Categoría: el escritor (Página 10 de 19)

obstat sexus

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A estas alturas, nadie niega que la Santa escritora fuera extraordinariamente inteligente. No en vano era descendiente de judíos —judíos conversos, eso sí— y en su casa nunca faltaron libros a los que la futura reformadora se aficionó desde pequeñita, ávida como estaba de ejemplos e historias que colmaran su incipiente interés por la aventura, aunque fuera a través del misticismo al que más tarde ella pondría brillantes letra y música. No vamos a entrar en los detalles de su vocación religiosa, ni en la supuesta epilepsia extática que llenaba de gozo sus arrebatos místicos, aunque animamos a los curiosos a que indaguen adónde fueron a parar las incontables reliquias, fruto del concienzudo descuartizamiento post mortem. Nosotros nos quedamos bien a gusto en la dimensión literaria por lo que tuvo de novedoso en la España del siglo XVI. Teresa escribe y escribe, y no solo para las hermanas del convento. La suya es una vocación literaria que sus confesores, algunos de ellos rematadamente idiotas, alientan a modo de terapia con la esperanza de atemperar así la infatigable efervescencia de aquella incordiante mujer. Pero ella busca también la aprobación de los que considera de superior talla intelectual, entre los que está San Juan de la Cruz. Sin embargo, fue entre los suyos donde halló mayor oposición de palabra y obra: censurada al detalle, siempre en el punto de mira de la Inquisición y juzgada con pravedad por una jerarquía que tenía en muy poco a la mujer, sus obras vieron la luz tras su muerte gracias al empeño de unos pocos. Todavía a principios del siglo XX, el Papa de Roma le negaba la dignidad de «Doctora de la Iglesia» aludiendo a su condición de mujer (obstat sexus, el sexo lo impide). Hoy en día, la lectura de Teresa de Cepeda puede rozar el esnobismo; de hecho, se cuentan con los dedos de su incorrupta mano aquellos que saben de alguna obra suya o han leído siquiera uno de sus poemillas. Pero resulta obligado conocerla y aun tenerla en buena estima por su innegable contribución al castellano así como por su indomable espíritu femenino, determinado y enérgico.

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir.

Libro de la vida, 1565

Entonces veo venir, sin misterio de aparición, chocando el hábito duro contra los bojes recortados, una vieja monja que se pone a mi lado. Sigo caminando y ella va conmigo. Un poco gruesa, nada ascética, sonríe con risa de boca grande, de sanos dientes; la mejilla es llena y las facciones vigorosas.
-A ver si me dejas, me dice, que yo te haga ver la Castilla mía, para que la comprendas. Mira que es vino fuerte que necesita potencias firmes y que tú vienes de América y tus sentidos son gruesos para una tierra de aire sutil. Conozco a tus gentes y quedó sangre de los míos sembrada por el valle de Chile.
Me mira con sus ojos grandes, y la conozco por su naturalidad y por el tono con que escribía unas bravas cartas a Felipe II.
Sois «la andariega», le digo; los españoles te llaman todavía «la fundadora» y los pedantes «la loca del amor a Cristo».
-Sí, dice, fundaba; levanté por aquí conventos, ya ni sé cuantos. Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal. Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
-Es cierto, madre.
-¿Sabes por qué? Porque has querido fundar condescendiendo con los hombres, sujetando tu impulso, así se construye sin alegría y la obra, que sale muerta, ni la aprovecha ni Dios ni el Diablo. Yo, fundaba, hija, según el croquis divino que se me pintaba en el pecho. Y no buscaba gustar a nadie. No era para ésos mi fiesta y ¡qué habla de gustarles! ¡Te acuerdas que salí a los cuatro años, fugada con mi hermanito, en busca de herejes que nos descabezaran! Nos hicieron volver, y casi paró la hazaña en azotes; pero estaba la vida para el desquite. ¡Y en grande me desquité, tú lo sabes!

Grabiela Mistral (1889-1957)

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el dioscórides

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Este libro es un ejemplo excepcional de la transmisión de conocimientos a través de los siglos: Dioscórides, médico griego del siglo I, escribió un importante tratado de botánica farmacéutica y se le puede considerar el padre de la farmacología. Esta obra fue traducida al árabe en el siglo X, en tiempos de Abderramán III; más tarde, la Escuela de Traductores de Toledo vertió al latín estos conocimientos, siendo la primera edición española la de Antonio de Nebrija, en 1518. Corre el año 1555, y el editor Juan Latio publica en Amberes la traducción en castellano que nos ocupa, realizada por el doctor Andrés Laguna, médico del papa Julio III, quien, en sus viajes a Roma, pudo consultar diversos códices, así como un libro impreso en Venecia por Matthioli. La obra continuó editándose hasta mediados del XVIII y en el siglo pasado se realizó una edición facsímil. Laguna añadió para esta edición dibujos diseñados por él mismo, que fueron grabados en tacos de madera a la fibra. Son en total más de seiscientas imágenes de plantas y animales. Se indican los nombres en varias lenguas, entre las cuales hay, según él mismo dice, «algunas extranjeras pero españolizadas». Se desconoce quién pudo ser el grabador, pero probablemente, al tratarse de una edición belga, sea algún artista flamenco de la época. Varios autores opinan, sin embargo, que pudiera tratarse de grabadores italianos, por su parecido con la edición de Matthioli, y que Laguna se llevó los tacos a Amberes, trayéndolos luego a España para publicar nuevas ediciones. Este ejemplar, de gran calidad técnica, se imprimió en vitela y se iluminó para regalárselo a Felipe II, por estas fechas todavía príncipe

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el derecho a la pereza

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Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: «Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido». Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. Allá por el año 1880, a Paul Lafargue no le parecía mal que el mismísimo dios de los cristianos se tomara unas abundantes vacaciones (que duran hasta nuestros días) después de una dura semanita de incesantes idas y venidas que culminaron con la Creación toda. En El derecho a la pereza, obra nacida a la sombra de la teoría económica del suegrazo Carlos Marx, Lafargue justifica la legítima aspiración de trabajar lo justo para poder disfrutar de las cosas que la vida te ofrece y que no son, necesariamente, patrimonio exclusivo de orondos burgueses de cuello blanco. Cierta mañana de 1911, Paul y su esposa Laura se suicidaron inyectándose una solución de ácido cianhídrico; dejaron para la posteridad dos bonitos cadáveres azules y una nota autógrafa que olía a almendras amargas: Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales. Hoy mismo Javier Krahe tendrá la oportunidad de aclarar con la pareja los términos exactos de su voluntaria exclusión; el libro de Lafargue se vendía conjuntamente con Las diez de últimas, el disco postrero del cantautor madrileño. Nos consta que se ha ido sin escribir la última palabra, la última rima, el corolario de un periodo en la historia de España que siempre recordaremos unida a los versos del no tan ingenuo Cuervo-Krahe: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN… 

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quen poidera

cunqueiro

Don Álvaro no creía en las Musas: paciente se dejaba mecer por las olas de la buena memoria y escribía; dicen que lo hacía de una sentada y que le era siempre fiel a los periodísticos compromisos cotidianos. Seducido por la abundante tradición oral de su Galicia natal y tocado de esa imaginación que se movía tan a su gusto tanto en gallego como en castellano, las páginas crecidas por las sombras de tinta de este ilustre de las letras son, como poco, un fresco admirable desde el punto de vista estético, pero sobre todo, el espectro de una inventiva despampanante corrido al azul del mar de Fisterra, desde donde los mariñeiros se asomaban al océano con el alma puesta más allá de las pedras negras del litoral afilado, en las simas donde los dragones acechan a los prófugos asomando a la superficie los ojos inyectados por la sangre de mil inocentes. Aunque no cocinaba, encendió de palabra muchos fogones que le vieron disfrutar y, más tarde, padecer la afición al buen yantar, y la no menos sostenida querencia por los alvariños, que cataba sin censuras y mano a mano con Fraga Iribarne, antes incluso de que el terrible ministro elevara en Palomares el nivel de los mares. Como Ulises, navegante en el piélago que a la sazón dominaba la que se dio en llamar «novela social», el barroco entusiasmo del estilo cunqueiriano fue decayendo para bien, dejando en el poso páginas memorables, como la que traemos aquí recién rescatada de la novela Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, cercana a la fantasía de aquel otro barón rampante que describiera Italo Calvino, pero con una gracia entre mística y galaica, que no celta ¡Quen poidera escribir como él!

Talla corta, no más de la que se pide en quintas, metido en hombros, flaco, pálido bajo el octogonal bonete rojo de los bachilleres in utroque por Osuna, enmarcado por guedejas negras que le abrigaban en la nuca y se le ondulaban en el cuello, siendo lo más notorio de este una nuez en ángulo agudo, medio cubierta por un lunar vinoso. Los ojillos, vivos y claros, se apartaban en el nacimiento de una nariz larga y curva, que terminaba mismo a la entrada de la boca con dos ventanales amplios y pilosos. Lo único que merecía el adjetivo carnoso en aquella cara eran los labios gordezuelos y colorados, y en el resto del cuerpo, escurrido, las manos blancas, los dedos sin nudo, las yemas como cerezas, manos femeninas, suavizadas cotidianamente con agua gorda de molleja de pavo.

Álvaro Cunqueiro. Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca (1972)

 

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groucho y yo

groucho

Querido Julius:

Como desconozco su actual paradero, supongo que no me tomará a mal que haga público este mensaje y con él, la devoción inmerecida que continúo profesándole. Acabo de releer Memorias de un amante sarnoso. Detecté consternado que alguien había babeado en la página veintisiete, para descubrir, más consternado aún, que se trataba de mi propia saliva, de la que hallé idénticas huellas, parduzcas y redondas ellas, en las páginas veintisiete de todos los libros que acomodo en la mesita del dormitorio, y sobre los que suelo dormir el primer sueño de la noche, que dicen que es el más placentero. He exigido en la librería de la esquina que se me reintegre el importe de la obra o, al menos, el de la página anegada. Como portavoz del sindicato de comerciantes, el chico de la frutería me ha respondido tajante que los desperfectos imputables a una descuidada babipulación no están sujetos a garantía. Desafortunadamente esta cláusula figuraba en la página veintisiete del contrato de compra-venta, por lo que me pasó desapercibida. Además estamos hablando de un ejemplar de la biblioteca pública que obraba en mi poder desde hacía más de veinte años (¡cómo pasa el tiempo!). Eso me recuerda que tengo que devolver mi espléndida colección de cuatro mil volúmenes antes de que la municipalidad opte por sancionarme. Considero de mal tono que no se haya molestado en dar señales de vida durante estas últimas décadas. La excusa de que está muerto me suena a manida disculpa; precisamente es ahora cuando tiene todo el tiempo del mundo para escribir cartas y ahorrarse el importe del franqueo. Los amigos incondicionales solemos revisar regularmente alguna de sus películas. El otro día invitamos a media docena de escolares a una de estas sesiones cine-mato-nostálgicas. Como no creímos oportuno censurar los diálogos políticamente incorrectos, nos coordinamos para toser ruidosamente por turnos. Nuestros esfuerzos se saldaron con un dolor de pecho colectivo y una inmensa sensación de ridículo. Los jóvenes se marcharon decepcionados, quién sabe si por su tiznado bigotón o por el inquietante presentimiento de haber sido contagiados de tos ferina. Aunque hoy en día es casi imposible contagiarse de nada: la prueba es que la mayor epidemia del momento ha afectado a cuatro personas. Bueno… y medio millón más en países de esos que ostentan nombres raros, aunque yo no doy crédito a tales exageraciones porque, de ser ciertas, algo se habría filtrado en el noticiario, que hoy se ocupó fundamentalmente de los peligros de caminar descalzo y de un huevo que baila. A mí estas reseñas me dejan frío porque, ¿quién no ha deseado alguna vez hospedar a todo el Bolshoi en su frigorífico?

Saludos.

P.S. No aguardo pronta respuesta, pero al menos manifiéstese con un leve movimiento de cortinas en la próxima reunión espiritista de Mrs. Fraudster.

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cómo suena un tambor de hojalata

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Vaya, hombre… Han fallecido dos escritores universales, un referente obligado para los que se empeñan en diseccionar las entrañas del pasado siglo XX. Durante unos días se dirá y se escribirá de todo sobre GyG (Grass y Galeano, Galeano y Günter). Así que siguiendo una política de ahorro intelectual, vamos a dejar que los expertos opinen. Pero no por ello vamos a dejar de lamentar, a nuestra manera, la desaparición de parte de la memoria de los últimos sesenta años. Las lecturas adolescentes de GyG despertaron el interés por las distintas visiones de la historia y fue el germen de los primeros discursos moderadamente coherentes con una naciente conciencia democrática. Hoy la sobada portada de Mario Eskenazi nos devuelve al insufrible Oscar Matzerath (interpretado en el cine por el actor David Bennent. por si alguien le quiere poner cara al personaje), el testarudo niño cautivado por el sonido de un tambor de juguete que se niega a crecer. Y de ahí el dedo escrutador nos lleva hasta el lomo de Las venas abiertas de América Latina, obra tan censurada y perseguida como el propio autor, obligado a escapar de una bonita colección de dictadores que bien a gusto le hubieran cortado la lengua en finas lonchitas. Hoy (¡paradojas de la historia!) otros autócratas reivindican su figura y regalan volúmenes del libro a otros líderes mundiales a modo de presente aleccionador… una prueba irrefutable de que el género humano es incorregible… Para GyG, uno y otro, vaya nuestro reconocimiento y el pequeño homenaje musical: se trata de uno de los más conocidos Coros de J. S. Bach, cuyos primeros versos rezan así: ¡Oh, cabeza lacerada y herida, llena de dolor y escarnio! ¡Oh, cabeza rodeada, para burla, de una corona de espinas! ¡Oh, cabeza otrora adornada con elevados honores y agasajos, y ahora grandemente ultrajada!

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