Categoría: el escritor (Página 8 de 19)

bea Triz bea

http://www.youtube.com/watch?v=gqi8oT0Pa0w

Tres cualidades a tener en cuenta… y UNO: es una autora reconocida y reconocible. Y DOS: tiene un talento más que notable. Y TRES: es una mujer muy joven que tiene las cosas muy claras, y por eso es un referente para todas aquellas que sienten que la creación es lo suyo… Además teníamos un par de libros de Bea Tormo, Triz, en la biblioteca: La vida secreta de Rebecca Paradise (Texto de Pedro Mañas) Premio Barco de Vapor 2015, y Esmeralda y yo (Texto de Juana Cortés Amunarriz) VII Premio de Literatura Infantil Ciudad de Málaga. Las credenciales no podían se mejores, así que prestos y dispuestos le pedimos una entrevista porque teníamos que saber algunas cosas que seguramente ella nos aclararía. Y, efectivamente, así fue. Aquí dejamos el resultado de la conversación, fraccionado en dos entregas. ¡Que aproveche!

BIBLIOLUCES.- Primero vamos con lo de los estudios… Ayúdanos  a convencer a una estudiante con talento de que lo suyo es el lápiz y no las integrales.

TRIZ.- Bueno, si una estudiante tiene claro que lo que le gusta es coger un lapicero para hacer dibujos y no para escribir números no debería tener que convencerla, tendría ella misma que saber qué es lo que quiere y hacerlo. A mí me enseñaron que tenía que estudiar aquello que me entusiasmase y no lo que se esperaba que hiciese sólo por tener algo estable y con dinero. Una misma tiene que tomar sus decisiones, no los demás.

BBL.- ¿Qué consejos le darías a una chica o a un chico de secundaria que quiera dedicarse a la lustración o a la historieta?

TRIZ.- Le diría que tiene que trabajar muy duro. Aún la gente no se cree que sea un trabajo serio, pero pagamos impuestos, hacemos papeleos y tenemos que organizarnos la jornada como todo el mundo. Al margen de eso, creo que es un trabajo en el que nunca dejas de aprender, y que se llega a un buen resultado con muchísimas horas de trabajo. Merece la pena, pero no es fácil.

BBL.- ¿Quién te enseña el oficio? Porque está claro que no es cosa de hacerse un máster supercaro… ¿O sí?

TRIZ.- No, no hace falta ningún máster carísimo para aprender el oficio, aunque está claro que unos estudios te ayudarán en cuestiones prácticas; color, proporción, composición… Yo no fui a la universidad y los estudios que cursé no me enseñaron gran cosa, todo hay que decirlo, pero sé que ahora hay cursos de bastante calidad. Luego, evidentemente, está tu propio interés y documentación, tienes que mantenerte al tanto de lo que se hace y echar horas en tu casa dibujando. Así es como se hace mano.

BBL.-  ¿Es el tuyo un trabajo de ocho horas con pausa para el café?

TRIZ.- ¡Ja, Ja, Ja! No. ¡Ojalá fuera algo tan organizado! Es un trabajo donde hay días de 12 horas de trabajo, otros de 4, otros de 10… depende del volumen de trabajo que tengas y de cómo te organices. No trabajas en una oficina, si ese día aún no has terminado lo que tengas para mañana tienes que hacerlo, y da igual cuantas horas estés delante del ordenador o del papel, hay que acabarlo porque tienes un cliente que lo necesita. Hay que marcarse pautas y una agenda controlada para no caer en el caos horario, pero sinceramente, nunca lo consigo.

BBL.- Tenemos una duda… el arte rupestre, ¿es obra de  hombres o de mujeres?

TRIZ.- Bueno, dicen que un gran porcentaje de las pinturas rupestres eran hechas por mujeres, que tiene sentido, eran las que se quedaban en la cueva. Quedarse todo un día metida en una cueva tenía que ser un coñazo (con perdón).

BBL.- Si revisamos la lista de galardonados con el Premio Nacional de Ilustración desde el año 1990 encontramos únicamente siete primeros premios en femenino… ¿Es que hay tanta diferencia entre mujeres y hombres en este oficio?

TRIZ.- Creo que los únicos que ven diferencias son los que dan los premios. A la hora de la verdad no hay absolutamente ninguna diferencia. Hacemos el mismo trabajo y además hay una cantera enorme de ilustradoras, así que o son muy ignorantes o huele un poco a podrido. Pregunten a los señores del jurado a ver que les dicen ellos y luego me lo contáis. (Continuará)

 

http://www.youtube.com/watch?v=WOJkmqEyp1c

miguelanxo explica a Cervantes

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La biografía de Cervantes forma parte de su valioso legado. No ha resultado fácil documentar las peripecias del esquivo Don Miguel,  del que se había perdido la pista hasta que hace poco más de un año se descubrieron restos del escritor en la cripta de una iglesia madrileña. La ausencia de un verdadero retrato y las numerosas incógnitas que rodean al Cervantes «de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada» (en el prólogo de las Novelas Ejemplares) contribuyen a perpetuar la leyenda del escritor, que a buen seguro hubiera cambiado la postrera gloria que le depararon los siglos por una mayor fortuna terrenal, afanado como estuvo en perseguir la fama y el reconocimiento que no le alcanzaron en vida. Hace unos meses tuvimos la oportunidad de viajar en el tiempo, repasando los principales hitos de la biografía cervantina de la mano del genial dibujante Miguelanxo Prado. Abierta en el precioso Palacio Municipal de La Coruña, la exposición Miguel EN Cervantes. El retablo de las maravillas, nos invitaba a conectar al personaje de Cervantes con su época, ilustrando todas «las vidas» que le tocaron en suerte, bien fuera por casualidad o por temperamento: bravucón, soldado, cautivo, recaudador… El que haya perdido la oportunidad de visitar la muestra puede hacerse con el catálogo en el que, junto a los dibujos de Miguelanxo, podemos disfrutar la historieta de El retablo de las Maravillas, obra del orensano David Rubín, que ya había experimentado con la adaptación de otros clásicos como Shakespeare o Bécquer. Sin duda, una lectura recomendable para fraguar en la memoria la vida de nuestro escritor universal en treinta y séis imágenes inolvidables.

https://www.youtube.com/watch?v=iGRmfR6zrbc&t=33s

santo bebedor

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«Escritor austriaco muerto en París». Así de concisa reza la inscripción en la lápida de Roth, aunque él, quizá presintiendo el final, había escrito poco antes un epitafio mejor: Gebe Gott uns allen, uns Trinkern, einen so leichten und shönen Tod (Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte). Así concluía su último relato, La leyenda del santo bebedor, el colofón a una vida pasada por absenta, la bebida anisada y maldita que en el siglo XX reivindicaron eminencias literarias que buscaban en el cieno verdoso la esencia misma de la creación literaria. A Joseph Roth no le fue mal en cuanto a esto último, aunque los excesos etílicos le costaron una muerte demasiado temprana. Para el que quiera tomarle el pulso al autor, La leyenda del santo bebedor no es mal comienzo. Se trata de una historia blanda y sencilla, que cruza las numerosas líneas del destino sobre el pecho de un clochard de origen polaco, un hombre de honor zarandeado por la vida que duerme bajo los puentes de París. Un encuentro casual le pone en el camino de una sucesión de milagros cargados de buenos presagios que su condición de borracho acabarán deshaciendo como azucarillo en cuchara de absenta, dejando incompleto el que quizá fue su único propósito en la vida. Una historia triste, contada sin embargo en clave de humor con una sencillez engañosa.

chesterton

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Dicen que Borges era un apasionado de la literatura de Chesterton: «En cuanto a Stevenson, Kipling y Chesterton he leído sus narraciones tantas veces desde chico que ya casi las puedo recrear íntegras en la memoria», declaraba el argentino allá por 1962. También Alfred Hitchcock confesó su admiración por este peculiar escritor del que, decía, había leído los relatos protagonizados por el ínclito Padre Brown. Nadie le niega a Chesterton el mérito de ser uno de los escritores más influyentes del pasado siglo XX. Los biógrafos del insigne personaje destacan la peripecia intelectual del agnóstico que se convierte al anglicanismo para transformarse después en un racionalista católico. Esa vertiente confesional, tan definitiva en su obra, ha llegado a las mismísimas puertas del Vaticano, donde ya se empieza a investigar la causa de su beatificación. Es necesario hacer escala en esta evolución ideológica porque es la que define su producción periodística, literaria y ensayística, lo que no impide que sus obras sean reconocidas por tirios y troyanos. El humor y la ironía con la que trabaja los argumentos han cautivado durante décadas a los lectores, ávidos de las sentencias y argucias de este sofista moderno que se definía a sí mismo como «el apóstol de las verdades a medias».

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esto es solo una opinión

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La necedad no es cosa de nuestro tiempo. Estamos en condiciones de afirmar que desde el principio de los tiempos han existido individuos proclives a cultivar la estupidez, bien sea de palabra u obra. Hasta ahora, solo un grupo relativamente reducido de estos ejemplares habían dejado huella en la historia, y casi nunca por nada bueno. Umberto Eco, el semiólogo que desentrañó como pocos el espíritu oculto de la cultura occidental, observó con agudeza que las nuevas tecnologías habían hecho realidad algunas de las aspiraciones del pensamiento mágico colectivo, tales como la comunicación a distancia y la disponibilidad inmediata; sin embargo, también habían dado la oportunidad de amplificar cualquier valoración carente de fundamento crítico, que a millones han distorsionado por internet el concepto de cultura e incluso el de conocimiento: «Twitter da derecho de expresión a una legión de imbéciles, que en otro tiempo se limitaban a hacerlo en el bar, tras tomar un vaso de vino, sin dañar a la colectividad. Antes eran fáciles de silenciar, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios. Esto plantea, además, un problema de filtrado: uno no sabe si está hablando con un premio Nobel o con un idiota.»  Tampoco la historia se hubiera escrito de la misma forma si hace cien años hubieran existido las redes sociales: posiblemente Hitler hubiera reorientado su carrera de genocida hacia las artes plásticas o los tutoriales eugenistas, consagrándose como youtuber de éxito que recibiría likes hasta del propio Stalin. En Número cero, su última novela, Don Umberto añade a esta crisis del pensamiento la dudosa fiabilidad de los fabricantes de opinión, que consciente o inconscientemente enfocan la realidad de la forma que más conviene a sus intereses, que no son otros que los de aquellos que los patrocinan. El periodismo objetivo solo existe para aquellos que ya están convencidos de que lo que leen o escuchan responde a la verdad, lo que nos lleva a la funesta conclusión de que la opinión pública se escribe mucho antes de que cualquier ciudadano formule su propio punto de vista, ya sea ante un micrófono o ejerciendo su democrático derecho al voto. Umberto Eco no volverá a escribir más, pero nos deja un abundante legado de libros, ensayos y artículos que bien valen una revisión gozosa por parte de todos aquellos que necesitan un verdadero argumento de autoridad para interpretar el mundo en el que viven. Aunque esto, claro está, es solo una opinión…

(…) Hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta con desligitimar al acusador. (…) Nadie es nunca integérrimo al cien por cien, a lo mejor no es un pedófilo, no ha asesinado a su abuela, no se ha embolsado sobres, pero algo raro habrá hecho. O si no, si me permiten la expresión , extrañamos lo que hace todos los días. (…) No son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias.»

Número cero. Umberto Eco, 2015 

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después del fuego

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Cuando un monte se quema, algo suyo se quema. Este lema tiene medio siglo y se hizo muy popular gracias a una campaña de comunicación para prevenir los incendios forestales. Era la época del desarrollismoel entorno rural se despoblaba paulativamente y los espacios naturales empezaban a ser codiciados por promotores y magnates industriales. En definitiva, una dilatada historia de desafectos entre el hombre y la naturaleza que llega hasta nuestros días. Para entender un poco mejor qué nos está pasando llamamos a nuestro amigo Ignacio Abella, escritor, naturalista e incansable divulgador medioambiental, que días atrás publicaba en prensa un interesantísimo artículo titulado Después del fuego. En su intervención, Ignacio desvelo el mal que aqueja a los montes que se queman: la extinción de los vínculos económicos y sentimentales con la comunidad agrícola y ganadera, secular benefactora del paisaje, que ha dejado en manos de la administración la gestión de este inmenso patrimonio, un legado añejo que los desatinos políticos están dilapidando. La riqueza natural se vende a granel como «paraíso natural», una suerte de publicidad pintoresca y banal que disimula el desgobierno y la improvisación. Ignacio nos revela que hace unas pocas décadas no se contemplaban las quemas controladas porque en el monte no sobraba nada; hasta los invasivos tojos eran recolectados para cebar al ganado o alimentar los hornos del pan, en algunos casos siguiendo viejos protocolos que garantizaban un reparto y beneficio equitativos. Abella sostiene que el papel que el bosque jugaba dentro de una economía agrícola de subsistencia es, para bien y para mal, una estampa del pasado, pero la riqueza está ahí, en ocasiones oculta por intereses corporativos o, simplemente, por pura ignorancia. ¿Quién dice que no es posible sacar un excelente rendimiento a la producción maderera autóctona sin empobrecer el terreno o facilitar combustible a futuros incendios? ¿Quién sentiría la seducción de una región quemada y yerta, que ofrece al turista nostálgicas imágenes de antaño en sus «centros de interpretación»? ¿Alguien cree posible contener los procesos de desertificación que desencadena el suelo deforestado y desnudo? Hace cincuenta años el conejo Fidel nos animaba a ser responsables con lo que es nuestro, pero subrayaba además que quemar el monte “podía perjudicar nuestros intereses”. Sin duda el perjuicio ya está causado. Ahora cumple enmendar los errores y corregir sus efectos, porque nuestro destino está indisolublemente unido al de nuestros bosques: ellos nos necesitan en la misma medida en la que nosotros los necesitamos a ellos.

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