Categoría: el escritor (Página 9 de 18)

el Roto y la sátira social (primera parte)

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Imitar al El Roto no es fácil… pero es un juego divertido. Andrés Rábago es una referencia única en el panorama del periodismo gráfico español. Curtido en la última década de la dictadura, colaboró en varias publicaciones satíricas entre las que nos gusta destacar Hermano Lobo, un semanario muy especial que valía más de lo que costaba, y en el que nuestro autor firmaba como Ops o El Roto. Ops era mudo.

http://issuu.com/omestre/docs/hermano_lobo?e=0/32217628

Su lenguaje críptico era una invitación a pasearse por el subconsciente colectivo, que latía bajo una gruesa costra de ceniza endurecida por el tiempo. El Roto nació cuando Rábago experimentó la necesidad de ser más crítico con la realidad social y política del país. En la red encontramos información y abundantes análisis de su obra. Muchos de ellos son comentarios o declaraciones del propio autor, en ocasiones bastante hermético en lo que respecta a sus influencias y trayectoria. Sin embargo, en el reparto de responsabilidades hemos de ser nosotros, lectores de toda condición, los que identifiquemos las razones del éxito y la profundidad de su estilo, inconfundible en la distancia y difícilmente catalogable dentro del periodismo gráfico actual. Aunque sabedores de su aversión a las entrevistas, nos propusimos romper una vez más la barrera que nos separa de nuestros autores favoritos, y le invitamos a que respondiera algunas cuestiones que se habían desprendido de la cornisa de nuestra curiosidad. La amabilidad y buena disposición de El Roto hicieron el resto…

BIBLIOLUCES.- ¿Qué nos ha quitado (o dado) la escuela como para que nos resulte tan difícil interpretar la sátira, leer entre líneas?
EL ROTO.- La sátira no requiere leer entre líneas, sino comprender los mecanismos de este tipo de lenguaje.

BBL.- ¿Ha sentido alguna vez que no debía publicar algo porque iba contracorriente? El lenguaje políticamente correcto, ¿no es una forma “más fina” de censura?
ER.- Intento moverme dentro del terreno de una opinión autónoma.

BBL.- Cuando compone una viñeta, ¿piensa a quién va dirigida? ¿Le consta que haya una nueva generación de seguidores de El Roto?
ER.- El Roto no quiere seguidores sino representar y compartir ideas.

BBL.- Los que dan sus primeros pasos creativos buscan modelos y referencias que encuentran en sus autores favoritos… ¿Dónde se aprende el oficio de El Roto?
ER.- A dibujar se puede aprender siguiendo las instrucciones de un profesor de dibujo, observando las obras de grandes maestros o dibujando hasta encontrar un lenguaje propio. Una combinación de los tres sería lo ideal.

La obra de Andrés Rábago en sus distintas facetas creadoras tiene conexiones con artistas que han contribuido a definir y «afilar» su lenguaje. En el espacio de su viñeta percibimos reminiscencias de pintores como Rousseaude Chirico o George Grosz. En el uso de la «bofetada» visual que determina la contundencia del mensaje identificamos la huella de Roland Topor (París,1938-1997) un polifacético dibujante francés que perteneció al Grupo Pánico fundado por Fernando Arrabal.

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BBL.- ¿Habrá alguien que realmente se sienta aludido por una viñeta suya o todos sus lectores escurrimos el bulto?
EL ROTO.- La interpretación es libre… Esa es la grandeza de la lectura.

BBL.- A pesar de las múltiples advertencias, ilustradas en muchas de sus viñetas, ¿por qué cree que todos, incluidos los jóvenes, condescendemos tanto con el populismo y la demagogia?
ER.- Es posible que no conozcan su propio poder. El día que lo descubran comprenderán que son libres.

El Roto no se considera así mismo un humorista gráfico, y rechaza de plano cualquier vinculación periodística con aquellos dibujantes que pretenden hacer reír, a los que considera meras prolongaciones de sus respectivos consejos de redacción. También ha manifestado que el género de la historieta no le gusta ni le interesa especialmente. Es cierto que como periodista ya no cultiva la «tira» ni desarrolla narraciones medianamente extensas, aunque alguna dejó impresa en los semanarios satíricos de los setenta y los ochenta. Pero Andrés Rábago, pese a su matizado desinterés por el cómic, contribuyó a la introducción en España a creadores como Robert Crumb (Filadelfia, 1943), dibujante underground por excelencia, que hoy expone su obra en el Museo de Arte Moderno de París. (Continuará)

el poeta diputado

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Hubo un tiempo en que todo un país estaba a merced de un general y su camarilla. La pobreza de espíritu contagió el alma de un pueblo. El mal dimanaba de una dictadura cruel, rencorosa, vacía y sucia… como todas las dictaduras. La simiente de la palabra se hundió en el barro hediondo o se fue desangrando camino al exilio. Mutiladas las voces, botas de campaña tonantes borraron las huellas de la libertad. Muchos la siguieron infructuosamente hasta el otro lado de los Pirineos. A otros ese empeño les llevó a Rusia, África y América. Eran tiempos convulsos. El invierno se prometía largo, pero no tanto. A la vuelta de cuatro décadas de recalcitrante tiranía, los que aguantaron rigores y desengaños regresaron a la tierra, la que era suya de verdad, y recogieron el testigo de la reconciliación. Había pasado el tiempo de la pelea a garrotazos. Los españoles tomaron un respiro abriéndose al aire limpio del cambio. Los sables que arañaban los frisos del Parlamento se marcharon por donde habían venido. En la Constituyente reaparecieron disidentes y conversos, pero también exilados e intelectuales que compusieron el himno de la concordia. Entre ellos estaba Rafael Alberti. Alberti era un autor próximo y querido: su presencia en las listas electorales movió la voluntad de muchos votantes gaditanos, que se decantaron por el recién legalizado Partido Comunista de España. Le bastaron dos meses y un día para darse cuenta de que no era posible rimar con gracia decretos con sonetos y renunció al escaño. El Congreso se quedó sin su “poeta-diputado”. Ahora ya nadie hace versos en el hemiciclo… Las palabras se han vuelto toscas, rudas como papel de lija, y se imprimen sobre boletines oficiales para que nadie las lea. La política ha renunciado a la inteligencia. Las consignas llegan mejor que las razones. Los necios están de enhorabuena.

Poco o nada sabía yo de política, entregado a mis versos solamente en aquella España hasta entonces de apariencia tranquila. Mas de repente mis oídos se abrieron a palabras que antes no había escuchado o nada me dijeran: como república, fascismo, libertad… Y supe, a partir de ese instante, que don Miguel de Unamuno, desde su destierro de Hendaya, enviaba cartas y poemas a los amigos, verdaderos panfletos contra el otro Miguel, el divertido y jaranero espadón jerezano, sostenedor de la monarquía tambaleante; cartas y poemas que no más recibidos corrían como la pólvora por las tertulias literarias las redacciones de los periódicos enemigos del régimen, las manos agitadas de los universitarios. Y vi que don Ramón del Valle-Inclán, en su cuartel cafetero de La Granja, en la calle, en los teatros, en donde se le venía en gana, entablaba también su duelo a muerte contra el gracioso general, quien llega en nota memorable aparecida en los-diarios a llamarlo: «Ese tan gran escritor como extravagante ciudadano.» Sin sentir, como por ensalmo, se había creado un clima de violencia que me fascinaba. El grito y la protesta que de manera oscura me mordían rebotando en mis propias paredes, encontraban por fin una puerta de escape, precipitándose, encendidos, en las calles enfebrecidas de estudiantes, en las barricadas de los paseos, frente a los caballos de la guardia civil y los disparos de sus máusers. Nadie me había llamado. Mi ciego impulso me guiaba.

Rafael Alberti. La arboleda perdida.

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el Roto

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Nuestra vida está construida sobre certezas heredadas, verdades inmutables que no están sujetas al rigor crítico que se nos supone como seres racionales. Estos axiomas son como los cimientos del pensamiento, algo así como el sustento de todo el edificio. La mayoría ocupamos una planta baja y con el tiempo abrimos un par de lumbreras que nos hacen habitable el chiribitil de los trastos viejos; otros edifican imponentes rascacielos que ocultan el sol y desafían las leyes de la gravedad. Desde la calle, los asombrados transeuntes miran a lo alto e imaginan cuán imponentes deben ser las vistas del que mora en la azotea. Pero en ciertas ocasiones la razón nos juega una mala pasada: para bien o para mal, el peso de lo que vemos, escuchamos o leemos comienza a socavar el terreno… y entonces el inmueble se agrieta o, sencillamente, se nos viene abajo. En casos como éstos se dice que hemos tomado conciencia. A los autores que llaman a este tipo de reflexión se les dice «moralistas», a veces con un matiz peyorativo, y su influencia está férreamente controlada por los poderes fácticos, que les obligan a moverse en los estrechos márgenes de la hererodoxia, al amparo de la libertad de expresión que graciosamente se les concede siempre que no traspasen los límites de lo tolerado. El Roto, —heterónimo de Andrés Rábago (Madrid, 1947)— es, en ese sentido, una excepción: comparte diariamente sus reflexiones desde una periódico de amplia tirada nacional y es objeto de conferencias, tesis, exposiciones y homenajes, algunos tan singulares como el concedido por el gremio de ilustradores. Este trato de favor quizá se deba a que el contenido de sus viñetas es tan agitador que ningún lector se da por aludido. O tal vez porque la corriente de opinión está en discreta sintonía con la sátira mordaz de su discurso… Porque si no, ¿cómo se explica tal condescendencia con demoledores mensajes como éstos?: (Dos niños tomados de la mano junto a una pizarra) En la escuela nos están enseñando a leer, escribir y buscar en la basura; (Dos alumnos sentados en el pupitre escolar, uno frente al otro. El primero llama la atención sobre una chorrada que acaba de leer en el libro de texto; el segundo replica) Es mejor que crean que no entendemos lo que leemos a que sepan que no nos interesa; (Una anciana toma de los hombros a su nieto y le interroga) ¿No sientes orgullo de ser español? Abuela… a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio. Todas ellas ideas que si se acondicionasen para emitir por la televisión pública provocarían síncopes, denuncias y un aluvión de reproches. ¿Es el Roto la voz de los que están amordazados por las convenciones sociales y el lenguaje políticamente correcto? Bien sea por eso o por la simpatía que nos inspira, recomendamos los incontables libros recopilatorios del creador gráfico (El libro verde, Viñetas para una crisis, A cada uno lo suyo, El pabellón de azogue…) y hasta nos hemos propuesto ir más allá:  aproximarnos al autor con la curiosidad que mató al gato y formularle cuestiones como las antedichas y aun otras que de seguro se nos irán ocurriendo por el camino… (Continuará)

obstat sexus

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A estas alturas, nadie niega que la Santa escritora fuera extraordinariamente inteligente. No en vano era descendiente de judíos —judíos conversos, eso sí— y en su casa nunca faltaron libros a los que la futura reformadora se aficionó desde pequeñita, ávida como estaba de ejemplos e historias que colmaran su incipiente interés por la aventura, aunque fuera a través del misticismo al que más tarde ella pondría brillantes letra y música. No vamos a entrar en los detalles de su vocación religiosa, ni en la supuesta epilepsia extática que llenaba de gozo sus arrebatos místicos, aunque animamos a los curiosos a que indaguen adónde fueron a parar las incontables reliquias, fruto del concienzudo descuartizamiento post mortem. Nosotros nos quedamos bien a gusto en la dimensión literaria por lo que tuvo de novedoso en la España del siglo XVI. Teresa escribe y escribe, y no solo para las hermanas del convento. La suya es una vocación literaria que sus confesores, algunos de ellos rematadamente idiotas, alientan a modo de terapia con la esperanza de atemperar así la infatigable efervescencia de aquella incordiante mujer. Pero ella busca también la aprobación de los que considera de superior talla intelectual, entre los que está San Juan de la Cruz. Sin embargo, fue entre los suyos donde halló mayor oposición de palabra y obra: censurada al detalle, siempre en el punto de mira de la Inquisición y juzgada con pravedad por una jerarquía que tenía en muy poco a la mujer, sus obras vieron la luz tras su muerte gracias al empeño de unos pocos. Todavía a principios del siglo XX, el Papa de Roma le negaba la dignidad de «Doctora de la Iglesia» aludiendo a su condición de mujer (obstat sexus, el sexo lo impide). Hoy en día, la lectura de Teresa de Cepeda puede rozar el esnobismo; de hecho, se cuentan con los dedos de su incorrupta mano aquellos que saben de alguna obra suya o han leído siquiera uno de sus poemillas. Pero resulta obligado conocerla y aun tenerla en buena estima por su innegable contribución al castellano así como por su indomable espíritu femenino, determinado y enérgico.

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir.

Libro de la vida, 1565

Entonces veo venir, sin misterio de aparición, chocando el hábito duro contra los bojes recortados, una vieja monja que se pone a mi lado. Sigo caminando y ella va conmigo. Un poco gruesa, nada ascética, sonríe con risa de boca grande, de sanos dientes; la mejilla es llena y las facciones vigorosas.
-A ver si me dejas, me dice, que yo te haga ver la Castilla mía, para que la comprendas. Mira que es vino fuerte que necesita potencias firmes y que tú vienes de América y tus sentidos son gruesos para una tierra de aire sutil. Conozco a tus gentes y quedó sangre de los míos sembrada por el valle de Chile.
Me mira con sus ojos grandes, y la conozco por su naturalidad y por el tono con que escribía unas bravas cartas a Felipe II.
Sois «la andariega», le digo; los españoles te llaman todavía «la fundadora» y los pedantes «la loca del amor a Cristo».
-Sí, dice, fundaba; levanté por aquí conventos, ya ni sé cuantos. Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal. Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
-Es cierto, madre.
-¿Sabes por qué? Porque has querido fundar condescendiendo con los hombres, sujetando tu impulso, así se construye sin alegría y la obra, que sale muerta, ni la aprovecha ni Dios ni el Diablo. Yo, fundaba, hija, según el croquis divino que se me pintaba en el pecho. Y no buscaba gustar a nadie. No era para ésos mi fiesta y ¡qué habla de gustarles! ¡Te acuerdas que salí a los cuatro años, fugada con mi hermanito, en busca de herejes que nos descabezaran! Nos hicieron volver, y casi paró la hazaña en azotes; pero estaba la vida para el desquite. ¡Y en grande me desquité, tú lo sabes!

Grabiela Mistral (1889-1957)

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el dioscórides

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Este libro es un ejemplo excepcional de la transmisión de conocimientos a través de los siglos: Dioscórides, médico griego del siglo I, escribió un importante tratado de botánica farmacéutica y se le puede considerar el padre de la farmacología. Esta obra fue traducida al árabe en el siglo X, en tiempos de Abderramán III; más tarde, la Escuela de Traductores de Toledo vertió al latín estos conocimientos, siendo la primera edición española la de Antonio de Nebrija, en 1518. Corre el año 1555, y el editor Juan Latio publica en Amberes la traducción en castellano que nos ocupa, realizada por el doctor Andrés Laguna, médico del papa Julio III, quien, en sus viajes a Roma, pudo consultar diversos códices, así como un libro impreso en Venecia por Matthioli. La obra continuó editándose hasta mediados del XVIII y en el siglo pasado se realizó una edición facsímil. Laguna añadió para esta edición dibujos diseñados por él mismo, que fueron grabados en tacos de madera a la fibra. Son en total más de seiscientas imágenes de plantas y animales. Se indican los nombres en varias lenguas, entre las cuales hay, según él mismo dice, «algunas extranjeras pero españolizadas». Se desconoce quién pudo ser el grabador, pero probablemente, al tratarse de una edición belga, sea algún artista flamenco de la época. Varios autores opinan, sin embargo, que pudiera tratarse de grabadores italianos, por su parecido con la edición de Matthioli, y que Laguna se llevó los tacos a Amberes, trayéndolos luego a España para publicar nuevas ediciones. Este ejemplar, de gran calidad técnica, se imprimió en vitela y se iluminó para regalárselo a Felipe II, por estas fechas todavía príncipe

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el derecho a la pereza

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Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: «Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido». Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. Allá por el año 1880, a Paul Lafargue no le parecía mal que el mismísimo dios de los cristianos se tomara unas abundantes vacaciones (que duran hasta nuestros días) después de una dura semanita de incesantes idas y venidas que culminaron con la Creación toda. En El derecho a la pereza, obra nacida a la sombra de la teoría económica del suegrazo Carlos Marx, Lafargue justifica la legítima aspiración de trabajar lo justo para poder disfrutar de las cosas que la vida te ofrece y que no son, necesariamente, patrimonio exclusivo de orondos burgueses de cuello blanco. Cierta mañana de 1911, Paul y su esposa Laura se suicidaron inyectándose una solución de ácido cianhídrico; dejaron para la posteridad dos bonitos cadáveres azules y una nota autógrafa que olía a almendras amargas: Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales. Hoy mismo Javier Krahe tendrá la oportunidad de aclarar con la pareja los términos exactos de su voluntaria exclusión; el libro de Lafargue se vendía conjuntamente con Las diez de últimas, el disco postrero del cantautor madrileño. Nos consta que se ha ido sin escribir la última palabra, la última rima, el corolario de un periodo en la historia de España que siempre recordaremos unida a los versos del no tan ingenuo Cuervo-Krahe: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN… 

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