mark Twain. La mirada del autor de la Guía para viajeros inocentes es genuinamente americana: humor fino, agudeza verbal, arrogancia y hasta una cierta comprensible ignorancia provinciana que se combinan para componer un relato muy al gusto de los lectores de la época. Hace poco tuvimos la oportunidad de recrear los paseos de Twain por Milán y su visita al Duomo: «Estábamos enfermos de impaciencia; ¡nos moríamos por ver la famosa catedral!». También para nosotros el deseo de penetrar los muros del fastuoso edificio era mayor que la entereza necesaria para superar las tres líneas de seguridad con cacheo incluido que nos separaban de esta blanquísima escalera hacia el cielo, a esas horas encendida al sol de la mañana como una mole incandescente. Después de salvar cuántos obstáculos se opusieron al peregrino, retomamos el itinerario por de la nave septentrional que nos llevó a los pies del San Bartolomeo scorticato, patrón de los peleteros, statua de Marco d´Agrate. Quien desconozca la historia del apóstol no encontrará sentido a la figura desollada, con mirada perdida, que exhibe pose triunfante sobre aquellos que intentaron quebrar sus convicciones por el tormento. Y quién sí sepa del suplicio del santo notará enseguida que la estola que cubre hombros y partes pudendas es la piel que le arrebataron los armenios, volviéndosela del revés como un calcetín. Sobre el pedestal, la desnuda carnosidad que impresionó a Twain sobrecoge al visitante moderno, que captura con su cámara el detalle macabro de fibras, venas y nervios, expuestos a la indiscreta curiosidad del observador con una impudicia que nos recuerda el De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio. En este caso, llama la atención el atributo de Bartolomeo: un pesado libro abierto apoyado en la parte anterior del muslo en lugar del cuchillo de desollar verracos que tradicionalmente le identifica ante los fieles. Después de hora y media larga de contemplación, el devoto paseo por las naves del duomo se transforma en apresurado y frívolo tránsito a través de Galería Vittorio Emanuele II hacia el monumento a Leonardo, frente al teatro alla Scala. Pero antes de abandonar la catedral, y sin que seamos conscientes de ello, la última mirada se prenda del desnudo personaje, quizá el más desnudo de cuántos hubo en la historia del arte, y en el vínculo de nuestra fascinada repulsión con la vívida impresión que hace más de ciento cincuenta años inspiró estas palabras del célebre autor de El príncipe y el mendigo

La figura era la de un hombre sin piel; con cada vena, arteria, músculo, cada fibra, tendón y tejido del cuerpo humano, representado hasta el más mínimo detalle. Se hacía natural porque, por alguna razón, parecía que le dolía. Lo normal sería que un hombre desollado diese esa impresión, a no ser que estuviese entretenido con algún otro asunto. Era horrenda y, sin embargo, ejercía una especie de fascinación. Siento mucho haberla visto, porque ahora ya siempre la veré. A veces soñaré con ella. Soñaré que descansa sus brazos acordonados sobra la cabecera de la cama

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