Categoría: el escritor (Página 9 de 19)

salamandras

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Las salamandras celebraron el triunfo electoral concentrándose en la Gran Plaza, alrededor de la fuente del Tritón, tradicional lugar de encuentro desde que dos años atrás se les concediera la ciudadanía. El crecimiento exponencial de la población de urodelos y el progresivo desencanto del género humano habían resultado determinantes en estas elecciones, las primeras de la nueva era. Una mayoría cualificada de salamandras tomó el control del parlamento nacional. Asistido por un ujier que le humedecía la piel, el nuevo presidente de la Cámara, totalmente desnudo, leyó en cuatro idiomas diferentes el solemne discurso de investidura. Juró su cargo y se comprometió a servir a todos los seres vivientes hasta su último aliento. Se escucharon pocos aplausos pero muy entusiastas. Procedían de la bancada de humanos pro-anfibios, porque es bien sabido que las salamandras no saben batir palmas. El Jefe de Estado encomendó la formación de gobierno a una Andrias scheuchzeri joven, de unos tres o cuatro años, a la que sus congéneres llamaban Biss. Su primer gabinete estaba compuesto por once ministros-salamandra y dos humanos, que ocupaban las carteras de Diversidad Biológica y Culturas Animales. Los períodos de sesiones se adaptaron al calendario de apareamiento. La primera norma de la nueva legislatura concedía la libertad a todos los reptiles y anfibios en cautividad, así como a los mamíferos que trabajaran en contra de su voluntad al servicio de los Homo sapiens. Pero la opinión pública otorgó mucha mayor notoriedad a la recién estrenada Ley Orgánica del Agua, redactada en términos de respeto al medio ambiente y que además asignaba una determinada cantidad del preciado elemento por ciudadano. Como la población de salamandras quintuplicaba a la de los humanos, los más avispados intuyeron enseguida un futuro de escasez para los hombres. Uno a uno, los representantes de la oposición más destacados dimitían o se adherían fervorosamente a la política del gobierno del cambio, para reaparecer al poco desempeñando algún puesto de responsabilidad en el Ministerio del H2O…

Los sucesos que están en el origen de esta delirante historia aparecen pormenorizadamente registrados en La guerra de las salamandras, una distópica e imperecedera ficción escrita en 1935 por Karel Čapek, paisano de Kafka e injustamente no tan reconocido como él. Recomendamos encarecidamente la lectura de este libro y advertimos que todo parecido con la realidad es… ¿pura coincidencia?

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la guerra explicada

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Hubo en España una guerra que, como todas las guerras, la ganara quien ganase, la perdieron los poetas. Cuando Pablo Guerrero cantaba esta canción de Alfredo Amestoy, España se marcaba sus primeros y vacilantes pases en la arena democrática, después de padecer una larga dictadura. La Guerra Civil estaba muy presente en el ánimo y el corazón de los españoles; rencor, exilio, hambre y represión; heridas abiertas y mal curadas. Casi ochenta años nos separan de aquel verano de 1936. En España se preparó un ensayo general de lo que más tarde sería el mayor conflicto bélico de la historia. Millares de muertos: una generación entera con nombres y apellidos familiares que dejaron una impronta difícil de borrar e imposible de olvidar. A estas alturas, ya se ha perdido casi por completo la memoria directa del suceso. Los que sufrieron la devastación han fallecido. Pero la historiografía sigue revisando este periodo y, de vez en cuando, se nos revelan evidencias inéditas que amplían la perspectiva y enriquecen el análisis. Es casi innecesario (si no fuera porque es algo que nos “toca” muy de lleno) subrayar que la Guerra Civil (como todas las guerras) no se reduce a un desafío de “malos” contra “buenos”. Ningún conflicto es como lo pintan en las películas. Pero también es rigurosamente cierto que el “alzamiento” lo fue contra un gobierno legítimamente constituido. En éstas estaba Pérez-Reverte cuando redactó La Guerra Civil explicada a los jóvenes. Nada nos hace sospechar que el autor haya querido alimentar ideológicamente el texto. Y por eso no resulta conveniente entrar en un juicio de intenciones. Pero el libro, de tan escueto, nos resulta un tanto simplón. Cierto es que los lectores a los que va dirigido no están excesivamente informados y se debaten entre aceptar o rechazar tópicos y dudosas versiones ideológicas. Pero «nuestra» Guerra Civil se merece una aproximación más rigurosa. Y no solo por la espuria manipulación que políticos y libros de texto hacen de este episodio; también por la necesidad de superar los rencores heredados y someter a los protagonistas al documentado juicio de la historia.

el Roto y la sátira social (segunda parte)

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La sátira es un viejo género en el que se expresa indignación contra algo o contra alguien. En la sátira se ridiculizan vicios y contradicciones, pero también las miserias de la autoridad y las patrañas del discurso político. Para ello se sirve de la hipérbole, la parodia, la ironía o el sarcasmo. No está pensada para hacer reír… La sátira arremete contra la realidad con furia e inteligencia. Es el antídoto que nos permite aceptar la impostura del poder como lo que es: una mentira interesada que utiliza el lenguaje y los medios de comunicación en provecho propio. El ejercicio de la sátira suele resultar contraproducente para la salud: las creaciones satíricas provocan indignación entre dictadorzuelos y bien pensantes. A menudo los autores son tildados de provocadores o payasos. En determinados contextos, la sátira se tolera como parte de un rito folclórico de catarsis: las comparsas de carnaval o las Fallas son un buen ejemplo. Pero por lo general, los creadores suelen ser blanco de la censura, cuando no de acoso y persecución. La sátira social que cultiva el Roto no le es exclusiva. Con un enfoque diferente, aunque quizá sirviéndose de herramientas similares, contamos con dibujantes como nuestro admirado Quino. O el más joven Pawel Kuczynski, un artista de los que cree que los de su especie están llamados a cambiar el orden social.

BIBLIOLUCES.- Los artistas de la antigüedad tenían aprendices que heredaban su técnica y emulaban al maestro hasta que encontraban su propio lugar… ¿Percibe que hay artistas o periodistas gráficos que recojan el testigo de El Roto?
EL ROTO.- Cada época tiene su lenguaje gráfico y literario. No hay herencias.

BBL.- ¿Cómo describiría el dibujo satírico, la sátira social, a un joven que está cursando el Bachillerato o un Ciclo Formativo?
ER.- Cada viñeta de cualquier dibujante es un tratado de cómo se realiza una viñeta, sólo hay que saber mirar.

BBL– En un mundo feliz, ¿se hubiera dedicado a otra cosa?
ER.- No conozco ese mundo feliz… al menos hasta ahora.

BBL.- Usted se ha definido como una suerte de moralista que intenta imprimir en su obra gráfica un mensaje esclarecedor… La escuela pública, ¿debería asumir su propio papel de moralizadora social?
ER.- La escuela debería ser un territorio de crecimiento en todos los órdenes, el de la ética no es el menos importante, ni mucho menos.

El Roto se define como un «observador» del presente (que no de la actualidad), un notario que refleja objetivamente las circunstancias que le rodean, concediéndole a los lectores a potestad de ejercer su capacidad crítica. Pero, ¿de qué lado está nuestro autor? No nos atreveríamos a decir que se trata de un elemento de izquierdas, porque los excesos son ambidextros, pero reconforta que su afilada puya se pose las más de las veces en el morrillo de políticos, banqueros, demagogos y señores con sombrero de copa.

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BBL.- Cómo describiría gráficamente la ignorancia.
EL ROTO.- Un recopilatorio de dibujos puede ser una descripción ilimitada de todo ello.

BBL.- La esencia del mensaje de El Roto, ¿es radicalmente pesimista o escéptica o ninguna de los dos?
ER.- Que cada lector saque sus conclusiones.

BBL.- Cuáles han sido algunas de las lecturas que más le han influenciado en su vida.
ER.- Los evangelios.

Muñoz Molina lo ve como un francotirador que cada día dispara un solo tiro que da siempre en la diana. Nosotros hemos querido presentarle sin utilizar una sola de sus viñetas, y eso por distintas razones: la primera de ellas es que no hemos podido resistir la tentación de jugar a El Roto, emularle para ser conscientes de su mérito creativo; en segundo lugar, porque sus dibujos aparecen por todos los rincones imaginables… De hecho, crecen sin control entre la abundante hierba contestataria y vindicadora de la red; y por último, porque su medio natural es el periódico, y a buen seguro que entre el montón de diarios que reservamos para la jaula del loro encontramos lo mejor del humor gráfico español de los últimos tiempos.

el Roto y la sátira social (primera parte)

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Imitar al El Roto no es fácil… pero es un juego divertido. Andrés Rábago es una referencia única en el panorama del periodismo gráfico español. Curtido en la última década de la dictadura, colaboró en varias publicaciones satíricas entre las que nos gusta destacar Hermano Lobo, un semanario muy especial que valía más de lo que costaba, y en el que nuestro autor firmaba como Ops o El Roto. Ops era mudo.

Su lenguaje críptico era una invitación a pasearse por el subconsciente colectivo, que latía bajo una gruesa costra de ceniza endurecida por el tiempo. El Roto nació cuando Rábago experimentó la necesidad de ser más crítico con la realidad social y política del país. En la red encontramos información y abundantes análisis de su obra. Muchos de ellos son comentarios o declaraciones del propio autor, en ocasiones bastante hermético en lo que respecta a sus influencias y trayectoria. Sin embargo, en el reparto de responsabilidades hemos de ser nosotros, lectores de toda condición, los que identifiquemos las razones del éxito y la profundidad de su estilo, inconfundible en la distancia y difícilmente catalogable dentro del periodismo gráfico actual. Aunque sabedores de su aversión a las entrevistas, nos propusimos romper una vez más la barrera que nos separa de nuestros autores favoritos, y le invitamos a que respondiera algunas cuestiones que se habían desprendido de la cornisa de nuestra curiosidad. La amabilidad y buena disposición de El Roto hicieron el resto…

BIBLIOLUCES.- ¿Qué nos ha quitado (o dado) la escuela como para que nos resulte tan difícil interpretar la sátira, leer entre líneas?
EL ROTO.- La sátira no requiere leer entre líneas, sino comprender los mecanismos de este tipo de lenguaje.

BBL.- ¿Ha sentido alguna vez que no debía publicar algo porque iba contracorriente? El lenguaje políticamente correcto, ¿no es una forma “más fina” de censura?
ER.- Intento moverme dentro del terreno de una opinión autónoma.

BBL.- Cuando compone una viñeta, ¿piensa a quién va dirigida? ¿Le consta que haya una nueva generación de seguidores de El Roto?
ER.- El Roto no quiere seguidores sino representar y compartir ideas.

BBL.- Los que dan sus primeros pasos creativos buscan modelos y referencias que encuentran en sus autores favoritos… ¿Dónde se aprende el oficio de El Roto?
ER.- A dibujar se puede aprender siguiendo las instrucciones de un profesor de dibujo, observando las obras de grandes maestros o dibujando hasta encontrar un lenguaje propio. Una combinación de los tres sería lo ideal.

La obra de Andrés Rábago en sus distintas facetas creadoras tiene conexiones con artistas que han contribuido a definir y «afilar» su lenguaje. En el espacio de su viñeta percibimos reminiscencias de pintores como Rousseaude Chirico o George Grosz. En el uso de la «bofetada» visual que determina la contundencia del mensaje identificamos la huella de Roland Topor (París,1938-1997) un polifacético dibujante francés que perteneció al Grupo Pánico fundado por Fernando Arrabal.

BBL.- ¿Habrá alguien que realmente se sienta aludido por una viñeta suya o todos sus lectores escurrimos el bulto?
EL ROTO.- La interpretación es libre… Esa es la grandeza de la lectura.

BBL.- A pesar de las múltiples advertencias, ilustradas en muchas de sus viñetas, ¿por qué cree que todos, incluidos los jóvenes, condescendemos tanto con el populismo y la demagogia?
ER.- Es posible que no conozcan su propio poder. El día que lo descubran comprenderán que son libres.

El Roto no se considera así mismo un humorista gráfico, y rechaza de plano cualquier vinculación periodística con aquellos dibujantes que pretenden hacer reír, a los que considera meras prolongaciones de sus respectivos consejos de redacción. También ha manifestado que el género de la historieta no le gusta ni le interesa especialmente. Es cierto que como periodista ya no cultiva la «tira» ni desarrolla narraciones medianamente extensas, aunque alguna dejó impresa en los semanarios satíricos de los setenta y los ochenta. Pero Andrés Rábago, pese a su matizado desinterés por el cómic, contribuyó a la introducción en España a creadores como Robert Crumb (Filadelfia, 1943), dibujante underground por excelencia, que hoy expone su obra en el Museo de Arte Moderno de París. (Continuará)

el poeta diputado

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Hubo un tiempo en que todo un país estaba a merced de un general y su camarilla. La pobreza de espíritu contagió el alma de un pueblo. El mal dimanaba de una dictadura cruel, rencorosa, vacía y sucia… como todas las dictaduras. La simiente de la palabra se hundió en el barro hediondo o se fue desangrando camino al exilio. Mutiladas las voces, botas de campaña tonantes borraron las huellas de la libertad. Muchos la siguieron infructuosamente hasta el otro lado de los Pirineos. A otros ese empeño les llevó a Rusia, África y América. Eran tiempos convulsos. El invierno se prometía largo, pero no tanto. A la vuelta de cuatro décadas de recalcitrante tiranía, los que aguantaron rigores y desengaños regresaron a la tierra, la que era suya de verdad, y recogieron el testigo de la reconciliación. Había pasado el tiempo de la pelea a garrotazos. Los españoles tomaron un respiro abriéndose al aire limpio del cambio. Los sables que arañaban los frisos del Parlamento se marcharon por donde habían venido. En la Constituyente reaparecieron disidentes y conversos, pero también exilados e intelectuales que compusieron el himno de la concordia. Entre ellos estaba Rafael Alberti. Alberti era un autor próximo y querido: su presencia en las listas electorales movió la voluntad de muchos votantes gaditanos, que se decantaron por el recién legalizado Partido Comunista de España. Le bastaron dos meses y un día para darse cuenta de que no era posible rimar con gracia decretos con sonetos y renunció al escaño. El Congreso se quedó sin su “poeta-diputado”. Ahora ya nadie hace versos en el hemiciclo… Las palabras se han vuelto toscas, rudas como papel de lija, y se imprimen sobre boletines oficiales para que nadie las lea. La política ha renunciado a la inteligencia. Las consignas llegan mejor que las razones. Los necios están de enhorabuena.

Poco o nada sabía yo de política, entregado a mis versos solamente en aquella España hasta entonces de apariencia tranquila. Mas de repente mis oídos se abrieron a palabras que antes no había escuchado o nada me dijeran: como república, fascismo, libertad… Y supe, a partir de ese instante, que don Miguel de Unamuno, desde su destierro de Hendaya, enviaba cartas y poemas a los amigos, verdaderos panfletos contra el otro Miguel, el divertido y jaranero espadón jerezano, sostenedor de la monarquía tambaleante; cartas y poemas que no más recibidos corrían como la pólvora por las tertulias literarias las redacciones de los periódicos enemigos del régimen, las manos agitadas de los universitarios. Y vi que don Ramón del Valle-Inclán, en su cuartel cafetero de La Granja, en la calle, en los teatros, en donde se le venía en gana, entablaba también su duelo a muerte contra el gracioso general, quien llega en nota memorable aparecida en los-diarios a llamarlo: «Ese tan gran escritor como extravagante ciudadano.» Sin sentir, como por ensalmo, se había creado un clima de violencia que me fascinaba. El grito y la protesta que de manera oscura me mordían rebotando en mis propias paredes, encontraban por fin una puerta de escape, precipitándose, encendidos, en las calles enfebrecidas de estudiantes, en las barricadas de los paseos, frente a los caballos de la guardia civil y los disparos de sus máusers. Nadie me había llamado. Mi ciego impulso me guiaba.

Rafael Alberti. La arboleda perdida.

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el Roto

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Nuestra vida está construida sobre certezas heredadas, verdades inmutables que no están sujetas al rigor crítico que se nos supone como seres racionales. Estos axiomas son como los cimientos del pensamiento, algo así como el sustento de todo el edificio. La mayoría ocupamos una planta baja y con el tiempo abrimos un par de lumbreras que nos hacen habitable el chiribitil de los trastos viejos; otros edifican imponentes rascacielos que ocultan el sol y desafían las leyes de la gravedad. Desde la calle, los asombrados transeuntes miran a lo alto e imaginan cuán imponentes deben ser las vistas del que mora en la azotea. Pero en ciertas ocasiones la razón nos juega una mala pasada: para bien o para mal, el peso de lo que vemos, escuchamos o leemos comienza a socavar el terreno… y entonces el inmueble se agrieta o, sencillamente, se nos viene abajo. En casos como éstos se dice que hemos tomado conciencia. A los autores que llaman a este tipo de reflexión se les dice «moralistas», a veces con un matiz peyorativo, y su influencia está férreamente controlada por los poderes fácticos, que les obligan a moverse en los estrechos márgenes de la hererodoxia, al amparo de la libertad de expresión que graciosamente se les concede siempre que no traspasen los límites de lo tolerado. El Roto, —heterónimo de Andrés Rábago (Madrid, 1947)— es, en ese sentido, una excepción: comparte diariamente sus reflexiones desde una periódico de amplia tirada nacional y es objeto de conferencias, tesis, exposiciones y homenajes, algunos tan singulares como el concedido por el gremio de ilustradores. Este trato de favor quizá se deba a que el contenido de sus viñetas es tan agitador que ningún lector se da por aludido. O tal vez porque la corriente de opinión está en discreta sintonía con la sátira mordaz de su discurso… Porque si no, ¿cómo se explica tal condescendencia con demoledores mensajes como éstos?: (Dos niños tomados de la mano junto a una pizarra) En la escuela nos están enseñando a leer, escribir y buscar en la basura; (Dos alumnos sentados en el pupitre escolar, uno frente al otro. El primero llama la atención sobre una chorrada que acaba de leer en el libro de texto; el segundo replica) Es mejor que crean que no entendemos lo que leemos a que sepan que no nos interesa; (Una anciana toma de los hombros a su nieto y le interroga) ¿No sientes orgullo de ser español? Abuela… a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio. Todas ellas ideas que si se acondicionasen para emitir por la televisión pública provocarían síncopes, denuncias y un aluvión de reproches. ¿Es el Roto la voz de los que están amordazados por las convenciones sociales y el lenguaje políticamente correcto? Bien sea por eso o por la simpatía que nos inspira, recomendamos los incontables libros recopilatorios del creador gráfico (El libro verde, Viñetas para una crisis, A cada uno lo suyo, El pabellón de azogue…) y hasta nos hemos propuesto ir más allá:  aproximarnos al autor con la curiosidad que mató al gato y formularle cuestiones como las antedichas y aun otras que de seguro se nos irán ocurriendo por el camino… (Continuará)

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